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Archivo para Abril, 2011

Hacia el umbral donde todo se entiende: la mística

Viernes, 22 de Abril de 2011 Sin comentarios

Dios debería estar interesado en no pasar desapercibido. Me atrevo a decirlo, como lo diría Job, o el Eclesiastés. Porque si Dios calla, ¿podrá el ser humano escucharlo? Si Dios se vuelve tan invisible, ¿podrá el ser humano encontrarlo? Si Dios desaparece, ¿podremos quejarnos de que espontáneamente haya nuevas generaciones que nos digan que no existe?  ¿Dónde está el Dios del siglo XXI, dónde aparece, cómo habla, cómo dirige el mundo?

Hay modelos de creyentes que hoy no suscitan el menor interés. Creen “a la antigua”. Responden a las preguntas de nuestros contemporáneos con las palabras, los gestos, las oraciones de otras épocas. Hay grupos religiosos, o así denominados, que están exhaustos, en ellos no se experimenta el Misterio; lo que allí aparece no interesa. La fe religiosa es considerada como un estadio regresivo de la conciencia humana. Quienes no se interesan por Dios, ni por la actitud religiosa, no son en principio beligerantes. Aceptan a los hombres o mujeres religiosos porque son demócratas, liberales. Pero no ven en nosotros aquel valor que nosotros pretendemos proclamar.

No hay lugar para Dios en el mundo pos-cristiano, secularizado, desacralizado. La cultura contemporánea no lucha “contra Dios”. Más bien se desentiende de Él. Ha perdido el interés por Dios. Se puede ser ateo sin negar la existencia de Dios: basta solo con constatar su ausencia y no preocuparse por ello.

Cuando sucede una desgracia, incluso un cataclismo, los medios de comunicación no emplazan a Dios. Si algún periodista lo hiciera, probablemente no encontraría mucho eco en los lectores y esa página recaería como una pérdida en el periódico o esa emisión en el conjunto de la programación radiofóniaca o televisiva. La sociedad más avanzada excluye a Dios de sus inculpaciones. Ya no se hace las preguntas de los existencialistas. Los culpables de lo que sucede habrá que encontrarlos en otro lugar.

Se hizo famosa aquella conferencia en Ginebra de Jean Paul Sartre, pronunciada poco después de los horrores de la segunda guerra mundial, en la que dijo: “Señores, ¡Dios ha muerto!”. Y Malraux comentó: “¡Dios ha muerto; por lo tanto, ha nacido el hombre!”. En ese contexto social y cultural, la religión dejó de interesar al ser humano. Y comenzó a interesar todo lo que el ser humano puede y debe hacer. Él ser humano puede aprender el arte de la no-violencia, ha de preocuparse de alimentar sus esperanzas, ha de hacerse sus propios dioses y acabar con ellos cuando no le sirvan. El ser humano ha de entrar en una nueva conciencia en la que descubra su identidad abierta (planetaria, transnacional).

Hoy nos resulta difícil entender las palabras de  Péguy: ” hay que hacerse violencia para no creer”. No creer, según la etimología de la palabra hebrea, significa no decir “amén” a Dios, rechazar su existencia. Y decir no a su existencia es necedad (Sal 14,1), es locura (decía san Agustín).

Y, sin embargo, nuestro Dios habla ¿la pregunta es cómo y dónde? Nuestro Dios se manifiesta. No ha abandonado su alianza con la humanidad, ni tampoco con aquellos a quienes no interesa. ¿Qué está haciendo Dios para seducir a estas nuevas generaciones que surgen en torno al comienzo de siglo?

Debemos recuperar e sentido del misterio, de “lo santo” y no confundirlo con los espacios, los tiempos, los temas sagrados, que nos hemos construido para responder a Dios. No es cuetión de exponeer nuestras reflexiones  “sobre” Dios, sino ser testigos “en” y “desde” Dios. Ese Dios “sobre” el que se piensa, está en crisis, está muriéndose, está muerto. El cristianismo ha transmitido frecuentemente una idea de Dios que ha puesto en rebelión a la gente que está fuera de la Iglesia. Cuando la idea de Dios se pone al servicio de instituciones, de autoridades, de sistemas… entonces esa idea suscita rechazos.

Sentir a Dios es ponerse bajo el arcoiris, descubrir en la naturaleza al Dios de la Alianza con la tierra, con el inmenso espacio, con el cosmos. Sentir a Dios es llegar a la raíces de lo humano y dejarse atraer por la utopía que en lo humano se adivina. Sentir a Dios es vivir extra-limitándose, en una apertura y una curiosidad que nunca se dan por satisfechas.

Sentir a Dios es dejar que el Espíritu de Jesús nos haga entrar en trance místico. Dejarle ser, hablar, actuar, movernos, silenciarnos, inspirarnos. Y no dejar que se apoderen de nosotros otros espíritus, repetitivos, obstinados, esclavizadores.

La experiencia de Dios saca a nuestra razón de sus “casillas”, de sus esquemas cerrados, de sus límites. La teología escatológica, utópica, es liminal, fronteriza, inquietante. Invita a salir sin posible vuelta atrás.

Dios es inefable, inconcebible. No hay nombre que exprese adecuadamente quién es: “su nombre es santo”, impronunciable, inalcanzable. Entonces el problema no es el silencio, ni la invisibilidad divina, sino su ex-cedencia, es decir, que excede todos nuestros parámetros; no tenemos órganos adecuados para captar tanta Realidad, tanta Luz, tanta Verdad, tanta Belleza…

Pensar en Jesús, en este contexto, es entrar en el ámbito humano más extra-limitado que podamos imaginar. Jesús es muy interesante. Nunca en Él se pierde el interés para ir más allá, para ex-cederse. Jesús está en el cielo y desde allá envía su Espíritu para que demos el gran salto de la fe, para que lleguemos al límite, al umbral… es allí donde todo se entiende.

(Reflexión del Viernes Santo 2011)

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Muestras de amor: ¡Dios entiende de emociones!

Martes, 19 de Abril de 2011 2 comentarios

No ocurre así en la seriedad y en el ritmo de bastantes de nuestras celebraciones litúrgicas en estos días. La objetividad del rito se impone a la subjetividad de quienes en él participan. Los que dirigen las celebraciones se esfuerzan en que todo se realice según norma y sin extralimitación.

En contraste con esto, me encuentro celebrando la Semana Santa en una comunidad cristiana en la cual los fieles hacen constantemente  “muestras de amor” hacia Jesús y a su Madre, hacia Dios Padre, hacia al Espíritu Espíritu Santo. Se trata de personas de todas las edades, género y condiciones. Me quedo confundido al descubrir tanta afectividad, tanta emoción, tanta fe en gestos que nunca han formado parte del ritual litúrgico. Me pregunto en mi interior, si yo, presbítero de la madre Iglesia, siento hacia Jesús, hacia Dios Padre, hacia el Espíritu, un amor semejante, si mi fe en la presencia eucarística es tan intensa y emotiva, si alguna celebración llega a conmoverme de esa manera…

Hemos sido educados -los hombres y las mujeres de religión más ilustrados- en un formalismo tal, que ahoga nuestros mejores sentimientos, nuestras emociones y nos vuelve “empleados” religiosos, que realizamos un rito y otro, pero sin apasionamiento,  aunque sí con corrección litúrgica . Decimos lo que se espera de nosotros, pero el corazón no se estremece, ni se conmueve nuestro rostro, ni emergen lágrimas, ni la voz se quiebras, ni se nubla la vista, ni nos tiembla nuestro cuerpo.

A veces, el grupo ministerial que atiende a las celebraciones está pendiente de “lo que hay que hacer”, me pregunto si no un poco despistaados respecto a “lo que hay que vivir”. Si alguien tuviera acceso a sus pensamientos y sentimientos, tal vez encontrara un ser humano que funciona, pero vacío de emoción, de amor y de auténtica fe  Es paradójico estar tan cerca del Señor y no sentir el poder que de su cuerpo emana, ni la fuerza imperiosa de su Palabra. Es penoso ser un frío funcionario, un cumplidor exacto de rúbrias, cuando se está llamado a ser un ardiente testigo, un apasionado apóstol. Ese funcionario puede ser el encargado de la música, el lector o lectora, el que sirve al altar, el encargado de recoger la colecta, el concelebrante o el presidente de la celebración. ¡Qué diferente es la celebración, sin embargo, cuando la comunidad de servidores siente, padece, se emociona, está totalmente centrada, no le da importancia a los pequeños errores, y vive la celebración sacramental como si fuera lo único importante y decisivo.

Allí, entre la asamblea están las personas que expresan su amor en cada momento, con mil gestos; no todas son así; la hay también indiferentes, meras espectadoras. Pero, ¡qué bello es encontrarse en una asamblea cristiana en la que hay un gran grupo ferviente que expresa su fe en palabras devocionales, en gemidos espontáneos que brotan cuando se elevan los dones eucarísticos y son expuestos para la adoración, que reaccionan amigable y hospitalariamente en el momento de la paz, que extienden y alzan sus manos en momentos orantes como  el padrenuestro, el “hosanna” entusiasta del Sanctus, el emotivo “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo” o las doxologías. Cómo se acercan a comulgar; con qué pasión acogen a Jesús en sus manos o en su boca, qué agradecimiento y alabanza les embarga cuando la Eucaristía ha concluido y cuánta amable atención a los hermanos y hermanas, y cuánto gozo desprende su rostro…

Damos por supuesto que amamos a Jesús, pero ¿cómo lo mostramos? Los sentimientos religiosos están sometidos a un serio marcaje social. No permitimos que afloren. Por eso, nuestra religión cristiana -en su presencia en sociedad- resulta excesivamente racional, seria y seca. Hemos olvidado el lenguaje amoroso para utilizar el lenguaje “preciso”, “riguroso”, frío de la teología dogmática. Parece que nuestra puesta en escena en la sociedad ha de ser la de un grupo de intelectuales, que al parecer, si creen, es porque tienen razones muy profundas y complejas para creer.

¿Dónde está la espontaneidad del amor? ¿Dónde está la emoción de quien cree, no por magníficas razones que se han impuesto (¡diálogo fe y razón!, del que tanto se habla hoy), sino “porque cree”? ¿Es que la gente se enamora por razones? ¡Después se verá que el enamoramiento es, o puede ser, razonable! Pero el motivo del enamoramiento es una conjunción misteriosa de dos vidas que se encuentran. Y entonces, la expresión del amor es exhuberante. El amor es digno de fe y de reconocimiento por sí mismo.

Los creyentes que se emocionan ante los pasos de la Semana Santa, quienes clavan sus ojos en el Crucificado y oran insistentemente ante Él, quienes miran compasivamente la imagen de María, la Dolorosa Madre, o quienes cantan estos días, con el corazón compungido, las melodías tradicionales de nuestra fe, son personas que aman. Los sumos sacerdotes y los fariseos, dirían que esta gente inculta, que no conoce nada… ¡se equivocan! Pero Jesús, ¿qué diría? ¿Qué dijo del ciego de nacimiento a quien las autoridades expulsaron del templo?

A veces me pregunto, ¿dónde pondrá nuestro Dios sus ojos durante la celebración? ¿En quienes toman notas de los “estupendos conceptos” emitidos por el presidente de turno, o en quienes se estremecen ante sus palabras, sus gestos y su presencia?

El pueblo de Dios nos invita a llenar de calidez amorosa nuestras celebraciones, a dejarnos impactar por la Presencia, a acoger la presencia con una fe enamorada.. Solo el amor es digno de fe.

Podemos, al final de esta breve reflexión, disfrutar de la canción de Alejandro Sanz titulada “Si hay Dios…seguramente entiende de emoción”

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