“Sin Mi no podeis hacer nada” (Jn 15,5): la llamada del Valor supremo

Es una frase de Jesús.

Pero imaginemos por un momento que es pronunciada por alguien o por algo diferente. Uno se pregunta: ¿existe algo o alguien, que pueda con justicia y verdad reivindicar para sí tal pretensión? “¡Sin mí, no podéis hacer nada!” Lo que parece excesivo, sin embargo es posible y también real.

Hay personas que se encuentran en tal grado de dependencia y sumisión que es poco o nada lo que pueden hacer por sí mismas. Son personas que han renunciado al ejercicio sublime de su libertad, para esclavizarse, someterse, depender en exceso. En el ámbito psicológico se habla de adicciones, en el ámbito religioso de idolatrías, supersticiones o fundamentalismos, en el ámbito político y deportivo de fanatismo.

Lo que crea adicciones: sin mí, no podéis hacer nada

La persona adicta, supersticiosa o fanática se aliena hasta tal punto que va perdiendo el autodominio, el autocontrol, la capacidad de decidir y optar. Se siente habitada y conducida por una realidad extraña. No es ella la que toma decisiones; simplemente se somete. Es como un piloto desplazado del puesto de mando por un secuestrador o sometido -bajo amenaza de muerte- a su dictado. El estado de adicción hace perder la capacidad de reacción, de respuesta, de juicio certero. La realidad adictiva sí que puede decir: “sin mí no podéis hacer nada”.

Por eso, quienes se dejan llevar por el afán de poder, son conscientes de que crear estados de adicción le facilita enormemente el camino. Hay liderazgos carismáticos morbosos que consisten precisamente en esto: ¡en crear adicciones al líder! Por el líder se está dispuesto a cualquier cosa que pide, hasta morir: las sectas suelen generar estados de adicción de este tipo. Ha habido, como sabemos, casos de suicidios colectivos para responder a las exigencias del líder. La posibilidad amenazante de generar adicciones a los liderazgos nos hace mantener alerta para borrar de ellos los elementos morbosos y de muerte que se hacen presentes como demonios cuando menos lo pensamos.

Hay también adicciones a cosas o realidades no personales. Tales adicciones están acompañadas de una visión intelectual y afectiva de la realidad. Me refiero a la adicción que pueden producir el poder o el éxito, el dinero o el tener y el sexo o el disfrutar. La ambición, la avaricia y la lujuria son los nombres clásicos de tales adicciones. No son realidades del pasado, sino también del presente, aunque hoy asuman una apariencia diferente. Es palmario a nuestros ojos cuántas personas son adictas al poder, al éxito, al glamour, a la fama que han conseguido; cuántas personas son adictas al dinero, al crecimiento de sus economías, a la expansión de sus propiedades y mantienen un férreo control sobre aquello que tienen; cuántas personas son adictas al sexo, de tal manera que no pueden prescindir de él y toda su vida está orientada a la satisfacción de su conscupiscencia.

La llamada de los valores y las dos respuestas

El filósofo Alfonso López Quintás ha analizado de forma sugestiva y aguda una doble actitud y experiencia de vida, que él denomina: experien­cia de vértigo y de éxtasis[1]. Vértigo y éxtasis serían, según él, dos actitudes y opciones vitales ante las fuerzas o los valores que actúan en la existencia de cada hombre o mujer. Estas categorías son especialmente útiles para describir la respuesta y el compromiso ante la interpelación de los valores.

El vértigo

Cuando desde una alta torre miramos al suelo, el vacío parece tira de nosotros como un imán y en ese momento sentimos vértigo; si no nos asimos fuertemente, corre­mos el peligro de caer catapultados al suelo.

También en la vida personal se dan formas de vértigo. Supongamos que nos topamos con una realidad (persona, grupo, producto, situación), que nos invita a participar en ella y ejerce sobre nosotros una poderosa atracción. La percibimos como un valor muy apeteci­ble. Nues­tro yo intuye que por medio de ella puede obtener ganancias fáciles y satisfac­ciones inmediatas. No nos exige nada. Se presenta llena de promesas.

  • Nos dejamos llevar de su fascinación; como un imán esa realidad nos se-duce, nos lleva hacia sí, nos catapulta hasta empas­tarnos con ella misma.
  • Las sensaciones iniciales son de una alucinante exaltación, que ciega ante cualquier adver­tencia o señal de alarma; la exalta­ción y el enardecimiento producen euforia, impresión de poder, de plenitud.
  • Pero no se trata de algo duradero. Muy pronto llega la asfixia; la exaltación se convierte en decepción y tristeza; y de la tristeza se pasa a la angustia, a la pérdida de orientación y la estrechez del camino; de la angustia se pasa al miedo a lo ya irremediable, al horror del vacío.
  • El podero­so influjo de la realidad fascinante anula y empobrece nuestro propio yo: lo domina, lo somete a vejacio­nes, lo enaje­na, lo aleja del campo de su realiza­ción perso­nal, le hace perder su capaci­dad creado­ra, lo deja aplastado, em­pastado y sin iniciativa, casi muerto.
  • Es entonces cuando el abismo se hace cada vez más cercano. Uno comienza a tocar fondo, a empastarse de tal modo con la realidad que tanto atraía y prometía, que ya no queda nada de uno mismo. Es la muerte.

La metáfora sirve para entender lo que nos ocurre frecuentemente a los seres humanos. Hay valores que a pesar de ser verdaderos, auténticos, son percibidos de manera errónea y sobredimensionados. Cuando se convierten en valores absolutos o cuasi absolutos, comienza el proceso del vértigo y la destrucción.

El vértigo comienza por la vana ilusión de conquistar la felicidad por la vía del egoísmo y acaba privándonos de toda vida personal auténtica. El que se entrega a cualquier tipo de vértigo puede tener la impresión de ganar una forma intensa de unión con la realidad fascinante, pero en realidad no se une a ella, se pierde en el halago que ella le produce (López Quintás).

Hay diversas formas de vértigo: el vértigo del aislamiento, del gregaris­mo, de la nostalgia, de la revolución, de la abstracción intelectual, de la prisa, de la pura compe­tición, del ritmo excesivo, del poder, de la lujuria, de los estupefacientes, de la sensibi­lidad banalizada, del juego de azar, de la destrucción, de la mala fe. También hay un vértigo existencial que llamamos angustia. Kierke­gaard la llamaba “enfermedad mortal”. En la angus­tia la vida del espíritu queda bloqueada, sin que se extinga la luz de la concien­cia. Existe también el vértigo de la ambición o dominio, el vértigo de la unión disol­vente de los límites individuales.

El éxtasis

Cuando, por ejemplo, un escalador contempla la formidable pared vertical de una monta­ña, siente en sí un poderoso impulso que lo lleva hacia la cumbre y precisamente por el lugar más difícil y peligroso, que lo invita a desplegar todas sus energías para lograrlo. Desde ese momento hasta alcanzar la cima acontece en él una experiencia de éx-tasis.

La palabra “éxtasis” designa un fenómeno místico, religioso o intelectual, que consiste en la polarización de la atención en una persona, objeto o acontecimien­to que conlleva una cierta pérdida de la conciencia de sí. Ampliando el campo de significa­ción de esta palabra podemos hablar no solo de éxtasis religioso, o filosófico; también de éxtasis deportivo, estético, ético, amoroso. Se producen experiencias de éxtasis en cualquier campo (deporti­vo, estético amoro­so, ético, religio­so…). Pero el ser humano debe pasar por noches de doloro­sa purifica­ción, que lo liberen de la tendencia al dominio, al ego­centris­mo o egolatría.

Como en la experiencia de vértigo, también en la experiencia de éxtasis el punto de partida es dado cuando una realidad valiosa ejerce un poderoso atractivo sobre nosotros. Hay, no obstante, una llamativa diferencia. En la experiencia de éxtasis:

  • Nuestro yo no se deja llevar por sentimientos de dominio, no se afana por ganancias inmediatas y fáciles, no está dispuesto a dejarse vanamente alucinar; la atracción de la realidad valiosa lo activa, no lo ofusca.
  • La realidad valiosa no se presta a ser fácilmente con­quistada; al contrario, lo exige todo de principio, y desde esa exigen­cia, lo promete todo.
  • Cuando entramos en la lógica del éxtasis, la atracción se convier­te para nosotros en apelación a nuestra libertad creadora, en motor de nuestra propia actividad. La realidad atrayente es la que desencadena un dinamismo interior y des­pierta y activa todas nuestras facultades, tal vez dormidas o inactivas.
  • En la experien­cia del éxtasis salimos en éxodo con lo mejor de nosotros mismos, con nuestra libertad en pié de acción; entra­mos en un camino de trascendencia que nos lleva a lo mejor de nosotros mismos, a la figura ideal de nuestro ser.
  • Al sentir la atracción y emprender el camino la euforia, el gozo, el entusiasmo nos embargan; no porque se nos conceda de inmediato lo que buscamos, sino por estar ya en camino. El sentimiento de gozo, de entusiasmo, la sensación de plenitud, son como los signos precursores y anticipadores de una realidad que se ofrece prome­tiéndose tras un largo camino.
  • El entusiasmo de la experiencia extática responde a una sensación interior de riqueza, polarmente opuesta al vacío que provoca el vértigo. Entusiasmarse es entrar en el ámbito de la divinidad. Entusiasmarse es entrar en el ámbito de la divinidad. El entusiasmo no se reduce a una exaltación conmovedora y fugaz. Es la sen­sación gozosa de estar instau­rando una vida personal auténtica y desbor­dante a través de un acontecimiento fecun­do de encuentro. Se sabe que al final se conseguirá todo lo que había sido prometido.

Nuestra vida es valiosa cuando se proyecta y diseña como respuesta adecuada a los valores. Los valores que extasían sí que puede decir también: “sin mí no podéis hacer nada”. Los valores nos llaman, nos interpelan, nos comprometen.

Llamada de los valores, ¿llamada de Dios?

Detrás de todos los valores está el Valor Absoluto, el Valor por excelen­cia, aquel que dignifica y valoriza todo lo que existe[2]. Es Dios. La atrac­ción de los valores es como una pequeña manifestación de la atracción infinita de Dios. El es quien nos atrae a través de los valores. Él es quien nos llama a través de ellos.

Hay valo­res, que ejercen sobre nosotros una misteriosa atracción: se nos presen­tan como una demanda absoluta; por conquistarlos estaríamos dispuestos hasta a perder la propia vida. Uno se pregunta que cómo es posible que algunos valores interpelen de una forma tan totalizante. Pense­mos en quienes renuncian a todo, por servir a la causa de un pueblo, o para dedicarse sin reservas a la creación artística. ¿No será que un Valor Inifito se asoma e invita a través de ese aparente valor limita­do? ¿No será que hay una realidad personal, suprapersonal que nos interpela por medio de todo lo que vale, de todo lo que atrae?

Hay valores que nos llaman sin pronunciar nuestro nombre, de forma anónima. Sólo una persona puede llamarnos por nuestro nombre. Nunca una cosa. La llamada personal de un valor es el grado superior. Este tipo de llamada sólo puede provenir de una persona que encarna un valor, o de un valor personal. Las llamadas más sublimes llegan a nosotros por medio de las personas. Y la llamada suprema procede en el fondo, radicalmente, de una Persona que encarna el supremo valor. Vivir es respon­der a las llama­das de los valores, pero sobre todo, de las perso­nas que los encarnan. La llamada de la persona humana, del prójimo, adquiere un carácter absolu­to, cuando incluye al mismo tiempo, implícita­mente, lo absoluto de Dios.

El carácter exigitivo o absoluto de la llamada de unos valores tiene en la amabi­li­dad de Dios y en su atractivo irresistible su causa más profunda. Por eso, el que se siente llamado estará inquieto hasta que no identifique aquella realidad personal, aquella persona divina que le llama. G. K. Ches­terton decía que “para el ateo el peor momento es aquel en que siente que debe agradecer y no sabe a quién”. Cuando reconocemos a quien nos llama, entonces la llamada del valor se convierte en una auténtica vocación perso­nal. Saberse llamado es negarse a considerar el mundo y la vida como un aconte­cimiento opaco e impersonal.

Todos los hombres y mujeres de la tierra estamos siendo constantemente inter­pelados por el universo de los valores. Desde él se nos emiten sin intermitencia los más variados mensajes, las más estimulantes llamadas. Los valores tienden a suscitar en nosotros las más variadas respuestas. Vivir es responder a ellos. Cada persona respon­derá de una manera diferente según su propia escala de valores. La propia vida se hace tanto más valiosa, cuanto más valiosas son las realidades que la determinan y a las que se entrega. Allí donde hay valores, y sobre todo valores que reclaman de una forma absoluta, allí se crea un ámbito vocacional, de llamada y de respuesta.

En cualquier hombre y mujer puede suceder el acontecimiento de la voca­ción. La voz que llama tiene el timbre y el contenido fascinante de los valores que relucen en todo lo existente. Cuando los valores están encarna­dos en una persona, en una comunidad, en un pueblo, entonces se convier­ten en llamada para entrar en comunión. La amistad, el compromiso matrimo­nial, la adhesión a una comunidad, la entrega a una causa, el servicio a la cultura, al arte, a la ciencia a la política, a la religión, son respuestas a interpelaciones mundanas. Forman el rostro secular de la única vocación divina. Es elocuente lo que a este respecto escribió Teilhard de Chardin:

“La manifestación de lo Divino no modifica el orden aparente de las cosas como tampo­co la consagración eucarística modifica ante nuestros ojos las santas espe­cies… Tan sólo se hallan acentuadas en su sentido. Como esas materias trasldcidas que un rayo encerra­do en ellas puede iluminar en bloque, para el místico cristiano el Mundo aparece dañado por una luz interna que intensifica su relieve, su estructura y sus profundidades. Esta luz no es el matiz superficial que puede captar un goce grosero. Tampoco es el brillo brutal que destruye los objetos y ciega la mirada. Es el destello fuerte y reposado, engendrado por la síntesis en Jesús de todos los elementos del Mundo… El gran misterio del Cristianismo no es exactamente la Aparición, sino la Transparencia de Dios en el Universo. Sí, Señor, no solo el rayo que roza, sino el rayo que penetra. No vuestra Epifanía, Jesús, sino vuestra diafanía”[3].

Vocación y proyecto de vida son las dos caras, divina y humana, de una sola realidad psicológica profundamente humana.

¡Sin Mí no podeis hacer nada! (Jesús)

La llamada de los valores se sitúa en un mundo redimido por Jesús y al que Jesús y su Abbá enviaron al Espíritu Santo. La reali­dad, en la que emergen los valores, está toda ella transida por el aconteci­miento de la redención. Jesús, como maestro y redentor de la humanidad nos habló de:

  • el “tesoro escondido” (Mt 13, 44),
  • la “perla de gran valor” (Mt 13, 46),
  • “lo único necesario” (Lc 10, 42),
  • “lo que hay que buscar ante todo” (Mt 6, 33).

Jesús, en su admirable humildad, no se refería a sí mismo, sino al acontecimiento del Reino de Dios – ya presente entre nosotros -. Ese es el valor absoluto ante el cual todos los demás son valores relativos; por él merece la pena perderlo todo. Este valor supremo no es una cosa, sino un acontecimiento: algo que está ya ocurrien­do entre Dios, el hombre y el univer­so. Se trata de la gran alianza de amor entre Dios y el hombre, por la cual Dios ha entrado en nuestra historia y actúa de forma que seamos una humanidad más libre, más digna, más reconciliada, más feliz. Se trata del gran proyecto de Dios de que todos nos llamemos y seamos de verdad hijos de Dios, hermanos de todos los hombres y se­ño­res de to­das las cosas.

Lo que Jesús no nos dijo directamete, lo proclamó la Iglesia apostólica: que el Reino de Dios acontece a través de la mediación de Jesús, el Hijo de Dios. El gran pensador cristiano Orígenes lo llamaba “auto‑reino” o el “reino en persona”. Jesucristo y lo que El significa para toda la humanidad es la manifestación del valor supremo por el que hay que estar dispuestos a perderlo todo para ganarlo todo: “ven y sígueme”, “sin Mi no podéis hacer nada”. Es cuestión de vida o muerte; ni el padre, ni la madre, ni la familia o los bienes, ni siquie­ra uno mismo, porque “quien se pierde se gana”.

Los evangelios sinópticos presentan diversos relatos de vocación, en los cuales Jesús llama a algunos a su seguimiento. Estos (Pedro, Andrés, San­tiago y éuan), éstos abando­nan inmediatamente todo, su oficio, su padre, y le siguen. Jesús sólo les pide que le sigan, no que hagan renuncicas; se trata de la acogida de un valor que excede en mucho todo aquello que se abandona; por eso, no hay que enfatizar en la renuncia. Son los evangelis­tas quienes ponen de relieve las conse­cuencias prácticas de la llamada: ruptura con la familia, con el oficio y su instru­mental[4]. Asociándose a Jesús se cambia radical­mente de ambiente y de oficio, porque se impone otro modelo de existencia. Para estar con Jesús los discípulos rompen con su medio de vida y de trabajo.

Hay también discípulos anónimos que se acercan a Jesús, para escuchar su llama­da (Lc 9, 57‑62); Jesús les dice que estar con El y ser su discípulo es una exigen­cia absoluta. Para seguirle hay que estar dispuesto a todo, prefiriéndole a El a todo lo demás: rupturas familiares, inseguridad del itinerante. Se afirma el carácter incondicio­nal y central del compromiso en el seguimiento de Jesús, que prevalece sobre todo otro valor.

Jesús propone unas exigencias muy radicales a quienes le siguen: “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8, 34):

  • “negarse”, referido a una persona, significa no recono­cerla, no tomarla en consideración, distanciarse de ella. Pedro negó a Jesús. Negarse a sí mismo consiste en no tomar en consideración lo que de más hondo hay en cada uno: el deseo de autoafirmarse y de vida.
  • “Tomar la cruz” evoca una serie de elementos relacionados con la Pasión y Muerte de Jesús. Significa estar dispuesto a compartir hasta la muerte, el destino de Jesús. Llevar la cruz “cada día” (Lucas) hace referencia a soportar a lo largo de la vida las dificultades provenientes del hecho mismo de ser cristiano. Quien llega a hacerse discípulo de Jesús debe contar con una muerte eventual: estar dispuesto a ella es olvidarse, perderse, negarse a sí mismo, en vez de estar apegado al propio yo.

En otra ocasión dice Jesús: “Quien quiera salvar su vida, la perderá y quien pierda la vida por mí y por el Evangelio la salvará” (Mc 8, 35).

  • El Maestro quiere decir que hay dos vidas: una existencia histórica, enraizada en el tiempo y en el espacio, garanti­zada por el instinto de conservación y de supervivencia y otra ligada al mundo de Dios, de Jesús, abierta al futuro, “vida eterna”.
  • Para entrar en la segunda no se ha de dudar en sacrificar la primera. Tal sacrificio no es una exigencia arbitraria o una forma de huir de la vida. La razón de saber perder la propia vida es: “a causa de Jesús”, “por el Evangelio”. El que se une a Jesús debe estar preparado para el martirio. Se pierde uno cuando cada día acepta vivir por otro distinto de sí mismo.

La exigencia más absoluta de Jesús es darle a El la preferencia sobre todo, sobre sí mismo, sobre la vida, dispuestos a la muerte. Estamos aquí en lo más radical de la renuncia pedida al hombre. Esta inaudita exigencia descansa sobre otra no menos inaudita: proclamar la absoluteidad de Jesús, el derecho de Jesús a exigirlo todo y el deber del discípulo de aceptarlo todo.

Aunque las exigencias del seguimiento son tan radicales, no es, sin embargo, el radicalismo lo esencial. Supera con mucho al radicalismo la experiencia de gracia que se le regala al discípulo. Encontrarse con Jesús y vivir con El es encontrar el “valor supremo” de la vida. Nada hay tan valioso, tan admirable, tan transformador. Quien se asocia a Jesús por el seguimiento, por la fe, se identifica con El. Se identifica con la “imago Dei” y lleva su ser humano a plenitud. Jesús no es sólo un Valor objetivo que se contempla; es un valor que dinamiza, que recrea al hombre y lo hace creador al mismo tiempo. En el fondo‑fondo de todas las llamadas de los valores, está la llamada de Jesucristo, el Mediador del acontecimiento del Reino, el Salvador del mundo.

Jesús, el Valor de todos los valores

El ámbito de los valores queda resituado en la zona de la Alianza de amor que quiere nuestro Dios establecer con nosotros. Dios, nuestro Abbá, quiere relacionarse permanentemente con nosotros. Con Jesús -y su vida entregada- nos ofrece el cáliz de la nueva  y definitiva Alianza. Cuando entramos en la Alianza, nada se pierde. Todo se recupera en la perspectiva del Valor supremo.

Solo cuando la vida es vivida y asumida en su realidad, todo esto se produce de verdad; las realidades terrenas y la historia se convierten en signos de Dios, sobre todo cuando las vivimos en su propio valor. Entonces las situaciones en que nos encontra­mos constituyen los elementos de un diálogo entre Dios y el ser humano. De este modo esas situaciones profanas, introducidas en una perspectiva cristológica, son de suyo una “gracia exterior”, en la que se dibuja ya la dirección en la que Dios quiere hacerme vivir aquí y ahora la comunión de vida con El. A través de ellas Dios me va propo­niendo día a día la tarea de mi vida. La invitación interior de la gracia de Dios y la situación exterior se enlazan entre sí: la situación es, por así decirlo, la “exteriori­dad” de la gracia interior.

Sin Jesús no podemos hacer nada, pero con Jesús “todo” adquiere sentido. Jesús no nos llama a ser perdedores, sino ganadores. Las llamadas de los valores, las llamadas del íeino, las llamadas de Jesús no ofrecen ganancias inmediatas. Comprometen hasta lo más hondo. Son llamadas a una activación total de nuestra persona. Pero al mismo tiempo nos introdducen en el ámbito de la vida -”vida eterna”-, en la experiencia de la bienaventuranza que ofrece al hombre horizontes insospe­chados de trascenden­cia. Se trata de auténticas experiencias de éxtasis. El Espíritu de Jesús, el Espíritu del Padre, genera en los llamados un dinamis­mo de auto-trascendencia, de superación y absorción de todas las energías vitales en el proyecto del íeino. La vida en el Espíritu que inicia la res­puesta a la llamada de los valores es una auténtica experiencia extática[5].


  [1] Las ideas de este apartado están tomadas de A. LOPEZ QUINTAS, Las expe­riencias de vértigo y la subversión de los valores, Ed. Real Academia de ciencias morales y políticas, Madrid, 1986, pp. 30‑49).

  [2] Para esta reflexión he encontrado la inspiración fundamental en un precioso artículo, al que soy deudor, incluso en no pocas expresiones: Cf. E. SCHILLEBEECKX, Vocación, proyecto de vida y estado de vida, en La misión de la Iglesia, ed. Sígueme, Salamanca, 1971, pp. 267‑320.

  [3] TEILHARD DE CHARDIN, El medio divino, ed. Alianza‑Taurus, Madrid, 1984, p. 111.

  [4] Cf. J.M. LOZANO, Vida como parábola, Publicaciones Claretianas, Madrid 1985.

  [5] P. Tillich habla de la “presencia espiritual”, o presencia del Espíritu como experiencia de éxtasis. El Espíritu nos saca de nosotros mismos, nos hace trascendernos para llegar a lo mejor de nuestro ser: cf. P. TILLICH, Teología sistemática, III, EP, Ed.Sinodal, S>o Paulo, 1984, pp.

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4 Respuestas a “Sin Mi no podeis hacer nada” (Jn 15,5): la llamada del Valor supremo

  1. m.mar dijo:

    Muchas gracias por su profunda creatividad de presentar siempre de manera nueva lo que sabemos que es vital!

  2. Dios nos quiere libres. Nos sueña libres…

  3. hna luz dijo:

    un saludo os agutado mucho tú reflexión valen mucho tús aportes jose cristo rey eres muy inteletual

  4. hna luz dijo:

    de verda estamos trabajando con tu trabajo padre de la universidad luis amigo vales muchooooooooo

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