Un Capítulo General … cuando el Espíritu es protagonista

Se celebran constantemente Capítulos Generales. Son momentos neurálgicos en la vida de los institutos religiosos. En ellos se abren periodos de revisión, de visión, de proyección, de vital importancia. Se busca siempre lo mejor. La responsabilidad de quienes los preparan es evidente. Pero ¿se tiene conciencia de aquello que un Capítulo general implica? Quizá estas reflexiones teórico-prácticas puedan ayudar a ello.

I. LA PERSPECTIVA

Quiero situarme, ya desde el principio, en el momento histórico que estamos viviendo. No quisiera hablar de los Capítulos Generales, en general, sino de los Capítulos Generales ahora, en la segunda década de un nuevo siglo, del siglo XXI.

1. La perspectiva histórico-teológica

Estoy convencido de que nuestro tiempo es historia de salvación, de que estamos en tiempos de Alianza. Dios no ha retirado su misericordia, su pacto sagrado con la humanidad. Aunque podamos dudarlo en más de una ocasión, aunque nos parezca que Dios se ha olvidado de su Alianza, nuestra fe afirma que Él está actuando en nuestro tiempo y que este tiempo es también “tiempo de salvación”.

Lo que ocurre ahora -¡también un Capítulo General!- forma parte del gran contexto de la Alianza, de la cercanía de Dios. Nuestro Dios actúa en nuestro tiempo, también en nuestro tiempo congregacional. Su Espíritu llena la tierra. “Todas las cosas contribuyen para el bien de los que aman a Dios”. Por eso, no creo apartarme del tema que se me ha confiado, si ya desde el principio digo que quisiera hablar de nuestros Capítulos Generales en perspectiva teológico-práctica, teniendo en cuenta el momento histórico en el que se realizan. Nuestros Capítulos Generales tienen una especial importancia en el descubrimiento de la voluntad de Dios en nuestro tiempo. Son puntos de revelación en nuestro mundo; encrucijadas en las que es posible captar lo que el Espíritu Santo está haciendo y pidiendo; sensores de aquello que la madre iglesia está viviendo.

Fíjense ustedes lo que conlleva el hecho de que periódicamente la vida religiosa se ponga en trance de “Capítulo General”[1], en trance de discernimiento, de revelación, de decisión. El fenómeno, contemplado en su totalidad, es bellísimo, es digno de contemplación. ¡Claro que podemos descubrir cómo Dios nos habla y mueve a través de un Concilio, o unos Sínodos de toda la iglesia o de las iglesias particulares. Pero, nosotros creemos que nuestro Dios nos está hablando mucho a través de esta peculiar “sinodalidad” de la vida religiosa, que se expresa en nuestros Capítulos generales.

¿Cómo se configuran los Capítulos Generales que responden a nuestro tiempo? ¿Qué llevamos a los Capítulos Generales las mujeres y los hombres de este tiempo? ¿Qué aportan los Capítulos de este tiempo a nuestros institutos, a la iglesia, a la sociedad?

2. Un Capítulo General en perspectiva teológica: pasiva y activa

Entiendo la teología como una actividad pasiva y activa.

Pasiva en el sentido de que la teología auténtica es más sabiduría que ciencia, más revelación que investigación, más gracia donada que esfuerzo o construcción propia. Si desde esta concepción pasiva de la teología nos planteamos acceder a la realidad de un Capítulo General, tarea teológica sería descubrir lo que el Espíritu de Dios nos manifiesta en ese acontecimiento. Por eso, para captar cómo nuestro Dios se manifiesta, actúa y  dirige un instituto a través de los Capítulos generales, es necesario ser agraciado con una gracia de revelación y comprensión.

La teología es también activa. Para hacer teología hay que activarse, esforzarse, diseñar, modelar. La teología es arte y artesanía. Es semilla que ha de ser cultivada, diseño o esbozo que ha de ser completado, método que ha de ser seguido y obedecido. Desde esta perspectiva, una reflexión teológica sobre el Capítulo General nos invita al ejercicio de la articulación, de la visión orgánica, de la sistematización de nuestras ideas y perspectivas.

Una reflexión teológica, así entendida, nos llevará a contemplar:

  • La realidad misma del Capítulo General como símbolo y no solo como institución eficaz para el gobierno.
  • El acontecimiento capitular dentro de la Iglesia, cuerpo de Jesús, Santuario del Espíritu, Pueblo de Dios como momento particular de Alianza de Dios con su pueblo “hoy”.
  • La tarea que corresponde a un Capítulo General.

II. EL SÍMBOLO

Decir Capítulo General es referirse, ante todo, a una institución eficaz para el gobierno de los institutos de vida consagrada. Se atiene a la normativa propia del derecho común de la Iglesia  y de los derechos particulares de los Institutos. Pero también decir Capítulo General es hablar de un  símbolo y de un acontecimiento simbólico, más allá de su utilidad. Esto es lo que quiero poner de relieve.

1. En la línea de nuestro Maestro

Se dice que Jesús era el Maestro de los Signos. Todo en su vida adquirió carácter simbólico. Utilizaba con arte el lenguaje simbólico de las parábolas. Sus gestos de bondad, acogida y curación recibían una fuerte impronta simbólica y se convertían en signos, símbolos, milagros del Reino. Su tiempo, el espacio que ocupaba, quedaban cargados de sentido, de presencia, más allá de lo imaginable. Jesús, Maestro de los Signos, nos transmitió también ese estilo. Y la Iglesia fue ya desde el principio comunidad simbólica, penetrada en su más íntimo ser de sacramentalidad. El sistema simbólico de la Iglesia es enormemente rico e imaginativo.

Ahí estamos también nosotros, como vida consagrada. Ya el Concilio Vaticano II puso un especial énfasis en la condición significativa, representativa, simbólica de la vida religiosa (LG 44,). Aunque a veces no seamos conscientes de ello, utilizamos un sistema simbólico en nuestra vida, en nuestras relaciones, en nuestras actividades, en nuestras expresiones. Una peculiar utilización de nuestro sistema simbólico se produce en el Capítulo General. Más aún, el mismo Capítulo General es, en sí mismo, un acontecimiento simbólico. Veámoslo..

2. La Asamblea capitular

Cuando se constituye la Asamblea capitular, con hermanas o hermanos, representantes, provenientes de las diversas instituciones y circunscripciones del Instituto, emerge un símbolo, antes disperso y como dormido. En esa comunidad emergente brilla la luz carismática que el Fundador o la Fundadora encendieron. Ese conjunto, bullicioso y silencioso, veterano y nuevo, intergeneracional, interracial, diversificado y contrapuesto, es el símbolo vivo del Instituto en ese momento.

Lleva en sí la dignidad de la tradición y del presente. Se ocultan en él los gérmenes del futuro. Aunque se repitan la mayoría de los rostros capitulares, nunca un capítulo es como el anterior, nunca el simbolismo se mantiene detenido.

Este grupo simbólico nos evoca el grupo simbólico constituido por Jesús: el grupo de los doce. Bien sabemos lo que Jesús quería decir con este número: que ellos eran símbolo de un nuevo Israel. Así también la comunidad-asamblea capitular se convierte por la elección y delegación de los hermanos o hermanas en el símbolo actual de “todo” el Instituto, de su presente, de su memoria, de sus sueños. Decir de “todo” significa que encontramos el todo en el fragmento. Que en ese número simbólico de Capitulares, ni más ni menos, está presente el todo congregacional. ¡Esto no se debería olvidar, porque en ello consiste el Capítulo! No hay que traicionar a las hermanas o hermanos representados. ¡Deben estar siempre simbólicamente presentes!

Quien sabe ver y percatarse, descubre que la “comunidad o asamblea capitular” es todo un símbolo cuyo significado total  siempre se nos escapa. Hay algo inexpresable en un rostro de rostros, de razas, de diversas generaciones y culturas, de sensibilidades contrapuestas; quizá se tarde un tiempo en percibir cuál es el aroma colectivo que esta comunidad emana, cuál es su identidad histórica en este momento, qué le está pidiendo Dios.

3. El espacio simbólico

La Asamblea capitular se instituye en un lugar o espacio concreto, en un tiempo delimitado. Quienes mantienen el arte simbólico de Jesús, y empatizan con el simbolismo permanente de la madre Iglesia, no son indiferentes ante la elección del lugar o el tiempo del Capítulo.

Hay espacios sacramentales, simbólicos, que sirven de escenario -de forma inigualable- al Capítulo que se celebra. En ellos las personas, la asamblea, reciben un “plus” de significación, más elocuente que mil palabras. El escenario es algo así como una música de fondo, como un contexto que constantemente interpela. La elección de lugares de fuerte simbolismo para la celebración de un Capítulo General no responde a un deseo burgués de cambio de lugar, ni a un mero esteticismo, sino a las exigencias simbólicas del momento.

La tradición profética estuvo siempre muy atenta a los detalles simbólicos. El profeta se constituía frecuentemente a sí mismo en “oth”, símbolo para Israel. Su tiempo, el lugar que ocupaba se convertía en densidad simbólica que el pueblo debería descifrar. El Concilio de Jerusalén, en tiempo de los apóstoles, o del Capítulo de las Esteras del primer franciscanismo, estuvieron acompañados del simbolismo –ya imborrable en nuestra memoria- del  espacio sagrado en que acontecieron. ¡Qué pérdida de fuerza simbólica, sin embargo, se produce cuando el lugar se torna repetitivo y se evoca a partir de números ordinales: ¡el tercer concilio lateranense!

En algunas circunstancias el simbolismo de la Casa Madre se torna ineludible. Los Carmelitas van a celebrar su Capítulo General sobre “lo esencial de la vida religiosa carmelitana” en Ávila. ¡Todo un lugar simbólico! Pero tampoco está mal aquel simbolismo que adviene de la interpretación de los signos de Dios en los lugares. Recuerdo todavía el impacto que me produjo la decisión de un Instituto de hermanos de origen holandés. Quedaban en Holanda las viejas glorias, los viejos edificios, del instituto, pero muy pocos hermanos de origen holandés, de la tierra, mientras que la vida le llegaba al Instituto desde los países meridionales de África. Decidieron celebrar su Capítulo General  en un país africano y posteriormente decidieron instalar allá mismo la Curia General.

4. El tiempo simbólico

Lo mismo cabe decir del tiempo capitular. Es cierto que la periodicidad de los Capítulos se atiene a la normativa propia, ya establecida. En todo caso, es importante descubrir los signos de Dios en el tiempo y, más concretamente, es ese tiempo en que el Capítulo acontece.

No solo hay que estar atento a la Palabra de Dios, a las Memorias, a las intervenciones, a los proyectos o programas, previamente preparados y ahora reelaborados. Hay que seguir manteniendo la vigilancia respecto a la historia que acontece. Quien sabe si Dios, en su providencia quiere decir algo. Habrá que interpretar si, incluso, Dios quiere interrumpir, introducir, cambiar esquemas, sorprender… Todo esto nos llega a través del Dios de la historia.

Para ello basta con ser vigías de los tiempos de Dios. Llegará alguna noticia, ocurrirá un suceso… si están atentos, los capitulares descubrirán que hay palabras de Dios en el tiempo, en el mismo tiempo de la celebración del Capítulo. ¿No mantendría una vigilancia así cualquiera de los profetas de Israel? ¿No aprovecharías las circunstancias del tiempo, el mismo Jesús, para cambiar, si necesario fuera, los mismos programas?

El tiempo simbólico está lleno de sorpresas. Cuando de verdad nos abrimos al simbolismo, se nos puede revelar lo imprevisible.

El mismo timing capitular (organización del tiempo) se puede establecer de forma simbólica. Si la celebración del Jubileo nos ha enseñado el arte de extraer el misterio del paso ineludible del tiempo, ¿cómo no va a ser esto posible en la configuración del tiempo capitular?

III. EL ACONTECIMIENTO

Los Capítulos generales no son en principio un evento, un acontecimiento. Están bien previstos por nuestra normativa. Se sabe de antemano cuáles son su razón de ser, sus cometidos, sus competencias. Evento es aquello que adviene y excede la causalidad previa. El evento, el acontecimiento introduce un “novum” en nuestra historia. Por eso, no conviene abusar de este término: si todo es acontecimiento nada es acontecimiento.

1. Acontecimientos, eventos

Si podemos aplicar a la celebración de nuestros Capítulos Generales la categoría de “acontecimiento”, de “evento”, es precisamente por los consideramos y vivimos como símbolos, como puntos de encuentro con el Misterio Santo de Dios y de diálogo con su voluntad. La convicción  de que Dios actúa en un Capítulo General es la que nos permite hablar del Capítulo como acontecimiento. Nuestro Dios puede poner, si lo quiere “el novum”, la novedad sorprendente.

No somos nosotros, con nuestro protagonismo quienes hacemos de un Capítulo un auténtico evento. No es nuestra ingeniosidad, sin más, la que introduce la novedad. “Si el Señor no construye la Congregación, en vano se cansan los Capitulares”.

No hay que olvidar, con todo, que el ser humano, con su libertad, puede bloquear los acontecimientos. Así se puede evitar que acontezca la Gracia. Es entonces cuando el candidato de Dios es relegado, cuando las propuestas de Dios son despreciadas y cuando se instaura otro régimen. ¡Menos mal que siempre será provisorio! Se niega el acontecimiento cuando, por ejemplo, después de haber pactado los propios candidatos y reunido el número de votos necesario, se tiene la desfachatez de dedicar un tiempo a la oración ante el Santísimo, para que Jesús conceda su gracia e iluminación en la elección de los candidatos. Si creemos en la acción eventual es muy necesario tener una actitud abierta, sin prejuicios, capaz de cambiar de opinión hasta el último momento.

2. La soberanía carismática

Un Capítulo General es un fenómeno de concentración de poder carismático. Se activa el poder carismático colectivo, heredado y desplegado a lo largo del tiempo. A este poder concentrado, se añade el poder carismático de cada una de las personas que forman el Capítulo. Sería ingenuo pensar que esa asamblea esta formada por poderosos y no-poderosos. Todos, todas, allí, en el Capítulo, son detentores de poder individual, personal y todos comparten el poder carismático. Lo expresarán más o menos, crearán redes o permanecerán aislados, pero ¡poder, todos tienen! El Capítulo General es, pues, el lugar y tiempo simbólico en que se produce una gran concentración de poder. Así lo quieren y acuerdan nuestras normas. Por eso, hemos hecho un esfuerzo económico, laboral, apostólico, para el Capítulo tenga lugar. La tarea capitular tiene precedencia sobre cualquier otra.

La palabra “poder” no es, en principio, un término negativo. El poder tiene un lado luminoso. Es esencial para el desarrollo de la persona y de la sociedad. El carisma es poder. Pero sí es verdad, que cuando el poder se “demoniza”, se pervierte y desvirtúa, entonces adquiere un rostro bestial y actúa como bestia.

Un Capítulo General es un campo energético en el que actúa diversos poderes. Hay tiras y aflojas, luchas abiertas y ocultas, debates… La experiencia nos dice que la utilización del poder puede ser honesta, pero también deshonesta. Que las intrigas, los celos y envidias, el afán de subir, pueden jugar malas pasadas. No es un regalo para un Capítulo General aquella persona que no tiene medianamente controlados sus pecados capitales. Aunque era a propósito del matrimonio, podríamos referir a los Capitulares, aquella frase de Nietzsche en su obra “Así hablaba Zaratustra”: “has sido elegido capitular… ¿te has preguntado si eres digno?”.

Donde tanto poder –energía positiva, podíamos decir hoy- se reúne allí puede acontecer algo. Se crea un espacio de acontecimiento también.

La constitución de la Asamblea capitular hace que se active la instancia suprema del Instituto. Reside en la Asamblea capitular toda la autoridad oficial-carismática del Instituto. La Iglesia reconoce y bendice ese acontecimiento. Se forma un “collegium” carismático. Colegialmente todos los miembros del Capítulo gobiernan en ese tiempo el Instituto. Más que nunca la superiora o el superior general son en ese tiempo un “primus inter pares”, un “primero entre iguales”.

Constituido el Senado de la Congregación, el Congreso del Instituto, el Gobierno General queda como difuminado: rinde cuentas, pide aprobación, se somete, se retira. Durante el tiempo capitular esa Asamblea tiene en sus manos nuestro destino colectivo. Mientras tanto, la madre Iglesia ora, permanece atenta.

3. ¡Acontecimiento alternativo!

Pero, detengámonos a pensar un poco sobre el significado de este fenómeno en el conjunto de la sociedad y de la iglesia actual. Desde una perspectiva femenina o laical, masculina y femenina, no deja de llamar la atención, el modo cómo los institutos de vida consagrada –en este caso  de hermanas o de hermanos laicos, no clérigos- se autogobiernan, se autoevalúan, debaten, se autoproyectan. En principio un capítulo general es –por voluntad de la Iglesia- un acto de soberanía carismática sin necesidad de controles inmediatos y tutelas.

Es admirable –vistas las cosas desde la sociedad civil o aun eclesiástica- ver este modelo de autogobierno femenino o simplemente laical, este ejercicio de poder compartido. Este fenómeno es relevante también para el tema de los derechos de la mujer en la Iglesia y en la sociedad.

Cada uno de los institutos de vida religiosa está profundamente determinado por el acontecimiento colegial de sus Capítulos Generales. No existe una mente rectora individual que todo lo determine, ni una autoridad singular que imponga sus decisiones. Por eso, en un Capítulo general adulto no se admiten intervenciones externas que manipulen, orienten, impidan la libertad o desprecien la dignidad de todos los miembros del Capítulo. Se confía plenamente en la responsabilidad de sus componentes. Los institutos de hermanas o hermanos no necesitan, en principio, de clérigos para dar validez a sus decisiones –aunque eso sea muy bien visto por autoridades clericales-. La exquisitez democrática de muchos de ellos sirve de ejemplo para la sociedad.

Hemos adolecido de una visión excesivamente “clerical” de la autoridad en la Iglesia, como si ese fuera el único modelo. De él se decía que no tenía nada que ver con modelos democráticos, porque es una autoridad que viene de Dios. No vamos a entrar ahora en ese debate. Lo que sí es verdad, es que en la iglesia está la autoridad carismática, con su propia lógica y esa es la autoridad que dirige la vida consagrada.

4. Acontecimiento eclesial: ¡somos iglesia!

Independientemente del revuelo que ese grupo, cada vez mayor, de “Somos Iglesia” está levantado, sí es verdad que la expresión merece ser asumida y repetida en diversos contextos. Uno de ellos es el Capítulo General. Las Capitulares pueden decir con toda razón: ¡Somos Iglesia! Nunca dirán “somos la Iglesia”, pero sí “¡somos Iglesia!

Nuestro carisma colectivo, congregacional, no nos ha sido “dado”, sino “confiado”. Destinatario del carisma es la madre Iglesia. No tenemos derecho de propiedad exclusiva sobre el don: pertenece a todo el pueblo de Dios y no solamente a los cientos o millares de miembros que forman nuestro instituto. A nosotros, como instituto, como orden o congregación, nos cabe la responsabilidad de ser los guardianes, pero no los propietarios del carisma. El pueblo de Dios tiene, por eso, el derecho a vigilar esta parte de su patrimonio, tiene un derecho y un deber, ejercido a través de la jerarquía de la Iglesia en nombre de todo el pueblo de Dios, especialmente a través de la aprobación de las Constituciones de cada Instituto. Los miembros del pueblo de Dios tiene también el derecho de compartir el carisma, la misión, la espiritualidad, si se sienten llamados a ello.

El Capítulo general de un Instituto no es, por lo tanto, un acontecimiento privado que sólo nos compete  a los miembros del Instituto. Es un acontecimiento eclesial que interesa a toda la comunidad eclesial. Para un instituto el Capítulo General es la ocasión propia para hacerse consciente de sus conexiones con la Iglesia en cuya misión desempeña una parte y con el mundo al que fue enviado por Cristo Jesús.

La conciencia y vivencia de esta nueva eclesialidad, expresada en el compartir el carisma, la misión y la espiritualidad, ha dado lugar a iniciativas enormemente interesantes y de gran trascendencia para el futuro. Ya hay Capítulos Generales en los cuales los laicos no solamente son acogidos laicos colaboradores como observadores, sino que incluso participan y se integran en las labores capitulares, como representantes del laicado de sus zonas. Aportan su colaboración en la retrospección de la marcha del Instituto, como en la proyección del futuro inmediato. El fenómeno es sorprendente. Yo he asistido a un Capítulo General de una Congregación femenina en Roma, en el que participaban varones y mujeres laicos, representantes de Asia, Africa, América y Europa.

Hay que reconocer  que esta nueva eclesialidad está forzando las cosas. Algunos de nuestros Pastores no acaban de ver hacia dónde se encamina la vida religiosa con esta involucración del laicado. Hasta se nos tacha de seguir adelante con el proyecto de “iglesia paralela”. No es así. La nueva eclesialidad le ofrece al laicado nuevas formas de vida carismática que, no solo en la vida consagrada, sino también en los movimientos, desborda los límites de las iglesias particulares o de las diócesis. La nueva eclesialidad nos habla de una globalización del carisma, de la espiritualidad, que es trans-local.

Esta vida consagrada de hoy, que celebra sus Capítulos Generales no es una invención reciente. Lleva en ella misma las marcas de una tradición antiquísima. Aunque las expresiones parezcan modernas, pero este árbol tiene raíces que conectan con el origen apostólico de la Iglesia, con el estilo de vida de los apóstoles. Por eso, ¡somos iglesia! Un Capítulo general es un acontecimiento de Iglesia.

IV. LA TAREA

Nuestros Capítulos se celebran en este tiempo, en este mundo, en esta iglesia y sociedad del siglo XXI. La colegialidad carismática de un Capítulo es fuente de  espiritualidad, de energía. En ella se regenera el tejido carismático del instituto.

Hemos de favorecer “la cultura de participación”, en lo que al Capítulo General se refiere. Se oye a veces decir: “¡dame el pésame, me han elegido para el Capítulo General!”. Participar en un Capítulo General no es una desgracia: es, en primer lugar, una llamada de Dios a través de la elección realizada por las hermanas o hermanos; es, en segundo lugar, un tiempo de conversión, para abrir la mente y el corazón, para globalizar las propias vivencias; es, en tercer lugar, una ocasión para influir en la marcha del mundo y poner en el camino de la historia el propio granito de arena. Participar en muchos capítulos no es un honor, sino una misión a la que hay que responder.

Las tareas de un Capítulo son diversas. Quisiera apuntar algunas de ellas.

1. Regenerar el tejido carismático del Instituto

La más importante tarea de un Capítulo General tiene que ver con el carisma. Me imagino el carisma como un ser viviente. Puede estar en cualquiera de las etapas de la vida: infancia, adolescencia, juventud, madurez, ancianidad, decrepitud. Puede encontrarse en estado de enfermedad, de parálisis, de metástasis…

El carisma no es un concepto, como sabemos, ni un ideal. El un algo contagioso que ha llegado a nosotros desde nuestros Fundadores y desde nosotros tiende a contagiarse también. Cada persona, cada generación, cada grupo configura esta energía carismática a su manera. Unos aportan nuevos elementos, nuevas energías… lo transmiten revitalizado. Otros lo dejan apagar, lo mortifican, tal vez lo dejan en estado mortecino.

No queremos que el carisma se apague. No queremos que el tejido carismático del Instituto entre en estado de necrosis o metástasis. Por eso, el Capítulo General es súplica, oración al Espíritu para que nos regenere, nos haga nacer de nuevo, nos refunde.

Al llamar a todos los institutos religiosos a asumir el esfuerzo de la renovación, el Vaticano II hizo de la Institución centenaria del Capítulo General  el instrumento privilegiado para llevar a cabo esta tarea. A lo largo de un capítulo General, un instituto asume su carisma de nuevo, lo relee en el contexto eclesial cultural del tiempo que vive y toma las decisiones necesarias para insertarse de forma adecuada al carisma en la iglesia y en el mundo contemporáneo.

La gracia de nuevas vocaciones, procedentes de nuevas razas, países, culturas, hace especialmente importante, esta atención al tejido carismático, a la herencia transmitida y a su re-interpretación. En el documento “Dentro de la Globalización” de la USG hablábamos de la importancia que tiene hoy la inculturación de la teología de la vida religiosa, de los carismas particulares a las sensibilidades emergentes. Por eso, un Capítulo General, atento a este aspecto, no deja pasar las cuestiones fundamentales sobre el carisma compartido desde diferentes culturas.

2. En tiempos de reducción y de aumento

Se está acabando el viejo equilibrio de fuerzas. Comienza a establecerse uno nuevo. Quienes antes no contaban ahora cuentan. Quienes antes contaban, cada vez cuentan menos. Hay como un cambio de propiedad. Es llamativo el dato de que el número de religiosas en Europa ha descendido desde el año 1978 hasta el 2000 en unas 240.00 hermanas menos. Interpela el dato del número de hermanas de mediana edad que abandonan nuestros Institutos. ¿Qué está ocurriendo?

¿Habrá que decir que hemos entrado en una especie de laberinto diabólico? ¿Será posible arreglar esto ya? ¿Será mejor que esta forma de vida religiosa muera y esperar que emerja una nueva? Nos hacemos todas estas preguntas. En el fondo rezuman un pesimismo horrible y, además, no hacen justicia a los miles de religiosos y religiosas europeos que son personas excelentes, que han sabido mantener su fidelidad a Dios y a nuestros institutos y grupos en tiempos de mucha inclemencia y desasosiego.

No podemos resucitar si no confiamos en nosotros mismos, si no reconocemos el don de Dios. Hay mucha más riqueza de la que parece. La vida religiosa europea, sigue siendo una gran reserva de sabiduría para la Iglesia y para nuestros Institutos.

3. En tiempos de globalización

Un Capítulo General en nuestros días, en estos años, podría ser definido, entre otras cosas, como un Capítulo en tiempos de globalización económica. Hay quienes dicen que la globalización económica en cuanto tal, no existe; que es un mito de la mentalidad neo-liberal, una propaganda falsa que moviliza la sociedad y trae buenos resultados económicos.

Mientras los grupos antiglobalización protestan contra ella, la globalización sigue imponiéndose como un mito, como una verdad que hay que aceptar irremisiblemente. El combustible de la globalización es el dinero; es un asunto de dinero. Antes se movía el dinero con la guerra; así se apropiaban de los recursos ajenos; hoy se intenta hacer respirar el dinero a través de la paz. El dinero decide moverse utilizando no ya la guerra sino la paz. Globalización es el nombre que damos a cosas como internacionalismo, colonialismo, modernización. Medio planeta se mueve ya como un único país. Vemos las películas americanas, escuchamos las canciones americanas, compramos las marcas de muy pocas naciones que imponen su imperio, comemos la comida americana, bebemos la bebida americana; hablamos la lengua de América. Se introduce la ideología de que para ayudar a los pobres hay que ayudar antes a los ricos para que entren por doquier a instalar sus meganegocios. Para hacer grandes inversiones se necesitan grandes beneficios, se dice, se justifica.

Al final, nuestro mundo se rige por la “ley del más fuerte”. En lugar de revólveres se utilizan maletines, teléfonos móviles, ordenadores conectados a la red. Queremos vivir en un mundo más rico y, por eso, estamos dispuestos a vivir en un mundo selectivo, duramente competitivo, competitivamente duro, regido por la ley del más fuerte.

Nuestros Capítulos Generales quieren, deben decir algo serio al respecto. Nuestras comunidades, metidas en este mundo, no quieren defender, ni apoyar la ley del más fuerte. Nuestra opción por los más pobres emerge luminosa en este contexto. Esto explica ciertas iniciativas simbólicas como las de no celebrar los Capítulos Generales en no-lugares, o en ámbitos donde solo interesa la funcionalidad. El “lugar capitular”  puede convertirse ya por sí mismo –como decíamos antes- en símbolo y en evocación del modo de situarse en este mundo.

Tomemos lo que más nos agrada  de la globalización: circulación de las ideas, multiplicación de experiencias posibles, la superación de los nacionalismos, la adopción de la paz como terreno obligado del crecimiento colectivo. Pero ¿para esto no hay que darle vía libre al dinero?

Tomemos el ejemplo de la Red, grande e hipotético instrumento de la libertad global. ¿Quién la paga? ¿Nosotros?  ¿Es un espacio que nació libre y gratuito? ¡La Publicidad!

Esta situación nos confronta con el tema del dinero. El Capítulo General sabe que tiene que tratar de economía. La realidad económica se vuelve cada vez más compleja y, tal vez en ella, se descubren focos de corrupción que la misma complejidad oculta.

Temas como la misión compartida, la relación religiosos y laicos, tienen como contrapartida asuntos económicos. ¿Cómo se abordan?

4. En la sociedad de la información

Se habla hoy de la obesidad de los sistemas. Estamos acumulando tanta, tanta información que los sistemas se nos vuelven obesos, una obesidad tal que nos impide caminar. En un Capítulo General esto se manifiesta en lo que humorísticamente hemos dado en llamar “papelorum progressio”. Es tanta la información que se nos pide, es tanta la información que se recibe, que tanto árbol nos impide ver el bosque.

Se hace necesario de alguna manera llegar a la simplificación. Es importante agilizar la vida y descubrir lo esencial. Un Capítulo General no tiene que ser un “maratón” de trabajo y esfuerzo, sino un ámbito para la sabiduría, para la revelación.

Por eso, habría que pasar de “las memorias” a la “memoria”. Es importante realizar la gran síntesis de la “memoria” de estos últimos tiempos. Hacer memoria no es hacer un examen al trabajo de los miembros del Capítulo General o de los Capítulos provinciales. Lo más importante es hacer memoria de la acción de la acción de Dios en nuestro Instituto y de nuestra respuesta y colaboración en su proyecto.

Hacer memoria es también purificar la memoria. Quienes participan en un Capítulo General bien saben hasta dónde ha podido llegar la presencia del Mal en la Congregación, en las personas. Los escándalos que poco a poco van saliendo a la luz de la opinión pública nos descubren que no es oro todo lo que reluce. Que una comunidad religiosa puede ser también lugar de corrupción, de infidelidad institucionalizada. Cuando el mal está presente entre nosotros, no hemos de buscar únicamente culpables, sino descubrir en qué medida el sistema colabora en ello.

Hacer memoria es, por lo tanto, un momento decisivo para un Capítulo. Forma parte del “Escucha, Israel”, o del “Audi, filia” que tan bellamente comentó san Juan de Ávila. Después vendrá el proyecto de futuro, la renovación de la Alianza.

5. La elección

¿Habrá un candidato del Espíritu? ¿Habrá personas que –tal vez sin saberlo y con buena voluntad-  bloqueen su elección?

La figura del superior general o de la superiora general es más importante por su carácter simbólico que por sus competencias reales. El símbolo reúne, inspira, anima… Recordad a Jesús. Él solía llamarse a sí mismo “el Hijo del hombre”. Da a veces la impresión de que estaba hablando de alguien diferente. Así ocurre, cuando se utiliza el lenguaje simbólico, que uno mismo puede referirse a la “madre General” al “padre General” como si de alguien distinto se tratara.

Para un grupo, para una congregación es muy importante esta personalidad simbólica, sucesora simbólica del liderazgo del Fundador, de la Fundadora. Tenemos una ritualidad sobria para reconocerlo así. Es importante para los grupos. Los ritos crean comunidades (Durkheim). El respeto hacia quien a todos nos representa es respeto a la totalidad. Los grupos pueden exigirlo, pedirlo. La minusvaloración de la figura del superior general o de la superiora general va más allá de lo estrictamente personal, se transmuta en desprecio hacia el grupo representado.

Elegir un superior general o una superiora general es, ante todo pues, elegir un símbolo, un símbolo del Instituto para este tiempo. Convendría discernir para crear el estilo de Instituto que condice más al tiempo que se vive.

En la elección de los consultores no deberíamos dejarnos llevar por la repartición de cotas de poder, ni siquiera la representatividad local, sino por el criterio del Consejo y la eficacia. También me parece oportuno decir que nadie puede, ni debe sustituir al superior general, o ser un superior general a la sombra o paralelo. De ciertas elecciones de compensación, éste puede ser el resultado. Deja interiormente herido al gobierno del Instituto.

6. Obediencia: “escucha…”

El tiempo capitular es tiempo de escucha. Es tiempo de obediencia, de renovación de la Alianza.

Se escucha, ante todo, la Palabra de Dios. Esta Palabra llega al instituto a través de la gran tradición y a través de cada uno de los miembros que la experimentan y la viven y la dicen. La Palabra llega a través del Espíritu que está hablando a la Iglesia de hoy a través de los signos de los tiempos y los lugares.

El mismo Espíritu que habló a nuestros Fundadores inunda ahora el aula capitular, habla al corazón de cada uno de los Capitulares. Cada Capitular da voz al Espíritu que alienta en ellos y en cada uno de los hermanos o hermanas representadas. El capítulo quiere escuchar la voz de aquellos que luchan en diversas partes de la congregación. Hay que atreverse a soltar los gritos de angustia de los insatisfechos, la melodía de los satisfechos. Hay que permitir se guiados por los acontecimientos.

Si propio del Capitulum monástico era leer un capítulo de la Regla, propio del Capítulo General es escuchas los grandes textos bíblicos de la Alianza, los textos de la fundación, los grandes textos de la tradición, la experiencia vivida en la primera comunidad.

La tarea hermenéutica, interpretadora de cada Capítulo es esencial. No solo capítulos de elección, sobre todo capítulos de visión. Las lecturas e interpretaciones que los Institutos religiosos hacen sobre la vida de la Iglesia mundial y particular deberían interesar muchísimo a las iglesias particulares. Tienen ellos, ellas una perspectiva muy privilegiada para ver, conocer la realidad. A veces se nos desconoce demasiado, se olvidan los tesoros que la Iglesia tiene.

El mapamundi no debería faltar en el aula capitular. Allí se ve dónde estamos, dónde podríamos estar. Allí resuenan las voces de las hijas y de los hijos de Dios que tal vez reclaman nuestra presencia carismática.

Un Capítulo puede desatar los sueños carismáticos y llevarlos muy lejos. Eso es obediencia. Un Capítulo podría situar a un Instituto en estado de desobediencia misionera. Es una serie responsabilidad.

7. La palabra capitular para las hermanas, para los hermanos

Los Capítulares dirigen su Palabra a sus hermanos. Pero también deben atreverse a dirigirla al pueblo de Dios, a la sociedad. Parece innecesario reconocer la importancia que tiene la forma de transmitir para que pueda ser captada por aquellos a quienes se dirige. A veces los textos capitulares son demasiado escuetos, otras veces demasiado prolijos e incomprensibles a primera lectura.

No pocas veces los mejores comentarios a los textos de la fundación en un tiempo nuevo no son los documentos, ni nuevos textos o circulares, sino acciones, gestos, símbolos. Las decisiones capitulares también pueden ser transmitidas de viva voz (tradición oral), también a través de acciones simbólicas, gestos, acciones apostólicas.

La identidad no debe ser redefinida teóricamente, sino en la praxis, en la capacidad que le es dado al Instituto en este momento actual Descubren nuestra identidad quienes nos ven, el pueblo de Dios que convive con nosotros. Su juicio nos es muy importante. En todo caso, siempre lo más importante no es nuestra identidad, sino aquel a quien servimos y proclamamos: nuestro Señor Jesús.

También son importantes los textos legislativos. No hay que subestimarlos. Ellos nos permiten funcionar bien, mejor. De ellos depende en gran parte eso que llamamos refundación. Unos buenos estatutos capitulares sobe la formación, sobre la opción por los pobres y su práctica, sobre la visita canónica, puede ser una actividad más pastoral y espiritual que la publicación de bellos textos sobre la espiritualidad del instituto.

Un capítulo se debe preocupar no solo de sus miembros del instituto, sino del mismo instituto, de la herencia carismática que ha de transmitir de generación en generación.

CONCLUSIÓN: ¡RENOVAR LA ALIANZA!

El Capítulo es el tiempo propicio para el gran contrato sagrado, para renovar una vez más la Alianza eterna y definitivamente establecida.

“Nuestra vida consagrada es una vocación al amor de la Alianza y una proclamación de la catolicidad de ese amor. Es un amor que se encarna en todo, en todos, sin exclusiones, que tiende hacia una peculiar globalización y no atenta contra las individualidades, los grupos, las diferencias. Nosotros, los consagrados, vivimos ese amor de forma liminal. En muchos de nuestros institutos se ha expresado la Alianza de amor en la tríada clásica de pobreza, castidad y obediencia. Hoy nos sentimos libres para traducir nuestro compromiso peculiar con la Alianza en categorías más cercanas al ser humano de nuestro tiempo, globalizado y pluricéntrico: compasión, no-violencia, paz, cuidado de la creación, compromiso con la vida, seducción de lo Absoluto, opción por los pobres, opción por los sin-casa, fraternidad o sororidad universal etc. pueden entrar a expresar con nuevos acentos, lo que hoy implica la vida consagrada. Lo más decisivo es que sea reconocida como forma de vida inspirada en la etapa profética y liminal de Jesús de Nazaret, como memoria viviente de su pasión por la Alianza y de su lucha a favor de la Alianza. Y como emergencia actual del amor apasionado al Señor resucitado, Esposo de su Iglesia, mediador de la Alianza definitiva” (USG, Dentro de la globalización, número conclusivo).

Frente a la complejidad de la situación y a la ambigüedad de los cambios, pocas y frágiles serán las respuestas que ofrezcan nuestros Capítulos Generales. Son muchas más las preguntas que las soluciones. Se hace necesario pasar por la crisis de lo imperfecto, lo provisorio, las incertidumbres, las soluciones parciales. Lo más importante es que sepamos enfocar adecuadamente las cuestiones vitales. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.

[1] La asamblea diaria de la comunidad por rezones de disciplina y administración de los asuntos monásticos incluía siempre la lectura de un capítulo de la regla. De esto modo la asamblea misma fue llamada “Capítulo” y el lugar del encuentro se llamó “sala capitular”. Las palabras calificativas “conventual”, “provincial” o “general”, explican la naturaleza de la reunión. El Capítulo general está formado por representantes de toda la orden o congregación u otros grupos de monasterios. Históricamente los capítulos generales, o el germen de lo que después desarrollaron puede encontrarse en san Benito de Aniano el comienzo del siglo nueve. La idea fue revivida en siglo después en Cluny. El ejemplo de Cluny despertó imitadores y abadías como Fleury, Dijon, Marmoutier, St-Denis, Cluse, Fulda, and Hirsau (or Hirschau), se convirtieron en centros  de grupos de monasterios en los cuales quedó introducido un sistema de capítulos generales más o menos embrionario. Más tarde en Citeaux, Camaldoli, Monte Vergine, Savigny, y otras reformas elaboraron la idea que resulltó inaugurada eventualmente en el IV Concilio Laterano el 1215 y desde entonces se ha convertido en una costumbre prácticamente en todos los institutos.

Esta entrada fue publicada en General. Guarda el enlace permanente.

2 Respuestas a Un Capítulo General … cuando el Espíritu es protagonista

  1. Hector dijo:

    Muchas gracias por este articulo… la verdad necesitaba algun documento donde encontrar y conocer mas acerca de los capitulos generales en las congregaciones y el suyo me ha dado mucha luz, ademas de que esta muy completo y bien estructurado…

  2. Raquel Hernandez García dijo:

    Una bella iluminación en forma concreta, profunda y clara. Muchas gracias por darnos oportunidad de ver un Capítulo General como don de Dios y en bien de la Iglesia. Toma trascendencia y respuesta al hoy. Raquel hj

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.