¿Esto es mi cuerpo? El difícil diálogo

¿Qué es mi cuerpo? ¿Una dualidad que me hace sombra, que me pesa, que detesto? ¿Mi mejor cómplice y aliado? ¿Yo mismo? Cuando Jesús dijo: «Esto es mi cuerpo», ¿hacia dónde nos orientaba? Esas palabras encierran también una gran enseñanza antropológica.

La relación con nuestro cuerpo es permanente. Dialogamos con él. Luchamos contra él. Nos dolemos de él. Nuestro cuerpo también nos domina a veces. Pone condiciones y exigencias. Hay veces en que quisiéramos estar desterrados de este cuerpo. La mayoría de las veces no queremos dejar este cuerpo. Somos nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo es mi yo. Pero ¡qué difícil nos resulta a veces el diálogo!

Nuestra cultura mediática presta gran atención al cuerpo: lo cuida (deporte, gimnasia, jogging, body-building, sauna, moda, cirugía estética, higiene… etc.), lo pone en el primer plano. Pero propone un cuerpo irreal, narcisístico y “sin sustancia”; expone únicamente el cuerpo juvenil, seductor, lleno de vitalidad, deportivo; no el cuerpo que envejece, que se cansa y no siempre responde a las cambiantes normas de la moda. Esta sociedad silencia el cuerpo, suprimiendo sus olores y sudores, modificando sus ritmos de sueño, de ciclos mentruales, ocultando sus naturales expresiones temporales como arrugas, pelo, gordura… Los cuerpos más admirados están robotizados; se acercan cada vez más al cuerpo-máquina.

El cuerpo es también desacralizado, profanado, banalizado. Se entiende su erotismo como mera exterioridad. La vida que en él surge es profanada, desechada, sin el menor escrúpulo de una parte de la sociedad. Para no pocas personas es un lugar donde no se juega nada importante. Es una realidad neutra, sin memorias, en la que cada vez se puede partir de cero. Ni que decir tiene que espiritualismos del pasado “torturaron” el cuerpo y también lo des-sustanciaron, de otro modo, convirtiéndolo en un enemigo del alma. A nadie pasa desapercibido que estas formas de des-sustanciar el cuerpo humano, tienen notables repercusiones en la concepción del matrimonio o del celibato.

Y, sin embargo, el cuerpo humano es una superficialidad llena de interioridad, o mejor, una “exterioridad” llena de profundidad. ¡Qué bien lo han entendido los artistas! La escultura, la pintura, el teatro y el cine son grandes festivales del cuerpo. Rodin decía que «no existe un solo músculo del cuerpo que no traduzca las variaciones interiores. Todos dicen de alegría o tristeza, de entusiasmo o desesperación, de serenidad o furor… Unos brazos que se tienden, un torso que se abandona, sonríen con tanta dulzura como los ojos o los labios. Pero para poder interpretar todos los aspectos de la carne, hace falta haberse adiestrado pacientemente en el deletreo y la lectura de este hermoso libro. Eso hicieron los maestros antiguos, ayudados por las costumbres de su civilización».

El cuerpo es el lugar donde queda registrada la dimensión indeleble de todo acto humano. Es el lugar de las memorias más profundas. En nuestro cuerpo tiene una importancia muy especial “el rostro”: a través de él y de su mirada nos mostramos y somos percibidos. El rostro, la mirada, le dan a nuestro cuerpo su belleza verdadera, tan distinta de la belleza vacía de los cosméticos, joyas, vestimentas o imágenes manipuladas. Es la belleza de un rostro que nos lleva hacia la trascendencia, la santidad. Quien se unifica y se dilata, encuentra sin buscarlo, su verdadero rostro. El verdadero rostro sube del corazón, cuando el corazón se enciende. El rostro del niño es aquel que Dios soñó para nosotros. El pecado lo va desfigurando; lo vuelve máscara; a veces. «El que no encuentra su rostro en la luz del Espíritu, se encuentra disfrazado con una máscara demoníaca y la máscara corre el riesgo de hacerse carne, de convertirse en hocico» (Oliver Clément).

Nuestro cuerpo es también el lugar de la afectividad, el lugar donde se dicen las verdades más profundas, en las que uno se abre a la vida. La profundidad de la carne es análoga a la profundidad del ser. Entre los cuerpos humanos se establece, ante todo, una relación simbólica. Lèvinas habla con razón de la “ultramaterialidad exorbitante de la carne del otro”. De hecho, estamos alejados de nuestro propio cuerpo y necesitamos “corporeizarnos”, “carnalizarnos”. El deseo va hacia la unificación, no hacia la dualidad. La castidad es relación y es libertad frente al deseo. La castidad soporta la distancia y respeta la alteridad. Amar quiere decir descubrir y servir la alteridad del otro. «El hombre que pierde su intimidad, lo pierde todo» (M. Kundera). La castidad pertenece, por tanto, a la esencia del amor.

El cuerpo de Jesús no es un cuerpo de-sustanciado. En él se nos comunica la interioridad, sus memorias, sus afectos. El es, sobre todo, rostro, mirada. Una excelente lección para ser nosotros también «cuerpo».

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Una Respuesta a ¿Esto es mi cuerpo? El difícil diálogo

  1. ROSALIA MORALES dijo:

    Agradezco profundamente este artículo, actualmente estoy investigando acerca de la espiritualidad, el cuerpo como eje central de la psicoterapia y los diálogos con el cuerpo como una diemensión de abordaje.
    El presente artículo, me conecta e inspira, además de la enseñanza que me deja su contenido llendo más allá de lo simple y común. por ello felicito a los autores mi oipión es, un material excelente mi gratitud. Caracas Venezuela.

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