La Totalidad “sagrada”

Screenshot 2015-05-05 13.07.23 ¿Porqué la tierra está dividida, parcelada, no es casa común? Me entristece estar en un mundo lleno de “prohibido el paso”. ¡Al principio no fue así!

El Creador hizo Alianza con la tierra, con la humanidad, con todos los seres. Y nos quiso a todos en armonía, en Alianza. Pero el Creador nos quiso libres, seres abiertos, no mero mecanismo matemático y ultralógico. Se alió con un mundo en libertad, en eco-evolu­ción, haz inmenso posibilidades, azar más que necesidad. Se alió con nosotros como señor, como padre y madre, como esposo y esposa. Nos dejó el Arco Iris como símbolo, los Dones Eucarísticos como garantía permanente.

Me siento en un mundo con pactos rotos, con la Alianza despreciada: no ponemos nuestras firmas en el documento de la Alianza que es la naturaleza, porque estamos habitados por la violencia.

Me estremezco cuando escucho las palabras de Jesús: Bienaventurados por los pacíficos porque ellos poseerán la tierra. ¡Solo los pacíficos pueden compartir una herencia tan preciosa como toda la tierra! Los violentos quieren la tierra para sí mismos, o al menos aquel pedazo de tierra del que se adueñan, en contra de los demás. ¿Dónde queda la Alianza?

Cuando pienso en la naturaleza me olvido de las divisiones políticas, de las propiedades acotadas. Y la contemplo como un inmenso y misterioso orga­nismo, esce­nario donde la vida germina, se reproduce, crece y muere, donde la historia de los humanos acontece. Me sorprendo ante su magni­tud gigante y ante su pequeñez. En cada cosa, realidad, resuena todavía la palabra con la que fue creada, el amor que la sacó de la nada.

La naturaleza no es, sin embargo, exterior a mí. Soy naturaleza en una de sus cimeras posibilidades; la vida ha llegado a mí después de un largísimo recorrido de millones de años. Soy resultado de un juego cósmico que ha dado lugar a una insospechada síntesis. Mi cuerpo es observatorio cósmico: ¡microcosmos!.

También yo soy naturaleza. Sin ella estaría mutilado y condenado a la muerte. Ella me alimenta, me energiza; me hace crece, enfermar y sanar; en ella se disolverá mi cuerpo. Esta tierra en la que vivo está sembra­da de millones y millo­nes de hombres y muje­res que ya murieron; es la “madre tie­rra”, la “tumba tierra”. Sentirme naturale­za es experimentar la grandeza de la vida, la brevedad de la vida. Ella está ahí pidiéndo­me comunión, pues sólo en armonía con ella conseguiré ser yo mismo.

La degradación ecológica nos degrada. La biodiversidad nos enriquece. No podemos cortarnos las venas del futuro. No debemos permitir que esta preciosa tierra se nos desertice, ni que nos convirtamos en máquinas, en robots sin corazón ni libertad.

Jesús me invita a comulgar con la naturaleza, para entrar en amistad y comunión con Él. Lo veo fantástico al ofrecerme en un trozo de pan y de vino, todo su ser. O al Abbá, al contemplar en el Arco Iris la señal serena y silenciosa de su Alianza. El respeto hacia las cosas es respeto hacia Dios.

Sólo la totalidad es sagrada, leí una vez en Gregory Bateson. Desde entonces, conscientemente, siento pasión por el todo, en su complejísima y misteriosa diversidad y densidad. Quisiera ver las cosas como misterios. Respetar la vida en todas y cada una de sus maravillosas expresiones, sentir –ante la naturaleza toda- el aroma de la Creación, de la Redención y de la Consumación.

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