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EL CRISTIANO QUE VIENE: TRES MIRADAS PROFÉTICAS (Guardini, Newman, Rahner)

Sábado, 18 de Marzo de 2017 Dejar un comentario Ir a comentarios

Alguien está naciendo. Es el cristiano del siglo XXI que viene… que se acerca… que se está configurando. ¿Quién es? ¿Cómo es? Tres grandes pensadores y profetas del siglo pasado lo intuyeron, lo anticiparon en sus sueños. Romano Guardini, el cardenal John Henri Newman y Karl Rahner. Con su luz tri-focal podemos contemplar el cristianismo emergente y sus tres rasgos: nobleza, honradez y mística. ¡Tengámoslo en cuenta! ¡Ese es el verdadero cristianismo contemporáneo!

 

I. “Nobleza”: Romano Guardini

 

Vivimos frecuentemente bajo mínimos y muy por debajo de aquello que más deseamos. Nos resulta difícil cultivar la zona más noble de nuestro ser humano: ¡el espíritu! Nos situamos en un ámbito de mediocre vulgaridad y vivimos muy por debajo de nuestras posibilidades. Que esta tentación actúa entre nosotros, los seguidores de Jesús, las mujeres y hombres de Iglesia, es evidente. Por eso, añoramos ese estilo cristiano que Romano Guardini denominó “nobleza”.

La nobleza cristiana consiste en una fuerte tendencia a buscar siempre lo más elevado, lo más valioso. Esa tendencia debe configurar el nuevo modo de pensar, de sentir, que nos abrirán a una época nueva. No hay que renunciar ni a la técnica ni a la ciencia, ni a la política:

“lo que necesitamos –escribió Guardini- no es menos técnica, sino más; mejor dicho, una técnica más fuerte, más reflexiva, más humana… más espiritual, mejor conformada”[1].

Sin el poder del espíritu la ciencia, la técnica, la política y la economía pierden nobleza, y nos llevan siempre al conflicto y a la desintegración.

La falta de una Ética del poder nos sitúa al borde del abismo. La salvación debe provenir de un cambio de ideal: el ideal de la posesión y el dominio ha de ceder el puesto al ideal del respeto y la solidaridad. Si Europa creó en el pasado una asombrosa “cultura del poder y el dominio”, ahora debe configurar una “cultura del servicio” y del espíritu.

La zona más noble del ser humano tiene que ver con la mística. El hombre nuevo con mentalidad renovada está abierto a la experiencia mística. En ella se esconden tesoros de extraordinaria nobleza, y no solo para unos pocos elegidos, sino para círculos muy amplios. Los místicos son auténticos educadores del alma. El mayor místico de la historia fue Jesús, el Señor. Por eso, Jesús tiene mucho que decirnos hoy.

El cristiano que viene es una persona entusiasmada y apasionada con  la persona de su Maestro, Jesús; quedará configurada con la nobleza contagiosa del Señor. Esa nobleza mística se experimenta, de un modo muy especial, allí donde “ahora” Jesús, nuestro contemporáneo, se hace presente: ¡en la liturgia de la Iglesia! La Liturgia es una forma de contemplación mística hecha cuerpo, una especie de vida mística plasmada en formas sensibles. La Iglesia es una fuente de vida que mana del mismo Jesús. En la liturgia no solo estamos en la Iglesia sino que somos Iglesia.

El cristiano del futuro no solo asiste a las celebraciones litúrgica, sino que intenta configurar litúrgicamente su vida entera, revestir de nobleza espiritual todos sus actos.

  • Actitudes corporales como estar de pie, arrodillarse, moverse, guardar silencio…, gestos como persignarse, saludar, mirar atentamente…, acciones como orar en común, participar en la comunión, leer con voluntad de proclamar… pueden tener un sentido profundamente humano y religioso.
  • La tensión hacia lo espiritual y simbólico transfigura esas acciones, gestos y actitudes y los dota de un valor singular. Así, el andar hacia el altar no se reduce a recorrer una distancia; significa crear un campo de adhesión al misterio. Leer un texto bíblico no tiene sólo por fin comunicar su contenido; supone una proclamación, es decir: una invitación a asumir el mensaje que transmite. El incienso, el cirio, la luz, el altar, el ámbito sacro, las campanas…, y el valor expresivo de subir unas escaleras, franquear una puerta, darse golpes de pecho, levantarse, inclinarse, guardar silencio y hablar… son símbolos de una profunda y ancestral espiritualidad.

El cristiano espiritual y noble tiene una sensibilidad exquisita para todo lo bello. Pero siente una honda tristeza cuando en ciertas manifestaciones muy refinadas de belleza no aletea el espíritu de Dios. Logramos nuestro desarrollo personal cuando nos elevamos e interiorizamos.

El cristiano que viene no solo está en la Iglesia, sino que se siente Iglesia:

“es sangre de mi sangre, plenitud de la que vivo”.

Siente la “alegría redentora” de amarla y tener auténtica paz interior.

“Yo llego a ser más plenamente lo que debo ser cuanto más decididamente vivo en la Iglesia. Pero vivir en la Iglesia como Dios y ella misma quieren sólo lo puedo realizar en la medida en que logro una personalidad madura” (Romano Guardini, Vom Sinn der Kirche, M. Grünewald, Maguncia 1922, p. 55).

El cristiano que viene es una persona “en recogimiento”:

“del recogimiento depende todo… crea la apertura y el ´espacio´ interno de la oración…el ámbito más íntimo de la vida cristiana” (Cf. Introducción a la vida de oración, Dinor, San Sebastián, 1961, p. 14).

Sin oración la interioridad humana se atrofia y pierde consistencia y fuerza

Guardini pudo manifestar que se puede ser sin miedo un hombre de la cultura actual y a la vez un cristiano católico, (…) vivir en un mundo pluralista sin volverse relativista; decir el mensaje evangélico de tal modo que no sea incomprensible por adelantado para los que están fuera.

2. “Honestidad” o “lealtad”: Card. John Henri Newman

 

Podríamos llegar a la convicción  de que todo vale, todo es admisible, todo es válido. La sociedad plural en la que vivimos tiende a crear espacios para todos y a evitar todo tipo de guerras de religión o violencias ideológicas. Esta legítima actitud de tolerancia podría extinguir en nosotros la pasión por la verdad.

John Henri Newman diseña un modelo de cristiano con futuro dentro de nuestra sociedad democrática y tolerante.  En su vida tuvo experiencia de la pluralidad: desde un aprecio de la vida virtuosa sin religión, hasta  la vida evangélica en el anglicanismo y después en el catolicismo. El sufrimiento y la enfermedad acompañaron sus pasos iniciáticos.

En su obra “Apologia pro vita sua” Newman presenta la historia de sus ideas religiosas y se describe como  un gran inglés y un gran católico. Escribió la Apologia para defenderse de las acusaciones de ser “mentiroso, hipócrita y taimado”, y como alguien “que ha renunciado a tanto de lo que amaba y estimaba en mucho y que podría haber conservado, pero él amaba la honestidad más que la fama, y la Verdad más que a sus queridos amigos.”

El cristiano desde esta perspectiva es una persona leal a sus convicciones, a su conciencia. Para ello no ha de renunciar a su ciudadanía, a su cultura, a su compromiso social y político; pero tampoco ha de renunciar a su experiencia más íntima, a la verdad que se apodera del Él, a la Providencia que conduce su vida.

El cristiano que viene es aquella persona que abandona sus seguridades y garantías humanas; apuesta por algo que está fuera de él y que es infinitamente más cierto que todas nuestras certezas humanas. El fundamento último de su fe es Dios mismo, su verdad y fidelidad manifestadas. No en vano, la palabra hebrea para expresar la acción de creer es “amán”, es decir, estar firme, seguro, cierto. Todavía hoy conocemos esta palabra por el “amén” del lenguaje litúrgico. Podríamos decir que creer significa, por tanto, decir amén a Dios con todas sus consecuencias (G. Ebeling). Quien confía en el Señor, ¡nunca será defraudado!

El cristiano que viene es un ser humano que con la sensibilidad de la fe amorosa descubre el sentido total en lo fragmentario. Un arqueólogo sólo tiene hallazgos aislados de muros, monedas, inscripciones y, quizá, testimonios literarios relativos a ello. En virtud de tales testimonios, con frecuencia escasos, reconstruye, no sin un factor de intuición e imaginación, todo un edificio e incluso, con frecuencia, toda una época cultural. Sólo esa intuición permite entender realmente los hallazgos individuales. Tomás de Aquino dijo “ubi amor ibi oculus” (donde hay amor, allí hay también un ojo”). El verdadero amor no ciega, sino que hace ver; sólo él descubre a otra persona como digna de fe y de amor. Algo así ocurre con la luz de la fe: sólo ella nos hace conocer la realidad en toda su altura y profundidad. El que cree ve más.

El cristiano del futuro es leal a Cristo Jesús y a su Iglesia. Su centro es la persona viva de Jesucristo: “todo espíritu que no reconoce que Jesucristo ha venido en la carne, no es Dios…; éste es el espíritu del Anticristo” (1 Jn 4:3). Es difícil creer. Es un don, que hay que acoger en libertad, al que hay que abrirse con humildad.

El creyente de nuestro tiempo ha de hacer real la fe en su propia existencia, implicándose personalmente en ella: una fe encendida en el amor y, por consiguiente, dotada de ojos, manos y pies; capaz de conocer, de transformar la realidad y de convertirse en un principio de acción:

“Dios no me ha creado sin un motivo. Haré el bien, llevaré a cabo su obra. Seré un ángel de paz, y, sin pretenderlo, un predicador de la verdad en mi propio lugar, si me limito a cumplir sus mandamientos” (J. H. Neuman, “Meditations and Devotions”, Longmans, Green and CO, London, 3ª edi., 1955, p.217).

3. “Mística” de la vida ordinaria: Karl Rahner

 

No hemos de monopolizar. La experiencia de Dios sobrecoge a más personas de las que imaginamos. No solo los cristianos, también los hombres y mujeres de otras religiones, e incluso sin religión, son pacientes de una admirable experiencia de lo divino. Es algo semejante a una experiencia de base, anónima, atemática, tal vez reprimida, de orientación hacia Dios. Es una experiencia constitutiva del ser humano. Es una experiencia mística; algo así como una “contemplación infusa”.

Karl Rahner habló del ser  humano como “homo mysticus”, como un místico en el mundo, un ser estático creado para rendirse voluntaria y amorosamente ante el Misterio que se da, se entrega y abraza a todos. Vivimos en un ambiente sobrenatural, en un medio divino, que no percibimos fácilmente, pero que nos afecta a todos. Hasta los llamados ateos e indiferentes experimentan la mística de lo cotidiano. Quien acepte la vida, se acepte a sí mismo, está aceptando la gracia. Hay una dimensión mística en el amor humano: el amor por el prójimo es  amor por Dios. Ningún otro teólogo contemporáneo ha estricto una “teología de las cosas cotidianas”, una teología del trabajo, de los traslados, del ocio, del mirar, del reir y comer.

De Karl Rahner es aquella frase de que el

“cristiano del siglo XXI o será un místico o no será nada”. “El hombre espiritual del futuro o será un «místico», es decir una persona que ha «experimentado» algo, o no  lo será más. Porque la espiritualidad del futuro no será transmitida  ya más a través de una convicción unánime, evidente y pública, o a través de un ambiente religioso generalizado, si esto no presupone una experiencia y un compromiso personal”[2].

Para ser un verdadero cristiano en los próximos años, será necesario tener una experiencia personal de Dios. No consiste en horas largas de oración o de contemplación, ni en episodios distanciados de la sensibilidad cuotidiana, ni en visiones o revelaciones especiales. Tratase de algo muy más sencillo: la capacidad, la sensibilidad para encontrar a Dios, para percibir su voz y palabras, para sentir su presencia y su acción amorosas en la vida cotidiana. O dicho de otro modo, se trata de la necesidad de que los cristianos del futuro vinculen su experiencia de Dios, su hablar sobre Dios, su fe, a las experiencias más cotidianas de la vida. Es como una mística horizontal. Es lo contrario de lo exótico. Es tocar, vivir, descubrir al Dios que está latente, con su presencia incontestable y amor encarnado en mil cosas y personas que contornan mi vida ordinaria.

Se ha dicho y con razón que todo ser humano lleva dentro un monje, una monja, un ser monástico que debe ser despertado y educado. Propio de ese ser monástico es su pasión divina, su búsqueda incesante de Dios, su camino hacia la belleza. “Si lo primero en lo que piensas cuando te despiertas es en Dios, entonces eres un monje”.

La vida consagrada en todas sus formas existe para alimentar el desarrollo, el disfrute, y los dones del monje interior o místico que todos llevados dentro. El monacato exterior tiene una función ejemplar, paradigmática, respecto al monje interior que a todos nos habita. Todos nosotros tenemos dentro una conciencia mística escondida que desea nacer, crecer, entregarse libremente.

Ese ser contemplativo busca la intimidad con el Espíritu, con la conciencia infinita con Dios, el misterio divino oculto. La palabra “mística” se refiere a este deseo de intimidad con lo divino, con el Espíritu a favor de los demás y de uno mismo. El proceso que lleva a esta intimidad, nos prepara para ella, es la contemplación. Todos hemos sido agraciados con ese don y esa capacidad. Cada persona tiene este don o al menos la capacidad de acceder a él, por el mero hecho de haber nacido.

El cristiano del siglo XXI es alguien a quien el Espíritu llama para vivir la espiritualidad del compromiso con todos los que sufren; son tantos… tantas las víctimas de la injusticia, de la violencia, de la presencia incomprensible del mal…. Es la mística mesiánica, la mística de la cruz.

Esta llamada incluye un parentesco con las demás especies y con la naturaleza como un todo en medio de este cosmos, que es nuestra auténtica comunidad. Estar en el seno de Dios en el corazón del mundo.El mundo naturaleza contemplado de verdad suscita en el cristiano la responsabilidad por restaurarlo y preservarlo. Por hacer que la naturaleza esté sometida a un futuro sostenible, en el que la comunidad humana viva en armonía con la naturaleza. Se nos ha confiado el cuidado y la defensa del sistema de la bioesfera, la belleza de la naturaleza, y los derechos de todos los seres sentientes que viven con nosotros.  Nosotros debemos establecer la paz con todos ellos.  La salvaguarda de la tierra es una de nuestras prioridades morales más altas y nada puede ser previo a esto.

Conclusión

 

Somos peregrinos. No tenemos aquí la ciudad permanente. Esperamos otra ciudad. Esa ciudad nos es regalada. Viene del cielo. Es la nueva Jerusalén. Es nuestra madre. En ella se hace realidad el sueño de una alianza esponsal entre Dios y su pueblo, entre nosotros y nuestro Dios. La nueva Jerusalén está bajando y siéndonos concedida en pequeñas realizaciones y experiencias. Son las experiencias místicas que alientan nuestro caminar y nos hacen anhelar más todavía la unión definitiva y, al mismo tiempo, el compromiso misionero con nuestro mundo.

Y llega a nosotros el Amén de Dios, el Jesús Hijo de Hombre que viene sobre las nubes. Es la respuesta a nuestro apasionado “Maranatha”. En cada Eucaristía se constituye la comunidad de la Nueva Jerusalén. A la Esposa le es concedido unirse al Cuerpo del Esposo. Por eso, también la Esposa se convierte en un ¡Amén! agradecido y fiel.

Por eso, el cristiano que viene,EL mujer o varón, han de estar revestido de nobleza, de gentileza, de mística.

 

[1] Romano Guardini. Briefe vom Comer See (Cartas del lago de Como), M. Grünewald, Maguncia, 1953, p. 89..

[2] Karl Rahner, Schrisften Theology. VII, 22: «der Fromme von morgen wird ein Mystiker sei, einer, der etwas erfahren hat, oder er wird nicht mehr sein, weil die Frömmigkeit von morgen nicht mehr durch die im voraus zu einer personalen Erfahrung und Entscheidung einstimmige, selbstvertändliche öffentliche Überzeugung und religiöse Sitte aller mitegetragen wird».

 

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