SANTOS FRANCISCO Y JACINTA DE FÁTIMA: SANTIDAD INFANTIL COMO TEOPATÍA

Los dos hermanos, Jacinta y Francisco, tuvieron un corto espacio de vida; pero en esa brevedad el Espíritu completó en ellos su obra: santificándolos. Logró divinizarlos, volverlos teo-páticos. Hay cardiopatías, neuropatías… también -como decía el Pseudo Dionisio areopagita- “teo-patías” (pasión por Dios). Los dos hermanos videntes murieron sintiendo en sí mismos una gran pasión por Dios y por los “pecadores”.

No es fácil separar lo que Dios unió: es decir, a los tres videntes Lucía, Jacinta y Francisco. Fueron una pequeña “trinidad” en la cual hay diferencias, pero, sobre todo, una magnífica unidad. Fueron los tres testigos escogidos por el Espíritu para comunicar trinitariamente el mensaje apocalíptico que nuestro mundo necesitaba en el siglo XX.

Jacinta y Francisco estuvieron involucrados ¡y de qué manera! en la “missio Spiritus”: no solo transmitieron el mensaje de Dios, sino que también en ese proceso se dejaron transfigurar y santificar por el mismo Espíritu de Dios.

Objetivo de esta reflexión es centrar la mirada en dos de ellos: Francisco y Jacinta. Hoy es 13 de mayo de 2017: cien años después de la primera aparición de la Señora del cielo a ellos, y también el día en que el Papa Francisco los ha canonizado en Fátima, en el mismo lugar de las Apariciones.

Quiso Dios dejar entre nosotros durante mucho tiempo más a Lucía; ella será la testigo cualificada de la acción de Dios en sus primos. Me serviré, sobre todo, de sus Memorias (=MHL)[1], pero también de la Documentación Crítica de Fátima (=DCF) que desde el año 1992 se nos ofrece en diversos volúmenes y en los cuales se transcriben los múltiples interrogatorios a los que fueron sometidos los videntes, entre ellos los del párroco de Cova de Iría[2] y los del Doctor Formigão[3], como también los testimonios del Proceso Canónico Diocesano, entre los cuales se cuentan los testimonios de los padres de Francisco y Jacinta y de Lucía[4].

Lucía escribió en sus Memorias, respecto a Jacinta: “Tengo la esperanza que el Señor para gloria de la Santísima Virgen le concederá la aureola de la santidad. ” Hoy se ha hecho realidad no solo para Jacinto, sino también para Francisco, como si de unos nuevos “María” y “José” .

I. Jacinta y Francisco, los elegidos

Jacinta y Francisco nacieron en Aljustrel, muy cerca de Fátima (Portugal). Sus padres eran Manuel Pedro Marto y Olimpia de Jesús Marto; ambos casados en segundas nupcias[5].

Francisco nació el 11 de junio de 1908 y Jacinta el 11 de marzo de 1910. Sus vidas cambiaron totalmente cuando fueron elegidos, con su prima Lucía, para ser testigos durante cinco meses (mayo-octubre 1917) de apariciones de una Señora, que después se identificó como Señora del Rosario.

El 23 de diciembre de 1918, Francisco y Jacinta cayeron gravemente enfermos a causa de una epidemia de bronco-neumonía. Hacia finales de febrero de 1919, Francisco empeoró; el 2 de abril su estado era tan crítico que llamaron al párroco para que pudiera hacer, antes de morir, la primera comunión. Se confesó aquella tarde, y al día siguiente recibió su primera y última comunión. Al día siguiente, 4 de abril, a las 10.00 de la mañana expiró, cuando todavía no había cumplido los once años.

Su madre, Olimpia de Jesús, atestiguó en el proceso diocesano de 1922-1930 que sus hijos Francisco y Jacinta murieron de neumonía y que Francisco era consciente de que iba a morir. Antes de morir se dirigió a ella y le dijo:

 «Ó minha mãe, olhe que luz tão bonita alli está na nossa janella” (¡Oh, madre mía, mire que luz tan bonita hay allí en nuestra ventana!)».

Dijo después que dejó de verla. Pareció sonreír y al poco dejó de respirar[6].

A Jacinta la afectó mucho la muerte de su hermano. Poco después de esto, como resultado de la bronconeumonía, se le declaró una pleuresía purulenta, acompañada por otras complicaciones. Por orden del médico fue llevada al hospital de Vila Nova donde fue sometida a un tratamiento por dos meses. Al regresar a su casa, volvió como había partido pero con una gran llaga en el pecho que necesitaba ser medicada diariamente. Mas, por falta de higiene, le sobrevino a la llaga una infección progresiva que le resultó a Jacinta un tormento. Era un martirio continuo, que sufría siempre sin quejarse. Intentaba ocultar todos estos sufrimientos a los ojos de su madre para no hacerla padecer más. Y aun le consolaba diciéndole que estaba muy bien.

En enero de 1920, un doctor especialista le insiste a la mamá para que lleve a Jacinta a un hospital de Lisboa, para ser allá atendida. Esta partida fue desgarradora para Jacinta, sobre todo el tener que separarse de Lucía. Su mamá pudo acompañarla al hospital, pero después de varios días tuvo ella que regresar a casa y Jacinta se quedó sola. Ingresó en el hospital el 10 de febrero: la operaron, le quitaron dos costillas del lado izquierdo, donde quedó una llaga ancha como una mano; los dolores fueron espantosos, especialmente cuando la curaban. El 20 de febrero de 1920, hacia las seis de la tarde ella declaró que se encontraba mal y pidió los últimos Sacramentos. Esa noche hizo su ultima confesión y rogó que le llevaran pronto el Viático porque moriría muy pronto. El sacerdote no vio la urgencia y prometió llevársela al día siguiente. Pero poco después, murió. Tenía diez años.

II. Consolar a Dios: Francisco

Me he acercado a la figura de Francisco utilizando como única guía la Documentación crítica de Fátima (interrogatorios de testigos) y las Memorias de la Hermana Lucía. Progresivamente me he ido adentrando en su figura. El camino de su interioridad es fascinante.

1. Francisco según los interrogatorios

En el interrogatorio sobre la primera aparición, realizado por el párroco de Fátima, Lucía le comunicó que mientras ella y Jacinta vieron a la Señora, Francisco solo la vio cuando se fue; y que cuando ella le preguntó a la Señora si los tres irían al cielo, la respuesta fue afirmativa respecto a ella y a Jacinta; pero respecto a Francisco dijo:

«Esse ainda ha-de-rezar as continhas dele»[7].

Esa falta de protagonismo de Francisco se ratifica en la tercera aparición (13 de julio de 1917) donde Lucía testifica que a eso de las 11 de la mañana ella y Jacinta fueron juntas al lugar de las apariciones, sin mencionar a Francisco y escuchan de la Señora esta petición:

“Rezad el rosario a nuestra Señora del Rosario que ablande la guerra que sólo ella es la que lo puede”[8] .

El Doutor Formigão entrevistó directamente a Francisco. Le causó buena impresión. Nos dice que tenía 9 años y la apariencia de un chico “desenvuelto” (desembarazado). Francisco le confesó que había visto a la Señora, que venía de Oriente; que ella nunca se dirigió a él y que tampoco oía lo que le decía a Lucía, aunque es verdad que miraba a los tres, pero sobre todo, a Lucía. Dice que la señora estaba siempre seria, en actitud de oración; que llevaba un rosario, vestía de blanco con ribetes dorados y que era más bonita que cualquier otra persona que él hubiera visto[9].

En otro interrogatorio del Doutor Formigão (el 19 de octubre 1917), después de la última aparición, Francisco le dio su versión personal del acontecimiento: que él no vio ni al Señor bendecir al pueblo, ni a nuestra Señora de los Dolores, ni a la Señora del Carmen; pero sí vio a la Señora. Atestigua, así mismo, que, cuando se produjo el milagro miró al sol y entonces sí vio que cerca de él, al lado izquierdo, estaban san José y al niño Jesús y la Señora al lado derecho del sol. El niño Jesús estaba al pie de san José, pero no se fijó en qué lado; era pequeñito, del tamaño de la Deolinda de Jose das Neves. Sigue diciendo que no oyó las palabras que la Señora dirigía a Lucía, ni oyó sonido alguno, aunque sí le parecía que hablaba. Nunca la vio sonreír. Observó el girar del sol como una rueda de fuego y las señales que aparecieron cuando la Señora desapareció de la encina: colores muy bonitos: azul, amarillo y otros[10].

En otro interrogatorio, que hizo a los videntes el P. José Ferreira Lacerda[11] describe así el lugar de las apariciones, que visitó a partir del 4 noviembre 1917: el lugar llamado “A Cova da Iria” es “horriblemente feio” y lo describió como “uma pequena bacia, sem horizonte”. En su entrevista con Francisco, éste le desmintió que hubiera sido él quien el año anterior ante la aparición de un bulto hubiera tirado una piedra[12]; confesó que fue su hermano. Sobre la primera aparición dijo que vio a una mujer vestida de blanco, pero no vio relámpagos, como Lucía; que la Señora les dijo que durante la aparición no se preocuparan de las ovejas. También afirmó que la Señora era bonita, pero nunca la oyó hablar; que en la última aparición vio a san José con el Niño Jesús en el sol[13]. El mismo P. Ferreira constató que en aquel momento Francisco era el único de los tres videntes que cumplía aquello que les había dicho la Señora: ¡que aprendieran a leer![14].

Otro de los interrogatorios a los que fueron sometidos los videntes fue el del Dr. Carlos de Azevedo Menes, abogado en Torres Novas; en una de sus cartas a su entonces novia Maria Prazeres Lucas Courinha, relata su visita al Aljustrel y Cova da Iria, el 7 de septiembre de 1917; dice que una de las impresiones más intensas de Francisco era la Belleza de la Señora; les mostró la fotografía de su novia, pero Francisco respondió que la Señora era mucho más bonita[15].

2. Francisco según el testimonio de Lucía: proceso diocesanos y las Memorias

En el interrogatorio del proceso diocesano, Lucía –que entonces tenía 16 años- dio testimonio sobre las amenazas y torturas psíquicas a las que fueron sometidos Jacinta, Francisco y ella, cuando se negaron a revelar el secreto que la Señora les había confiado en la segunda aparición. Simularon que iban a ir quemando –en aceite ardiendo– a uno tras otro, dado que no revelaban el secreto. Lucía atestiguó que, aun pensando que era cierto, no tuvo miedo. Después los encerraron a los tres en el mismo cuarto[16].

En la Segunda Memoria nos relata Lucía un hecho insólito y del cual antes no se tenía noticia, pues ninguno de los videntes hizo referencia a él en los interrogatorios. Se trata de la aparición del Ángel de la Paz que tuvo lugar el año 1916 y en la que el Ángel invitó a los tres videntes a la adoración eucarística y a recibir una misteriosa comunión con el cuerpo y la sangre de Crsito Jesús. He aquí el texto de Lucía, en el que se relata la segunda aparición del Ángel:

«En un olivar “Pregueira”, después de haber merendado, de rodillas, con los rostros en tierra, comenzamos a repetir la oración del Ángel. Vimos –mientras orábamos- que sobre nosotros brillaba una luz desconocida. Vimos al ángel teniendo en la mano izquierda un cáliz, sobre el cual había suspendida una Hostia, de la que caían unas gotas de sangre dentro del cáliz. El Ángel dejó suspendido en el aire el cáliz, se arrodilló junto a nosotros y nos hace repetir tres veces: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo, Espíritu Santo, os ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma, divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios, indiferencias con que Él mismo es ofendido, Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores”. Después se levanta, toma en sus manos el cáliz y la hostia. Me da la sagrada hostia a mí y la sangre del cáliz la divide entre Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo: “Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”. Y postrándose de nuevo en tierra, repitió con nosotros otras tres veces la misma oración; “Santísima Trinidad…” y desapareció. Nosotros permanecimos en la misma actitud, repitiendo siempre las mismas palabras. Y cuando nos levantamos, vimos que era de noche y por tanto hora de irnos a casa»[17].

En esta aparición los videntes son introducidos en el Misterio de la Santa Trinidad, en el Misterio de la Eucaristía y en la relación de Alianza que Dios mantiene con la humanidad. Se dijo en los procesos que el Viático que recibió Francisco el día antes de su muerte, fue su primera comunión. Este testimonio de Lucía, sin embargo, nos dice que fue ésta la primera comunión: bajo la especie de pan eucarístico para Lucía, bajo la especie del cáliz para Jacinta y Francisco. ¿Porqué a ellos dos la sangre derramada? En aquel tiempo estaba absolutamente prohibida en la Iglesia católica la comunión con el cáliz. Será algo así como un “¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?”. ¿Se trataría de una especie de profecía de la muerte que habrían los dos de sufrir prematuramente?

Respecto a las apariciones de la Señora no era fácil el discernimiento. Lucía llegó a pensar que tal vez se tratara de algún influjo diabólico e intentó incluso separarse de sus primos. La duda fue tan seria que decidió no acudir a la cita de las apariciones el 13 de Julio de 1917. Ante esta decisión la reacción de Jacinta fue decirle:

«– No es el demonio, ¡no! El demonio dicen que es muy feo y que está debajo de la tierra, en el infierno; ¡y aquella Señora es tan bonita!, y nosotros la vimos subir al Cielo»[18].

Movida por “una fuerza extraña”, al llegar el 13 de Julio, Lucía se puso en camino hacia el lugar de las apariciones. Fue a encontrarse con sus primos:

«Encontré a Jacinta y Francisco en su casa de rodillas, a los pies de la cama, llorando. Nos decidimos a ir los tres. Fue en este día que nuestra Señor se digno revelarnos el Secreto. Y después me dijo: “Sacrificaos por los pecadores y decir a Jesús muchas veces, especialmente siempre que hagáis algún sacrificio: “Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María”. En esta aparición recuperé la paz»[19].

En su “Cuarta Memoria” nos ofrece Lucía un retrato espiritual de Francisco. Resalta, en primer lugar, su carácter muy poco combativo, acomodaticio y un tanto indiferente:

 «¡Eso no me importa!». «A mí, tanto me da». «Sé que voy a perder»[20].

En las dos apariciones primeras del Ángel –nos dice Lucía– Francisco no escuchó lo que decía. Cuando Lucía le explicó el mensaje del Ángel Francisco le preguntó:

«¿Quién es el Altísimo? ¿Qué quiere decir los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestra súplica?»,

En la tercera aparición del Ángel la presencia de lo sobrenatural le estremeció intensamente a Francisco. Apenas se atrevía a hablar. Un día dijo:

«Me alegró mucho ver al Ángel; pero lo malo es que después no somos capaces de nada. Yo no podía andar. No sé lo que tenía»[21].

Al referirse a la comunión que Jacinta y él recibieron, el cáliz, él manifestó:

«Yo sentía que Dios estaba en mí, más no sabía cómo era! Y arrodillándose permaneció por largo tiempo con su hermana, repitiendo la oración del Ángel: “Santísima Trinidad…»[22].

Poco a poco fue pasando aquella atmósfera y el día 13 de mayo jugábamos ya casi con el mismo gusto y con la misma libertad de espíritu.

Lucía relata en su Cuarta Memoria que las apariciones de la Señora tenían un carácter más suave que las del Ángel y que volvieron a concentrarlos en lo sobrenatural. El resultado de la aparición no era, como en el caso del ángel una sensación de aniquilamiento y postración –incluso física- ante la presencia divina, sino una gran paz y alegría prolongada que no les impedía hablar después de lo que había ocurrido. Solamente se sintieron llamados a callar la experiencia del reflejo que emanaba de las manos de la Señora y que producía un “no sé qué en el interior”[23].

Francisco sintió de manera muy especial la diferencia entre la aparición del Ángel con cuya presencia “gozó muchísimo”, la aparición de la Señora “que le gustó más aún” y la visión del Señor en aquella luz que la Señora les introdujo en el pecho, que fue “con lo que más gozó”. Él se expresaba de esta forma –según Lucía-:

«¡Gusto tanto de Dios! Pero Él está tan disgustado a causa de tantos pecados. Nunca debemos cometer ninguno»[24].

«Estoy pensando en Dios que está muy triste debido a tantos pecados. ¡Si yo fuera capaz de darle alegría!»”[25].

« “Desde que vino el Ángel y nuestra Señora, ya no me apetece cantar».!

Lucía constata que fue Francisco el que menos se impresionó con la vista del infierno, en la tercera aparición, a pesar de que la causó una gran sensación:

«Lo que más le impresionó y absorbió era Dios, la Santísima Trinidad, en esa luz inmensa que nos penetraba hasta en lo más íntimo del alma. Después decía: estábamos ardiendo en aquella luz y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que nadie puede decir: da pena que esté tan triste. ¡Si yo le pudiese consolar!»[26].

En otra ocasión decía:

«“¿Estará Él todavía tan triste? Tengo tanta pena de que esté así tan triste. Le ofrezco todos los sacrificios que puedo hacer. A veces ya no huyo de esa gente, para hacer sacrificios»[27].

Durante su enfermedad Francisco no perdió la alegría. Cuando Lucía le preguntaba si sufría mucho, él respondía:

«Bastante; pero no importa. Sufro para consolar a Nuestro Señor; y después, de aquí a poco iré al Cielo»[28].

3. Mi reflexión: la experiencia del dolor de Dios

A Francisco le fue concedido un don muy especial: una experiencia del dolor de Dios. Con un lenguaje teológico, diríamos que Francisco, aparentemente marginado en las apariciones (veía, pero no oía) fue quien mejor entendió el misterio de Dios. Aunque le impresionaba el mal de los seres humanos, lo que más le afectaba era la repercusión del mal en el corazón de Dios. De ahí, la necesidad que sentía de consolar a Dios. Lo hacía cuando, ya cierto de que iba a morir, se quedaba en la iglesia ante el Santísimo en lugar de ir a clase, cuando ante la visión del infierno no sintió tanta conmoción por los condenados, cuanto por el dolor mismo de Dios.

Francisco se convirtió en un niño contemplativo, un niño monje. Se apoderó de él una auténtica teo-patía. Por eso, se convirtió en un niño taciturno, orante en todo lugar, contemplativo. Su deseo de morir tenía un objetivo: consolar a Dios.

Quien inició el camino un poco despistado e incluso un tanto marginado, fue poco a poco descubriendo su lugar, su misión subordinada, pero también testimoniante. Sintió la seducción de la Belleza. Fue tal que no pudo ya separarse de ella, y toda su ansia consistía en vivir en la Belleza. Al final, la gracia le invadió totalmente para que muriera, no de enfermedad, sino de amor.

III. Jacinta: la que medita en su corazón teopático

Me he acercado a la figura de Jacinta siguiendo el mismo método que para Francisco. La niña pequeña, que al principio apenas se expresa en monosílabos se convierte progresivamente en mensajera del Corazón de María y del amor al Crucificado. Su camino hacia la santificación total es diferente del de Francisco. En ella encontramos a una pequeña María que meditaba todo en su corazón.

1. Jacinta según los interrogatorios

El 14 de Junio, el día después de la segunda aparición, el párroco de Fátima P. Manuel Marques Ferreira, interrogó a Jacinta sobre lo que les estaba ocurriendo. Ella respondió que había visto cuatro veces a una mujer pequeña[29]. La primera vez durante la noche en casa –en el lado del sótano–, mientras dormían su madre y sus hermanos (se supone que también Francisco); de esta aparición no dijo nada en casa. Las otras tres veces fue al medio día, en la Cova de Iria con Lucía y Francisco: en esta oportunidad la Señora hablaba unas veces y otras no. Ella no escuchó sus palabras: sólo cuando dijo que ella y Lucía irían al cielo. Añadió que cuando subía hacia lo alto, el cielo se abría y los pies de la Señora estaba “entalados” y el cuerpo ya escondido[30]. En los siguientes interrogatorios el padre Manuel Marques Ferreira sólo interrogaba a Lucía, no a Jacinta, ni a Francisco (21 de agosto, 15 de septiembre).

El doctor Formigão sí se encontró con Jacinta. De ella escribe que tenía 7 años, aunque parecía mayor, que era “proporcionada y saludable”, pero de una timidez excesiva y, por tanto, de pocas palabras: respondía con silencios o monosílabos. La llamó cuando estaba jugando con otros niños en la calle; la sentó en un banquito a su lado y pudo obtener la siguiente declaración:

«He visto a nuestra Señora los días 13. Venía del cielo, del lado del sol. Estaba vestida de blanco, adornada de oro y en la cabeza tiene un manto también blanco. En la cintura una cinta dorada que desciende hasta la orla del vestido. Iba descalza. Me parecía que tenía medias, tal vez en los pies; o tal vez los pies sean tan blancos que parecen traer medias calzadas. No se le ven los cabellos que están cubiertos con el manto. No sé si lleva adornos en las orejas, porque tampoco se le ve. Tenía las manos sobre el pecho con los dedos hacia arriba. No sabía decir con qué mano sujetaba el rosario. A Lucía le recomendó que rezásemos el rosario todos los días. Yo lo rezo todos los días con Francisco y Lucía»[31].g

El Doctor Formigão reconoce que no coinciden los testimonios de los tres videntes en todos los detalles[32]; pero no duda de la sinceridad absoluta de los videntes[33]. A finales del 1917 el Doctor Formigão escribió un artículo apologético, basado en la convivencia que tuvo con los videntes, sus familiares y otras personas[34].

En su segundo interrogatorio (entre los días 10 al 14 de octubre), el doctor Formigão obtuvo otras informaciones de las cuales entresaco aquello que hace referencia a Jacinta. Su hospedero en aquellos días[35] le comunicó que el padre de Jacinta era más serio que el padre de Lucía, que era muy religioso e incapaz de engañar. Y que los padres de Jacinta en lugar de ir al lugar de las apariciones en la segunda de ellas (13 de junio) se fueron a una feria. También atestiguó que las familias de los videntes no eran pobres, sino asalariados. Y en especial el padre de Jacinta estaba muy bien, económicamente hablando, y que tenía propiedades. En la entrevista Jacinta le dijo que la Señora les había transmitido un secreto “para el bien de los tres”, pero que nada tiene que ver con ser ricos, ni ir al cielo y que ella no debía revelarlo porque la Señora se lo prohibió; también añadió que si el pueblo supiera el secreto, quedaría triste[36].

Después de la última aparición (13 de octubre de 1917) Jacinta le comunicó al doctor Formigão que vio a nuestra Señora das Dores, a San José y el Niño Jesús[37] al lado derecho del sol y de pie. La Señora les pidió que rezasen el rosario todos los días y que en ese mismo día acabaría la guerra, aunque no dijo cuándo iban a volver los soldados portugueses. También refirió la petición de la Señora de que mandasen hacer una capilla en Cova da Iria[38]. Añadió que la Señora venía de Oriente y desaparecía en la misma dirección, de espaldas al pueblo[39]. En el camino hacia Ajustrel el Dr. Formigão volvió a interrogar a Jacinta, la cual volvió a repetir lo que en otros momentos había dicho[40].

El Doctor Formigâo se muestra cada vez más convencido del carácter sobrenatural de las apariciones[41]. No actuaban ni por amor propio, ni por ambición, ni por ningún tipo de alucinación. No eran niños más religiosos que los de su edad. Francisco y Jacinta no habían hecho todavía la primera comunión. Además no sabían leer. Una vez, después de las apariciones le preguntaron a Lucia sobre el poder de nuestra Señora e ingenuamente dijo que era mayor que el de Dios[42].

El fundador del semanario “O mensageiro”, José Ferreira de Lacerda –al que antes hicimos referencia– interrogó también a Jacinta para que le describiera cómo era la Señora que se aparecía. Jacinta la describió como una señora “incomparable”, de una altura como Virginia, niña de 12 años (1 metro y diez). Pero Jacinta no conocía otras apariciones, ni tampoco identificaba a la Señora con la imagen de la Señora del Rosario que había en la parroquia de Fátima: no tenía cuentas, ni un vestido blanco. La Señora hablaba despacio[43].

2. Jacinta según el testimonio de Lucía en sus Memorias

Con motivo del traslado de los restos de Jacinta desde Villa Ourem al cementerio de Fátima (el 12 de septiembre de 1935), el Sr. Obispo le envió a sor Lucía unas fotografías del cuerpo de Jacinta y, además, le pidió que escribiera todo lo que recordaba sobre ella: así surgió su “Primera Memoria”, que redactó a partir de la segunda semana de diciembre y concluyó el día de Navidad de 1935. En su carta de agradecimiento al Obispo Lucía escribió:

«Agradezco con gran reconocimiento las fotografías; no podría decir cuánto las aprecio, en especial la de Jacinta: hasta quería retirar de ella los paños que la cubrían para verla toda entera…, estaba toda abstraída; tal era mi alegría de volver a ver la amiga más íntima de mi infancia. Tengo la esperanza que el Señor para gloria de la Santísima Virgen le concederá la aureola de la santidad.  Ella era una niña sólo en los años; en lo demás sabía ya practicar la virtud y demostrar a Dios y a la Virgen Santísima su amor por la práctica del sacrificio… »[44].

En la primera Memoria Lucía habla de la educación de Jacinta, a quien había inculcado su madre no unirse a malas compañías[45] y tener una conducta muy recatada[46]. Nos habla también del amor de Jacinta a Cristo crucificado[47], de las preguntas existenciales que ya desde niña se hacía[48], la preocupación por la suerte de los pecadores[49], el amor al Santo Padre el Papa[50], la experiencia de la prisión y la amenaza de muerte[51].

Lucía narra en su Primera Memoria, así mismo, cómo era Jacinta después de las Apariciones. Durante su enfermedad Jacinta expresaba a veces cuán grande era el amor que sentía en su corazón:

«¡Me agrada tanto decirle a Jesús que le amo! Cuando lo digo muchas veces parece como si tuviera fuego en el pecho, pero no me quema. Otras veces decía: – Me encantan tanto Nuestro Señor y Nuestra Señora, que no me canso de decirles que los amo»[52].

Su espíritu de sacrificio por los pecadores era tal, que hasta parecía en ella una obsesión. Así aceptó de todo corazón la enfermedad, que la llevaría a la muerte. Cuando estaba ya en el hospital, Lucía le preguntó si sufría mucho. Ella contestó:

«Sufro, sí, pero lo ofrezco todo por los pecadores y para reparar al Inmaculado Corazón de María»[53].

Al parecer tuvo una aparición de la virgen María, que le anunció su próxima muerte. Lo relata así Lucía:

«Nuestra Señora me ha dicho que voy a ir a Lisboa, a otro hospital, que no volveré a verte, ni a mis padres; que después de sufrir mucho, moriré sola; pero que no tenga miedo: Ella me irá a buscar para llevarme al Cielo. – Y abrazándome, decía llorando: Nunca más volveré a verte; tú no irás a visitarme allí. ¡Oye! reza mucho por mí, que moriré solita»[54].

Los últimos días de su enfermedad hubieron de ser un auténtico martirio, pero Jacinta los sobrellevó de manera admirable. En medio de su sufrimiento, exclamó como Jesús en la cruz:

«Tengo mucha sed, pero no quiero beber; se lo ofrezco a Jesús por los pecadores»[55].

Lucía finaliza su primera Memoria con este ultimo recuerdo:

«De Lisboa me mandó todavía decir que Nuestra Señora ya la había ido a ver; que le había dicho la hora y el día en que moriría, y me recomendaba que fuese muy buena»[56].

En su “tercera Memoria”, dedicada al Secreto, Lucía se refiere al “Secreto” y cómo le afectaba e impresionaba a Jacinta; sobre todo, el horror que le causó la visión del infierno y, como consecuencia su casi obsesión por hacer penitencias y mortificarse para impedir que las almas fueran a parar allá[57]. Lucía interpreta que ese espíritu de mortificación y penitencia se debe, por una parte, a una gracia especialísima que Dios concedió a Jacinta por medio del Inmaculado Corazón de María y, por otra, a la inmensa compasión que sentía ante las desgraciadas almas que se condenaban e iban al infierno. Ante su pensamiento exclamaba Jacinta:

 «¡Oh infierno! ¡Oh infierno! ¡qué pena tengo de las almas que van para el infierno! ¡Y las personas que, estando allí vivas, arden como la leña en el fuego!».

Y, asustada, se ponía de rodillas, y con las manos juntas, rezaba las ora­ciones que Nuestra Señora nos había enseñado:

«¡Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a aquellas que más lo necesitan»![58]

Jacinta se hacía muchas preguntas, como por ejemplo: ¿qué pecados son los que la gente hace para ir al infierno? El concepto de pecado que barajaban era tan limitado e infantil que los videntes se llegaban a preguntar:

«¿Y solo por una palabra van al infierno?”. ¡Claro! Es pecado»[59].

– «¡Dios mío! ¿No sabrán estas gentes que por pronunciar estas cosas pueden ir al infierno? Jesús mío, perdónalas y conviértelas. Cierto es que no sa­ben que con esto ofenden a Dios. ¡Que lastima, Jesús mío! Yo rezo por ellos. Y ella repetía la oración enseñada por Nuestra Señora: – ¡Oh mi Jesús, perdónanos! etc.»[60].

Narra también Lucía en esta tercera Memoria cómo Jacinta le contó que había visto al Santo Padre:

«No sé como fue. He visto al Santo Padre en una casa muy grande, de rodillas, delante de una mesa, llorando, con las manos en la cara. Fuera de la casa había mucha gente, unos le tiraban piedras, otros le maldecían y decían de él muchas palabras feas. ¡Pobrecito del Santo Padre! Tenemos que rezar mucho por él»[61].

En otra ocasión, mientras rezaban la oración del Ángel, Jacinta en pie llamó a Lucía y le dijo:

«¿No ves muchas carreteras, muchos caminos y campos llenos de gente que lloran de hambre por no tener nada para comer? ¿Y el Santo Padre en una Iglesia, rezando delante del Inmaculado Corazón de María? ¿Y tanta gente re­zando con él?»[62].

Obviamente estas visiones tenían que ver con el Secreto que les había confiado la Señora.

En otra ocasión –nos sigue diciendo Lucía– Jacinta tuvo una visión apocalíptica de la guerra. Al verla pensativa, Lucía le preguntó en qué estaba pensando. Y ella respondió:

«En la guerra que ha de venir. ¡Ha de morir tanta gente! Y va casi toda para el infierno! Muchas casas han de ser arrasadas y muchos padres mo­rirán. Oye: yo voy para el cielo. ¡Y tú, cuando veas, de noche, esa luz que aquella Señora dijo que vendría antes, corre para allá también!»[63].

Finalmente, Lucía nos habla del especial amor que le suscitaba a Jacinta el Corazón de María[64]. Cuenta, cómo poco tiempo antes de ir al hospital Jacinta le decía:

«Ya me falta poco para ir al Cielo. Tu quedas acá para decir que Dios quiere establecer en el Mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando sea el momento de decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del Corazón Inmaculado de María; que se las pidan a Ella; que el Corazón de Jesús quiere que, a su lado, se venere el Corazón Inmaculado de María; que pidan la paz al Corazón Inmaculado de María, que Dios se la entregó a ella. ¡Si yo pudiese meter en el corazón de todo el mundo el fuego que tengo dentro de mi pecho, quemándose y haciéndome amar tanto el Corazón de Jesús y el Corazón de María!»[65].

El amor a Jesús iba creciendo cada vez más en Jacinta. Nos recuerda Lucía cómo en una ocasión le regalaron una estampa bastante bonita del Corazón de Jesús. Jacinta se detuvo en ella, la miró con atención y dijo:

«Es tan feo. No se parece nada a Nuestro Señor, que es tan bonito; pero la quiero, ya que siempre es El»[66].

Y la llevaba siempre consigo. La besaba con frecuencia y decía:

«Lo beso en el Corazón, que es lo que más quiero. Quién me diera también un Corazón de María! ¿No posees ninguno? Me gustaría tener los dos juntos»[67].

En otra ocasión, le llevé una estampa con un sagrado cáliz y una hostia. Lo cogió, lo besó; y, radiante de alegría, decía:

«Es Jesús escondido. ¡Lo quiero tanto! ¡Quien me diera recibirlo en la Iglesia! ¿En el Cielo no se comulga? Si se comulga allí, yo comulgo todos los días. ¡Si el Ángel fuese al hospital a llevarme otra vez la Sagrada Comunión! ¡Que contenta me quedaría!»[68].

A veces, cuando volvía de la iglesia y entraba en su casa, le preguntaba a Lucía si había comulgado. Entonces le pedía:

«Acércate aquí lo más junto a mí, que tienes en tu corazón a Jesús es­condido».

«No sé cómo es: siento a Nuestro Señor dentro de mí. Comprendo lo que me dice; pero no lo veo ni lo oigo; ¡pero es tan bueno estar con El!».

3. Mi reflexión sobre Jacinta

Es admirable seguir el itinerario espiritual de esta niña. La une una estrechísima amistad con Lucía. Ambas se convierten en destinatarias principales del mensaje de la Señora. El Espíritu hace su obra en Jacinta: es agraciada con diversas apariciones, unas compartidas y otras sola. Es manifiesta en ella una impresionante energía para la resistencia ante las amenazas (siendo incluso capaz de arrostrar el martirio) y para la acción reparadora, mortificándose para salvar a los pecadores.

Su mundo infantil se convierte en el escenario de la santidad que poco a poco se apodera de ella. Jacinta medita en su corazón, se hace muchas preguntas, comparte fácilmente sus sentimientos, conecta con el corazón de Dios, de Jesús, y de una manera especial con el corazón de María.

También Jacinta se vio invadida por la teopatía, por esa especie de enfermedad “a lo divino” que altera la vida normal y la convierte en “otra”, y le hace entrar en el espacio de la santidad. Pero también por la antropo-patía, la pasión por el ser humano: tan preocupada estaba por la guerra, por la condenación, por los que se pierden… hasta enfermar.

Mucho más podríamos comentar sobre los dos videntes santos, Francisco y Jacinta. Hay en este artículo muchos testimonios y textos que pueden hacernos pensar, que conectados, pueden enseñarnos prácticamente en qué consiste la santidad. Hay aquí un conjunto de textos que, leídos desde la perspectiva de la “misión del Espíritu”, nos pueden hacer ver cómo el Espíritu Santo sigue dirigiendo la humanidad, sanándola e impulsándola en tiempos de crisis.

Conclusión: Hacia una interpretación “pneumatológica”

Jacinta y Francisco fueron escogidos por el Espíritu Santo como instrumentos vivos e inocentes de la “missio Dei”. Sabemos que la misión viene de Dios; más aún, de las entrañas mismas de Dios. El Abbá envió al Hijo. El Hijo y el Abbá nos enviaron al Espíritu Santo. Actualmente Dios y Jesús tienen, en el Espíritu, el primado y la iniciativa de la misión.

El Espíritu ha sido enviado en el Pentecostés del Calvario[69] y en el Pentecostés del Cenáculo[70]. A Él se deben todas las acciones de Dios a favor nuestro. Él hace presente el proyecto del Abbá, y da continuidad a la misión del Hijo, Jesús de Nazaret, el Señor resucitado. La Iglesia colabora con el Espíritu, comparte su misión. El Espíritu es el motor de la misión permanente que hace ser a la Iglesia.

No sabemos del todo por qué, pero el Espíritu encuentra en la Virgen María, la Asunta, una estrecha y eficaz colaboradora. Ella se hace presente, emerge desde la invisibilidad de su Misterio, aparece e intensifica la misión de la Iglesia. Las apariciones de la Señora del cielo en Fátima se entienden mejor cuando son interpretadas “pneumatológicamente”. Es verdad, que el Espíritu Santo es mencionado explícitamente en las formulas trinitarias, tan presentes, por otra parte, especialmente en las apariciones del Ángel de la Paz. Pero ¿no será el Espíritu Santo, el que está detrás del símbolo “Corazón”, “Tristeza de Dios”, “compasión y misericordia y perdón”?

En los tres videntes de Fátima la acción del Espíritu Santo con nuestra Señora y de nuestra Señora con el Espíritu es manifiesta, continua y creciente. El Espíritu les hizo entrar en el misterio del Corazón y –creo también–de la Alianza entre Dios y el ser humano, en un momento decisivo y peligroso. Los videntes se convirtieron en Mensajeros del Corazón, de la Alianza ofrecida por Dios y rechazada por el pecado de los seres humanos, implicados en una de las guerras más crueles y mortíferas.

 

José Cristo Rey García Paredes, CMF

13 de mayo de 2017

 


NOTAS

[1] Cf. Luis Kondor – Joaquín María Alonso (ed), Memorias de la Hermana Lucía (=MHL), Secretariado dos Pastorinhos, vol. I, 10a ed., Fátima 2008. Cf. http://www.pastorinhos.com/livros/es/MemoriasI_es.pdf. En la “Primera Memoria” (Navidad 1935) da su testimonio sobre Jacinta. Escribe la “Segunda Memoria” entre los días 7 al 21 de noviembre de 1937: en ella relata los recuerdos de su infancia, las apariciones del Ángel (¡por primera vez!) y las Apariciones de la Señora. Escribió la “Tercera Memoria” al acercarse el año jubilar de las apariciones (1942); en ella Lucía siente que para explicar la vida interior de Jacinta es necesario desvelar las dos primeras partes del Secreto que la Señora les había confiado en Julio de 1917. Desde finales de Julio de 1942 hasta el 31 de agosto de ese mismo año, Lucía se dedica a redactar esta tercera memoria, que le habia sido pedida por el obispo de Leiría. En la “Cuarta Memoria” Lucía ofrece un retrato sobre Francisco, completa las apariciones del Ángel y de la Señora y finalmente habla sobre la aparición a ella que tuvo lugar en Pontevedra.

[2] Cf. Documentação crítica de Fátima (=DCF), vol. I, Interrogatórios aos Videntes -1917, ed. Santuário de Fátima, 1992, pp. 3-26. El párroco de Cova de Iría (Feligresía de Fátima, concejo de Vila Nova de Ourém) Padre Manuel Marques Ferreira tuvo varios encuentros en los meses de junio y octubre de 1917 con los videntes, que residían en Ajustrel, para interrogarles sobre los que iba aconteciendo. Disponemos de las notas que él iba tomando de los seis interrogatorios a Lucía, relativos a los meses de mayo a octubre de 1917 y también los interrogatorios hechos en varias ocasiones, durante el 1917, a Jacinta y Francisco. Hasta hace poco sólo se conocía el texto final, acabado de redactar el 6 de agosto de 1918 y ultimado a comienzos de 1919 y remitido por el Párroco de Fátima al Arzobispo de Mitilene, Vicario General del Patriarcado de Lisboa el día 28 de abril del mismo año 1919. Sin embargo, el año 1982 se descubrió una copia inédita de los apuntes tomados pro el Párroco.

[3] Cf. Documentação crítica de Fátima (=DCF), vol. I, Interrogatórios aos Videntes -1917, ed. Santuário de Fátima, 1992, pp. 27-196. El Doctor Manuel Nunes Formigão –que utilizó el seudónimo de “Vizconde de Montelo”- vivía entonces en Santarém y mostró sumo interés por el fenómeno de las apariciones. El 13 de septiembre de 1917 se personó en el lugar durante la quinta aparición, quedándose a unos 300 metros de distancia y mostrándose inicialmente muy escéptico respecto a su autenticidad. El 29 de septiembre, no pudiéndose encontrar con el párroco de Fátima, se dirigió directamente al Aljustrel para hablar con los tres videntes. Tuvo en aquella ocasión una breve conversación con María Rosa, madre de Lucía, la cual le confesó que no había advertido un cambio especial en el modo de rezar de ella tras las apariciones.

[4] Cf. Documentação crítica de Fátima (=DCF), vol. II. Processo Canónico Diocesano (1922-1930), ediciones Santuário de Fátima, 1999

[5] La madre de Jacinta tuvo dos hijos de otro matrimonio con José Ferreira Rosa, que falleció en 1895.

[6] Documentação crítica de Fátima (=DCF), vol. II. Processo Canónico Diocesano (1922-1930), p.83.

[7] Cf. Documentação crítica de Fátima (=DCF), vol. I, Interrogatórios aos Videntes -1917, ed. Santuário de Fátima, 1992, pp. 6-9.

[8] Cf. Documentos, I, 11-15

[9] Cf. DCF, vol. I, pp. 43-47.

[10] Cf- DCF, vol. I, pp 152-154.

[11] Pe. José Ferreira de Lacerda fue el fundador del semanario “O Mensageiro” de Leiria, órgano de la campaña para la restauración de la diócesis de Leiria. Se ofreció como capellán voluntario del cuerpo expedicionario portugués, en la primera guerra mundial. Volvió a Portugal el 25 de septiembre de 1917 y se vio involucrado en los acontecimientos de Fátima. En DCF, vol. I, pp. 330-331 tenemos las preguntas que preparó para formulárselas a los videntes. Publicó sus impresiones sobre el fenómeno y el resultado de sus interrogatorios a los videntes, en el semanario fundado por él bajo el título de “As Aparições da Fátima: conversando com as 3 creanças”: cf. DCF, vol. I, pp. 325-365.

[12] Esto fue ratificado también por Lucía, al ser interrogada por el P. Ferreira: al parecer eso había sucedido en las apariciones de Lourdes.

[13] Cf. DCF, vol. I, pp. 345-348.

[14] Cf. DCF, vol. I, pp. 351-365.

[15] Cf. DCF, vol. I, pp. 385-393.

[16] CF. DCF, vol. II, p. 130.

[17] Cf. Luis Kondor – Joaquín María Alonso (ed), Memorias de la Hermana Lucía, Secretariado dos Pastorinhos, vol. I, 10 ed., Fátima 2008, pp. 77-79. Cf. http://www.pastorinhos.com/livros/es/MemoriasI_es.pdf

[18] MHL, vol.1, p. 85

[19] MHL, vol. I, pp. 85-87.

[20] MHL, vol. I, p. 136.

[21] MHL, vol. I, p. 140.

[22] MHL, vol. I, p. 140.

[23] Cf. MHL, vol.1, p. 141.

[24] MHL, vol. I, p. 141.

[25] MHL, vol. I, p. 142.

[26] MHL, vol. I, p. 145.

[27] MHL, vol. I, p. 147.

[28] MHL, vol. I, p. 161.

[29] Decía que era del tamaño de la Albina, la hija de Antonio Rosa da Casa Velha (16 años)

[30] Jacinta dice que vio a la Señora encima de una encina, vestida con las medias blancas y vestido todo dorado. Tenía las manos levantadas elevadas a la altura de la cintura y las abría separándolas cuando hablaba a Lucia. Dijo que había visto un relámpago, pero una vez dice que había sido antes y otras que había sido después. Que traía unas cuentas blancas en las manos, sujetadas entre el dedo pulgar y el índice de las dos manos. No vio adornos. Traía un cordón de oro delgado en el cuello: cf. DCF, vol. I, p. 16.

[31] DCF, vol. I, pp. 43. 48-50.

[32] Por ejemplo, Jacinta decía que el vestido de la Señora llegaba apenas a las rodillas. Lucía y Francisco que llegaba hasta los tobillos.

[33] Cf. Documentos, I, p. 63. Un médico, el doctor Brochado, examinó a conciencia a los videntes y no encontró en ellos el menor síntoma de histeria.

[34] Documentos, I.

[35] Manuel Gonçalves, con quien se hospedaba el doctor, de 30 años y casado.

[36] Cf. DCF, vol. I, pp. 91-92.

[37] El niño parecía tener la edad de la Deolinda de Jose das Neves, de unos dos años (pero tenía de hecho unos 4 años, pues había nacido el 1913).

[38] Cf. DCF, vol. I, pp. 123-125.

[39] En otro interrogatorio durante su cuarta visita (19 octubre 1917) el doctor Formigão escuchó lo siguiente de Jacinta: que vio a San José y al Niño Jesús, pero no que no vio a la Señora de los Dolores y a la Señora del Carmen. Fue Lucía la que vio a otra señora, pero ella no. Vi el sol encarnado, verde y de muchos colores, girando. Fue Lucía la que dijo a la gente que mirasen al sol. Lo hizo con voz muy alta. Le dijo a Lucía: «Venho aquí para te dizer que não offendam mais a Nosso Señor que estava muito ofendido, que se o povo se emendasse acaba a guerra; se não, acabava o mundo». Pero no pronuncio la palabra “penitencia” –añadió Lucía en su conversación con el doctor Formigão: DCF, vol. I, pp.141-143.

[40] Jacinta le dijo que el día 13 de octubre no vio a Nuestro Señor, ni a la Señora das Dores ni a la Señora do Carmo; que fue Lucia la que vio a otra Señora, p ella; y fue Lucía la que dijo que san José estaba dando la paz. Jacinta sí vio a san José. Por última vez lo que la Señora dijo fue: «“Venho aqui para te dizer que não offendam mais a Nosso Senhor, que estava muito offendido, que se o povo se emendasse acabava a guerra, se não se emendasse, acabaca o mundo”. A Lucia ouviu melhor do que eu o que a Senhora disse. Nossa Senhora disse que quando chegasse ao Ceu acabava a guerra. – Mas a guerra aina não acabou!…. “Jacinta respondio: “acaba, acaba… Cuido que acaba no domingo”»: cf. DCF, vol. I, pp. 150-156.

[41] DCF, vol. I, pp. 187-196.

[42] Cf. DCF, vol. I, p. 190.

[43] Cf. DCF, vol. I, pp. 334-339.

[44] MHL, vol. I, p. 33.

[45] «Mi madre no quiere que nos quedemos cuando estén éstos. Dijo que nos fuéramos a jugar a nuestro patio. No quiere que aprendamos cosas feas que son pecado y no gustan al Niño Jesús»: MHL, vol. I, p. 38.

[46] Un día que jugábamos en casa de mi padre, me tocó a mi mandarle a ella. Mi hermano estaba sentado junto a la mesa escribiendo. Le mandé que le diera un abrazo y un beso, pero ella respondió: «¡Eso no! Mándame otra cosa. ¿Por qué no me mandas besar aquel Cristo que está allí? (Era un crucifijo que estaba colgado de la pared)»: MHL, vol. I, p. 38.

[47] «A nuestro Señor le doy todos los besos que quieras. Y corrió a buscar el crucifijo. Lo besó y lo abrazó con tanta devoción, que nunca más me olvidé de aquello. Después, mira con atención al Señor y pregunta: ¿Por qué está Nuestro Señor, así clavado en una cruz? – Porque murió por nosotros. – Cuéntame cómo fue… al oir contar los sufrimientos de Nuestro Señor, la pequeña se enterneció y lloró. Muchas veces, después, me pedía repertírsela. Entonces lloraba con pena y decía:– ¡Pobrecito Nuestro Señor! Yo no debo cometer ningún peca- do. No quiero que Nuestro Señor sufra más»: MHL, vol. I, p. 39-40.

[48] «¿Y los que allí están, en el infierno ardiendo, nunca se mueren? ¿Y no se convierten en ceniza? ¿Y si la gente reza mucho por los pecadores, el Señor los libra de ir allí? ¿Y con los sacrificios también? ¡Pobrecitos! Tenemos que rezar y hacer muchos sacrificios por ellos»: MHL, vol. I, p. 46.

[49] Cf. MHL, vol. I, pp. 46-48. Tenía muy dentro la convicción de que debía sacrificarse mucho por la salvación de los pecadores.

[50] «Fueron a interrogarnos dos sacerdotes, que nos recomendaron que rezásemos por el Santo Padre. Jacinta preguntó que quién era el Santo Padre; y los buenos sacerdotes nos explicaron quién era y cómo necesitaba mucho de oraciones. En Jacinta arraigó tanto el amor al Santo Padre, que siempre que ofrecía un sacrificio a Jesús, añadía: “Y por el Santo Padre”. Al final del Rosario, rezaba siempre tres avemarías por el Santo Padre; y algunas veces decía: ¡Quién me diera ver al Santo Padre! ¡Viene aquí tanta gente y el Santo Padre no viene nunca!»: MHL, vol. I, p. 50.

[51] Ofreció el poder morir sin ver a sus padres con estas palabras: «¡Oh, mi Jesús! Es por tu amor, por la conversión de los pecadores, por el Santo Padre y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María»: MHL, vol. I. , p. 52.

[52] MHL, p. 55.

[53] MHL, vol. I, p. 60.

[54] MHL, vol. I, p. 61.

[55] MHL, vol. I, p. 62.

[56] MHL, vol. I, p. 63.

[57] MHL, vol. I, pp. 122-125.

[58] MHL, vol. I, p. 123.

[59] MHL, vol. I, p. 124.

[60] MHL, vol. I, pp. 124-125.

[61] MHL, vol. I, pp. 126-127.

[62] MHL, vol. I, p. 127.

[63] MHL, vol. I, p. 129.

[64] Cf. MHL, 125-126.

[65] MHL, vol. I, p. 126

[66] MHL, vol. I, p. 131.

[67] MHL, vol. I, p. 131.

[68] MHL, vol. I, p. 131.

[69] Cf. Jn 19,28: kai. kli,naj th.n kefalh.n pare,dwken to. pneu/maÅ

[70] Cf Hech 2,4: kai. evplh,sqhsan pa,ntej pneu,matoj a`gi,ou.

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Una respuesta a SANTOS FRANCISCO Y JACINTA DE FÁTIMA: SANTIDAD INFANTIL COMO TEOPATÍA

  1. Luis dijo:

    ¡¡¡¡¡Excelente!!!!! Es una pena que no pueda decir lo mismo de la página 11 de la revista MISIÓN HOSPITALIDAD boletín 65 julio 2017 Ahí el sabio y entendido confunde El Infierno con cualquier dolor pasajero terrestre y olvida la dimensión de pecado como motivo de ese sufrimiento eterno. No podemos desviar la atención eterna por una mirada rastrera y mundana, ecológica, práctica… Al Infierno se va por pecar y no pedir perdón no por pasar hambre o guerras…

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