ÁNGEL APARICIO RODRÍGUEZ: LOS TRES ROSTROS DE LA FIDELIDAD

No me explico porqué he tardado tanto tiempo en traer a mi página web “Ecología del Espíritu” el “in memoriam” que escribí hace mucho tiempo sobre mi amigo y hermano Ángel Aparicio Rodríguez, que pasó de este mundo al Misterio de Dios, hace ya casi cuatro años, el 15 de Octubre 2014, en el Hospital de la Paz de Madrid. Por algo será, aunque yo ahora no encuentre la razón de ser y más todavía encontrándome a muchísimos kilómetros de España.

Éramos amigos y compañeros desde nuestra infancia. Nos conocimos a finales del mes de octubre de 1954 en el postulantado de Medina de Rioseco (Valladolid). Hemos compartido juntos postulantado (Medina de Rioseco y Aranda de Duero), noviciado (Ciudad Real), filosofado (Segovia); los años de teología nos separaron (él en Salamanca, yo en Roma); pero después nos re-encontramos de nuevo en nuestro ministerio de profesores de Sagrada Escritura y Teología y en las mismas comunidades (Colmenar Viejo y Buen Suceso – Madrid), hasta que su última enfermedad nos separó y a él le hizo volver a Colmenar Viejo para desde allí despedirse. Hemos compartido vida, sueños, proyectos, diversiones y ministerios, confidencias.

Si me preguntan y quién era Ángel, lo primero que me viene a la mente es la palabra “fidelidad” o mejor “hesed”. Es ésta una palabra que como él –muy bien conocía- hablaba de un amor fiel, amor de Alianza. En Ángel la palabra “fiel” no quedaba devaluada, era central en su vida.

Fiel a la Palabra de Dios

“Habla, Señor…”[1] fue un lema que orientó toda su vida.

Recuerdo, ya desde el Noviciado, cuán grande era su pasión por la Biblia y cómo participaba en aquellas reuniones sobre la Palabra de Dios que el P. Faro Bengoechea cmf, ideó con nuestro grupo de novicios y que denominó “la Sinagoga”. Su pasión por la Palabra de Dios continuó en el Filosofado de Segovia: formábamos parte de un grupo peculiar que llamaban o llamábamos “los oficiantes”: se caracterizaba porque en los días de campo o excursión nos reuníamos para rezar el oficio parvo a la Virgen (¡en aquellos tiempos no se rezaba la liturgia de las Horas!) y hablar sobre temas teológicos y bíblicos.

Ya desde el teologado de Salamanca me envió alguna carta en la que me manifestaba su pasión por la Biblia, e incluso me escribió algún texto en hebreo. Así me hacía ver su pasión por la Palabra de Dios y cómo una teología sin fundamentación bíblica seria no tenía nada que hacer. Concluída la teología, le plantearon el dilema de qué especialidad escoger:  si Derecho Canónico o Biblia, Ángel no dudó. En el Bíblicum de Roma -en su época, tal vez, de mayor esplendor- Ángel fue discípulo de grandes maestros como Dahood, Lyonnet, Martini, Schökel, De la Potterie… Se fue capacitando para ser el gran traductor e intérprete de la Palabra que posteriormente sería. Después dedicaría toda su vida a la docencia, como profesor de Antiguo Testamento en el Estudio Teológico de Colmenar Viejo, después de Fundamentos bíblicos de la vida religiosa en el Instituto Teológico de Vida Religiosa de Madrid, en cuya Universidad de Salamanca obtuvo la cátedra en “Inspiración bíblica de la vida religiosa”. También impartió cursos especiales en la Facultad Teología de la misma Universidad de Salamanca y en la facultad de Teología de san Dámaso. Fue uno de los miembros activos y eminentes de la Asociación Bíblica Española.

Para Ángel Aparicio la clave para interpretar la Palabra de Dios era bipolar: por una parte el texto, reconstruído críticamente y comprendido de la forma más objetiva –utilizando los recursos más fiables-; por otra parte el gran contexto bíblico, que como un zoom maravilloso -que se retira- hace descubrir un haz impresionante de conexiones, de relaciones. Y fue así como se convirtió en uno de los mejores exégetas de nuestro tiempo. Analizó palabra por palabra los cinco libros de los Salmos, el Cantar de los Cantares, y ofreció de ellos una traducción tal que no solamente buscaba la literalidad del sentido, sino que además intentaba transportar a la lengua española el ritmo sonoro del hebreo. (¡Por eso, leía tanta literatura y conocía extraordinariamente bien el castellano, que hablaba correcta y bellamente!)[2]. Pero al mismo tiempo, fue capaz de descubrir paisajes, contextos, hilos conductores; por ello, tenía autoridad para ofrecer visiones inéditas u olvidadas de la Sagrada Escritura[3].

Sus publicaciones sobre la Palabra de Dios (libros y artículos en diversas revistas) han sido muchas. Ángel Aparicio redactó, además, textos para sus clases sobre la historia de Israel, los libros del Pentateuco, los Profetas. Aportó sus traducciones y revisión de otras traducciones a la Biblia preparada últimamente por la Conferencia Episcopal Española[4]. También fijó su atención en personajes bíblicos (Abraham, Jacob, Elías…). Un especial interés mostró por lo que él denominaba “galerías”, especialmente de mujeres bíblicas y entre ellas, como puesto de honor, María, la madre de Jesús y madre nuestra[5].

La habitación de Ángel Aparicio –estuviera en Roma, en Colmenar Viejo o en Madrid- era el espacio de su recogimiento, y también de sus conexiones con todo el mundo: la mesa ocupada por libros abiertos, las estanterías cada vez más llenas, el ordenador a punto para recoger otras informaciones, las novedades informáticas bíblicas a disposición… Era también el espacio en el que preparaba esmeradamente sus lecciones, conferencias, abierto siempre a las novedades tecnológicas de presentación y enseñanza.

Dicen que en sus clases y conferencias se respiraba y contagiaba su pasión por la Palabra de Dios. Y, además de profesor y catedrático, logró ser como “padre espiritual” de quienes tras él optaron por estudiar hebreo y griego, y hacer sus estudios en Sagrada Escritura.

Cuando me escribía –por encontrarme en otros lugares de misión- me decía que desde “su cueva” –como otro san Jerónimo- él participaba de la misma Misión que yo realizaba en “el exterior”.

Con todo, cuando Ángel pasó por sus “noches oscuras”, me confesaba humildemente cuán lejos estaba de comprender adecuadamente la Palabra de Dios. ¡Esto no lo puedo olvidar!

Fiel a su vocación claretiana

Hay un dato que quizá no todos conozcan: la inspiración bíblica del texto renovado de las Constituciones de los Misioneros Claretianos se debe en gran parte a un cuidadosos estudio de Ángel Aparicio. Ambos formamos parte de la Comisión precapitular de “Revisión del texto constitucional”, que después sería discutido y aprobado por el Capítulo General  para presentarlo a su aprobación al posterior capítulo General (el famoso capítulo general de la MCH). Ángel Aparicio buscó en todo el entramado del texto las conexiones más adecuadas para que fuera “Evangelio” carismáticamente leído, Palabra de Dios convertida en norma de vida. Las citas bíblicas de las Constituciones renovadas no se deben a improvisadas referencias a textos bíblicos, sino a serios estudios sobre la inspiración bíblica y carismática de nuestra peculiar forma de leer y vivir el Evangelio. Resultado de estas reflexiones previas fueron varios folletos que publicó sobre la Castidad, la Oración en el texto constitucional.

Ángel fue siempre un auténtico claretiano; su identificación con nuestro carisma fue total. Su amor a la Congregación, a nuestros personajes, a nuestros mártires, a nuestras tradiciones, símbolos, cantos, a nuestra historia fue indefectible. Por amor a la Congregación y a sus iniciativas renunció a las ofertas de profesorado en prestigiosas Universidades, para ser profesor en nuestro centro teológico de Colmenar Viejo y entregarse en cuerpo y alma a la investigación y a la docencia, y posteriormente en el Instituto Teológico de Vida Religiosa de Madrid. Toda su luz se proyectó, sobre todo, en las obras que lleva adelante nuestra Congregación. En los últimos años puso toda su ciencia y experiencia al servicio de la Iglesia y se ofreció a colaborar en la versión oficial de la Sagrada Biblia de la Conerencia Episcopal Española, con sus traducciones directas del hebreo y sus comentarios o notas.

Una expresión de su amor a la Congregación fue su “Amén” a los ministerios que la Congregación le pidió, a pesar de sus resistencias interiores -¡quería que le dejasen en paz para dedicarse al estudio de la Palabra! (como solía decir)- y de lo que él llamaba sus defectos (¡que si fumo!, ¡que si duermo mal y no puedo levantarme!). Pero cuando veía que esa era la voluntad de Dios, su “Amén” implicaba una entrega al ministerio de la dirección de la comunidad (Colmenar Viejo, Madrid-Buen Suceso) con absoluta generosidad y dedicación, de manera que nada anteponía a la atención a los hermanos. En algunas ocasiones esta actitud le afectó en su salud. Por otra parte, su fidelidad a cada hermano se expresó en el mantenimiento absolutamente escrupuloso de la confidencialidad, del secreto y en la asunción de responsabilidades aunque fuera criticado- cuando veía con claridad que a un hermano se le debía conceder algo que a ojos de los demás no parecía oportuno. Fue un extraordinario defensor de sus hermanos, cuando eran injustamente tratados. En sus cargos de gobierno fue siempre imparcial, no favoreció a sus amigos en contra de los demás; su sentido de la justicia era impresionante. Cuando veía que era necesario realizar algo, no se arredraba, sino que era persistente y perseverante hasta que se culminaba.

Fiel a sí mismo

Ángel Aparicio  siempre actuaba movido por convicciones. A veces, tal vez, con una cierta rigidez. Pero así era.

Una convicción era el amor a la familia: la suya, pero también la de los hermanos. Establecía lazos de amistad y de múltiples atenciones con los familiares de los claretianos con los que convivía. En Colmenar Viejo estableció el día de las familias. Venían nuestros familiares, también de los Estudiantes de Filosofía y Teología, y celebrábamos juntos al Eucaristía, compartíamos algunas actividades y la mesa. Por eso, Ángel resultaba tan entrañable a tantos de nuestros familiares. Y lo fue también respecto a su familia. No podía faltar en ninguna de las fechas más señaladas, ni recortaba el tiempo establecido para estar con ella. Esa misma actitud inculcaba a los demás. Para él era importantísimo el mandamiento “honrarás padre y madre”.

Otra convicción era  la defensa de la libertad: la suya y la de los demás. Nunca fue gregario. Siempre intentó ser el mismo, sin envidias, sin competitividad. Asumía las decisiones que en cada momento juzgaba más oportunas, sin echarse para atrás, aunque fueran muy criticadas: “el problema es suyo, no mío”. Por otra parte, ante las dificultades que surgían era partidario del “dejar pasar” aquello que no tenía inmediata solución.

Otra convicción era que todo debía ser juzgado desde la compasión, desde el corazón. Era super-comprensivo ante la debilidad,  compasivo ante el sufrimiento del tro, comprensivo ante sus fallos o sus decisiones. No pocas personas confiaron muchísimo en él. Su espíritu de fe, su identificación con la Palabra de Dios creaban en esos encuentros una atmósfera espiritual intensa, inolvidable. Por eso, son tantas las personas que le agradecen sus ejercicios espirituales, sus encuentros personales, su acompañamiento espiritual.

* * *

Ya ha concluido su carrera. Todavía llevaba proyectos entre manos que no pudo terminar: la dirección de dos tesis doctorales, el proyecto de algunos libros más y uno de ellos –sumamente acariciado- que era que juntos escribiéramos un Comentario bíblico-teológico al Cantar de los Cantares. Pero llegó la interrupción misteriosa. El parkinsonismo vascular fue apoderándose de su cuerpo. Luchó hasta el final por no dejarse doblegar. Su mente, su espíritu querían volar, soñar, pero el cuerpo se le tornaba peso, a veces, inaguantable. Llegó así su “noche oscura del sentido y del espíritu”. Buscaba a Dios en su dolor. Aún recuerdo, aquella tarde en que lo sorprendí en la capilla de la comunidad de Buen Suceso, con una mano en el sagrario y arrodillado ante él, probablemente suplicando fuerzas para la última etapa del camino. Era consciente de lo que le sobrevenía. Quiso Dios que todo fuera más sereno y tranquilo en los últimos días. Una semana antes coincidimos en la concelebración en el funeral del P. Julio Ramírez: cantaba, oraba, vivía la Eucaristía con intensidad; antes de concluir el último responso, se levantó, y caminando, caminando se alejó hacia su habitación, sin decir nada. Parece ser que esa última semana fue tranquila, como una misteriosa y silenciosa despedida. Su último instante, Dios lo conoce.

Concluyo con el texto con el que concluye su libro sobre el Padrenuestro y que condensa la espiritualidad de Ángel Aparicio:

“De este modo el Padrenuestro finaliza allá donde comenzó. Se abría en los brazos del Padre y se cierra con la conexión de nuestra confianza absoluta en su amor paternal. No podía ser de otro modo, ya que nuestro Hermano Mayor todo es “amén” y “sí”. Él es el “sí” definitivo (2 Cor 1,20). Si ahora el Hermano Mayor es de verdad el amén de nuestra oración, tenemos la certeza absoluta que el Padre nos escucha. ¡Nuestro Padre nos atiende! ¡Amén! Y comenzaremos un nuevo Padrenuestro que será distinto del anterior por sabernos bien sabidos en los brazos del Padre. Él es nuestro Padre y Patria. Amén”[6].

[1] Cf. Ángel Aparicio Rodríguez, Habla, Señor… Meditaciones bíblicas sobre las lecturas de Laudes y de Vísperas, Publicaciones Claretianas, Madrid 1983.

[2] Cf. Ángel Aparicio Rodríguez, Comentario filológico a los Salmos y al Cantar de los Cantares, BAC, Madrid, 2012.

[3] En su último artículo publicado da razón de esto: Angel Aparicio Rodríguz, Cinco Salmos en uno: los Salmos, en “Salmanticensis”, 61 (2014), pp. 39-54. En contra de la opinión de grandes expertos, él ofrece “la tónica” de cada uno de los libros del Salterio: 1) Introducción (salmo 1-2); 2) El libro del dolor-fe (Salmos 3-41), 3) El libro del deseo (Salmos 42-72), d) El libro de la experiencia de Dios (Salmos 73-89), e) El libro del Reino de Dios (Salmos 90-106), f) El libro de la alabanza eterna (Salmos 107-147.

[4] Quedó muy disgustado ante la decisión de no introducir su traducción de los salmos, realizada con un extraordinario rigor científico, literario y creyente, en el nuevo Misal, y la preferencia por la Vetus Latina.

[5] En la revisa “Ephemerides Mariologicae” he presentado las aportaciones de Ángel Aparicio a la Mariología bíblica, en un breve artículo titulado “Inspiración Bíblica para la Mariología: “In memoriam”: Dr. Ángel Aparicio Rodríguez, antiguo director de “Ephemerides Mariologicae”, en “Ephemerides Mariologicae”, 64 (1914), pp. 567-571.

[6] Cf. Ángel Aparicio, cmf, Padre  Nuestro. La oración de la comunidad, Publicaciones Claretianas, Madrid, 1986, p. 120.

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