MENSAJEROS DEL BUEN HUMOR: ¡SONREIR, A PESAR DE TODO! (1)

Algunos pensadores han dedicado sus reflexiones al humorismo[1], y entre ellos algunos al humorismo cristiano[2]; éstos últimos han descubierto la necesidad de poner buen humor en la vivencia y explicación de la fe.

El buen humor como carencia

No deja de ser llamativo, el hecho de una ausencia sistemática del concepto de humor en la reflexión teológica y frecuentemente también en la vida espiritual, en la pedagogía formativa. Es raro encontrar referencias al humorismo cristiano en la literatura teológica. Max Joseph Metzger, muerto el 1944, decía: «Sonreir complacidos es una gracia, de la cual por desgracia los teólogos no hablan». Aunque dos de los más grandes teólogos de nuestro tiempo nos piden un cambio de actitud. Karl Barth, tres semanas antes de morir (+1968) escribió:

«Un cristiano hace buena teología cuando, en el fondo, está siempre alegre. Sí… cuando se aproxima a las cosas con humor. Hay que guardarse de los teólogos malhumorados. ¡Ay de los teólogos aburridos! Ya sé que estamos rodeados de mucha tristeza por doquier. Hasta nosotros mismos resultamos a veces compañeros tan poco agradables… Pero como un buen teólogo nunca se sirve a sí mismo, sino a Él, al Padre de Jesucristo, puede mirar con alegría y esperanza a su prójimo, que siempre es amado por Dios, e incluso a sí mismo. Puede reir de corazón, no obstante, todo y puede reírse de sí mismo»[3].

En boca de Karl Rahner se ponen estas palabras:

«Reíd de vez en cuando, reíd libremente. No tengáis miedo de reír de forma un poco estúpida y superficial. Colocada en su justo lugar esta superficialidad es más profunda que vuestra atormentada profundidad de pensamiento, inspirada solo en la soberbia espiritual, en una soberbia que no puede soportar el hecho de ser solo un hombre… Reíd. Porque esta risa es una declaración de que sois hombres».

A la vida de la Iglesia le falta también humor, aunque el papa Francisco intenta que encuentre en ella su casa. No se ha publicado todavía una “Encíclica sobre el buen humor”, ni se han convocado congresos para tratar el asunto. Son muy serias nuestras reflexiones sobre lo que acontece. Nuestros profesores, nuestras teologías, adolecen de falta del sentido del humor.

Delatan falta de buen humor esos gobernantes eclesiásticos que se ponen tan severos y rígidos cuando toman decisiones, que abordan los problemas con tanta intransigencia, que defienden a Dios con tanta seriedad.

Les falta el buen humor a pretendidos profetas, que nos fustigan constantemente con sus radicalismos, sus lúgubres augurios, y condenan nuestra relajación. Hay documentos colectivos que asumen el estilo de las Lamentaciones de Jeremías, nunca el estilo humorístico de los Mensajeros de la Alegría.

Es grave constatación advertir que la Iglesia se ha perdido el buen humor, o que no se recupera del todo el buen humor de Pentecostés, el buen humor de Jesús, el Mebasser del Reino de Dios[4]. ¿Cómo puede la Iglesia ser mensajera de la buena noticia a través de esos presbíteros que gritan, que no ponen gracia en los que intentan transmitir, con esa cara y rostro tan rígidos que tantas veces asumen? Nueva evangelización con ceño fruncido, con talantes inquisitoriales y rígidos, con anatemas en cartera, con una imagen pública antipática, con excesivos protocolos, es una tarea imposible. Dios nos ha dado impulsos para la nueva evangelización con el Papa bueno, Juan XXIII, con la exhortación a la Alegría de Pablo VI, con el breve Papa de la sonrisa, que hasta contaba chistes en sus audiencias y encandilaba a los niños.

¿De cuantos libros, encíclicas, documentos, podemos decir que nos han hecho sonreír al menos una vez? ¿Cuántos sermones, conferencias consiguen borrar de nuestros rostros el gesto adusto y tal vez resignado? ¿Qué decisiones de gobierno nos hacen entrar en la fiesta, en la algazara, en la ilusión?

Los que nos precedieron en el buen humor

También a la vida consagrada le hacen faltan buenas dosis de humor, de buen humor. «De raza le viene al galgo», pues se dice que en las primeras comunidades monásticas se oían frecuentemente sonidos de risas (G.Kranz), pero que en seguida vinieron las serias correcciones teológicas. Efrén el sirio (+373) compuso un sermón contra de la risa. Consideraba, siguiendo en esto a Orígenes, que la risa estaba reservada para el Reino de los cielos. Alegaba que Jesús nunca rio durante su vida mortal. Continúa ese tipo de recomendaciones un hombre tan admirable en otros aspectos como San Basilio. San Juan Crisóstomo (407) decía que el monje, con-crucificado con Cristo, no tiene nada de qué sonreír y mucho de lo que llorar. La regla de los cuatro Padres, uno de los textos más antiguos del occidente monástico de los años 400-410, prescribía:

«si algún monje es sorprendido riendo… o en cosas que no le son propias, ordenamos que sea castigado con toda punición de humildad en el nombre del Señor por dos semanas»[5].

La Regla de san Benito pide a los monjes una risa contenida, silenciosa y purificada de la estupidez:

«No pronunciar palabras inútiles que puedan hacer reír. No amar la risa abundante y desmedida»[6].

«El décimo grado de humildad se da cuando el monje no es dado y pronto a la risa, porque está escrito: “El necio eleva la propia voz cuando ríe”… El undécimo grado de humildad es que el monje, cuando habla, habla modestamente y sin reír, humildemente y con seriedad, con pocas y razonables palabras  y no grita con la voz”[7].

Juan Clímaco (+649) motivó la risa de los monjes a pesar de todo, porque Dios no quiere que el hombre esté triste por el dolor del alma. El quiere que el hombre, por amor a él, ría en el animo y viva con gozo. Escribió lo siguiente:

«El llanto que nace del pensamiento de nuestra peregrinación hacia la otra ribera da a luz el temor; del temor nace la seguridad, y de ella la alegría. Cuando la alegría se hace permanente despunta la flor del amor santo»[8].

Manifiesta su buen humor en el siguiente relato de uno de esos monjes que son muy clarividentes:

«Estando en una ocasión en una reunión de hermanos, vinieron los demonios de la soberbia y de la vanidad y se me pusieron al lado, uno a la derecha y el otro a la izquierda. Uno, atacándome con el dedo de la vanidad, me pidió que contase a los hermanos alguna visión o alguna de las obras importantes que yo había realizado en la soledad. Lo eché de mi lado diciendo: “Vuelvan la espalda afrentados los que traman mi daño” (Sal 39,15). El otro demonio que estaba a mi izquierda empezó enseguida a susurrarme: “¡Bravo! Has hecho bien en vencer a mi desvergonzada madre”. Inmediatamente le lancé la flecha de la palabra divina diciéndole: “Queden consternados de vergüenza, los que dicen contra mí: ¡Ja! ¡Ja!” (Sal 39,16)»[9].

Sabemos que los Padres del desierto tenían gran sentido del humor y las colecciones de Apotegmas así nos lo manifiestan.

No vamos a hacer una historia del buen humor de la Iglesia, aunque sería tan necesaria. Indudablemente en ella tendrían un lugar relevante monjes, monjas, frailes, religiosos y religiosas. Basta solo asomarse a esas historietas llenas de gracia que nos transmitimos de generación en generación para comprobarlo. En todo caso, es modélica y profética aquella oración de santo Tomás Moro, muerto el 1535, que reza así:

«Señor, dame una buena digestión / y, naturalmente, algo que digerir./Dame la salud del cuerpo / y el buen humor necesario para mantenerla. /Dame un alma sana, Señor,/que tenga siempre ante los ojos / lo que es bueno y puro de modo que,/ ante el pecado, no me escandalice, / sino que sepa encontrar /el modo de remediarlo. /Dame un alma / que no conozca el aburrimiento, / los ronroneos, los suspiros, ni los lamentos. / Y no permitas que tome en serio / esa cosa entrometida / que se llama “el yo”. /Dame, Señor, el sentido del humor. / Dame el saber reírme de un chiste / para que sepa sacar /un poco de alegría a la vida / y pueda compartirla con los demás»

San Felipe Neri (+1595) tenía esta máxima: «Un espíritu alegre consigue más fácilmente la perfección cristiana que un espíritu melancólico». Le llamaban «el bufón de Dios» y, a pesar de ser consejeros de los papas y gozar de fama de santidad, aparecía ante los demás con formas poco convencionales, con un estilo cómico y desenfadado.

¿Cómo estar de buen humor en tierra extranjera?

Muchos acontecimientos nos están malhumorando. Sólo hay que ver cómo nos ponemos en ciertas circunstancias, cómo reaccionamos ante las contradicciones, cómo nos autocastigamos en los fracasos. Es cierto, que no está bien ser apáticos, “pasar de todo”, asumir con resignación las contrariedades de la vida sin más. Hay que luchar, hay que enfrentarse con la realidad, hay que indignarse, pero… ¡con buen humor!

Quizá alguien se pregunte y con bastantes razones a favor suyo:

  • ¿qué persona medianamente sensible o qué religioso o religiosa puede estar de buen humor cuando contempla la pobreza y la miseria de tanta gente, cuando es espectador de la muerte que llega a tantos inocentes, cuando participa de verdad en las tragedias que acosan a los grupos humanos?
  • ¿Quién puede sonreír cuando es testigo de excepción de dramas personales sin aparente solución?
  • ¿Cómo mantener el buen humor ante los conflictos internos de nuestros institutos, de nuestras comunidades, de las personas?
  • ¿Cómo es posible estar de buen ánimo y sonrientes ante la oposición de algunos a la autoridad, o ante las actitudes autoritarias de nuestros líderes, ante los bloqueos personales de nuestras comunidades, ante las tensiones de ciertas reuniones comunitarias, la evasión e individualismo de algunos religiosos y religiosas que sólo viven en la comunidad para aprovecharse de ella y realizar sus planes individualistas?
  • ¿Cómo asumir con buen humor la reducción de fuerzas para la misión, el envejecimiento y enfermamiento creciente de los hermanos o hermanas de congregación?
  • ¿Cómo acoger humorísticamente mis incoherencias entre aquello que proclamo y aquello que soy, mis defectos o pecados, mis tentaciones, la experiencia de mi vaciedad y nada?
  • ¿Cómo estar de buen humor cuando el trabajo nos agobia, cuando no nos sentimos valorados, ni amados, cuando nos tratan como a un cacharro inútil?

El buen humor y la risa

«Hay humor allí donde se ríe, se sonríe a pesar de todo».

Así definió con acierto el humor el poeta Otto J.Bierbaum, que murió el 1910. Hay humor allí donde esas situaciones vitales que acabamos de reseñar y muchas otras posibles no consiguen aplanarnos, no se convierten en una causa insuperable de tristeza, en un argumento que nos imposibilite la sonrisa.

«Sonreír a pesar de todo» no es una fácil receta para ser aplicada sin más en momentos conflictivos. Porque pocos lo consiguen durante un día, menos durante un mes, y muchísimos menos durante la vida. Tampoco es una difícil receta para héroes. Porque nadie consigue el buen humor a base de puños. El buen humor es una gracia, un regalo, un carisma. Es el carisma escondido que hace luminosos y bellos todos los demás carismas. El buen humor es santo. Está fuera de nuestras posibilidades. Viene de lo alto. No se consigue. Se contagia. Llega de improviso y todo lo envuelve en su parusía. Lo único que necesita es que se le espere. El buen humor a base de puños, de ascética, es “humor plagiado”, y como todo lo plagiado, ¡tanto esfuerzo para que después se note!

No se puede entender en qué consiste el buen humor sin comprender qué significa eso de «reír» o «sonreír». Se puede reír o sonreír de muchas maneras. De formas incluso muy poco humorísticas. También aquí podría decirse:

«Cual tu sonrisa, tal tu humor».



[1]Cf. L. PIRANDELLO, L’umorismo, Oscar Mondadori, Milano 1986; H.BERGSON, La risa, Espasa Calpe, Madrid 1986; G.H. RUDDIES, Vergnügliche Seelenkunde. Eine Psychologie des Humors, München 1983; W.LAUER, Humor als Ethos. Eine Moralpsychologische Untersuchung, Bern 1974; R.A.MOODY, Lachen und Leiden. Über des heilende Kraft des Humors, Reinbeck 1979; H.PLESSNER, Lachen und Weinen, en Philosophische Anthropologie, Frankfurt 1970; A.C.ZIJDERVELD, Humor und Gesellschaft. Eine Soziologie des Humors und des Lachens, Graz 1976; E.BERGLER, Laughter and the Sense of Humour, New York 1956;H. MÄRZ, El humor en la Educación, Sígueme, Salamanca 1976; J.L.SUAREZ RODRIGUEZ, Filosofía y Humor. El guiño de la Lechuza, Apis, Madrid 1988.

[2]En estas reflexiones voy a tener muy en cuenta la obra de WERNER THIEDE, L’ilarità promessa. L’umorismo e la teologia, Edizioni Paoline, Roma 1989. Cf. J.L. SUAREZ RODRIGUEZ, Teología y Humor. La Gracia del Espíritu, Apis, Madrid 1990; G.BESSIERE, El humor, ¿actitud teológica?, en «Concilium» 95 (1974), 229-243; J.JONSSON, Humour and Irony in the New Testament, Reykjavik, 1965; J.M.CABODEVILLA, La jirafa tiene ideas muy elevadas. Para una teoría cristiana del humor, ed. Paulinas, Madrid, 1989; J. JIMMENEZ LOZANO,Humor y cristianismo, en «Razón y Fe» mayo (1973), 437-447; F.SEGURA, Contemplación para alcanzar humor, en «Razón y Fe», junio (1986); H.THIELICKE, Das Lachen der Heiligen und Narren. Nachdenkliches über Witz und Humor, Quell Verlag, Ulm 1988; G.KRANZ, Das göttliche Lachen, Würzburg 1970; J.P.ALBERT, Humor als Autonomie und als Christonomie. Eine systematisch-theologische Untersuchung zum Humorbegriff, 1975; C.HYERS, Christian Humour: Uses and Abuses of Laughter, en Dialog. A journal of Theology22 (1983) 199ss; R.VOELTZEL, Das Lachen des Herrn. Über die Ironie in der Bibel, Hamburg 1961; H.S.BRAUN, Vom Humor des Christen. Ein Kapitel über frohe und unfrohe Frömmigkeit,Padeborn 1940; L.KRETZ, Witz, Humor und Ironie bei Jesus, Freiburg 1981; O.BETZ, Der Humor Jesu und die Fröhligkeit der Christen, Ulm 1985; D.SÖLLE, Fantasia e obbedienza, Brescia 1970; H.V.CAMPENHAUSEN, Christentum und Humor, en Aus der Frühzeit des Christentums, Tübingen 1963.

     [3]KARL BARTH, Offene Briefe, 1945-1968, Zürich 1984, pp. 553-554.

[4]Cf. Is 40, 1.9-11. Es la expresión hebrea que cualifica al Mensajero de buenas noticias. Sobre Jesús Mebasser véase mi libro Misión de la Vida Religiosa, Publicaciones Claretianas, Madrid 1982, pp.71-91.

    [5]Regla de los Cuatro Padres, 5,4-6, en Regole monastiche d’Occidente, ed.Qiqajon, Comunità di Bose, 1989, p.41.

[6]RB 5,53-54.

[7]RB 7,59-60.

[8]JUAN CLIMACO, Escala del Paraíso(grad.7),70, en Filocalía I. Testi di Ascetica e Mistica della Chiesa Orientale, a cura di Giovanni Vannucci, ed. Fiorentina, Firenze 1978, p.244.

[9]JUAN CLIMACO, Escala del Paraíso,(grd.22), 125, en o.c., p. 255.

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