EL SÁBADO SANTO de la vida consagrada y ministerial

El sábado santo es el día del silencio de Dios Padre; es el día del descenso de Jesús muerto y sepultado “a los infiernos”, como confesamos en el Credo; es el día del Espíritu Santo que no tiene “dónde reposar” y queda como sin aliento.

Urs von Balthasar escribió poco después de Concilio su obra “Mysterium paschale: la teología de los tres días”[1]. A finales del siglo XX y comienzos del XXI dos teólogas europeas han vuelto sobre el tema, pero ya reivindicando una teología del sábado santo: se trata de Martha Zechmeister[2]y de Paola Zavatta[3].

Teología del sábado santo

No hay sábado santo sin triduo sacro, ni triduo sacro sin sábado santo. Sin embargo, el sábado es un día que por ser “no-litúrgico” para desapercibido: acabado el viernes ya pensamos en el domingo. Y, ¿porqué reivindicar una teología del Sábado santo?

El Sábado santo es un día de penumbra: entre la sombra del viernes y la luz del domingo. Es el día de la ambigüedad, del duelo y la posible buena noticia, de la espera y la esperanza. Es el día dedicado a la soledad de María, el “día no-litúrgico”. Se trata de un largo día de 24 horas, en el que se hizo verdad un artículo del Credo (Símbolo de los Apóstoles[4]) al que apenas prestamos atención:

“Creo en Jesucristo que… descendió a los infiernos”[5].

Es el día en que Jesús “permanece” en la morada de los muertos, en la oscuridad más absoluta. Allá donde no hay visión de Dios; por eso, la Escritura la llama “infierno”[6].  Es el día del ocultamiento de Dios[7], de la gran soledad de Jesús, del Hijo perdido en la oscuridad, en la “tierra de nadie”.

Con motivo de su visita pastoral a Turín (2 mayo 2010) y ante el Santo Sudario, el Papa Benedicto XVI ofreció una bellísima meditación que explicitaba la teología del Sábado santo:

“El sábado santo es aquel intervalo único e irrepetible en la historia de la humanidad y del universo en que Dios, en Jesucristo, compartió no solo nuestro morir, sino también nuestro permanencer en la muerte. ¡La solidaridad más radical!”.

En esta última forma de solidaridad se completa la humanización de Jesús. Y el actor de esa humanización total fue el Espíritu Santo. La muerte de Jesús estuvo llena de Espíritu Santo: “en un Espíritu eterno se ofreció a sí mismo” (Heb 9,14). Cuando Jesús descendió a los infiernos:

“entró en la soledad extrema y absoluta del ser humano, allá donde no llega ningún rayo de amor, donde se experimenta el abandono total, donde no hay palabras de consuelo. Jesús experimentó en este día la soledad, el abandono, como el de un niño que se siente solo y abandonado en un lugar oscuro”[8].

Dios se revela no solo en la Palabra, también en su Silencio, en su ocultamiento[9]; Elías lo encontró en “una voz de silencio sutil”[10]. Cuando Dios calla y hace callar y cierra los labios se entra en el misterio, en la mística.

El Papa Benedicto XVI constata que a inicios de este siglo XXI la humanidad se ha vuelto especialmente sensible al misterio del Sábado santo.

“El ocultamiento de Dios forma parte de la espiritualidad del hombre contemporáeo, de forma existencial, casi inconsciente, como un vacío en el corazón que se ha ido agrandando más y más…  Después de las dos guerras mundiales, los lager y los gulag, Hiroshima y Nagasaki, nuestra época se ha convertido siempre más en un Sábado Santo: la oscuridad de este día interpela a todos aquellos que se preguntan por el sentido de la vida, y de manera especial nos interpela a nosotros los creyentes. También a nosotros nos afecta esta oscuridad”.

El sábado santo: “vivir es decir constantemente adiós”

También la vida consagrada y ministerial europea y del primer mundo, participa de la oscuridad de este día. Ella se siente llamada a morir a sí misma cada día:

“vivir es decir constantemente adiós”[11].

Ella no quiere tener miedo a la muerte, porque si no tendría también miedo a la vida. Isaac el Sirio decía que los verdaderos sabios son aquellos que “aspiran la vida dentro de la muerte”[12]. El progreso en la vida espiritual nos vuelve más sensibles a la lejanía de Dios. Se da la paradoja de que cuanto más se “sube”, más impresión se tiene de que se “baja”: nadie ve la resurrección en su propia muerte. Sólo el Espíritu es “una ley de resurrección en la muerte”[13]. Para renacer a una esperanza viva, ¿no tendremos que pasar por la experiencia del descenso al infierno, a la oscuridad, a la tierra de nadie?

Pero no olvidemos que el ocultamiento de Dios se experimenta en el contacto con el dolor y la muerte de los otros. La esperanza cristiana nos lleva a com-padecer y con-morir. Con ellos permanecemos en la morada de los muertos y bajamos al infierno. Mt 25 nos presenta a los que sufren como manifestaciones terrenas de la proximidad de Dios. Es aquí donde tiene lugar el seguimiento. No en otra parte. Es seguimiento en el espíritu de la compasión. Seguir a Jesús hasta el infierno, la oscuridad, pues Dios habita en una luz inaccesible (1 Tim 6,16).

El sábado santo es también un día inquieto. De la oscuridad del la muerte del Hijo de Dios brota la lzu de una esperanza nueva: la luz de la Resurrecciónque se refleja en el Espírtu Santo y en el rostro de María. La paciencia todo lo alcanza. En el silencio se atisba la llegada de la vida. Dios no quiere dejar a su fiel conocer la corrupción. Se acercan los rumores de resurrección.

El sábado santo de la vida ministerial y consagrada en el primer mundo

¿Podemos decir que el sábado santo es el icono de la vida ministerial y consagrada hoy en  el primer mundo? ¿Qué estamos haciendo memoria de ese día y supliendo en nosotros lo que falta a la pasión de Cristo? Como vida consagrada y ministerial  hemos tenido nuestros advientos, navidades, cuaresmas y pentecostés. También nuestros viernes santos. Hoy creo que en los países del primer mundo nos encontramos en el Sábado santo.

Quienes no entienden esto hablan más bien de un sábado de sepultura y ¡se acabó! Ese sábado no tendría nada de “santo”; sería el sábado del castigo y de la sepultación de aquello que culpablemente se ha visto privado de vida. Y esto se puede pensar y sentir no solo fuera de la vida consagrada, sino también dentro. El desconcierto ante el viernes santo puede ser tal, que  no quede esperanza, ni razón para la misión.

El ocultamiento de Dios en este día de la vida consagrada es sólo provisorio. En nosotros late la teopatía. Y nuestro Dios no nos va a defraudar. No somos peores que nuestros padres y madres, aunque seamos distintos. Nuestro Dios no nos castiga. Y esperamos porque “creemos en Él”, esperamos lo mejor de su bondad. Porque sabemos que el Espíritu Santo nos seduce y sobrevuela y protege todos nuestros proyectos. Y nuestra amistad y devoción a María de la esperan mantiene el ritmo de nuestra espera.

 ¿Qué nos dice a la vida consagrada y ministerial  el símbolo del sábado santo?

  • Que no hagamos caso a las malas noticias, aunque se nos diga que la vida religiosa europea no tiene muchas razones para estar humanamente espranzada.
  • Que este es el momento en el cual podemos nacer de nuevo del Espíritu, de lo alto, aunque por otra parte estemos descendiendo a los infiernos.
  • Que este es el día de las mujeres discípulas, que cuidan el cuerpo muerto y lo ungen con aromas y del desconcierto de los discípulos masculinos que se desplazan a Galilea, o a Emaus.
  • Que es el día de la paciencia, el día de la esperanza frenada, el día en que la esperanza es acrisolada por el fuego.
  • Que el nacer de nuevo a una esperanza viva no depende de nosotros, sino del Padre, tras su día de reflexión.

En el sábado santo de la sociedad europea, somos tierra de penumbra. En ella se anticipa la esperanza del día de Pascua. Como las mujeres vamos hacia el sepulcro, llevando aromas. Las oraciones son aromas que el Espíritu recoge en su copa. La esperanza es aroma que hace olvidar la putrefacción del cadáver. En la noche del sábado santo, nos proponemos dormir poco y levantarnos muy de mañana, porque algo va a pasar. El Abbá va a dar a luz. El Espíritu se ha quedado sin Palabra, pero ya susurra. La voz del silencio ya gime. Algo grande se prepara.

Las discípulas y los discípulos de la vida consagrada y ministerial están a la espera. Reunidos en torno a María. Orando con María, la madre de Jesús, la transparencia femenina del Espíritu.


_______________________________________________________________

[1]Cirilo de Jerusalén y Gregorio de Nisa explicaban la inmersión bautismal en el agua tres veces no solo como confesión de las tres personas de la Trinidad, sino también como alusión a los tres días.

[2]Martha Zechmeister, Gottes-Nacht: Eric Przywaras Weg – Negativer Theologie, Lit 1997, pp. 305ss.

[3]Paola Zavatta, La teología del Sabato santo, Città Nuova, 2006.

[4]Es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma “que guarda la Iglesia romana, la que fue sede de Pedro, el primero de los apóstoles, y a la cual él llevó la doctrina común” (San Ambrosio, symb.7): CatIC, n. 194. Este es el símbolo que sigue el Catecismo de la Iglesia Católica

[5]El Catecismo de la Iglesia católica dedica a este artículo de fe 6 números (nn. 632-637). Las afirmaciones más llamativas son las siguientes: a) Jesús, antes de la resurrección permaneció en la morada de los muertos (cf Hb 13,20) y allí se reunión con todos ellos (CICat, 632). La Escritura llama “infierno” a esta morada, porque allí se encontraban privados de la visión de Dios. b) Jesús descendió como salvador, proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos (cf. 1 Ped 3,18-19) (CICat, 632). El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación; la última fase de la misión mesiánica de Jesús ((CICat, 634). Desde entonces Cristo tiene las llaves de la muerte y del Hades (Apc 1,18) y al nombre de Jesús toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra y en los abismos (Filp 2,10).

[6]Cf. CICat, 633.

[7]“El Sábado Santo es el día del ocultamiento de Dios. Como se lee en una antigua homilía: ¿Qué ha pasado: Un gran silencio reina hoy en la tierra, un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio por el Rey duerme… Dios se ha dormidoen la carna y ha descendido a despertar el reino de los infiernos”.

[8]“Quiere decir que Dios, al hacerse hombre, ha llegado al punto de entrar en la soledad extrema y absoluta del hombre, donde no llega ningún rayo de amor, donde reina el abadono total sin palabra alguna de consuelo: los infiernos. Jesucristo, permaneciendo en la muerte, ha sobrepasado la puerta de esta soledad última para guiarnos también a nosotros a sobrepasarla con Él.  Todos hemos sentido alguna vez una sensación espantosa de abandono. Esto es lo que más tememos de la muerte. Como los niños, nos da miedo quedarnos solos en la oscuridad. Solo la presencia de una persona que nos ama nos da seguridad. Pues, bien ésto es lo que ha ocurrido en el Sábado Santo: en el reino de la muerte ha resonado la voz de Dios. Ha sucedido lo inimaginable: que el Amor ha penetrado “en los infernos”: en la oscuridad extrema de la soledad humana más absoluta. También nosotros podemos escuchar la voz que nos llama y la mano que nos toma y nos saca fuera. El ser humano vive porque es amado y puede amar. Y si en el espacio de la muerte ha penetrado el amor, entonces ha llegado allí la vida. En la hora de la extrema soledad, nunca estaremos solos” Meditazione del santo Padre Benedetto XVI,Domenica, 2 maggio 2010.

[9]Cf. J. Ratzinger, Introduzioe al cristianesimo. Lezioni sul símbolo apostólico, Queriniana, Brescia, 1969, p. 240.

[10]  Así se traduce literalmente el texto hebreo del primer libro de los Reyes: qôl demamah daqqah (1 Rey 19,11-12).

[11]Card. G. Danneels, Dire addio, en « Il Regno » 15 (1995), pp. 478-487.

[12]Isaac el Sirio, CenturieI (Discorso primo sulla conoscenza, 26.

[13]La risurrezione di Gesù, mistero di salvezza, Città Nuova, Roma, 1993, p. 189.

[14]Cf. Johann B. Metz, Memoria passionis. Un ricordo provocatorio nella società pluralista, Queriniana, Brescia 2009, pp. 129-145.

[15]“Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: «A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo les resultan enigmas”.

[16]«¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron”

Esta entrada fue publicada en tiempo litúrgico. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.