La seducción de Jesús: la confesión cristológica de Severino María Alonso, cmf

SEVERINO2Traigo aquí un texto central, nuclear, íntimo, de mi hermano Severino María Alonso. Llamo “hermano” a quien con tanta ternura nos llamaba singularmente a todos los miembros de la comunidad de Buen Suceso (Madrid) “¡hermano!”. Lo siento como “hermano mayor”. A quien hoy, en este día 2 de octubre de 2009, a la hora de Laudes (7.30) ha llamado nuestro Abbá, nuestra Madre. Nuestro “hermano Severino” ha comenzado el curso rezando Laudes, puntualmente, en el cielo, quizá buscándose allá un rincón humilde, desde donde contemplar lo que tanto -ya aquí en la penumbra- le conmovía. Deja un gran vacío. Toda la casa se resiente y muchísimo más nuestros corazones. Desde hace tiempo su única pasión era agradar al Dios que tanto, tanto deseaba, dejarse invadir por su Misericordia, poder acoger un amor que tan inmerecido le parecía. 

No quiero, como él no querría, hacer un panegírico. Solamente quiero dejarle hablar en un texto impresionante: su confesión de fe en Jesús. Y es que cuando uno cree, tiene mucho más futuro que el que se imagina. “Hermano Severino, ¡felicidad!, sí, más que nunca, ¡felicidad!”, tu hermano de la tierra, Pepe. Y ahora…. háblanos tú.

La seducción de Jesús

“El verdadero cristiano es alguien que ha experimentado, como Jeremías, una seducción: la seducción de Jesús. Y que pretende alcanzar a Cristo, como San Pablo, porque reconoce que ha sido previamente alcanzado por él (cf Flp 3, 12). «Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?» (Mt 16, 15).

Saber preguntar es todo un arte. Y el buen maestro conoce y tiene el arte de saber preguntar. Para abrir camino, para inspirar confianza, para dar seguridad al alumno, normalmente comienza haciendo una pregunta fácil. Así se comportó Jesús muchas veces. En Cesarea de Filipo, hizo una primera pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?»(Mt 16,13). La pregunta era fácil de contestar. Por eso, los discípulos respondieron a coro. Pero a Jesús esta pregunta sólo le interesaba como «pretexto» y como punto de partida para otra, mucho más importante y comprometedora. Una vez que los discípulos le manifestaron las distintas opiniones que corrían acerca de él, Jesús pasó a la pregunta decisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?»(Mt 16, 15). Ahora los discípulos se callaron. Sólo Pedro respondió. E hizo una verdadera profesión de fe, afirmando sin vacilaciones la «identidad» de Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»(Mt 16, 16). Esta confesión y este reconocimiento explícito de la verdadera «identidad» de Jesús fue, para Pedro, una auténtica vivencia, en el sentido riguroso de esta palabra. Y le llevó a conocer su propia «identidad» y su misión, revelada por el mismo Jesús. Conocer de verdad a Cristo fue, para Simón Pedro, conocerse también a sí mismo. La revelación de Jesús supuso, de hecho, su propia revelación.

Preguntas actuales

Las preguntas de Jesús siguen siendo actuales. Son preguntas dirigidas a cada uno de nosotros, que resultan insoslayables, estrictamente personales, y que nadie puede responder por otro, sino que cada uno tiene que contestar desde sí mismo y por sí mismo. Pero con una respuesta no aprendida de memoria, sino nacida de la propia experiencia, como en el caso de Pedro. Tampoco nadie puede negarse a contestar, porque sería lo mismo que responder mal, como sucede en un examen. No definirse, en el ámbito de la fe, es la manera más cobarde de definirse en contra. La total indiferencia y la absoluta neutralidad son realmente «imposibles» con respecto a Jesucristo. Frente a Él, sólo caben la adhesión o el rechazo. No hay término medio. «El que no está conmigo, dijo abiertamente Jesús, está contra mí. Y el que conmigo no recoge, desparrama» (Mt 12, 30). Jesús se dirige hoy a cada hombre -a cada uno de nosotros- con la misma pregunta, personal e insoslayable: «Y tú, ¿quién dices que soy Yo?». ¿Quién soy Yo para ti? ¿Qué soy y qué significo Yo en tu vida? Y cada uno tiene -tenemos- que saber dar a esta pregunta una respuesta convencida y convincente, aprendida del Padre que está en los cielos(cf Mt 16, 17), que es el único que conoce la verdadera identidad de Jesús(cf Lc 10, 22).

Si no podemos responder, como Pedro, desde una vigorosa experiencia personal, respondamos desde la fe de la Iglesia, que cada uno de nosotros gratuitamente hemos recibido; y convirtamos en petición y en súplica ‘-oración confiada- esa misma respuesta. Distinguiendo cuidadosamente entre creer -que es conocer con certeza, pero sin evidencia- y saber -que es conocer por una íntima y sabrosa experiencia, casi por connaturalidad- cada uno puede decir, sin traicionar una elemental honradez:

«Creo inviolablemente -con la fe que Tú mismo, Jesús, has infundido en mí por tu Espíritu-, que Tú eres verdadero Dios y verdadero Hombre; que eres el Amor, la Verdad, la Vida, la Libertad, la Salvación y la Felicidad. Creo que me amas, que te encarnaste, viviste, moriste y resucitaste por mí, y que eres el sentido último y la razón total de mi existencia -como hombre y como cristiano. Lo creo con fe inquebrantable, con cabal certidumbre. Pero, por desgracia, aún no lo sé de veras, porque no lo conozco por vital experiencia, por convencimiento sabroso. Por eso, concédeme la gracia de experimentarlo de verdad, aun en la certeza oscura de la fe. Concédeme saber, desde lo más íntimo de mí mismo -como una auténtica vivencia, que llegue a formar parte irrenunciable de mi propia personalidad- que Tú lo eres literalmente Todo para mí: mi Felicidad, mi Salvación, mi Libertad, mi Vida, mi Verdad y mi Amor; mi Dios y mi Rey, mi Amigo y mi Amistad, mi Corazón y mi Alma, el único Dueño y Señor de mi vida y de mi muerte… Haz que me deje cautivar por Ti y transformar en Ti, hasta que Tú me vivas, y pueda decir, con San Pablo: «Para mí, el vivir es Cristo» (Flp I, 21). «Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2, 20). Entonces, seré de verdad «yo mismo»: el hombre que, desde siempre, has pensado y querido. Tú eres más íntimo a mí que mi propia interioridad. Eres mi «identidad» más profunda: «Pues eres Tú más yo que soy yo mismo» (Unanmuno). Por eso, sin Tí, Jesús mío, me pierdo irremediablemente, pues me desvanezco corno una sombra en el agua. En cambio, contigo y en Tí, soy verdaderamente yo… Haz que sea, como María -tu Madre y mi Madre una pura capacidad de TI, llena de Tí…» «Nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios» (Jn. 6,69)

Hablando del «Pan de Vida», en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús advirtió que muchos de sus discípulos se quejaban de que sus palabras eran duras (cf Jn 6, 60). «Desde entonces, muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él»(Ib., 66). En este contexto, se dirigió a los Doce con una pregunta directa y sobrecogedora: «¿También vosotros queréis marcharos?» (Ib., 67). En esta ocasión –como antes, en Cesarea de Filipo- el único que respondió a la pregunta fue Simón Pedro. Y lo hizo con la misma enterza y convicción que entonces, también desde la propia experiencia: «Señor, ¿Dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios»(Ib., 68-69). Cristo es el principio y el fin, la raíz viva y la clave de interpretación de toda forma de vida cristiana y, especialmente, de la vida consagrada. Sólo él arrastra y convence, cautiva y apasiona, asombra y estremece. Sólo él inspira, a la vez, confianza sin límites e infinito respeto. Ante Jesús, se experimenta, al mismo tiempo, indecible amor e inevitable temor bíblico. Ser cristiano es ser creyente: creyente en Jesucristo. Y creer en Jesús no es sólo acoger su mesaje y adherirse fielmente a su doctrina; sino, ante todo y sobre todo, acogerle como Persona: como verdad total y como sentido definitivo de la vida, como Salvador y como Salvación, como razón última de la propia existencia; entregarse a él de forma incondicional e irrevocable y ponerse a su entera disposición. Más aún, creer en Jesús es la existencia misma del cristiano. Porque el cristiano existe, en cuanto cristiano -es decir, existe cristianamente- en la medida misma en que cree en Cristo. Para él, creer es existir. Y existir es creer. Los apóstoles creyeron en Jesús. Se adhirieron a él incondicionalmente. Creer en Jesús les bastó, desde entonces, para vivir. Por eso, apoyaron en él toda su existencia. Fascinados por su Persona y por su personalidad -sabiéndose llamados personalmente por él-, lo abandonaron todo para seguirle, imitándole en su estilo de vida y misión. «Ellos -Pedro y Andrés, Santiago y Juan-, dejándolo todo, le siguieron»(Lc 5, 11); «(Leví) dejándolo todo, se levantó y le siguió»(Lc 5, 28). «Nosotros -le dice Pedro a Jesús- lo hemos dejado todo y te hemos seguido»(Mt 19, 27). Y eso mismo confesará, más tarde, Pablo(cf Flp 3, 8). Y lo mismo –exactamente proclamarán, a lo largo de los siglos, todos los que han experimentado la llamada personal y apremiante de Jesús, y han respondido a esa llamada. El cristiano es alguien que, como los Apóstoles, cree en Jesús y sabe que él es el Santo de Dios(cf Jn 6, 69); que ha conocido el Amor que Dios tiene a los hombres, y ha creído en él(cf 1 Jn 4, 16); que, desde una vigorosa experiencia de fe, confiesa, con la palabra y con toda la vida, que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo (cf Mt 16,16); que se ha dejado fascinar por su Persona y por su personalidad, que ha consentido activamente en su llamada y, para seguirle en su vida y en su causa (=Reino), lo ha dejado todo. (…)”

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2 Respuestas a La seducción de Jesús: la confesión cristológica de Severino María Alonso, cmf

  1. María Pilar dijo:

    Madrid 16 de octubre 2009

    Gracias P. Cristo Rey por todo el cariño que nos has dejado al comunicarnos estas bellisimas lecciones referentes a nuestro inolvidable Severino María Alonso que tantas veces le hemos oido a él mismo.
    Sé la amistad que os acompañó siempre… y me esperaba esto de tí….
    ¿ Como me gustaría saber de esos ultimos días? Pude hablar con él antes de ir a Logroño (brevemente como el siempre hacía cuando esra por teléfono) Había venido de Andalucia… no recuerdo el luga, y me dijo estaba muy cansado. Que se iba a Logroño….
    Es un vacio muy grande el que siento….. Tengo tantos recuerdos. Mi oración no le puede faltr y espero siga ayudandome desde el cielo. Era un santo.
    Pido por vosotros que os llega mucho más esta perdida tan grande.
    Gracias inmensas

  2. Gema Uranga dijo:

    Les invitamos a que visiten el sitio web HOMENAJE a padre Severino María Alonso, el “amigo en el Amigo Jesús”

    http://www.everyoneweb.es/severinomariaalonso/

    ¡Bendiciones!

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