Felicitación a los protagonistas de la Navidad (25 Diciembre 2012)

¡Qué bella costumbre es felicitar a todos en este día de Navidad! La tierra se engalana de belleza y por los aires vuelan ondas cálidas del corazón que desean paz, felicidad, salud, amor. Pero hay cuatro protagonistas que se merecen todo nuestro agradecimiento. Ellos fueron los primeros que se sintieron transformados por el feliz nacimiento del Niño-Dios. A Ellos se dirige esta modesta felicitación.ABBÁ, SANTA RUAH, María y José

¡Buenas noches! ¡Feliz noche de Navidad!

La humanidad os debe felicitar con todo lo que somos y sentimos.

 

Abbá, ¡felicidades por tener un Hijo como tu Palabra, como tu Jesús!

Él siempre, siempre se refería a Ti, como a su origen, su fuente. El cuarto evangelio es un canto permanente a vuestro amor, vuestra absoluta dependencia, vuestra permanente complicidad. Jesús, siempre lo decía: “Mi alimento es hacer la voluntad del Abbá”. “El Abbá y yo somos uno”. “Como el Abbá me amó, así os amo yo”. Y, como todo Hijo se parece tanto a su Padre-Madre, Jesús es tu imagen perfecta, tu icono, la copia única de Ti, Abbá. Qué bien se lo dijo a Felipe: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Abbá”. Jesús, tu pequeño Jesús, es, Abbá, el camino para verte, conocerte, comprenderte. ¿Cómo puedes ser tan humano, tan alegre, tan misericordioso, tan bello? Abbá, ¡felicidades! por esta Noche Santa y por la noche de los tiempos en los cuales tú siempre te identificaste con tu primoroso Hijo, porque “en el Principio existía la Palabra y la Palabra era Dios”.

Santa Ruah, ¡qué nueve meses sin interrupción en el cuerpo de María!

Te apoderaste de toda ella para convertirla en “madre”, en “generadora” y “gestadora” del Hijo del Abbá. Tú eres el causante de esa incomprensible y loca humanización de lo divino. Tú hiciste posible la cuadratura del círculo. A ti se referían aquellas palabras del Ángel Gabriel: “¡nada es imposible para Dios!”. Tú, santa Ruah, haces posible lo inimaginable. Además, todo lo que tú haces tiene la marca de la perfección, de la belleza. ¡Con qué acierto te llaman algunos teólogos el “Beautifyer”, el que todo lo embellece! Jesús es tu obra maestra. Tiene en cada célula de su cuerpo, en cada sentimiento y pensamiento de su espíritu, tu impronta, tu autoría. Nunca lo material fue tan espiritual. ¡Como para que después nosotros seamos tan dualistas! ¡Qué fantástico nos resulta descubrir la espiritualidad de la materia y la materialidad del espíritu! ¡Cuánto disfrutará contigo Teilhard de Chardin! Y luego, nos maravilla María, desde la cual extrajiste el “material” humano, corporal. Cómo, santa Ruah, ibas hilvanando una partícula con otra, cómo ibas entretejiendo a Jesús en el seno materno tan portentosamente. Enhorabuena, Espíritu Santo. En esta noche te mereces el mejor aplauso de todo el cosmos, de toda la creación, de toda la humanidad, de toda la historia. Como dice mi Sus: ¡eres…. Sencillamente fantástico!

 ¿Y vosotros, María y José?

Suponemos que llegasteis a tal unanimidad a tener de tal manera un solo corazón que difícilmente sabríais distinguir lo que es de uno y de otro! Los mejores amores son aquellos que el Espíritu aglutina. El Espíritu Santo se ocupó no solo de ti, María, también cuidó a tu Esposo, para que no se sintiera marginado y descubriera que nada lo separaría de ti. El Espíritu os unió y José escuchó aquellas palabras: “Toma a María, tu esposa”. María también te diría -¡estamos seguros!- como Jesús: “Como el Abbá me amó, también yo te amo, José”. ¡Que seamos uno! Tú, José, no fuiste llamado a ser un mero espectador. Sino el cómplice de María, lo masculino que con lo femenino se convierte en principio educador, en hospitalidad sin reservas, en acogida y protección de la Gracia. María y José, sabemos que en esta noche santa fuisteis testigos del más bello y sublime acontecimiento. Vosotros dos, visteis como únicos testigos, nacer la Maravilla de las Maravillas, la obra Maestra del Espíritu, el Hijo del Abbá, la belleza de toda belleza, el encanto de todo encanto. Y lo acogisteis y besasteis y estrechasteis contra vuestro pecho. ¡Qué envidia nos dais!

Aquí estamos, nosotros ante vosotros, con vosotros. Suplicad para que también nosotros podamos sentir en nuestros brazos, en nuestro pecho, en nuestros labios al Pequeño Jesús.

Abbá, Santa Ruah, María y José ¡FELICIDADES!

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