LA MÁQUINA SECRETA DEL PODER: ¿porqué toda autoridad necesita un “Rey” y un “Gobierno”?(G. Agamben)

Esta lógica ilumina tres realidades que nos tocan de cerca: la monarquía española, el papado y las órdenes religiosas. Vamos a desmontarla paso a paso.

La fórmula de Agamben: Rey + Gobierno = Poder estable

Agamben descubre que toda autoridad funciona como una “máquina bipolar”: Reino y Gobierno.

ETIMASIA o trono de la Preparación

El Reino da ser: representa la unidad, la estabilidad, lo sagrado. No actúa directamente, solo es. El Gobierno da acción: gestiona lo concreto, toma decisiones, asume errores. Si juntamos todo en una persona, se rompe el equilibrio: quien gestiona se desgasta y pierde brillo simbólico; quien simboliza sin actuar se vuelve irrelevante. La “hetoimasia” o trono vacío: símbolo agambeniano del centro del poder, desprovisto de sustancia pero lleno de gloria.

España: Monarquía + Gobierno (Constitución de 1978)

La Constitución Española de 1978 lo dice clarísimo: artículo 56 (“El Rey es […] símbolo de su unidad y permanencia”) y artículo 97 (“El Gobierno dirige la política interior y exterior”). Rey Felipe VI: símbolo de unidad constitucional. Felipe VI no decide presupuestos ni leyes, pero su presencia garantiza la continuidad más allá de los ciclos electorales. El presidente del Gobierno gestiona lo concreto y asume el desgaste político. Esta separación evita que un presidente se convierta en “rey-presidente” (y viceversa).

Los anti-monárquicos que piden solo “presidente de gobierno” no ven que la dualidad no desaparece: el Presidente acabaría teniendo que simbolizar unidad mientras gestiona crisis diarias. Agamben lo predijo: el Gobierno moderno triunfa, pero necesita recrear el Reino en otro lado (medios, carisma personal, opinión pública).

El Papa: el caso límite que confirma la regla

El papado concentra ambos polos de forma genial pero tensa: el Papa León XIV es, al mismo tiempo, símbolo petrino y jefe de gobierno eclesial.

Como Reino: Sucesor de Pedro, Vicario de Cristo, símbolo de unidad universal.
Como Gobierno: La Curia Romana gestiona 1.400 millones de católicos, nunciaturas, finanzas vaticanas.

León XIV brilla como símbolo petrino, pero cuando entra en gestión técnica, aparece la fractura agambeniana. El carisma petrino es anterior a cualquier Curia: por eso el sistema aguanta.

Órdenes religiosas: Fundador/a vs Superior/a General

Las Constituciones de cualquier instituto religioso repiten el patrón: Fundador/a, Superior General.

El Padre Pedro Arrupe, Superior General jesuita es reconocido -no obstante- como un ejemplo de tensión entre símbolo carismático y gestión práctica.

El Superior/a General es puro Gobierno: asigna casas, misiones, cuida la economía, resuelve conflictos con sus consultores (la “angelología burocrática” de Agamben).
El Fundador/a muerto es el Reino perfecto: su carisma permanece puro en las Constituciones, sin desgaste administrativo.

Las Constituciones suelen decir: “El Superior/a General gobierna en nombre del Fundador/a y según sus Constituciones”. Esto es poder vicario: el Superior/a “hace las veces” del Fundador/a, pero ¡nunca lo reemplaza!

Peligro real: Cuando un Superior/a pretende ser también el símbolo carismático (“¡Seguimos mi visión!”), se produce la “captura de la inoperosidad”: la gestión sofoca el carisma originario.

La lección universal: ¡respeta la máquina!

Esta dualidad no es negociable. Toda autoridad necesita:

  1. Un símbolo que no se desgaste (Rey, Fundador/a, Pedro)
  2. Un gestor que actúe (Gobierno, Superior/a, Curia)
  3. Gloria que los conecte (Constitución, Constituciones, liturgia)

Para España: La monarquía parlamentaria no es un lujo histórico, sino una forma inteligente de articular esta lógica universal.
Para la Iglesia: El papado y las órdenes funcionan porque respetan (con tensiones) esta bipolaridad teológica.
Para ti: En tu comunidad, equipo o familia, separa al que simboliza del que ejecuta.

La próxima vez que critiques un rey, un papa o un superior/a, pregúntate: ¿estás respetando la máquina agambeniana?


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UN PUEBLO QUE NO ESTÁ EN VENTA, Domingo 29 del Tiempo Ordinario, ciclo A


Hoy le haríamos a Jesús preguntas políticas. ¿Es lícito votar a…? ¿Es lícito defender…? Queremos una respuesta clara, contundente. Y Jesús, con una sonrisa, nos devuelve una moneda.

«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Parece nítido, y no lo es. Porque el mundo no está repartido en dos mitades, una para Dios y otra para el César. Nada del César deja de ser de Dios. Jesús nunca dio recetas: nos regaló algo mejor, el esfuerzo de buscar y de implicarse.

Pero hay una clave: «Devolved al César sus monedas». ¡Que se quede con ellas! La moneda lleva grabada la imagen del César. Y lo que sí es de Dios, más aún que la tierra entera, es su pueblo, que lleva grabada la imagen de Dios. Un pueblo que no está en venta. Esa frase huele a celos de enamorado: celos de Alianza. Es como si Jesús dijera: no hagáis alianzas con nadie; entregaos a Dios sin reservas.

La primera lectura lo muestra con una belleza asombrosa. El pueblo está desterrado, el templo en ruinas, el nombre de Dios por los suelos. ¿Quién lo levanta? Un rey pagano, Ciro, que ni siquiera conocía a Dios. Y, sin conocerlo, se dejó llevar por Él. Así santifica Dios su nombre: sin pedir permiso a nadie. Cuando rezamos «santificado sea tu nombre», pedimos precisamente eso: que Él mismo defienda su honor, que se muestre fiel, obstinadamente fiel.

Hay también un reverso. Hay césares que se hacen pasar por dios y toman su nombre en vano. Ya lo advirtió san Agustín en La ciudad de Dios (libro IV, capítulo 4), con una frase que no envejece: 

«Quitada la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?»

Y a la Iglesia no le está permitido ese camino. Lo dice san Pablo: tres evangelizadores, juntos, sin despotismo, que miran a la comunidad con asombro y la llaman «amada de Dios». Ese es el estilo: evangelizar en grupo, descubrir primero la gracia en los demás, y que entre nosotros el poder sea servicio y nunca dominio.

Hermanos, la política más audaz es la de quien ya tiene dueño, y qué dueño: el Dios que no abandona. Con el corazón entregado a Él, cada voto, cada trabajo y cada palabra pueden convertirse en un modo de decir: «Santificado sea tu nombre».

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LA MÍSTICA DE LA INTERCONEXIÓN: dos frases de Gregory Bateson para una espiritualidad ecosistémica

«En este mundo traidor,
nada es verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.»
(Ramón de Campoamor, «Las dos linternas»).

En nuestro Parlamento la división es muy notoria. La guerra ideológica permanente. El aplauso de todos los parlamentarios durante 7 minutos tras el discurso del Papa León en la sede de la soberanía popular ¿fue verdad o un misterioso espejismo?

Dos frases que no se olvidan

Hay frases que se quedan a vivir en la memoria. Gregory Bateson (1904-1980), antropólogo, biólogo y pensador de espíritu inclasificable, dejó dos de ellas: «ecología de la mente» y «¡sólo la totalidad es sagrada!». La primera parece científica y la segunda religiosa. Leídas juntas, dicen que la realidad entera es una trama viva y que esa trama merece reverencia.

Bateson no era un autor cristiano, y conviene decirlo con claridad. Pero a veces un pensador que mira desde fuera descubre en la casa común una habitación que sus habitantes habían dejado a oscuras. Esa es la invitación de estas páginas.

La mente no cabe en una cabeza

La expresión «ecología de la mente» desconcierta a primera vista. La ecología estudia cómo se relacionan las plantas, los animales, el suelo y el clima. La mente, en cambio, suele imaginarse como un tesoro privado guardado dentro del cráneo.

Bateson propone mirar de otro modo. Para él, lo mental ocurre allí donde hay información que circula, y esa información no se detiene en la piel. Recorre el cuerpo, pasa al entorno, vuelve transformada. El girasol que gira hacia el sol, la persona que responde a una sonrisa, el bosque que se ajusta a las lluvias: en todos ellos hay circuitos que conectan y responden.

Y una idea, en este mundo, no es un objeto. Es, según su célebre fórmula, «una diferencia que hace una diferencia». Una mirada, una palabra o un silencio cambian algo en quien los recibe, y ese cambio a su vez cambia otras cosas. Vivir es estar metido en esa cadena de respuestas.

Bajo esta luz, el «yo» deja de ser una isla. Es un nudo provisional en una red mucho más amplia, un lugar donde los hilos se cruzan, se tensan y se hacen conscientes.

«Sólo la totalidad es sagrada»

La segunda frase es una advertencia. Bateson veía un error de fondo en buena parte del pensamiento moderno: la costumbre de partir la realidad en trozos y tratarlos como si existieran por separado. Separar la mente del cuerpo, la razón del sentimiento, el ser humano de la naturaleza. Y luego sorprenderse de que el mundo, así troceado, enferme.

Quien analiza solo piezas sueltas puede acumular datos y perder lo esencial. Lo sagrado no se encuentra disecando, porque no es un objeto entre otros ni una pieza más del mecanismo. Es el conjunto vivo y armónico de las relaciones que sostiene todo lo que existe.

De ahí brotan dos consecuencias:

  • La humildad. Si el individuo es una parte pequeña de una sabiduría mayor, no puede erigirse en dueño de la creación. Intentar dominar un fragmento de la biosfera aislándolo del resto rompe una unidad que nadie ha fabricado.
  • La reverencia. Ante lo que sostiene la vida y no se puede abarcar, el gesto adecuado es el asombro. Cuando se pierde, la vida se mide solo en cifras, y Bateson veía en la lógica del dinero y del control un modo de profanación.

¿Y si el cristianismo ya lo sabía?

Aquí la conversación se vuelve fecunda, porque la fe cristiana lleva veinte siglos diciendo, con otras palabras, algo muy parecido.

San Pablo anuncia que en Cristo «todo se mantiene en él» (Col 1,17) y que Dios es aquel en quien «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). La realidad, en esta mirada, no está formada por piezas yuxtapuestas. Está sostenida desde dentro por una presencia que la une.

El cuarto Evangelio pone en labios de Jesús la oración más relacional que existe: «que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti» (Jn 17,21). La unidad que se pide no es uniformidad. Es comunión, es decir, circuito vivo de amor.

La teología trinitaria va aún más lejos. Dios mismo es relación: Padre, Hijo y Espíritu en una entrega mutua que los Padres griegos llamaron perichóresis, una danza de mutua habitación. Si Dios es comunión, la comunión no es un adorno de la creación. Es su gramática más profunda.

San Francisco de Asís lo cantó sin necesidad de tratados: hermano sol, hermana luna, hermana agua, hermano fuego. Y el papa Francisco lo recogió en una frase que Bateson habría suscrito: «todo está conectado» (Laudato si’).

De «cuerpo místico» a «mística de la interconexión»

La tradición cristiana tiene una imagen magnífica: el Cuerpo místico, la Iglesia como organismo vivo donde cada miembro necesita de los demás («si un miembro sufre, todos sufren con él», 1 Cor 12,26). Es una imagen verdadera y hermosa.

Pero la mirada de Bateson invita a ensancharla. ¿Y si el cuerpo no terminara en las puertas del templo? ¿Y si la red de comunión que la fe contempla en la Iglesia fuera la forma visible de una trama más vasta, que abarca la humanidad entera, la tierra, los océanos, las estrellas?

Eso es lo que podría llamarse mística de la interconexión: la experiencia, a la vez sencilla y vertiginosa, de que nada existe en soledad, de que cada vida se sostiene en otras, de que cada gesto resuena más allá de lo que se ve. Y de que esa trama no es ciega, sino que tiene un centro de amor que los creyentes se atreven a llamar Padre.

Una mística así no huye del mundo. Lo ve de otra manera. Lo que antes parecía un «entorno» se convierte en parte del propio cuerpo, y lo que parecía «los otros» se revela como prolongación de uno mismo.

Lo que cambia en la vida diaria

Una espiritualidad no se mide por sus ideas, sino por lo que cambia en el modo de vivir. Esta mística tiene consecuencias muy concretas:

  1. La oración se ensancha. Orar deja de ser un asunto privado entre un alma y Dios. Es entrar en la corriente de comunión en la que ya se está, y llevar en el corazón a los que sufren, a los ausentes, a la tierra herida.
  2. La ética se vuelve ecológica. Cuidar el entorno no es una causa más entre otras. Es un acto de fidelidad a la creación como cuerpo común. Dañar un río es herir una parte de uno mismo.
  3. El perdón gana sentido. Si todo está entrelazado, el rencor y la ruptura no solo hieren a otro. Rompen un hilo de la red, y reconciliar es recomponerla.
  4. La muerte pierde algo de su sombra. Si el «yo» es un nudo provisional, su deshacerse no destruye la trama. Bateson intuía que las ideas verdaderas siguen vivas en los demás y en el tejido del mundo. La fe cristiana dice más: lo que se ha amado queda acogido en Dios, donde nada se pierde.
  5. La humildad se hace alegría. Saberse pequeño en un todo inmenso no humilla. Libera de la carga de sostenerlo todo y devuelve la confianza de ser sostenido.

La totalidad como casa

«Sólo la totalidad es sagrada.» Un cristiano podría escuchar esta frase con una sonrisa de reconocimiento y completarla con una palabra más: la totalidad es sagrada porque alguien la habita y la ama. El misterio que Bateson llamaba «lo sagrado» y la fe llama «Dios» se encuentran en un punto: ninguno de los dos se deja encerrar en una parte.

Puede que esta sea la tarea espiritual de nuestro tiempo: pasar de una fe que contempla el mundo como escenario a otra que lo reconoce como casa común y cuerpo compartido. Desaprender la fragmentación, aprender de nuevo a decir «nosotros» con la tierra, con los pueblos, con los vivos y con los que ya no están.

Allí donde dos vidas se tocan, donde un gesto de bondad se propaga, donde una oración sube sin saber por qué cauces, ya sucede lo que Bateson sospechaba y la fe confiesa: que todo está unido, y que esa unión es santa.


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VIRGEN SANTA, MADRE MÍA – Himno a la Virgen del Pilar

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Y TÚ… SIGUE SEMBRANDO

[Intro]
(voz femenina, casi hablada, muy íntima, solo con un instrumento de fondo)

[Verse 1 – Voz masculina]
Hay días que soy camino,
y tu palabra se pierde.
Hay días que soy de piedra,
me apago si algo duele.

[Verse 2 – Voz femenina]
Hay días que soy espino,
de ruido y de prisa lleno.
Y hay días, despacio, en calma,
en que algo crece dentro.

[Chorus – Dueto, voces juntas]
Y tú sigues sembrando,
sin mirar quién soy.
Sigues sembrando,
hoy y siempre, hoy.

[Verse 3 – Voz masculina, con respuesta femenina en eco]
Hay días que soy camino, (—camino—)
y tu palabra se pierde. (—se pierde—)
Hay días que soy de piedra, (—de piedra—)
me apago si algo duele. (—si duele—)

[Chorus – Dueto, más pleno, con coros]
Y tú sigues sembrando,
sin mirar quién soy.
Sigues sembrando,
hoy y siempre, hoy.

[Bridge – Dueto en armonía, a capella o casi]
Solo dime qué quitar,
para dejarte crecer.

[Final – Dueto, clímax, todo el color instrumental]
¡Sigue sembrando en mí,
sigue sembrando!

[Outro]
(instrumental, la melodía del estribillo se disuelve poco a poco,
un último acorde suspendido, sin resolver del todo — para dejar ganas de volver a escucharla)

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ESTÁIS INVITADOS A UNA BODA: Domingo 28, tiempo ordinario, ciclo A

Un rey celebra la boda de su hijo. Todo está preparado: el banquete, el vino, la fiesta. Y envía mensajeros a avisar a los invitados. Los invitados no vienen. Uno dice que tiene su campo, otro su negocio. Y algunos, más duros, agarran a los mensajeros y los matan.

Una boda, no un tribunal

Fijémonos en la imagen que elige Jesús. No habla de un funeral, ni de un tribunal, ni de una oficina. Habla de una boda.

Desde los profetas, la Biblia cuenta la historia de Dios con su pueblo como una historia de amor: Dios es el Esposo, y la humanidad, la esposa a la que busca, perdona y vuelve a llamar. En Jesús esa historia llega a su plenitud. Él es el Novio. No viene a imponer una ley, viene a desposarse con nosotros. Y cada Eucaristía es un adelanto de esa boda.

Una boda no se cumple como una obligación; se acepta o se rechaza. La fe no es un deber que se paga. Es un enamoramiento al que se puede decir que no.

Los primeros invitados

¿Quiénes son hoy los primeros invitados? En buena medida, nosotros. Nuestra tierra tiene una raíz cristiana tan antigua que se confunde con el paisaje: fiestas, procesiones, bautizos, bodas. La invitación llega desde siempre, y por eso mismo a veces no se abre. Las excusas se parecen a las del Evangelio: el único descanso de la semana, el trabajo, el móvil, la agenda. No odiamos a Jesús, simplemente no tenemos tiempo. Es ese «ya iré» que nunca llega.

Una palabra para quienes siempre vienen

Pero hay otros que no han faltado. Los que vienen cada domingo, también cuando los amigos, los hijos o los compañeros de toda la vida se fueron quedando en casa. Siguen acudiendo con fidelidad sencilla, a veces con cansancio, a veces con soledad.

A ellos, nuestro agradecimiento. Mantienen encendida la luz de la casa. Gracias a ellos, quien un día quiera volver encontrará la puerta abierta y alguien que lo reciba.

La sala se llena

Pero el padre no cancela la fiesta. Dice: «Salid a los cruces de los caminos y llamad a todos los que encontréis».

Y la sala se llena. Llegan los que casi nunca entraron: el vecino que vuelve porque algo se le ha roto por dentro; la familia recién llegada de Colombia o de Marruecos, de Perú o de Ucrania; el joven que busca sin saber qué; el que se siente indigno y entra sin hacer ruido. Malos y buenos, dice Jesús. Nadie pregunta por el currículum.

Una parroquia con rostros nuevos, con acentos distintos, con gente que llega herida, no es una amenaza. Es la parábola cumpliéndose.

El vestido de boda

Y casi todos llevan el vestido de fiesta. Ese vestido no se compra ni se merece: es la respuesta a la invitación. Es dejarse revestir de Cristo, como dice san Pablo, con compasión, bondad y amor.

Solo uno ha entrado sin él. Está en la fiesta, pero no está en la boda. Ha venido a lo que se ofrece, no a quien se da. Y cuando el rey le pregunta, se queda callado: no hay excusa, solo una decisión que nunca llegó a tomar.

Ese puede ser el de fuera. Pero puede ser también el de dentro: quien usa la Iglesia como escenario, como poder o como costumbre, sin que lo toque el Esposo. Se puede estar dentro del templo y sin vestido, disfrazado de creyente.

San Juan de la Cruz lo dijo en una sola línea: «A la tarde te examinarán en el amor».

La pregunta

La invitación es para todos. La elección es la respuesta libre de quien se deja vestir por Dios. La boda ya empezó. La pregunta no es si estamos dentro. Es si vamos vestidos para ella.

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SHALOM ISRAEL – Rivers of Zion

La “Ecología del Espíritu” acoge este creciente viaje de adoración que surge desde el corazón de Israel. Esta nueva colección de culto está dedicada a Melej Yisrael — el Rey de Israel. Desde los ríos fluyentes de Sion hasta la luz dorada de Jerusalén, estas canciones están llenas de adoración profética, el espíritu de Shalom, el aliento de Ruaj HaKodesh – Espíritu Santo- y una alegre alabanza inspirada en los Salmos.

00:00 – Jerusalén Dorada | Apertura del culto hebreo 04:22 – El río corre hacia Sion | Canciones de esperanza viva 08:07 – Escucha (El aroma de casa) | Culto hebreo pacífico 12:17 – Respira (pasos en casa) | Música de adoración absorbente 16:48 – Una llama ascendiendo | Fuego Sagrado de Sion 20:52 – La Tabla de Reyes | Culto a Melej Yisrael 25:32 – Jerusalén Dorada | Culto desde Tierra Santa 29:55 – La Tabla de Reyes | Adoración ante el Trono 34:35 – Respira (pasos en casa) | Culto íntimo a Israel 39:07 – Una llama ascendiendo | Culto a Ruach HaKodesh 43:11 – Escucha (El aroma de casa) | Canciones de Paz y Shalom 47:21 – El río corre hacia Sion | Culto desde Jerusalén 51:05 – Una llama ascendiendo | Final de la Adoración Hebrea

Que esta adoración despierte tu espíritu, fortalezca tu fe y llene tu hogar de paz, esperanza y la gloria de la presencia de Dios.

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¡LA VIÑA NO ES TUYA!, Domingo 27 del tiempo ordinario, ciclo A

Un dueño planta la viña perfecta y la confía a unos labradores.

Cuando llega la cosecha, envía a pedir fruto. Y ellos golpean, matan, expulsan. Hasta al Hijo lo asesinan por quedarse con la herencia.

Esta parábola no habla de hace dos mil años. Habla de hoy, de Europa, de parroquias vacías y de púlpitos llenos de dueños.


Hay líderes religiosos que confunden la Iglesia con su proyecto personal. Su movimiento, su carisma, su grupo de fieles que les aplauden y les agrandan.

Y cuando el Espíritu sopla libertad, lo bloquean. Cuando un laico pregunta, lo silencian. Cuando una mujer sirve con autoridad, la apartan. Cuando un pobre incomoda, lo ignoran. Matan al mensajero para no cambiar de sitio.
Y se sorprenden de que las iglesias se vacíen. No se vacían porque falte Dios. Se vacían porque sobra clericalismo.

La pregunta de Jesús sigue en pie: ¿qué hará el dueño de la viña?

La quitará y la entregará a otro pueblo. Puede pasar aquí. Está pasando aquí.

La piedra que los arquitectos descartaron —el pobre, el distinto, el que no encaja en el organigrama— se convierte en piedra angular.

Y quien tropieza con ella, cae.

Tú administras. No eres dueño. Devuelve el fruto. Abre la puerta. La viña es de Dios, y Él la entrega a quien de verdad la cuida.

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“EL ‘¡NO!’ QUE ABRE EL CIELO Y EL ‘¡SÍ!’ QUE LO CIERRA”, Domingo 26 del tiempo ordinario, ciclo A

Jesús nos pone dos espejos: un hijo a su padre dice “no” y va. Otro hijo que dice a su padre “sí” y no va. ¿Cuál de los dos eres tú… soy yo?

Jesús va directo: los que se arrepienten llegan primero. Los que aparentan, quedan fuera.

La parábola es un escándalo. Un hijo dice “no quiero”, pero luego va. Otro dice “sí, señor”, pero no aparece. ¿Quién hace la voluntad del padre?

El que se arrepiente. No el que promete. No el que aparenta.

Y hoy pasa igual. Ves a personas que parecen lejos de Dios, que dicen “no creo”, “no voy”, “no rezo”… pero cuando ven la verdad, se arrepienten y se entregan. Y otros, fieles cumplidores, cargan la misa y la comunidad, pero están vacíos, sin amor, sin compasión. Dicen “sí” con la boca y “no” con la vida.

Jesús se pone de parte de los que dudaron, de los que se equivocaron, de los que dijeron “no”, pero después se convirtieron. Y los que se creen justos, los que nunca dudaron, los que nunca fallaron, a veces son los más duros.

Publicanos y prostitutas les llevan delantera. Ellos sí creyeron a Juan. Los fariseos ni se arrepintieron ni creyeron.


Hoy, la parábola nos reta: no importa nuestro pasado. Importa nuestro presente. ¿Dices “no” pero vas? Eres bienvenido. ¿Dices “sí” y te quedas? Revisa tu vida.

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“LA ENVIDIA TE CORROE EL ALMA, Domingo 25 del tiempo ordinario, ciclo A

Ya lo dice el refrán:

‘Si la envidia fuese tiña, cuántos tiñosos habría’.

Y en la viña del Señor, más de uno anda con sarpullido.

Jesús cuenta la parábola: unos al alba, otros al mediodía, los últimos al atardecer. Al final, denario para todos.

Se arma el jaleo.

Los de primera hora protestan, pero su queja no es hambre, es comparación. Les duele que el dueño sea generoso.

Y el dueño responde:

‘¿Vas a tener envidia porque soy bueno? ¿O voy a ser malo porque soy generoso?’.

Ahí está la clave.

La envidia no es pedir justicia, es no soportar la felicidad del otro. Nos corroe el alma, nos amarga, nos seca y nos separa del hermano. Pasa en nuestra familia, cuando el otro tiene más atención. Pasa en nuestra parroquia, cuando el recién llegado es alabado.

No soportamos que le vaya bien al que empezó mal. Y olvidamos que nosotros ya tenemos el denario de salvación.

¡Dejemos de mirar el plato del vecino! Si la envidia fuera tiña, ¡qué sarpullido!

Pero la gracia es más fuerte. Tomemos el ungüento de la gratitud. Agradezcamos lo nuestro y celebremos lo del otro. El dueño no nos debe nada, pero nos da todo. Soltemos el veneno. Solo así entenderemos que los últimos son los primeros, y los primeros, si se creen jefes, acabarán los últimos.

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