¿Hay algo más allá de lo que perciben los sentidos? La teología actual responde con menos folclore y más hondura de lo que suele imaginarse.

Una frase del Credo que nos da que pensar
Cada domingo, millones de cristianos confesamos en el Credo a Dios como «creador del cielo y de la tierra, de lo visible y lo invisible». Lo visible no ofrece dificultad: ahí están las montañas, los mares, las personas. Pero ¿y lo invisible? ¿Existe una creación que no se ve, pero con la que se mantiene alguna forma de comunión? Y si existe, ¿es ese el lugar de «lo angélico»… y también de «lo satánico»?
Durante mucho tiempo estas preguntas quedaron arrinconadas entre la imaginería de estampas y la sospecha de superstición. Hoy la teología vuelve a plantearlas con seriedad.
No es otro mundo, sino otra dimensión de este
La creación invisible no se entiende como un universo paralelo, un segundo piso del cosmos con puerta secreta. Se entiende como la dimensión de profundidad de este mismo mundo.
El «cielo» del Credo no es un lugar lejano, sino aquello que, en la creación, escapa a la percepción material y la mantiene abierta a su Creador. Un mundo sin esa dimensión sería un mundo cerrado sobre sí mismo, que se basta y no remite a nada más: en el fondo, un mundo sin Dios. Hasta un teólogo tan reacio a las especulaciones como el reformado Karl Barth sostenía que los ángeles no pueden eliminarse sin revisar la Escritura entera.
Los ángeles: alabanza y servicio
Si la creación invisible es esa dimensión de hondura y apertura, los ángeles serían sus habitantes: no visitantes de otro planeta, ni adornos piadosos, sino parte de la única creación de Dios. La tradición les atribuye dos funciones:
- La alabanza. Forman la «corte celestial» que adora a Dios.
- El servicio. La carta a los Hebreos los llama «espíritus servidores», enviados en favor de quienes han de heredar la salvación. No son espectadores pasivos: participan en la historia de la salvación.
Detrás hay una idea que va más allá de alas y túnicas: la creación no es un mecanismo cerrado, sino una red de seres personales, visibles e invisibles, al servicio de un mismo plan.
¿Y lo satánico?
La teología actual descarta el dualismo, es decir, la idea de dos dioses rivales, el del bien y el del mal. El mal no es una fuerza creadora paralela, sino una carencia: un vacío allí donde debería haber bien.
El demonio y los ángeles caídos serían criaturas espirituales buenas en su origen que, usando su libertad, se cerraron radicalmente a Dios. Su «espacio» no es otro mundo, sino una deformación de la misma dimensión angélica. Donde el ángel es mensajero de apertura, el diablo, que significa «calumniador», trata de cerrarla.
Por eso se subraya que su poder es limitado y está subordinado a Dios: puede tentar y acusar, pero no crear. El papa Francisco insistió en que no se trata de dialogar con él, sino de resistirle con la Palabra, como hizo Jesús en el desierto. Lo satánico es, más que un lugar, una actitud de rechazo dentro de la creación.
Una libertad que puede abrirse o cerrarse
Visto así, el asunto deja de ser una curiosidad y se vuelve cercano. Ángeles y demonios son dos maneras de ejercer la libertad creada: abrirse a Dios o cerrarse a Él. Es la misma disyuntiva que se presenta a cada persona cada día, a otra escala.
En una época que tiende a reducir la realidad a lo medible, la teología recuerda que la creación es más densa de lo que muestran los sentidos. Hay una hondura, un «más allá» que no se opone a este mundo, sino que lo sostiene desde dentro. Y quizá el mundo visible no sea tan solitario como a veces parece.
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