AMOR, AMISTAD Y ALEGRÍA (Domingo VI de Pascua)

La Pascua se despliega como el tiempo de las tres “Aes”: Amor, Amistad y Alegría.

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EL MISTERIO DE “LA URNA”

Las sociedades democráticas no quieren organizarse sometidas “al dedo” de los grupos de presión. Tampoco la vida consagrada quiere vivir sometida “al dedo”: el dedo que indica lo que hay que hacer y quién tiene que ejercer una determinada función: ¡el dedo que designa y determina según el propio querer y la propia visión! La vida consagrada ha elegido desde hace tiempo la urna. Contemplando la urna en una gran sala -todavía vacía- me vino a la mente y al corazón  la siguiente reflexión, que después comuniqué cuando la sala se llenó de Capitulares ¡Hela aquí!

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AMOR SIN ARMAS

En este mismo blog, me refería antes de ayer al encuentro de san Pablo VI con el santo patriarca de Constantinopla Atenágoras. Y citaba un texto de Atenágoras que me impresionó y que hablaba del “rearmarse”, del amor sin armas. Hoy también nos habla la liturgia de este quinto domingo de Pascua del Amor desarmado en la segunda conversión de Saulo, en el magisterio del Discípulo Amado y en la petición de que nosotros, como sarmientos, dejemos que penetre hasta lo más profundo la savia de amor que mana de Jesús, nuestra única Vid. Son una advertencia seria a los neo-conversos y también a quienes se sienten “con autoridad”.

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¡LLEGAR A DES-ARMARSE!

Pablo VI y Atenágoras

Veo por doquier demasiada gente armada: en la sociedad política, en la religión, en las familias, en la vida consagrada. ¡Siempre hay un enemigo al que atacar! ¿De qué nos sirve decir tantas veces “¡la paz sea con vosotros!”, si la guerra abierta o encubierta está siempre a la orden del día? Las armas verbales, las armas de la mirada despreciativa, o de la mirada negada, las armas del corazón de piedra. Y con las armas, nuestras “armaduras”: con ellas defendemos nuestra supuesta dignidad, nuestra soberbia agazapada, nuestro “tener siempre razón”, nuestro “punto de vista que siempre es el mejor”. En este contexto, ha llegado a mí un texto del Patriarca de Constantinopla, Atenágoras falleció el 1972 y que me hace pensar y aprender la lección. Helo aquí:

El 5 de enero de 1964 se encontró en Jerusalén con Pablo VI. Tras 910 años de cisma entre la Iglesia de Oriente y Occidente y de mutua excomunión, Atenágoras y Pablo VI se abrazaron. El día 7 de diciembre de 1965 Roma y Constantinopla levantaron las excomuniones que se habían lanzado mutuamente. ¡Qué largo es -¡tantas veces!- el camino hacia la reconciliación y la solución de conflictos. Pero hoy, no puedo dejar de evocar un texto del gran Patriarca Atenágoras que nos muestra el estado de alma que el Espíritu Santo le había concedido: ¡llegar a desarmarse! He aquí el texto escrito por él.

Hay que hacer la guerra más dura que es la guerra contra uno mismo.
Hay que llegar a desarmarse.
Yo he hecho esta guerra durante muchos años. Ha sido terrible.
Ahora estoy desarmado de la voluntad de tener razón, de justificarme descalificando a los demás.
Ahora no estoy en guardia, celosamente crispado sobre mis riquezas. Acojo y comparto.
Ahora no me aferro a mis ideas, ni a mis proyectos. Si me presentan otros mejores, o ni siquiera mejores sino buenos, los acepto sin pesar.
He renunciado a hacer comparaciones.
Lo que es bueno, verdadero, real, para mí siempre es lo mejor.

Por eso, ya no tengo miedo. Cuando ya no se tiene nada, ya no se tiene temor.

Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, nos da un tiempo nuevo en el que todo es posible. ¡Es la Paz!

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EXTRALIMITARSE: “MÁS LOCURA Y MENOS CORDURA”

ERIN HANSON

Propio de la vida consagrada o religiosa (en todas sus variadas formas) es encontrarse siempre entre dos mundos: como muertos al mundo y vivos para Dios, pero sin dejar de ser de este mundo. La vida consagrada casi siempre se ha extra-limitado. Ha deseado vivir en una zona que a no pocos les parece imposible. Se ha querido caracterizar por su exageraciones proféticas. Sin embargo, nos acucia el deseo de “ser normales”, que “nadie note que somos diferentes”.. Tal “normalidad” nos ha devaluado. Nos hemos sentido incluso acomplejados ante nuestros “laicos”, pues a veces los consideramos como nuestra norma. Y, sin embargo, no podemos renunciar a nuestra “quintaesencia”, no debemos renunciar a extra-limitarnos, porque es en los límites, en lo liminal, en lo fronterizo, en lo periférico… donde está “nuestro lugar”.

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LIDERAR SEGÚN EL PASTOR IDEAL

En este día focalizamos nuestra atención en el Bueno y Bello Pastor, Jesús: ¡el gran modelo del Liderazgo! Aquel que se merece el Oscar al mejor Líder de nuestra historia. Aquel que ha convertido el liderazgo en una de las más sublimes tareas del ser humano. Por eso, fijemos nuestra atención en nuestros líderes; en los líderes de todo tipo: líderes religiosos, políticos, familiares, culturales. Hay personas escogidas para ir delante de los demás, abriendo caminos. De una u otra forma a todos se nos confía un “liderazgo” en la vida. ¡Descubre el líder que hay en tí!, nos suelen decir. Pero trata de ser líder siguiendo el modelo: el buen y bello Pastor.

La imagen del buen-bello Pastor

Dios nunca dijo que los líderes de su pueblo debieran ser ganaderos o vaqueros. Al contrario, Dios se refiere a su pueblo como rebaño y a sus líderes como pastores. Los pastores están siempre junto al rebaño. El rebaño necesita siempre la presencia de su pastor. Sin el pastor, las ovejas se dispersan… se pierden… entran en el caos… enferman y mueren. La Palabra de Dios escogió la imagen del pastor para hablar del liderazgo:

»Porque esto dice el Señor Dios: «Yo mismo buscaré mi rebaño y lo apacentaré. Como recuenta un pastor su rebaño cuando está en medio de sus ovejas que se han dispersado, así recontaré mis ovejas y las recogeré de todos los lugares en que se dispersaron en día de niebla y oscuridad (Ez 34,11-12).

El Pastoreo compartido y colaborativo

A pesar de sus defectos, Dios escogió a David -que ya tenía la experiencia de pastor- para trasladar esa experiencia al “pastoreo” – liderazgo- de su pueblo:

“Yo te he tomado del aprisco, de detrás del rebaño para que seas príncipe sobre mi pueblo Israel…. (2 Sam 7,8-11). «Yo mismo buscaré mi rebaño y lo apacentaré. Como recuenta un pastor su rebaño cuando está en medio de sus ovejas que se han dispersado, así recontaré mis ovejas y las recogeré de todos los lugares en que se dispersaron en día de niebla y oscuridad” (Ez 34,1-12).

Ser líder según “el modelo” Jesús, según el “corazón de Dios”

“Apacentad la grey de Dios que se os ha confiado, gobernando no a la fuerza, sino de buena gana según Dios; no por mezquino afán de lucro, sino de corazón; no como tiranos sobre la heredad del Señor, sino haciéndoos modelo de la grey. Así, cuando se manifieste el Pastor Supremo, recibiréis la corona de gloria que no se marchita” (1 Ped 5,1-4)

El pastor permanece con su rebaño, lo rescata del peligro, le da un lugar donde recibirá todo lo que necesite y esté seguro. Ser pastor es más que ser un simple líder: es cuidad, proteger, proveer. Por eso, el pastor atiende de una manera muy especial a los más pobres, a los enfermos, a los necesitados… como hacía Jesús.

Todo “pastor” o “líder” -en cualquier nivel que se encuentre (religioso, eclesial, político, empresarial, familiar…) está ahí en nombre de “Supremo Pastor”. A través de ello, quiere Dios dirigir a su Pueblo, a su humanidad:

No estamos hablando del “pastor” solo en clave masculina. La Iglesia ha tenido en su tradición la inspiración de hablar de María como la “Pastora”… y los artistas la han representado también así. Ella ejerció y ejerce un liderazgo que se insinúa en la aceptación de su vocación-misión, en su canto del Magnificat, en su presencia en las bodas de la Alianza, cuando es la primera que está “junto a la cruz” y recibe la misión de una nueva maternidad, cuando sobresale en el grupo de Pentecostés o es presentada como la antagonista apocalíptica del Dragón. Hoy también reconocemos que el don del “pastor-líder” encuentra en hombres y mujeres excelentes representantes.

¿De todo el rebaño o de partido?

El pastor o la pastora según el corazón de Dios no se cree autosuficiente. No se piensa a sí mismo como propietario de la verdad. No divide la realidad entre buenos y malos, veraces y mentirosos. Busca que se constituya “un solo rebaño bajo un solo pastor”.

Nunca como ahora, la humanidad, la política, la economía, la religión, la Iglesia, los diversos grupos eclesiales, necestamos líderes según el corazón del Buen Pastor. Hay entre nosotros demasiados grupos enfrentados, demasiadas mini-dictaduras. Cuando los líderes no son el reflejo del Único y Buen Pastor, todo se disgrega. “Tengo otras ovejas que no son de este redil… las tengo que llamar”.

No valen los liderazgos “personalistas”, excluyentes, autosuficientes. Este domingo cuarto de Pascua nos llama a “liderazgo colaborativo”, al “liderazgo incluyente”. No es cuestión de conseguir más votos… sino de conseguir entendernos. El Espíritu de Dios inspiró a Ezequiel una terrible profecía contra los líderes-pastores de Judá, que hoy tiene plena vigencia:

“Estoy contra los pastores: reclamaré mi rebaño de su mano y les impediré pastorear a mis ovejas para que los pastores no vuelvan a apacentarse a sí mismos. Libraré mi rebaño de su boca y nunca más les servirá de alimento”» (Ez 34,9).

Es la historia de un Pastor que tenía cien ovejas… (Francisco Palazón)

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CONVERSACIONES SIGNIFICATIVAS: ¿DE QUÉ HABLABAIS POR EL CAMINO?

No basta estar convencidos de la importancia del diálogo. Hay que hacerlo realidad. Por eso, es de aplaudir la iniciativa de algunos institutos que se ponen en “modo Capítulo”, a través de “conversaciones significativas”. No se trata de respuestas a preguntas -como si de un examen o encuesta se tratara-, sino de “conversaciones significativas”. No se trata de responder a cuestionarios previamente elaborados, sino de suscitar conversaciones espontáneas sobre aquello que nos resulta más relevante, apremiante, inspirador en diversos momentos de nuestra vida.

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¿PODEMOS “SALVAR” EL PLANETA, EL CLIMA, LA HOSPITALIDAD…?

Ha habido un tiempo en la Iglesia en que esta palabra “salvación” parecía demasiado espiritualista. Se recurrió a la palabra “liberación”, o a otras expresiones como “opción por….”, “lucha….” Inconscientemente fuimos poco a poco dejando de lado al “salvador”, al “redentor”. Hoy, sorprendentemente, la palabra salvación, o mejor, el verbo “salvar” (en inglés “save”) recupera su actualidad y está a la orden del día. El verbo “salvar” (en inglés “save”) es referido a realidades diversas: los niños, el cambio climático, los mares, el planeta, el mundo, la hospitalidad y… hasta “salvemos el futbol”… Y detrás de ese verbo hay una confianza poderosa en el ser humano, al menos, ¡en la solidaridad de muchos seres humanos! En clave religiosa podríamos también decir: “salvemos la Iglesia”, “salvemos el sacerdocio”, “salvemos la vida consagrada”, “salvemos las parroquias”, “salvemos la comunidad”….

Confianza excesiva

Detrás de este imperativo “salvemos” o “salvad” se oculta siempre una confianza mesiánica (¡excesiva!) en el ser humano, en sus capacidades y en su solidaridad.

  • ¡Todos juntos… podemos salvar!
    • La salvación no va a llegar desde otro lugar.
    • La fuerza de la salvación reside en que nosotros, algunos de nosotros, nos impliquemos y comprometamos a salvar a los demás.
    • Creemos así que salvaremos… e incluso nos ponemos fechas en las cuales decimos estar seguros de que la salvación -de tantos males como nos aquejan- llegará.
  • Hoy “el salvador”
    • es aquel líder carismático que nos presenta un programa y nos pide colaborar con Él.
    • Votaremos… y al votar estaremos viendo en nuestra papeleta de voto la palabra “salvación”.
  • Lo mismo nos puede ocurrir dentro de la Iglesia:
    • tal persona será el papa Salvador, el obispo Salvador, el Superior General salvador…
    • y con el paso del tiempo vemos… que la salvación no llega, y que tras mucho esperar ¡palabra sí!, ¡hechos no!. ¡Después llegan las decepciones!
    • ¿Eres tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro?

¡Ten confianza, soy yo!

“Bendito quien confía en el Señor, y el Señor es su confianza” (Jer 17,7).

O cuando Jesús les dice a sus discípulos: “¡Tened confianza, soy yo. ¡No tengáis miedo!” (Mt 14,27).

  • La Biblia nos repite una y mil veces que la salvación nos viene del Señor:
    • “del Señor es la salvación” (Sal 3,9),
    • “Él es mi salvación” (Sal 35,3),
    • “hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Jn 4,22).

El Salvador y sus aliados porque “han creído”

Es verdad, que nuestro Dios “salva”, pero “en alianza con nosotros”. Lo que nos hace aliados de nuestro Salvador es “la fe”, la confianza absoluta en Él.

La salvación no viene de “evidencias”, sino de la “fe” y de la visión que la fe nos concede. Creer para ver. Creer para que la salvación llegue. Cuando la palabra “salvación” no tiene un horizonte trascendente la salvación se convierte en “pura ilusión” y quienes se sienten “salvadores” en “hacedores de la nada”, “vendedores de humo”.

  • Somos desgraciados porque no creemos en la Gracia.
    • No experimentamos la salvación porque queremos salir del pozo tirándonos de nuestros cabellos.
    • No somos “los salvadores de nada, ni de nadie”.
    • Sí podemos ser la colaboradores y cómplices en la Salvación.
  • Pero hay que ser cautos: ¿con quién estamos en Alianza?
    • ¡Ni con el presidente del gobierno, ni con un líder político, ni con el mejor pensador del momento, ni siquiera con el papa “Francisco”, siendo de su “línea!
    • ¡Cómplices del Espíritu! Y así sucede cuando del corazón nos brota una oración tan bella y permanente como la secuencia de Pentecostés
    • “Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo, padre amoroso del pobres, don en tus dones espléndido”….

Por eso, no dejemos de anunciar esta Buena Noticia. Experimentemos cómo la conexión con el Espíritu del Abbá y de Jesús es ¡nuestra salvación! Y también la unión con la “Cómplice del Espíritu”, María -rostro e icono femenino de nuestro Dios-. Digamos con fe y convicción: el auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. ¡Qué pena que haya tanta gente que nunca suplica, que nunca ora, que no cree… a no ser en sus propias fuerzas! Algún día se desencantarán. Pero hay otros que mueren aunque sea viendo a lo lejos “la tierra Prometida”.

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DEICIDIO, HOMICIDIO, SUICIDIO – ¡MATAR AL AUTOR DE LA VIDA!

Es extraño que las lecturas primera y segunda de este tercer domingo de Pascua -18 de abril , nos hablen del “pecado”: la lectura de los Hechos de los Apóstoles nos lo presenta como “deicidio” (“matar al Autor de la Vida”) y la lectura de la carta de Juan como “mentira”. Por muy inteligentes que seamos, se nos oculta casi siempre el mal. Es muy difícil descubrir que es real, porque el mal se camufla, nos engaña. Por eso, la realidad del mal, no nos aterra y convivimos con ella como con un monstruo transfigurado, como con un lobo con piel de oveja: el mal nos lleva a eliminar a Dios, a eliminar a la persona que se nos opone… y, al final… a ¡eliminarnos a nosotros mismos! ¿Somos conscientes de ello?

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EN EL MUNDO DE LA PALABRA

¡Cuántas palabras nos entrecruzamos los seres humanos! ¡Cuántas palabras dichas, cuántas palabras escritas, cuántas palabras sugeridas! ¡Cuántos gestos-palabra, cuántas creaciones artísticas que hablan, que expresan! Vivimos en el mundo de la Palabra.

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