EL PINCEL AL SERVICIO DE LOS EXCLUIDOS (en Memoria de Maximino Cerezo Barredo (Mino), cmf.

¡No me gustan los sambenitos!

La etiqueta que le colgaron con mayor insistencia fue la de “pintor de la liberación”, por su cercanía a la Teología de la Liberación en América Latina y su amistad con figuras como el obispo Pedro Casaldáliga. Pero él, con esa discreción y ese humor sereno que le caracterizaban, solía declinar el marbete: “No me gustan los sambenitos”, decía. Lo suyo era más hondo y más sencillo que cualquier etiqueta: era el Evangelio encarnado en colores.

La vocación artística le venía desde la infancia, cuando llenaba de garabatos las páginas en blanco de los libros de su padre. Tras su formación en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, dedicó su talento a la pintura mural religiosa, desarrollada principalmente en iglesias, colegios y catedrales de América Latina. El punto de inflexión llegó en 1968, durante una estancia en Filipinas, donde por primera vez contactó de lleno con la realidad de la pobreza y de la injusticia social. Lo que iba a ser una visita de tres meses se convirtió en nueve. Y lo que debía ser solo un mural se convirtió en una misión de vida.

Pintó en Medellín, en el colegio claretiano de Guayaquil, en la catedral de São Félix do Araguaia en Brasil; en Chicago para el centro claretiano de chicanos, y en Lima, donde creó grandes murales sobre las Bienaventuranzas de san Lucas en América Latina. Pasó después por Nicaragua, colaborando en el Centro Ecuménico Antonio Valdivielso, y se estableció en Panamá entre 1983 y 1990, donde junto al periodista Teófilo Cabestrero creó un Taller de Evangelización para las comunidades de base, cuyo material iconográfico nació entero de sus manos.

Sus dibujos de trazo limpio y fuerte carga simbólica fueron cedidos al pueblo pobre y creyente de América Latina para catequesis, calendarios y materiales pastorales, convirtiéndose en un verdadero lenguaje común para las comunidades de base. Recordaba con emoción el momento en que, ante uno de sus murales en Juanjuí, una joven campesina encendió una velita y se arrodilló, no ante el Cristo Resucitado, sino ante la madre que lloraba a su hijo muerto. “Me di cuenta allí de que la pintura podía ser vehículo de la fe y de la Buena Noticia”, diría él mismo.

Cuando regresó a España

Cuando regresó a España, ya en los primeros años de este siglo, y se asentó en la comunidad claretiana de Salamanca, tuve la fortuna de entrar en contacto con él y de cultivar una relación que guardo entre mis mejores recuerdos. Desde el Instituto Teológico de Vida Religiosa de Madrid —vinculado a la Universidad Pontificia de Salamanca—, su arte tiñó nuestros programas de una teología pictórica que ningún texto escrito hubiera podido expresar con igual fuerza.

Sus imágenes presidieron los folletos de publicidad del Instituto y las portadas de los libros que recogían las conferencias de nuestras Semanas Teológicas de Vida Religiosa. Mino era generoso, cercano y profundamente libre: no hacía concesiones estéticas ni teológicas.

Su declaración artística

Él mismo se presentaba así en la obra monográfica publicada en Italia bajo la dirección del también claretiano y amigo Angelo Cupini:

“El arte es liberador y humanizante cuando se encarga y sirve las causas de los excluidos, de las víctimas, de los que son considerados ‘nadie’, cuando escucha en profundidad sus deseos de liberación. Para mí, presbítero misionero, esto acontece cuando anuncio la Buena Noticia del reino, denunciando, suscitando esperanza, acompañando, dando testimonio del camino de la resurrección.”

No era un programa estético. Era un credo vivido.

Una TRINIDAD que camina con los pobres

Entre todos los temas teológicos que Mino abordó con su pincel, hay uno que merece especial atención por su originalidad y su audacia: su representación de la Santísima Trinidad. Quien haya tenido entre sus manos el libro Mujeres y hombres de Dios. Mística y Testimonio, publicado por Publicaciones Claretianas y coeditado por Fernando Prado —actual obispo de San Sebastián— y quien esto escribe, habrá podido contemplar en su portada una imagen trinitaria verdaderamente inédita.

La representación canónica de la Trinidad en la pintura occidental siempre fue un reto y, con demasiada frecuencia, una trampa. La disposición jerárquica clásica —el anciano barbado en lo alto (el Padre), el Cristo joven en el centro (el Hijo) y la paloma flotando (el Espíritu Santo)— congelaba el misterio en una estructura de poder más que de amor, sugiriendo distancia y subordinación antes que comunión. Cerezo, que había bebido profundamente en la teología latinoamericana y en la mejor tradición espiritual claretiana, dio un giro radical y luminoso.

Su Trinidad no es jerárquica sino circular y relacional. En la línea de la antigua teología de la perichoresis —la danza de mutua inhabitación y de amor recíproco entre las tres Personas—, su representación muestra figuras en abrazo o en movimiento conjunto, sin que ninguna ocupe un lugar de supremacía sobre las demás. Es una Trinidad que camina, que acompaña, que se inclina hacia el pobre. La divinidad no contempla el mundo desde lo alto: se involucra desde dentro.

Esta opción tenía además un trasfondo iconográfico de notable valentía teológica. Desde el siglo X existió una iconografía trinitaria con tres figuras humanas iguales —conocida como “triándrica” o “cristomorfa”—, que fue popular en los siglos XV y XVI pero que el papa Benedicto XIV prohibió en 1745, mediante la bula Sollicitúdini nostrae, por considerarla teológicamente inapropiada. Cerezo no reproducía aquella iconografía prohibida, pero sí recuperaba su intuición más honda y evangélica: que el misterio del Dios-Amor es radicalmente interpersonal, igualitario, sin dominio de una Persona sobre las otras.

Conversando con él en Salamanca sobre esta obra concreta, Mino explicaba su inspiración con esa sencillez que era también su forma de ser profundo: para él, la Trinidad no era un dogma que ilustrar sino una experiencia que comunicar. Dios no es una cumbre solitaria sino una comunión de amor que se derrama. Y ese amor trinitario, lejos de ser abstracto, se encarnaba para él en el rostro de los pobres, en las mujeres y los hombres de Dios que, como los dos discípulos de Emaús, reconocen al Resucitado precisamente en el camino compartido y en la mesa partida.

En sus últimos años, desde su retiro salmantino, Mino exploró la abstracción como nuevo lenguaje, sin abandonar un ápice de su hondura espiritual ni de su compromiso con los descartados. Sacerdote por vocación y pintor por necesidad interior, él mismo lo resumía con una sencillez desarmante: “el cura y el pintor que había en mí se pusieron de acuerdo”.

Epílogo: Una oración de despedida

Mino está ya en el cielo. Y nos gusta imaginarlo como él imaginó tantas veces a Dios: no entronizado en soledad, sino en comunión, en movimiento, en abrazo. Allí, donde ya no hace falta el pincel porque la realidad supera toda imagen, sus ojos contemplan por fin los rostros que durante décadas guiaron su mano: el rostro de Dios Padre, el del Cristo Resucitado, el del Espíritu que sopla donde quiere; el rostro luminoso de María, aquella Virgen a quien tantas veces pintó con rasgos latinoamericanos y filipinos, con la piel oscura y los ojos profundos de los pueblos que le enseñaron a ver.

Allí ha encontrado a quienes aquí en la tierra murieron por la causa del Reino: a monséñor Óscar Romero, cuya sangre derramada en el altar pintó con tanto amor y tanta rabia contenida; a Pere Casaldáliga, su amigo y hermano en la fe y en la lucha, obispo de los sin tierra y poeta de Dios; a Antonio María Claret, el fundador de su familia religiosa, que también supo que anunciar el Evangelio es siempre ponerse del lado de los últimos.

Y allí, en esa comunión de santos que ya no necesita portadas ni folletos ni murales para proclamar la Buena Noticia, Mino habrá comprendido que toda su vida —cada trazo, cada color, cada figura de excluido elevado a la dignidad del icono— no era sino un largo y apasionado ensayo de lo que ahora, al fin, contempla cara a cara.

Gracias, Mino. El cura y el pintor que había en ti se pusieron de acuerdo.

Y Dios, que es Trinidad y es comunión, te ha reconocido como suyo.

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“LA VOCACIÓN DE LOS INQUIETOS” -Domingo 2º de Cuaresma, ciclo A

Una inquietud profunda habitaba en el interior de Abraham. “Aquí no hay futuro.”, pensó. Y salió. Dejó todo lo conocido. Se aventuró hacia lo desconocido, sin saber adónde iba. No salió para poseer la Patria. Salió para buscarla.

No somos felices cuando poseemos, sino cuando caminamos, cuando deseamos. La instalación nos deshumaniza. Morar siempre en lo conocido nos encarcela.

Pablo inquietó al joven Timoteo cuando le dijo: “Toma parte en los duros trabajos del Evangelio.” Evangelizar no es una tarea cómoda. Es vivir inquieto, disponible las veinticuatro horas. Y ¿para qué? Para anunciar la Buena Notica, la única que ofrece a la humanidad felicidad y sentido.

En cambio, los tres apóstoles del Tabor, ante la maravilla de la transfiguración de Jesús querían todo lo contrario. Pedro queda embelesado: “¡Qué bien se está aquí! ¡Hagamos tres tiendas!” Quiere instalarse. Quiere quietud. Disfrutar la felicidad él solo. Pero el Transfigurado los inquieta: “Nada de tiendas. Bajad del monte. Otro monte os espera.” Porque la vocación no es para quedarse.

La Visión se recibe para comunicarla. Nadie es llamado para disfrutar a solas de Dios. La Luz que nos habita debe ir iluminando el mundo, poco a poco, llenándolo de vida.

Dios nos llama a ser inquietos. Como Abrahán, que sale sin saber adónde va. Como Timoteo, que evangeliza sin descanso. Como los apóstoles, que bajan del Tabor hacia otro monte: el Calvario y la Resurrección. Sal. Camina. Cuenta lo que has visto. Esa es la vocación de los inquietos.

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¡EL ALIENTO Y EL HAMBRE” – Domingo I de Cuaresma, ciclo A.

Al principio, Dios nos dio su propio aliento. Neshamá, lo llama el Génesis. Vida íntima, compartida, respirada directamente de su boca a la nuestra. Pero nos dio hambre. Hambre de ser dioses. Y cambiamos el aliento por el fruto prohibido. Dejamos de respirar con Él… para morder por nuestra cuenta.

Esa misma hambre persigue a Jesús en el desierto. “Convierte las piedras en pan”, le susurra el tentador. “Satisface tu hambre a tu manera. Exige certezas. Controla tu destino.” Es el menú de siempre: cambia el Aliento por la Autogestión. Cambia la confianza por el control.

Pero Jesús redefine el hambre. Tiene hambre real. Hambre física. Hambre de certezas. Y… aun así, responde: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Él, que ES la Palabra hecha carne, prefiere morir de hambre antes que vivir de cualquier pan que no sea la voluntad de su Padre. Él respira. Se alimenta del Aliento. Y desde ahí, su “No” al demonio es un “Sí” inmenso a la intimidad con el Padre.

Adán y Eva: expulsados del Paraíso que les fue dado. Jesús: desde el desierto mismo, comienza la reconstrucción del mundo. Misma prueba. Resultados opuestos. Ellos eligieron morder. Él eligió respirar.

Y la Cuaresma nos pregunta hoy: ¿De qué tenemos hambre realmente? ¿Estamos intentando convertir piedras en pan? ¿Exigiendo señales, seguridades, atajos divinos a nuestra medida? ¿O estamos aprendiendo, en el desierto de nuestras limitaciones, a vivir del puro Aliento de su Palabra… aunque no calme inmediatamente todos nuestros apetitos?

El camino no es tener más respuestas. Es aprender a respirar distinto. A confiar. A dejar que su Aliento sea tu alimento. “No solo de pan…” Es la dieta de la confianza, la que nos devuelve al Jardín, al Paraíso.

¡Aliento y Palabra! (canción)


No solo de pan, Señor, respiro en tu voluntad,
hambre de tu aliento tengo, no de piedras ni de sal.
Devuélveme al Jardín perdido, donde tu voz es mi maná,
que yo prefiera en mi desierto tu Palabra y nada más.

[Estrofa 1]
Al principio fue tu aliento, brisa pura de Neshamá,
y cambiamos boca a boca por el fruto y su ansiedad.
Por morder nos fue echando el día claro del hogar,
se nos secó entre los labios la confianza y la verdad.
[Estrofa 2]
Tú, Jesús, en la arena dura, con la noche por mantel,
tuviste hambre de certezas, de un camino sin porqué.
Mas dijiste en voz de pobre: «Padre, tu querer es pan»,
y al negarle al tentador el bocado, le dijiste sí a tu Dios.
[Chorus]
No solo de pan, Señor, respiro en tu voluntad,
hambre de tu aliento tengo, no de piedras ni de sal.
Devuélveme al Jardín perdido, donde tu voz es mi maná,
que yo prefiera en mi desierto tu Palabra y nada más.

[Estrofa 3]
Hoy la Cuaresma nos mira: «¿De qué hambre vivirás?»,
si de atajos y señales o del soplo que se da.
Aprender es otro aire, otro modo de esperar:
que tu Aliento sea alimento y nos vuelva al Paraíso, al hogar.

[Chorus]
No solo de pan, Señor, respiro en tu voluntad,
hambre de tu aliento tengo, no de piedras ni de sal.
Devuélveme al Jardín perdido, donde tu voz es mi maná,
que yo prefiera en mi desierto tu Palabra y nada más.

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TIEMPO DE CUARESMA -CICLO A

Cuarenta días para la experiencia intensa, para reaprender nuestra fe, para re-nacer en la Pascua. El Espíritu en su pedagogía nos irá llevando, paso a paso, hacia el Baptisterio de la Celebración Pascual, donde con Jesús resucitaremos para una vida nueva. He aquí los pasos del Magisterio del Espíritu a través de su Iglesia:

1) Primer domingo. ¡El aliento y el hambre!

2) Segundo domingo. La vocación de los inquietos.

3) Tercer domingo. ¡Golpea la Roca!

4) Cuarto domingo. Cuando la ceguera está expandida.

5) Quinto domingo. El Espíritu sanará y resucitará nuestra carne”

Iremos redescubriendo y rediseñando nuestra identidad como seguidores de Jesús. Nos sentiremos habilitados para seguirlo por el camino, sin temor, hasta entrar en la peligrosa Jerusalén de aquí abajo, aclamándolo como Aquel que viene en nombre del Señor.

Dejémonos sorprender. Cuarenta días para la experiencia intensa, para reaprender nuestra fe, para re-nacer en la Pascua…”

“Iremos redescubriendo y rediseñando nuestra identidad como seguidores de Jesús, dejándonos sorprender por la pedagogía del Espíritu. Nos sentiremos habilitados para seguirlo por el camino…”

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CUANDO LA CUARESMA SE VUELVE “AVENTURA” – El mensaje del papa León XIV

Asistimos todos los domingos —tal vez todos los días— a la celebración de la Eucaristía. Cada viernes hacemos el viacrucis. Intentamos participar en las procesiones para compartir el dolor de Jesús, observamos ese ayuno silencioso que nadie aplaude, entregamos discretamente nuestra limosna. Somos fieles a nuestra oración. ¡Somos el corazón latiente de la Iglesia! Y con todo esto, los 40 días que se nos ofrecen, ¡pueden brillar como nunca antes! El papa Leó XIV nos lo susurra:

“Pidamos la gracia de una Cuaresma que afine nuestro oído a Dios y a los más necesitados, con un ayuno que silencie las lenguas hirientes y abra espacio al clamor ajeno”.

¡Hacia una Cuaresma radiante!

El papa León no nos pide cosas raras. Nos pide afinar el oído. Como cuando ajustamos la radio para escuchar mejor. Afinar nuestro corazón para oír a Dios… y para oír ese gemido del vecino, del familiar, del desconocido que sufre.

Y ese ayuno… ¡Qué revolucionario! Sí, seguiremos ayunando de comida. Pero el Papa nos abre los ojos: ¿y si también ayunamos de esas palabras que hieren? Esas que soltamos sin pensar en la mesa familiar. Esas que escribimos en WhatsApp cuando estamos molestos. Esos comentarios en Facebook que juzgan sin misericordia. ¿Y si este Viernes Santo silenciamos también nuestra lengua afilada?

Una Cuaresma con pies en la tierra de hoy

Vivimos tiempos donde todos hablan pero pocos escuchan. Donde las pantallas nos conectan con el mundo entero, pero a veces nos desconectan del que tenemos al lado.

  • Cuando hagamos nuestro Viacrucis del viernes, llevemos en el corazón a ese conocido que sufre en silencio. No hace falta gran cosa: un mensaje, una llamada, un “¿cómo estás de verdad?”
  • Cuando ayunemos, ayunemos también de quejarnos en las redes, de reenviar ese chisme, de criticar al de la otra parroquia. Que nuestro teléfono móvil se vuelva herramienta de bendición, no de herida.
  • Cuando demos limosna, démosla con la mirada: miremos a los ojos, sonriamos, reconozcamos la dignidad. Y si podemos, ampliemos esa limosna: compartamos algo bueno en redes, defendamos al calumniado, seamos voz de quien no tiene voz.
  • Cuando oremos en casa, pidamos por esto: “Señor, enséñame a escuchar como Tú escuchas. Que mi corazón arda ante el dolor ajeno como ardió el tuyo en la cruz”.

La Aventura que nos espera: cada Viacrucis… un camino de fuego

No se trata de abandonar lo que siempre hemos hecho.

Se trata de descubrir que cada Viacrucis puede encender nuestra compasión de manera nueva. Que cada ayuno puede liberarlos de algo que no sabían que nos ataba. Que cada limosna puede multiplicarse en bondad. Que cada oración puede transformarnos.

Porque al final de estos 40 días, en Jerusalén, no nos espera un Dios contando nuestras faltas. Nos espera Jesús con los brazos abiertos, listo para la Pascua más luminosa de nuestra vida. Nos espera la Resurrección que quiere estallar también en nosotros.

Esta Cuaresma puede ser la aventura más hermosa que hemos vivido. Estos Cuarenta días son un camino de fuego hacia el amor que todo lo puede…. La Pascua palpita en el horizonte.

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“PERO YO OS DIGO”… ¿CÓMO VIVIR EN ALIANZA, Domingo 6 del tiempo ordinario, ciclo A.

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THE THRESHOLD OF HIS LIGHT (Song for the day of Consecrated Life -February 2, 2026)

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¿DÓNDE ESTÁ NUESTRA FELICIDAD? Domingo IV, tiempo ordinario, ciclo A

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LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA: ¿UNA REVOLUCIÓN?

¿Inclinarme? ¿Porque? ¡De rodillas!

Lo que hoy se nos dice es: “¡se fuerte, seguro, influencer de tu propia vida… construye tu destino! La adoración, en cambio, nos dice: “Para ser tú mismo, tienes que salir del centro”.

En un selfie, yo o nosotros somos el centro: controlamos el ángulo, el filtro, la imagen. La adoración, en cambio es el anti-selfie. Es girar el teléfono 180 grados y apuntar hacia Alguien que es infinitamente más grande, más bello, más amoroso que nosotros. No es un acto de debilidad. Es un acto de verdad impresionante: reconocemos que no somos somos nosotros la luz, sino que necesitamos que Alguien nos ilumine.

Esa custodia iluminada en la oscuridad no es un “objeto bonito”. Es un “signo explosivo”. La custodia nos dice: “¡Aquí está el centro de todo. No tú, ni tus problemas, ni tus éxitos. Aquí está el Amor que te sostiene sin que tú hayas hecho nada para merecerlo!”.

El cuerpo habla: las rodillas, el corazón, el silencio

Se nos invita a arrodillaros, a guardar silencio, a bajar la cabeza. ¿Por qué? Porque la fe no es solo de la cabeza, es del cuerpo entero. Cuando nos arrodillamos físicamente, le decimos a nuestro corazón y orgullo: “Baja la guardia. Déjate sorprender”. No es una postura de esclavos. Es la postura de alguien que se sabe amado incondicionalmente y puede, por fin, dejar de actuar, de fingir, de esforzarse por ser visto. Es como cuando llegas a casa después de un día agotador y te tiras en el sofá. Te puedes relajar porque estás en casa. Adorar es reconocer que en Dios estamos en casa.

El silencio no es vacío. Es hacer espacio. Nuestra vida está llena de ruido: notificaciones, opiniones, música, ansiedades. En la adoración, callamos para poder escuchar una voz que no grita, que susurra: “Tú eres mío, y yo soy tuyo”.

Destrozan la adoración quienes la dirigen con palabras, lectura de textos, canciones de fondo… Como si tuvieran miedo al silencio. ¿Se puede adorar sin silencio?

La resistencia: adorar en la era del “me gusta”

Aquí viene lo más revolucionario. Vivimos en la cultura del rendimiento y del consumo. Todo es útil: se compra y se vende. Hasta la espiritualidad a veces la convertimos en un producto: “Voy a rezar para que me vaya bien en el examen”, “Voy a la iglesia para sentir paz”.

La adoración rompe esa lógica. Es totalmente gratuita. No adoras para conseguir algo. Adoras porque ya has recibido todo… ¡demasiado! (Jean-Luc Marion, la entiende como “fenómeno saturado”). Es como cuando miras a alguien que amas y dices “gracias” solo por existir. No le pides nada. Te basta con que esté ahí.

En el Getsemaní, el Verbo se hizo carne no para negar el sudor de angustia, sino para adorar desde él. La adoración no es fuga del cuerpo; es el cuerpo haciéndose grieta por donde lo infinito asoma. Es la virtud de la fisura aceptada, donde la fragilidad deja de ser un defecto a corregir y se convierte en el umbral de la recepción (Emmanuel Falque).

Por eso, en un mundo que te dice “produce, consume, sé útil”, ponerte de rodillas en silencio es un acto de rebelión pacífica. Es declarar: “Hay algo más importante que mi productividad. Hay un Amor que no se compra, que no se vende, que solo se puede recibir y celebrar”.

El gran secreto: adorar no es un momento, es una forma de vivir

La adoración eucarística es un entrenamiento, como el gimnasio para el alma. Pero su objetivo es que toda nuestra vida se convierta en adoración.

Esto significa vivir con atención. Fijarnos en el amanecer y decir “gracias”. Escuchar a un amigo que sufre y ver en él a Jesús. Estudiar o trabajar no solo para sacar nota o cobrar, sino como una forma de servir, de hacer brillar un poquito de la belleza de Dios en el mundo.

Aquí la adoración se revela como “virtud de la atención desnuda” (Simone Weil): atención sin objetivo, sin captura. No es escrutinio, sino “acogida”. El que adora no analiza el misterio; se deja analizar por él. Es un oído que se afina para escuchar una melodía que no compuso, un ojo que se abre para recibir una luz que no genera. Esta atención es la forma más alta de inteligencia: la inteligencia del “amor receptivo”, que conoce no poseyendo, sino siendo poseído por la verdad. 

La Eucaristía es la fuente de todo esto. Es la gran adoración, donde no solo miramos, sino que comemos y bebemos a Dios, nos hacemos uno con Él. La adoración fuera de la Misa es como extender ese abrazo, quedarnos un rato más en silencio después de decir “te quiero”.

Ser espejo: la gran conclusión

Imaginemos un espejo en una habitación oscura. Es frío, gris, inútil. Pero de repente, alguien abre una ventana y entra un rayo de sol directo sobre él. El espejo estalla en luz. No es luz propia, es luz reflejada. Pero gracias a él, toda la habitación se ilumina.

Nosotros somos ese espejo. Dios es ese sol. Y la adoración es girarse hacia la luz. Es aceptar con alegría que nosotros no somos el fuego, pero estamos hechos para reflejarlo. Cuando nos ponemos de rodillas, no nos hacemos pequeños. Nos hacemos transparentes. Dejamos que la Luz pase a través de nosotros para iluminar a todos los que nos rodean.

La adoración no es una “práctica de moda”. Es el espacio en que dejamos de ser protagonistas de nuestra película, y convertimos nuestra vida en reflejo consciente y gozoso del Amor más grande. Esta es la revolución de la adoración.

El que no adora, en su autosuficiencia, es como un espejo vuelto hacia la pared: quizá intacto, pero oscuro, inútil, aislado en su opacidad.

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