LA ENORMIDAD DE LA FE Y DEL AMOR (Domingo II de Cuaresma)

Este segundo domingo de Cuaresma nos invita a una especie de exageración que se puede denominar. ¡enormidad! Lo enorme supera la norma. No basta obedecer. Es necesario ir más allá. Quienes somos discípulos de Jesús e hijos de Dios Padre tenemos que estar dispuestos a pasar por la enormidad de la fe y del amor.

Dividiré esta homilía en tres partes:

Primera: Un sacrificio más allá de la norma: Abraham

Segunda: La declaración amorosa del Padre-Dios

Tercera: Desde el Tabor al Calvario

Un sacrificio más allá de la norma: Abraham

El relato del sacrificio de Isaac es muy extraño. Dios quiere probar la fe-confianza de Abraham. El filósofo Kant no podía aceptar que Dios mismo diera esta orden; se trataría de una alucinación diabólica y Abraham sería víctima de un engaño infernal. Lo mismo les ha ocurrido a tantas personas que han matado y sacrificado a otros en nombre de Dios.

Otro filósofo, Kierkegaard, sin embargo, dió otra interpretación. ¡Solo el Dios verdadero puede exigir a un ser humano, en este caso a Abraham, que sacrifique lo que más ama. Ese sacrificio es una e-normidad incomprensible y es que sólo Dios puede pedir cosas que se “salen de la norma” y la sobrepasan. La obediencia de Abraham al mandato de Dios sería éticamente terrible si no revelara una fe total, una confianza absoluta en el Todopoderoso. 

La fe de Abraham no es “normal”; no cabe en las normas de ninguna Iglesia o Sinagoga. Su Dios rompe todos los esquemas. Cuando alguien cree tan apasionadamente como Abraham no actúa de una forma “religiosamente correcta”. Para Kierkegaard encontrarse con una persona tocada por Dios es algo estremecedor. Uno está ante quien no se ha dejado llevar por sus caprichos, ni por la lógica racional; uno está ante una persona que después de mucha zozobra, soledad y luchas interiores ha quedado confundida, electrizada, derrotada por el Misterio de Dios.

La declaración amorosa del Padre-Dios 

El segundo relato -la Transfiguración- habla también del Padre y del Hijo. El Hijo no es sacrificado, sino transfigurado, convertido en objeto de inmenso amor, embellecido hasta el máximo. Las figuras y las voces de Moisés y Elías, los grandes profetas de lo divino, pierden relevancia ante él. El Padre invita a que se escuche a su Hijo, a que se le obedezca y se siga su camino. La transfiguración cesa cuando el Espíritu-Nube oculta el Misterio. Todo parece apuntar a la subida hacia otro monte, el Calvario. Allá se mostrará otra e-normidad y locura: la locura del Padre “que tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo único” y permitió que aconteciera la “gran Desfiguración”. Y es que el grito de la gente: “crucifícale, crucifícale”, llegó a sus oídos. Y se lo entregó “para que lo crucificaran”.

Estamos tocando aquí el núcleo más incomprensible e ilógico de nuestras creencias. El cristianismo tiene mucho que ver con la “e-normidad” del sufrimiento, con el amor probado hasta la última de sus posibilidades. No hay sinagoga, no hay iglesia que pueda albergar a un creyente como Abraham, a un Dios como el Abbá de Jesús, mientras avanzan -en mudo tormento- hacia la montaña del Sacrificio.

Sólo quienes entran en la “e-normidad” de la fe, pueden revelar a Dios. Esas personas manifiestan en su desconcierto, en su alteración vital que Dios las llama  y está ahí.

Por eso, la fe “lógica” y equilibrada, sin pasión, la fe de los justos medios, de las reglas y normas, la fe que no sorprende, que no nos saca de “nuestras casillas” o de nuestra casa, o incluso de aquello que más amamos, ¿será la fe del Dios de Abraham, del Dios de Jesús?

Desde el Tabor al Calvario

La vida cristiana nos lleva del Tabor al Calvario y del Calvario al Tabor. El encuentro “místico” nos cambia los esquemas, nos vuelve “e-normes”, incapaces de ser regulados por las normas. La e-normidad tiene mucho que ver con el sacrificio, el despojo, el sentirse peregrino en todas partes. El hijo amado no tendrá privilegios: no recibirá homenajes, ni medallas de oro. Sólo será, en algunos momentos, transparencia de lo divino; y habrá que escucharle. 

La Iglesia que se aleja del monte Moria, o del monte Calvario, o del monte de la Transfiguración, no tiene enormidad, ni fuertes pasiones, ni las congojas de Abrahám. Basará su fe ortodoxa en fórmulas, pero no en procesos tormentosos de fe. La Iglesia del Tabor y del Calvario, del Monte Moria, es la Iglesia estremecida, la que no puede más, y en esa situación se siente tocada por Dios. Y fortalecida enormemente para seguir su camino,

Escuchar al Hijo es seguirle por el camino, es bajar a la llanura para acabar subiendo al Calvario y asistir a su entrega, a la locura del Amor de Dios.

Al final, se nos promete la bendición, la recuperación de lo que más amamos, porque quien pierde su vida la gana.

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LA ALIANZA DEL ARCO-IRIS: (Primer Domingo de Cuaresma)

Los pactos o alianzas entre los seres humanos suelen tener fecha de caducidad: son temporales. Las instituciones no se comprometen con sus empleados “para siempre”. Vivimos en la cultura de “fecha de caducidad”. Nada extraño que esta “caducidad” afecte también a pactos tan sagrados como el matrimonio, la profesión sacerdotal o la consagración religiosa. Este primer domingo de la Cuaresma nos proclama que los pactos de Dios con nosotros son “para siempre”.

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TIEMPO DE CUARESMA 2024

TIEMPO DE CUARESMA 2024

Nos llega de nuevo el tiempo central del año litúrgico, que tiene dos fases: la cuaresma con sus 40 días y la pascua con sus 50 días. Son noventa días intensos para revivir y recrear “lo esencial” en nuestra vida cristiana. Desde el miércoles de Ceniza hasta el día de Pentecostés vamos a someternos a una toma de conciencia intensa y progresiva de nuestra “condición” de hijos e hijas de Dios, que vivimos “en Cristo Jesús” y somos consagrados por el Espíritu.

La Cuaresma es el primer trayecto de este camino. Entramos en la experiencia simbólica de los cuarenta días. Día tras día nos irá recordando la Palabra de Dios que somos el pueblo de la Alianza y que todo ser humano está llamado a integrarse en ese Pueblo.

La Alianza hace humano a Dios y nos vuelve divinos a nosotros. La Alianza nos pide vivir en fidelidad. Y la Cuaresma es el tiempo propicio para renovar o re-instaurar nuestra Alianza con nuestro Dios. Cada domingo nos presenta un aspecto de este compromiso:

  • La Alianza del Arco-iris (domingo 1º )
  • La e-normidad de la fe y del amor (domingo 2º).
  • La idolatría, sucedáneo de la fe (domingo 3º)
  • Sanar el amor: entre la sospecha y la confianza (domingo 4º).
  • El precio de la Alianza: (domingo 5º)
  • La pasión del Jesús, fiel a la Alianza (domingo de Ramos y Triduo Pascual).

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