¡CONTEMPLAD!…ESTÁ CERCA: LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Hoy celebramos el día de la Santísima Trinidad. Es la festividad del Dios uno y trino, del Dios-Trinidad. Esta festividad nos invita a meditar sobre el misterio de Dios. Dividiré esta homilía en tres partes:

  • El Altísimo ha descendido
  • El aroma divino de Jesús
  • El Espíritu de Jesús

El Altísimo ha descendido

El pueblo de Israel se estremecía ante la voz poderosa de Dios, ante la grandeza de un Dios “único” y superior a todos los dioses, vencedor infalible de cualquier batalla.

La madre de Jesús y su esposo José tuvieron una experiencia distinta: descubrieron a Dios en lo pequeño. El niño que María engendró y que ellos acogieron en su casa era “el Hijo del Altísimo”. Él era la Palabra de Dios: al principio balbuceante. Él era “el Grande” que se asomaba en “lo más pequeño”; el “todopoderoso” que se mostraba como “todo debilidad”, la debilidad de un niño pequeño.

María y José se acostumbraron a entender de otra manera eso de “la grandeza de Dios”, a descubrir la “trascendencia” en lo más cercano e inmanente. Quizá no supieran formularlo, pero su experiencia de Dios era, ante todo, la experiencia del Hijo que tenían en sus manos y, ante su vista, que iba creciendo día a día en gracia y en estatura.

El Hijo les reveló que su Padre era Dios, a quien llamaba “Abbá”. José tuvo que sentirse confundido y excluido: Jesús era hijo del Abbá e Hijo de María. Y tal vez se preguntaría: ¿qué hago yo aquí? Estaba legitimado por ser “el esposo de María” y por introducir a Jesús en la descendencia del rey David: “Jesús, hijo de David” le llamaba la gente.

Si Jesús era el Hijo de Dios, María y José fueron descubriendo en él -progresivamente- los rasgos de Dios. En una ocasión Jesús le dijo a Felipe apóstol: ¡Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre! Dios Padre se visibilizaba en Jesús en los días de Nazaret: María y José descubrieron admirados y absortos los rasgos de Dios en el pequeño Jesús que crecía: Jesús fue para ellos dos, el mejor libro viviente de teología.  

El aroma divino de Jesús

Jesús desprendía un “aroma especial”, “envolvente”, “seductor”. El clima que generaba a su alrededor lo llamaba “reino de Dios. Y el aroma que desprendía lo llamaba “Espíritu Santo” y sus discípulos y discípulas se sentían envueltos en ese aroma -prueba de la existencia de Dios. ¡Qué bien lo expresó  san Pablo:

¡Gracias sean dadas a Dios! Por medio de nosotros el aroma de su conocimiento se manifiesta en todo lugar; 15 porque somos para Dios el buen olor de Cristo”.

2 Cor 2,14-17

Llegó el día en que Jesús abandonó su casa y María quedó sola. Llegó el día en que Jesús llegó a decir: ¿Quién es mi madre?, ¿quiénes son mis hermanos? Y María comprendió la pasión inmensa de Jesús por su Padre-Dios. Y como hijo obediente, se puso totalmente a su disposición, en obediencia sin vuelta atrás. La última vez en que María llamó a Jesús “hijo”, fue cuando cumplidos los 12 años, lo encontró en el templo y allí le habló de los “asuntos de su Padre-Dios”.

El Espíritu de Jesús

Escuchando a Jesús María comprendió más plenamente quién era el Espíritu: agua que brota a borbotones de sus entrañas, de su costado. Ella había concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo. María conocía el aroma del Espíritu. Y en Pentecostés lo compartió con la primera comunidad cristiana del Cenáculo. El Espíritu fue enviado por Dios Padre y Dios Hijo y ya permanece para siempre en nosotros. Quienes son movidos por el Espíritu “oran el Abbá nuestro”. Quienes son movidos por el Espíritu confiesan que Jesús es el Señor. No hay ateísmo en quienes “son movidos por el Espíritu Santo”, y en quienes claman con el salmo 50: No me quites, Señor, ¡tu Santo Espíritu!

Conclusión: ¿dónde está Dios?

Hoy no es día para lamentarse por la ausencia de Dios. Hoy es día para lamentarse por estar ciego ante tanta luz y belleza, por ser insensible ante tanto Amor como nos envuelve, por olvidarnos de la Fuente que mana. “ìGustad y ved, qué bueno es el Señor, dichoso el que confía en Él” (Sal 34,8). El poeta y pintor italiano Dante Gabriel Rossetti dijo en una ocasión: “El peor momento para el ateo es cuando debe dar gracias y no sabe a quién”.

Hoy es día para exclamar: Abbá, Jesús, Santo Espíritu, ¡gracias, gracias, gracias! y sentir que ¡Dios está aquí! 

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MARÍA, CÓMPLICE DEL ESPÍRITU SANTO, en el Pentecostés continuado de la Iglesia

Todo comenzó cuando Ella, la joven de Nazaret, desposada con José -descendiente del rey David-, engendró en su vientre el secreto más antiguo y sagrado: al mismo Hijo de Dios. El varón José fue su esposo, pero… no el padre biológico del hijo de María. El Espíritu, como un alfarero de estrellas, moldeó el corazón y el cuerpo de María virgen para que recibiera la semilla divina y la hiciera germinar; durante nueve meses, el Espíritu Santo fue tejiendo en ella el Misterio más sorprendente: la encarnación del Hijo de Dios

La piedad popular ha aclamado a María como “esposa del Espíritu Santo”. Sin embargo, María nunca es presentada como Esposa del Espíritu en el Nuevo Testamento. El esposo de María fue José, descendiente de la casa de David, y no el Espíritu Santo. El hijo de María no fue “hijo del Espíritu Santo”, sino “hijo de Dios Padre”. José, el esposo de María adoptó al hijo de María como hijo legal y así lo reconoció como descendiente de David. 

Si María no es “la esposa del Espíritu Santo”, ¿qué relación mantiene el Espíritu Santo con ella?

A esta pregunta deseo responder en el siguiente texto, afirmando que María es “la cómplice del Espíritu Santo”. Y lo dividiré en cuatro partes:

  • María, “cómplice del Espíritu”
  • María en la Misión del Espíritu Santo
  • La “toda Santa” en Alianza con el Espíritu Santo
  • La misteriosa y permanente presencia de María
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