“PADRE NUESTRO DEL CIELO”: Meditación hablada y con imágenes

Así lo decimos una y otra vez. ¿Somos conscientes de lo que estas sencillas palabras expresan? Te invito a liberar un espacio de tu tiempo y crear una celda de ad-oración en tu monasterio interior. (Después del video, viene el texto y una celebración).

Padre nuestro del cielo: Meditación

Al decir «Padre nuestro que estás en los cielos» siento resonar en mí las cuatro palabras: ¡padre!, ¡cielos!, ¡nuestro! ¡estás! No sabría ordenarlas, ni decir cuál es antes y cuál después. Son cuatro palabras cargadas de misterio, cuatro notas de un acorde precioso, cuatro colores para el mejor diseño. ¡Bien pueden ocuparnos durante un tiempo de contemplación! El texto en el griego original suena así: Pater hemon en tois ouranois,

A veces en lo más sencillo, en lo más habitual, podemos vislumbrar lo más extraordinario. Quizá eso sea la contemplación. ¿Cuántas veces hemos pronunciado estas palabras «Padre nuestro que estás en los cielos» sin estremecernos ante ellas? Son un paisaje aparentemente conocido, pero ¡hay tanto que descubrir! Parecen obvias, pero pueden suscitar serias y extrañas preguntas. Comencemos por ellas. Después, contemplemos la maravilla de sus expresiones.

Las cuatro extrañezas

La primera sensación de extrañeza me viene de la palabra ¡Padre! Nos dirigimos al Padre. Y la pregunta es: ¿por qué excluir a la Madre? Invocamos a nuestro Dios. ¿Porqué no decir también que invocamos a nuestra «Diosa»? ¿No son intercambiables el masculino y el femenino, referidos a Dios? ¿No son también ambos necesarios? La imagen completa de Dios en el mundo son el hombre y la mujer, el masculino y el femenino.

La segunda sensación de extrañeza me la provoca la palabra «nuestro». Y aquí cabe preguntarse ante un «nuestro» tan indeterminado: ¿a quiénes incluyo en este término? ¿A las personas más cercanas a mi persona? ¿A los grupos a los que pertenezco? ¿A toda la Iglesia? ¿A todos los seres humanos? ¿Sería un absurdo incluir también a todas las criaturas del universo, implicadas en la danza cósmica de la vida y de la energía? El pronombre «nuestro» me compromete, me obliga a elegir, a situarme, a solidarizarme. La pregunta es: ¿con quién, con qué?

La tercera sensación de extrañeza me viene producida por una simple sílaba del texto griego de Mateo -ho-, que traducimos por «que estás». La palabra hace referencia al «estado» en que el Padre se encuentra. Es fácil evocar aquella frase del antiguo testamento con la que Dios se presentó a Moisés: «Yo soy el que soy». Parece más fácil identificar a Dios con el verbo «ser», que con el verbo «estar». ¡Dios es el que es! Pero, ¿hemos de decir también que Dios es el que está? ¿Pasará Dios por diversos estados? ¿Será propio del Padre/Madre estar de una manera y de otra? ¿Su estado es inmutable o cambiante? Si Él es la Vida, ¿cómo concebirlo siempre en el mismo estado? Es como para preguntarle: «Padre, ¿dónde estás?».

La cuarta sensación de extrañeza surge al decir el término en plural «cielos». Lo espontáneo es mirar hacia arriba; traspasar las nubes, si las hay; y perderse en el infinito azul -que así nos parece-; otros dicen, en el infinito negro. ¿Serán esos los cielos? Lo poético, lo simbólico es entender que la palabra «cielos» nos habla de trascendencia, del ámbito de lo no-imaginable, de lo intangible, de lo innomnado; o tal vez, sentir en la palabra «cielos» la expresión de la dicha, de la felicidad, del bienestar sin fronteras. Y si unimos «estar» y «cielos» ¿no significará ello renunciar al contacto con el Padre Dios? También decimos de nuestros seres queridos difuntos, que están en el cielo. Y ¡qué pena nos produce su distancia insalvable!

Con estas cuatro extrañezas me pongo ante Jesús. Le pregunto ¿porqué inicia de esta forma su oración, su padrenuestro? No creo que él rechace esta aparente curiosidad. Jesús sabe que no es mera curiosidad, sino deseos de que nos revele, a nosotros los pequeños, los misterios del Reino. Estoy seguro que nos ofrecerá sus respuestas. Me encantaría ser en este momento, su portavoz. En todo caso, lo será su Espíritu, que «nos hará comprender…».

¡Padre! ¡Madre!

Cuando Jesús decía Abbá nos descubría todo un mundo hasta entonces para nosotros desconocido. Dirigirse a Dios de ese modo era una auténtica osadía. Porque con ello Jesús se autoproclamaba familiar de Dios, hijo suyo. Porque rompía los esquemas que consideraban a Dios como la absoluta trascendencia, el Señor, el Amo, el Dueño del universo. Cuando se está en familia, las relaciones son diferentes. Es verdad que el padre de familia mediterráneo del siglo primero era auténtico señor de su casa; que a él le correspondía dirigirlo todo, disponer de todo, incluso de la vida. Pero la relación que se establece entre un padre y un hijo no es nunca una fría dependencia; la dependencia física, carnal, se traduce en amor, en cordialidad espontánea e instintiva.

Jesús no hablaba de Dios con el lenguaje religioso, de los rituales, de las ceremonias. Se refería a Él con el lenguaje más familiar, más tierno que podía encontrar. A ningún profeta se le ocurrió llamarle así. A cualquier sacerdote del templo le habría parecido irreverencia blasfema. Algunos incluso le dijeron: «¿quién te crees que eres?» (Jn 8, 53). Jesús lo invocaba como Abbá, papá, papaíto. Como un pequeño israelita, haciéndose un niño, Jesús hablaba con Dios. Sin protocolos, sin frases hechas, sin ceremoniales regios o imperiales. Y, sin embargo, proclamaba al mismo tiempo, que su Abbá era Rey, el Rey del universo, y el Señor cuya voluntad debería cumplirse, y el Protector de todo mal, y la Misericordia entrañable y el Padre-Madre que alimenta, y el Nombre sobre todo Nombre.

Lo más admirable es que cuando nos enseñó a orar, nos transmitió sus mismas expresiones, nos introdujo en su misma experiencia. Fueron todo un regalo, las palabras de nuestro Maestro: «Cuando oréis, decid: Abbá». La iglesia bien se ha percatado de ello al introducir ritualmente el padrenuestro en la eucaristía con estas palabras: «Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir…». Sí… una auténtica osadía.

Llamar a Dios Padre, en el sentido de la creación, es lo más obvio, en quienes nos sentimos sus criaturas. El es la fuente de nuestra vida, de toda la vida que bulle en el universo. El es, no solo la Fuente, también es la Vida, la Vida de la vida. Quien siente la seducción de todo lo viviente, quien percibe el misterio de la vida, no puede menos de extasiarse al pensar en el protagonista de todo esto: la fuente de la vida, la vida de la vida. Cuando decimos a Dios «Padre», contemplamos a todos los seres vivientes como resultado de su acción creadora, creador de la vida.

¿Dios o Diosa? ¿Padre o Madre? Es importante que evitemos utilizar imágenes masculinas en exclusiva. ¡Eso no da gloria a Dios! Hoy que somos tan sensibles a la afirmación de lo femenino, en su identidad y configuración, no debemos reducir los símbolos religiosos, a su simbólica masculina. Para romper nuestros conceptos, demasiado rígidos y acostumbrados de Dios, es bueno obligarnos a ello, llamándolo en femenino y, después, superando el masculino y el femenino, para abismarse en la fuente unitaria de toda la Vida, en la Vida de la vida. ¡Madre! ¡Padre!

¡Nuestro!

No es posible rezar la oración del padrenuestro en singular. No respondería a la voluntad de Jesús. El Padre no es «mío». El Reino no viene sólo «a mí». El «pan» no es sólo para mí». Las ofensas no solo se me perdonan solo a mí, ni la liberación de la tentación o del mal tienen como objetivo mi exclusiva persona individual. Esta des-individualización de la oración es de lo más llamativo que uno puede suponerse.

El «nuestro» es un adjetivo que va ampliándose como por círculos concéntricos. En primer lugar, hace referencia a Jesús. Su Abbá es también mi Abbá. Él/Ella es la fuente común de nuestra vida. Él es quien nos hermana con Jesús, quien define aspectos comunes de identidad. No se trata únicamente de una fraternidad universal entre todos los hombres y mujeres del planeta. Una fraternidad y sororidad de seres humanos más o menos todos iguales. Se trata de la fraternidad desigual que se establece entre nosotros y el Hijo unigénito del Abbá. Invocar al Abbá como «nuestro», sintiendo junto a nosotros el latido del corazón de Jesús es el máximo honor, la más increíble experiencia que un ser humano podría esperar. De darnos cuenta de verdad, sería tan conmovedor, que apenas podríamos continuar nuestra plegaria. ¡Nuestro! y miraríamos a Jesús y en su mirada descubriríamos que hemos sido hechos a su imagen y semejanza, hijos en el hijo, agraciados en el Amado.

No todo es «nuestro» de la misma manera. Utilizamos con frecuencia el adjetivo posesivo para referirnos a ciertas realidades con las que nos sentimos en mayor relación. Cuando entre dos o más personas surge una relación de mutua pertenencia y posesión y podemos decir «mi», «mío», «mía», entonces también surge el «nosotros». Nunca el «nosotros» es la suma de los «yoes» o los «túes». Es mucho más que la mera yuxtaposición. Es el resultado del misterio el encuentro, de la unión y fusión del espíritu, de una pertenencia común que enriquece y dinamiza a los que forman parte del nosotros. No todos los «nosotros» tienen la misma densidad, la misma riqueza. En todo caso, es cierto, que Jesús quiere incluir en su oración esos «nosotros» que construyen nuestra vida y hacen de ella un misterio de amor, de comunión. Nunca hemos de dirigirnos al Abbá a solas. Siempre acompañados de esos nosotros que nos constituyen, de esas personas esenciales, que van perfilando y diseñando nuestra personalidad.

Hay todavía un «nosotros» más amplio, más abarcante y ambicioso. Es el «nosotros» formado o soñado con tantos «otros», todavía no mutuamente pertenecientes. Para decir con verdad un nosotros «universal» sería necesario aprender el arte de la inculturación, del diálogo de vida y de ideas, de la catolicidad sin dogmatismos. Para decir con verdad un nosotros «universal» habría que optar de verdad por los más pobres, los más olvidados de nuestro mundo. Superando el nosotros meramente retórico, entraríamos en el misterio del reino de Dios, en la misión de Jesús que vino a reunir a todos los hijos de Dios que estamos dispersos. En este sentido, ese nosotros suena más como un grito casi desesperado, como el ruego de una gracia -para nosotros imposible-, que como un nosotros real. Este mundo, partido en varios mundos, tiene todavía demasiados «nosotros» enfrentados. Pero el Abbá quiere ser nuestro, de todos, de todos.

Una nueva coloración recibe el «nosotros» cuando miramos a las diversas formas de vida dentro de la madre-naturaleza. Es el nosotros que incluye al «hermano sol», la «hermana luna», «hermana agua», «hermano fuego», hermanos animales y plantas. Francisco de Asís es un paradigma de esta forma de fraternidad con toda la creación. Orar el padrenuestro en este contexto es sentir la gran fraternidad cósmica. Es, sobre todo, una forma de confesar a la fuente de toda vida. De reconocer que es autor, diseñador, artista de todo. Es reconocer que todo está interrelacionado y todos nos pertenecemos. Es bellísimo descubrir el universo como casa, como familia, como gran fraternidad de vivientes, bajo el impulso de una sola realidad llena de misterio y encanto: el Abbá, el Abbá nuestro.

¡Que estás en el cielo!

¡Cuánto puede evocar esta expresión «¡que estás en el cielo!».

En nuestras conversaciones solemos recurrir con frecuencia a expresiones semejantes: «estar en el cielo», «estar en una nube», «estar en las nubes», «pasar un rato de cielo»… Hablamos así cuando nos es concedido gozar aquí, en la tierra, y disfrutar de la vida. Con este modo de hablar, damos por supuesto que el cielo es felicidad, reajuste de todo, amor, alegría, libertad, placer. En contraposición, solemos hablar del «valle de lágrimas», «vida rastrera», «tierra maldita», «lugar de penas y calamidades». Hablamos así cuando experimentamos las dificultades y desgracias de la vida. Dirigirse al Abbá que está en el cielo es entonces hablar con el Señor de la Felicidad y de los Sueños realizados, con el eterno Sonriente y Dichoso, con el Amante siempre victorioso, con el Creador de espacios de fantasía y encuentro y disfrute, con la Gracia sin ningún tipo de interferencias. No viene mal un encuentro así. También permite gozar de un momento de cielo, de una anticipación gozosa de lo que después vendrá ininterrumpidamente.

Esta primera y obvia interpretación de la expresión «que estás en los cielos», no es, sin embargo, la que más se adapta a la mentalidad bíblica. En aquellos remotos tiempos, hablar del cielo o de los cielos era referirse a lo inalcanzable para cualquier ser humano. Hoy diríamos que era la forma de hablar de la «trascendencia», de lo radicalmente distinto. El plural «cielos» resaltaba aún más esa misteriosa inaccesibilidad. Al decir que Dios está en el cielo, en los cielos, confesamos su lejanía, su alteridad. Entre el «aquí» de la tierra y el «allá» del cielo hay una distancia insalvable, un abismo que no se puede cruzar. Nuestro Abbá está en el cielo. Allá en el cielo se cumple su voluntad; allá en el cielo ejerce su poderío y su reinado; allá en el cielo vive, está. ¿Cómo colmar la distancia? ¿Qué hacer para escuchar su voz aquí en la tierra? ¿Para sentir su ternura aquí en la tierra? ¿Para recibir su protección, su fuerza, aquí en la tierra?

Jesús hace de mediador. Gracias a Él el Abbá del cielo ha hecho mención suya en la tierra. Jesús nos dice que es posible el acercamiento entre el Abbá y nosotros, hijos e hijas. Debemos avivar el deseo y anhelar apasionadamente el encuentro. No es cuestión de que nosotros subamos «allá arriba», no se trata de vivir estirados hacia la trascendencia, realizando una ascética fuga de la tierra. Si clamamos al Abbá nuestro, es para que venga, para que se haga notar y sentir aquí en la tierra, en la inmanencia, en la visibilidad. El «así en la tierra como en el cielo» es la más sublime afirmación de esta vida que pudiéramos pensar.

El Abbá está en el cielo, pero se preocupa de nosotros, cuida de sus hijos e hijas, es cariñoso con todas sus criaturas y cuida de ellas (Mt 6,26.32). El es perfecto (Mt 5,48), Él está en lo secreto y ve en lo secreto (Mt 6,6.18), conoce todo lo que necesitamos (Mt 6,8) y nos perdona y nos libra del Mal.

Conclusión

¡Abbá nuestro, que estás en los cielos! Es importante pararse aquí. Estremecerse ante estas primeras palabras que Jesús nos regala. Este prólogo es como una gran visión panorámica que une el cielo con la tierra.

Nos pertenece el Abbá. Es nuestro. Mío y de los míos. Nuestro, porque es pertenencia de toda la creación. El mismo Cielo nos pertenece, se nos regala. Y llega a nosotros, revelándose como Abbá, como papá, como fuente entrañable de vida, de alimento, de perdón, de salvación. Sí, el auxilio nos viene del Abbá, que hizo el cielo y la tierra.


Desde la meditación a la celebración

Celebremos el acercamiento de dos realidades tan distantes y tan desiguales: la realidad divina y la realidad humana, Dios y nosotros. Jesús ha sido el mediador. El es nuestro punto de encuentro. El Espíritu es el habilitador. Él, con sus carismas, con su consagración, nos prepara para estar suficientemente santificados como para relacionarnos con el Santo, el que está en los cielos. El Señor está cerca, ¡alegraos!, nos decía Pablo. Jesús no permitió que siguiéramos en orfandad. El Abbá está junto a nosotros. «Si alguno me ama, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él».

Oración breve que disponga al oyente a la escucha de la Palabra

Abbá del cielo,
porque es allí donde estás,
es aquí donde estás,
en el cielo y en los cielos.
Tan acostumbrados estamos a la tierra,
a sus limitaciones y lágrimas,
que cuando nos es dado superar los límites
en algún punto,
se nos escapan expresiones
que hablan de cielo o de cielos.
Se ve que llevamos en nosotros
una sed inagotable de espacio infinito,
un deseo inmenso de santidad,
de tu inaccesible santidad.
Recurrimos al lenguaje simbólico de lo celeste
para hablar de lo mejor en la tierra.
Sí, Abbá,
decimos: sol, luna, estrella,
ángel, cielo, nube…
Y es que queremos
que descienda tu cielo a nuestra tierra.
Abbá del cielo,
así gustaba Jesús de llamarte.
Padre de los astros,
te llamó algún autor del Nuevo Testamento.
La verdad es,
que de esta manera,
Jesús nos invitaba a buscarte allí,
donde ordinariamente
no transcurre nuestra vida:
en el cielo,
en la utopía.
¡Gracias, Abbá!

Lectura espiritual, adecuada al tema sobre el que versa la meditación

«No quise, mi querida nieta, que te lanzaras con mi aprobación, a elegir apresuradamente aquello que tú nunca fueras a sentir como tuyo, en lo más profundo de de ti misma. Continuaste hablándome, durante las semanas siguientes, de tu deseo de irte a América. «Si me fuera un año allá -me repetías con obsesivamente- al menos aprenderé una lengua y no perderé el tiempo». Pero te irritabas terriblemente cuando yo te advertía que perder el tiempo no es nada malo y mucho menos grave. Pero cuando llegaste al colmo de tu irritación fue cuando te dije que la vida no es una carrera, sino un tiro al blanco. Lo importante no es ahora tiempo. Lo que cuenta de verdad es la capacidad de encontrar un centro» S. TAMARO, Va´ dove ti porta il cuore, Baldini & Castoldi, Milano 1994, p.23.

Homilía

Quizá te extrañes al escuchar esta lectura que nada tiene que ver con la Palabra de Dios, tal como se encuentra en la Sagrada Escritura. Susanna Tamaro no es ningún santo padre o santa madre. Pero ¿no te parece que la lectura de ese trocito de su famoso libro «Vete donde el corazón te lleve» es una excelente introducción a la contemplación del «Padrenuestro que estás en el cielo»?

Decir «Padre nuestro que estás en los cielos» es abrirse al misterio de la realidad en su perspectiva más fascinante. Yo quisiera acercarme con vosotros o vosotras a este misterio, comentando tres palabras: superficialidad, profundidad y centro.

Superficialidad

La realidad es, ante todo, superficial. Superficies inmensas de espacio… superficies misteriosas de tiempo. La realidad es mapa, atlas, calendario. Superficialidad que se atraviesa, se pasa, se transita. La realidad presenta el rostro fascinante de lo que es cambiante, diferente. Creo que hay que hacer una defensa de la superficialidad. Ella nos lleva a atender a todo, a no dar nada por perdido, a honrar venerativamente a todas las criaturas. La superficialidad nos hace curiosos, seres ávidos de nuevos conocimientos, nuevas impresiones y sensaciones. La superficialidad nos hace católicos, abiertos a la totalidad, sin presumir nunca de haberla abarcado.

Profundidad

Y, sin embargo, la superficialidad es el mejor camino hacia la profundidad. No son dos movimientos alternativos. Son dos movimientos necesarios, ecológicos. El movimiento superficial se vuelve fascinante, sacramental, cuando al mismo tiempo se ahonda y distiende hacia el misterio oculto. Cuando no se cierra a las preguntas últimas. ¿Por qué? ¿De dónde? ¿Hacia dónde? Esas preguntas llevan al Abbá, al Padre nuestro. La superficialidad nos lleva al nosotros, la profundidad al Abbá y fuente de vida de nosotros, de nuestro mundo. Por eso la superficialidad puede ser la forma mejor de profundidad. Y la profundidad el modo mejor de ser superficial. Pero ¡qué dramática puede ser una superficialidad sin profundidad!

Superficialidad acelerada

Vivimos a veces no en el éxtasis de la superficialidad, sino en el vértigo. Tanta velocidad nos impide desacelerarnos, pararnos, contemplar tranquilamente, sentir la realidad, palpar las cosas, dialogar a fondo. Lo que hacemos está siendo constantemente interrumpido por aquello que tenemos que hacer. Se aprovechan todas las ocasiones para el acoso. Es como la película de televisión, interrumpida frecuentemente por los anuncios o por los moradores de la casa, o por nuestra inquietud por ver qué ocurre en otro canal de televisión. Sí, somos seres acosados.

Así no es posible vivir de verdad. Teniendo vocación de profundidad, vivimos en una superficie movediza y acelerada. En tanta movilidad nos las ingeniamos para no perdernos nada. Ofertas concentradas, para pasar rápidamente a otra cosa. Ahora es ya como un zapping permanente con la realidad. Las noticias tienen que ser breves y condensadas; las películas tienen que resumir en dos horas acontecimientos, mensajes que requerirían a veces semanas para ser comprendidos; los encuentros entre las personas están mediados por los horarios, tantas cosas que hay que hacer antes, después e incluso durante el encuentro. Estamos en una sociedad acelerada, des-centrada.

Centro

La meditación ha sido descrita como el arte de centrarse. Medita quien reúne las energías de su atención en el centro de su ser. Es un proceso que facilita un movimiento interior, que llamamos interioridad, ¡no introspección! Se calman las sensaciones, los sentimientos, las alertas. Todo en nosotros se vuelve atención, apertura, receptividad. Acaba el vértigo, la aceleración. La realidad se hace luminosa, atractiva, sosegadora.

Somos como un iceberg en el océano. Sólo la octava parte emerge sobre la superficie. Las otras siete partes están sumergidas. Lo que emerge es nuestro consciente. Lo sumergido nuestro inconsciente. El océano es el inconsciente colectivo, la noosfera, el Misterio santo. El océano es el medium para comunicarnos con todo y comprender de verdad a los otros icebergs que nos rodean.

¡Qué gratificante es la comunicación en profundidad! Esa conversación, ese encuentro, aquella mirada, aquel estrechamiento de manos… no se olvida. No podemos multiplicar la profundidad, como se multiplica la superficialidad. No podemos ser profundos en mil frentes, en mil encuentros. Es necesario encontrar mi pozo y desde él llegar a la totalidad del océano, de la comunión con el Todo. Lástima que tanta gente por buscar el todo, se pierda y descentre con tantas cosas.

La gracia de la profundidad no es sólo técnica corporal. No es mera pasividad. No es vacío, ni tampoco mercado de ideas o sentimientos. Es el éxtasis hacia dentro. Es dejarse seducir por la profundidad del ser. «Mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él» y «cenaremos juntos». Todo acaba en el encuentro de amor y no en una pérdida en el absoluto anónimo. «Entra en tu cuarto, cierra la puerta… tu Padre está en lo escondido». Nadie es capaz de centrarse por sí mismo. Se centra quien se deja centrar. «Me sedujiste y me dejé seducir». Es indispensable dejarse seducir. La fuerza divina de la vida nos centra, nos hacer perder la voluntad de poder y de control, nos prepara para el abandono, para el gozo intenso, para sentir la vibraciones de la Gracia.

La gracia de la profundidad enciende toda mi casa. Mis sentidos recobran su sentido. Todo en mí se vuelve transparente.. Veo, siento, conozco, intuyo de forma diferente. Y esto colorea mis actitudes, mis valores, la calidad de mis acciones.

La gracia de la profundidad es también el camino alternativo hacia la revolución del Reino. Jesús no era un ser en vértigo. No se sentía abrumado por la ingente obra que los postulados del reino de Dios podrían exigir. No era el militante que prepara -una tras otras- sus incursiones o estrategias militares; ni el programador apostólico, acuciado por la siguiente charla o reunión. «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré». «No os preocupéis». Jesús tenía un Centro. El era un Centro que centraba. «Sígueme y encontrarás un tesoro». Seguirle es aprender lentamente cómo sobrevivir en el Infinito.

El Padre nuestro de la superficialidad profunda y centrada

El padrenuestro nos invita a la superficialidad profunda, a la oración divertida, a la diversión orante, a la contemplación distraída y a la distracción contemplativa. No pongamos límites a la vida, a las sorpresas. No seamos personas de monocultivos espiritualistas, que nos llevan a la esterilidad. Hay que acoger a toda la creación, a toda la humanidad… pero no ¡de golpe!, sino poco a poco… como la vida… superficialmente… sin querer agotar la realidad con cada sorbo. Hemos de ser un poco más fragmentarios, más pos-modernos. Porque la profundidad de la superficialidad es nuestra fuerza y nuestro Centro.

Guión para la meditación personal o la reunión comunitaria

¿A qué personas y realidades yo incluyo en el «nosotros» del Padrenuestro? Es importante reconocer esos rostros, esas realidades que forman conmigo una comunidad de amor, de reconocimiento, o lo que llamaríamos la «biocenosis del corazón».

¿Reconozco a Dios como fuente, como padre-madre, de ese nosotros que a mí tanto me interpela ? ¿Logro vislumbrar algo de su rostro, de su forma de ser, en esa comunidad de vivientes en la que estoy inserto o inserta ?

¿Qué me ha impresionado más en la meditación de este día ?

Oración breve que sintetice el tema

Sí, Abbá,
queremos dar contigo,
en ese vertiginoso caminar por la vida.
Sí, Abbá,
queremos sentirte
en la superficie de esta realidad asombrosa.
Sí, Abbá,
contigo siempre, contigo,
y con todas, todos, todo…
Tú, nuestro cielo
porque
estás en el cielo
y contigo
y en tí
estamos
¡en el cielo!
Sí, Abbá…
Sí…. nuestro.

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