ENVUELTOS/AS EN LA SANTIDAD DE DIOS. Contemplación teológico-espiritual a propósito de “Gaudete et exultate”

El papa Francisco nos acaba de regalar una exhortación apostólica sobre la Santidad, como vocación para todos: “Gaudate et exultate” (“Gozad y exultad”). Nos quiere mostrar la santidad de la vida ordinaria como fuente de alegría y exultación.

Meditando sobre ella,  creo necesario, invitarme a parar y así contemplar el mágico espectáculo que la “santidad de Dios” nos ofrece, tanto en clave teológica como espiritual  El santo es “un pecador de quien Dios ha tenido misericordia” (Dietrich Bonhoeffer). La Misericordia nos envuelve. Es lluvia, aire, océano… y ¡nosotros dentro!, sin protección…, inermes, disponibles.

No se puede estar cerca del Misterio de Dios sin asombro, sin estremeci­miento, sin conmoción y cambio interior. No se puede estar cerca de la luz sin ser iluminado, cerca de la vida sin ser vivificado; ni en la corriente del viento impetuoso, sin sentirse impulsado y lanzado; ¡a no ser que oponga resistencia! ¡A no ser que uno se cierre!

Decía Pablo en el areópago que “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17). La santidad de Dios nos envuelve, nos habita. Nosotros no nos hacemos santos. Dios –con su presencia dinámica- nos hace santos,

1. El misterio de la santidad de Dios

¿Qué es la santidad? ¿En qué consiste?  ¿Qué queremos decir cuando hablamos de la santidad de nuestros santos o santas más admirados?

La revelación de la santidad de Dios: «santo es su nombre»

Utilizamos la palabra “santidad” para referirnos a aquello que nos excede, que nos es inaccesible, que está separado de nosotros por plenitud, por perfección.

La santidad es la trascendencia de Dios, la plenitud de su poder, de su vida y de sus perfecciones. Dios es el santo por el hecho de su trascendencia, por lo infinito de su misterio. Decir que Dios es santo, significa que nosotros no podemos disponer de Él a nuestro antojo, que nos supera por todas partes, que Dios no es un objeto que nosotros podamos manipular, ni siquiera una realidad sobre la cual nosotros podamos elaborar nuestros conceptos o concebir nuestras ideas. Dios, como realidad, es inconcebible, inalcanzable para nuestra razón, para nuestra sensibilidad.

Frente a todo lo que es mundo, Dios es el «tres veces santo» (Is 6,3), en definitiva «el único santo» (Apc 15,4). Porque sólo El es Dios, por eso, no puede jurar sobre nada fuera de su santidad (Am 4,2).

Sólo podemos acceder al Dios santo, si Él accede a venir a nosotros, a manifestarse en nosotros. De hecho, así lo hace, cuando se revela, se autocomunica. Cuando lo hace, no deja de ser Él mismo. No abandona su trascendencia, ni su carácter distintivo de Dios. Pero nos permite de alguna manera comprender su misterio.

Cuando Dios se revela manifiesta y entrega su nombre. Nombre (sêm en el hebreo bíblico) es lo que se manifiesta de Dios. Pero su nombre es «santo». Es el nombre del «absolutamente Otro». El Dios que es nombrable y accesible, sigue siendo incomparable e inaccesible. Conocer el nombre santo de Dios, no significa conocer unas letras, saber y repetir un sonido; podemos pronunciar muchas veces el nombre de Dios “en vano”, es decir, sin atisbar lo más mínimo su identidad. El nombre de Dios re-vela, es decir, también oculta su misterio. A quien le es dado conocerlo un poco, es capaz de atisbar su intimidad. Es muchísimo más lo que desconocemos de Dios que lo poco que conocemos, aunque a nosotros nos parezca mucho..

Israel, con el tiempo -después del destierro- designó a Dios con el término «nombre» (Is 25,1). Con este vocablo se significaba aquella realidad de Dios por la cuál Él se manifiesta en el mundo como Señor poderoso y lleno de gloria. Quien conoce el nombre de Dios, lo glorifica[1]. Los conceptos de «santidad», «nombre» y «gloria» estaban mutuamente imbricados.

También Jesús se presenta en el cuarto evangelio como aquel que ha venido a glorificar el nombre del Padre (Jn 12,28; 17,4.26), y pide a sus discípulos que santifiquen su nombre en la oración del padrenuestro (Mt 6,9). Así mismo María -en el Magnificat- retoma el salmo 111,9 y alaba el nombre del Señor como santo (Lc 1,49)[2]. Que Dios se arriesgue a entregar al ser humano su nombre es signo de la mayor gracia, amor, entrega de sí. Con la traditio nominis Dios mismo se da y se compromete con los que conocen e invocan su nombre. Al invocar el nombre de Dios la persona o la comunidad  humana entran en el ámbito de su dominio.

La santidad de Dios es dinámica, activa, se impone y se realiza. Desde Ezequiel se dice que Dios «se santifica» ante el mundo y ante los pueblos[3]. Dios consagra la tienda de reunión por medio de su kabod (gloria): «Ese lugar… será consagrado por mi gloria» (Ex 29,43). La santidad de Dios es su gloria oculta, escondida. Su gloria es su santidad al descubierto. Y como leemos en la parte más tardía del canto de victoria junto al Mar Rojo: Dios es «glorioso en santidad» (Ex 15,11). En correspondencia también la fe de Israel debe ser activa y «santificar» al Dios santo (Num 27,14), o lo que es lo mismo, hacerlo ser Señor, y, por tanto «glorificarlo».

El Misterio de la Santidad de Dios en Jesús y en el Espíritu

En el Nuevo Testamento Jesús nos revela el nombre de Dios, el Abbá. Nos hace entrever su misterio, su santidad. El Abbá es invisible. Nadie lo ha visto. Pero el Hijo unigénito nos lo ha dado a conocer. Quien conoce al Hijo conoce al Padre. Jesús es la imagen humana del Santo, es la revelación más transformadora de la santidad de Dios en lo humano. La santidad de Dios consiste en que es el Padre que engendra al Hijo infinito. Ese el misterio revelado. En la omnipotencia de amor que es el Espíritu Santo, Dios es Padre de forma infinita.

El Espíritu es la santidad divina en persona, como decían los Padres de la Iglesia, es el Παvαγιov (Todosanto). El Espíritu es, pues, el poder de engendramiento, la concepcion divina, por la que uno es el Padre y otro es el Hijo[4]. El Espíritu Santo es el «don de Dios». Es dado sólo cuando existen creaturas capaces de «poseerle» y de gozar de él, pero él procede eternamente como «donable», como don. Cuando nos es dado, nos une a Dios y entre nosotros. Por eso la Iglesia es -tal como decía Agustín- communio sacramento­rum, obra de Cristo, y societas sanctorum, obra del Espíritu Santo. El Espíritu realiza en la Iglesia lo que el alma en el cuerpo.

2. Llamados a la santidad

No se es santo por naturaleza, por esencia, sino sólo por participación. El único santo es Dios. El término santo (qadosh, hagios, sacer, sanctus) implica una relación de pertenencia total a Dios y postula un ser puesto aparte. Tu solus sanctus, Jesu Christe. «Cristo ha amado a la Iglesia… para hacerla santa» (Ef 5,25-26). La acción del Espíritu en nosotros es bellamente significada en esta frase de las Odas de Salomón: «Como las manos se pasean por la cítara y las cuerdas hablan, así habla el Espíritu del Señor en mis miembros y yo hablo por su amor»[5]. Clemente de Alejandría, hacia el año 210, llamaba a la Iglesia del Señor «corazón espiritual y santo», «cuerpo espiritual», porque «quien se adhiere al Señor es un solo espíritu con él y un cuerpo espiritual»[6].

La tradición siria (Antioco, Efrén «lira del Espíritu Santo») relaciona la Iglesia, la ordenación de sus ministros, su vida sacramental y el mandato de la misión de Mt 28,18 no tanto con el Verbo encarnado, como con el Espíritu de pentecostés. El Espíritu es quien engendra la Iglesia y actúa, de manera particular, en los tres sacramentos de la iniciación. En la eucaristía, la epíclesis es una invocación para que la realidad de la resurrección se efectúe en la comunidad que celebra.

Según la teología ortodoxa, en el momento de la Epifanía, el Espiritu Santo desciende sobre la humanidad de Cristo y la lleva a cumplimiento. Del mismo modo, en los sacramentos, el Espíritu desciende sobre el ser humano, lo consagra en su totalidad, lo sacraliza y lo santifica, lo hace pneumatóforo y, por eso, capaz de ser modelado según el arquetipo-Cristo y llegar a ser cristóforo. Jesús el Santo es el arquetipo del ser humano. Según los Padres de la Iglesia, el hombre en Adán sólo estaba prefigurado en espera de la encarnación. Incluso antes del pecado sólo era un esbozo de su propia verdad. La encarnación trasciende lo inacabado y el Arquetipo de la santidad nos revela que la santidad es la verdad de la naturaleza humana[7]. Así pues ya no es imposible aquello de Sed santos como yo soy santo (Lev 11,44) y sed perfectos igual que es perfecto vuestro Padre celestial. Así lo expresa el símbolo de Epifanio:

«Creemos en el Espíritu Santo que ha hablado en la Ley, ha predicado en los profetas, ha descendido al Jordán, que habla en los apóstoles y habita en los santos; por eso, creemos en él, porque El es Espíritu santo, Espíritu de Dios, Espíritu perfecto, Espíritu consolador, increado, que procede del Padre, recibido del Hijo es creído por nosotros»[8].

Lo que resulta terrible en el mandato divino de que el hombre sea santo, es el hecho de que no se trata de adquirir una conformidad moral con Dios, sino una correspondencia ontológica con Él. Entrar en aquello que dentro del mundo pertenece al ámbito de lo divino y de Dios es peligroso para un mortal porque es santo. Para entrar en esa esfera es necesario purificarse. Es necesaria una consagración. Lo que es sacrificado queda separado del ámbito profano, es santo por haberse convertido en propiedad de Dios. Santo es lo que pertenece a la esfera de Dios. Israel vivía constantemente en la frontera entre lo santo y lo profano.

Ser santos como Dios es ley del Espíritu, es el resultado del don de la inmanencia del Espíritu Santo en nuestros corazones. Sólo el Espíritu nos purifica de toda mancha. Israel se sentía llamado a la santidad por la palabra de Dios:  a ser una nación santa (Ex 19,5-6). A través de su palabra-acontecimiento Dios consagraba al pueblo, le comunicaba su Espíritu, su Santidad. Ese era el espacio ontológico en el cual debía habitar el pueblo, como raptado, como fuera de sí. Todo este espacio tiene ahora la cualidad que tenía un objeto «sagrado» particular, como el arca. Quienes han sido ya (en la gracia) rescatados  y pertenecen a Dios le deben por eso obedecer y ser fieles:

«Santificaos  y sed santos, pues Yo soy santo» (Lev 11,44).

3. La santidad de los bautizados/as: renacidos como hijos/as de Dios

Dios nuestro Padre nos ha elegido, antes de la constitución del mundo para que fuéramos “santos e inmaculados en su presencia por el amor”. Así reconoce el autor de la carta a los Hebreos que hemos sido pre-destinados a la santidad. Tratemos de ver qué se esconde detrás de esta bella doxología[9].

Nos dice nuestra tradición teológica que todos los seres humanos nacemos en pecado original. Nuestra naturaleza está debilitada por el pecado de origen, que se transmite de generación en generación. Esa es la condición en la que se encuentra la historia humana y todo hombre o mujer que viene a este mundo. Nuestra libertad está enferma; la imagen de Dios en nosotros se ha visto profundamente afectada por el pecado. Nos habita el pecado bajo esa fenomenología que la tradición espiritual ha denominado “siete pecados capitales”. Pero no es menos cierto, que el proyecto creador y redentor de Dios es que seamos santos e inmaculados en su presencia, que si por un hombre vino el pecado al mundo y con el pecado la muerte, por otro nos ha venido la Gracia, la vida. Y que donde abundó el pecado, sobre-abundó la gracia. Que, comunicando su Espíritu, Dios consagra, crea ámbitos de santidad dentro de nuestro mundo.

El bautismo celebra en cada uno de nosotros la victoria pasada, presente y futura de la Gracia sobre el pecado. Quienes hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos muerto al pecado una vez por todas.

Dios nos consagra con su kabod: “a quienes ha llamado, ha justificado, y a quienes ha justificado ha glorificado”. La gloria de Dios adviene y desciende sobre nosotros, como ya descendió sobre la Tienda de la Reunión en tiempos de Moisés y, como sobre todo, descendió sobre María en el misterio de la Encarnación:: «El Espíritu Santo descenderá sobre tí, el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra»; «ese lugar… será consagrado por mi gloria» (Ex 29,43). La santidad de Dios, su gloria oculta, escondida, se difunde sobre María, y también sobre nosotros. Jesús es glorificado por el Padre. Nosotros también participamos de la Gloria de Jesús. En corresponden­cia a la glorificación de Dios, María “glorifica” al Dios santo (Num 27,14), o lo que es lo mismo, lo hace ser Señor, y, por tanto lo «glorifica».

Para los Santos Padres la verdad del ser humano se revela en la Encarna­ción. Ante todo en Jesús, el Hijo de Dios. También en María, la nueva Eva. Son los arquetipos de la santidad, la verdad de la naturaleza humana. El mandato veterotestamentario  Sed santos como yo soy santo (Lev 11,44) y el neotesta­mentario Sed perfectos igual que es perfecto vuestro Padre celestial, son practicables teniendo en cuenta el arquetipo que es Jesús, y en su medida María.

La santidad cristiana no se entiende principalmente como santidad moral, sino, sobre todo, ontológica, es la santidad de la presencia del Espíritu en nosotros. Pero, situada en la esfera moral, la presencia de Dios cambia radicalmente nuestra vida y le da un nuevo dinamismo que se manifiesta en las acciones morales, en las virtudes de fe, esperanza y caridad, en la conciencia de ser propiedad de Dios y ser, por ello, actuados por el mismo Dios. De la santidad ontológica deriva la santidad moral, como conciencia y vivencia de ser propiedad de Dios. Por eso, la santidad moral consiste en el deseo más profundo de cumplir su voluntad e identificarse con ella.

Ser santa como Dios era para María el resultado del don de la inmanencia del Espíritu Santo en su corazón. Como Israel, María se sentía llamada a la santidad por la palabra de Dios. A través de su palabra-acontecimiento, la palabra de Jesús, Dios consagraba a su hija, le comunicaba su Espíritu, su Santidad. Ese era el espacio ontológico en el cual debía habitar ella, como raptada, como fuera de sí.

Conclusión

Hemos quedado situados ante el misterio de la Santidad, como un aura envolvente, en la cual estamos todos inmersos desde la Encarnación del Verbo. El Espíritu del Señor llena la tierra. Toda ella se ve envuelta en su santidad. Y María es el punto estratégico en el cual esta Santidad se hace más poderosa, más gloriosa y fecunda.

La santidad se explica mejor por gracia, que por voluntaris­mo, por situación ontológica que por esfuerzo moral, desde la experiencia central de la Encarnación, que desde un milagroso origen al cual no tenemos acceso.


  [1] Cf. sal 106,47; 145,21

  [2] Cf. para toda esta reflexión a Urs von Balthasar, Gloria, 6. Antiguo Testamento, ed. Encuentro, Madrid 1988, pp 55-59.

  [3] Ez 20,41; 28,22.25; 36,23;38,16;39,27.

  [4] «Ecce tria sunt ergo, amans, et quod amatur et amor»: Agustin, De Trinitate, VIII,14: PL 42,960. «Spiritus est Patris et Filii, tamquam charitas substantialis et consubs­tantialis amborum»: Agustin, In Ev.Ioan,tr., CV,3: PL 35,1904.«Según las sagradas Escrituras, este Espíritu no lo es del Padre solo, o del Hijo solo, sino de ambos; y por eso nos insinúa la caridad mutua con que el Padre y el Hijo se aman» Agustin, De Trinita­te, XV, 17,27).

  [5] Odas de Salomón, VI, en Siria (h.90).

  [6] Clemente Alejandrino, Stromata, VII,14: PG 9,522.

  [7] Cf. P.Evdokimov, La mujer y la salvación del mundo, ed. Sígueme, Salamanca 1980,  204.

  [8] Símbolo de Epifanio (374): DS, 44.

  [9] Cf. F.X.Durrwell, María, meditación ante el icono, ed. Paulinas, Madrid 1990.

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