LA PUERTA QUE NADIE ESPERABA – Domingo 4 de Pascua, ciclo A.

Entonces Jesús hizo una pausa, y dijo lo que nadie esperaba: “Yo soy la puerta.” No un maestro. No un profeta. No un líder religioso más. ¡La puerta que da acceso a la vida verdadera!

Los bandidos …los que roban, manipulan a las ovejas… no pasan por esa puerta. Se la saltan y entran por la tapia, aunque no están autorizados.

El Papa Francisco llamó mundanidad y clericalismo a este mal antiguo que corroe a la Iglesia. Esos pastores ya “no huelen a oveja”: vive lejos del rebaño; hablan un idioma que nadie entiende; se instalan cómodamente en el poder… Y Jesús hasta los llama “bandidos”. Cuando aparecen  las ovejas  tiemblan. Y huyen.

Cuando las ovejas escuchan -en cambio- la voz de Jesús, el corazón se aquieta. Se detienen. Lo siguen. No porque les obliguen. Porque lo reconocen. Porque esa voz les suena a casa.

El Buen Pastor huele a oveja. Se mete en el barro. Conoce tu nombre. No el nombre de tu expediente. Tu nombre. El que solo saben los que te quieren de verdad.

Junto a Jesús, en cambio, se respira. Se vive. “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia.”

Hoy quizás hay alguien aquí que siente que Jesús lo llama a ser pastor, a cuidar, a servir. A entrar por la puerta. A oler a oveja.

No lo pienses demasiado.

Y aunque camines hoy por sendas oscuras, no temas. Él va contigo. Su vara y su cayado te defienden.

Porque conoces su voz. Y ella te basta.

¡Aleluya!

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