DESPEDIDA EUCARÍSTICA (EN EL FUNERAL DEL P. LUIS ALBERTO GONZALO DÍEZ, CMF)

Hay personas que pasan por la vida dejando huellas. Otras, como Luis Alberto, dejan caminos. Caminos que invitan a caminar juntos.

Durante años compartimos comunidad, misión, conversaciones largas y silencios cómplices. Tuve el privilegio de acompañarle en la elaboración de su tesis doctoral, ese testamento intelectual que hoy nos habla con su voz. Y al releerla en estos días, descubro que no es solo un texto académico: es un espejo de su alma, una ventana a su manera de mirar la vida consagrada… y la vida misma.

Luis Alberto fue un hombre que se atrevió a mirar de frente la realidad, sin maquillajes. Vio el invierno que atraviesa la vida religiosa en Europa, el envejecimiento, la invisibilidad. Pero donde otros veían solo otoño terminal, él veía semilla bajo la nieve. Donde otros hablaban de crisis, él hablaba de alumbramiento.

No fue un teórico de escritorio. Caminó con decenas de institutos religiosos en Europa, América y Asia. Escuchó. Acompañó. Se manchó las manos en los procesos reales de reestructuración. Y de todo eso destilaba no recetas, sino convicciones: que Dios mantiene su Alianza, que el Espíritu sigue soplando, que la comunidad no es un equipo de trabajo sino el corazón mismo de la misión.

Me conmueve recordar una de sus ideas más queridas: la comunidad como utopía posible, y no como ideal inalcanzable. Creía en que “sí se puede vivir de otra manera”… y lo intentó. Por eso fue exigente consigo mismo y con nosotros. Sabía que el mundo no necesita religiosos funcionarios, sino testigos contagiosos.

Luis Alberto nos deja un legado precioso: la valentía de pensar con libertad, el coraje de decir verdades incómodas, la capacidad de integrar mente y corazón, teología y vida. Nos deja sobre todo una convicción: que este invierno que vivimos no es muerte, sino poda. Que la vida religiosa no colapsa, renace. Y que nosotros estamos llamados no a conservar cenizas, sino a transmitir fuego.

Él dijo textualmente: “La comunidad soñada no es de los fuertes, sino de los que “ofrecen la fragilidad de sus vidas”, reconociendo que el único fuerte es Quien los convoca”. 

 Hoy, al despedirle, no cerramos un capítulo. Sembramos una semilla. Su palabra sigue viva, su ejemplo nos interpela, su esperanza nos empuja hacia ese futuro que él vislumbró: comunidades más humanas, más evangélicas, más vulnerables y por eso mismo más significativas.

Gracias, Luis Alberto, por tu fidelidad, por tu valentía, por tu mirada, por tu amistad. Descansa en la paz del Dios en quien creíste. Y desde allí, acompáñanos en este nuevo alumbramiento que tanto soñaste.

(debido a las condiciones acústicas del templo y la distancia de la grabación, la voz aparece a veces, distorsionada)

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