Una de las secciones de esta página “Ecología del Espíritu” se titula “Textos que impresionan”. Deseo incluir aquí una referencia a uno de ellos.
Se trata de un artículo, firmado por S. Witt, titulado “The Thinking Machine (la máquina que piensa)” y que tiene como subtítulo “Una historia del gigante de la IA Nvidia” publicado en el “The new York Times”, el pasado 11 de septiembre de 2026. Se trata de una crónica de investigación periodística que recoge un cambio de rumbo histórico en el sector de la inteligencia artificial. Su tesis central es clara:
“la IA ya no está bajo control humano”.
Los propios laboratorios que la desarrollan lo saben y piden ayuda para frenarla. No es ciencia ficción ni alarmismo: es el testimonio de investigadores, directivos y legisladores que trabajan en el corazón del sector. Presento seguidamente una versión más comprensible del artículo de S. Witt.
Pedro pregunta límites: “¿Hasta siete veces, Señor?”. Jesús le revienta el cálculo: “Setenta veces siete”. Se acabaron las cuentas. El rencor no tiene cabida.
Y para que quede claro, suelta la parábola más incómoda. Un siervo debía diez mil talentos. ¡La deuda de un imperio! El rey, al verlo suplicar, le condona “todo” y deja la deuda a cero. ¡Libre! Ese siervo sale, encuentra a otro que le debe cien denarios, un sueldo de tres meses, lo agarra del cuello y le exige el pago. ¡Qué hipocresía!
Y esto, ¿nos suena? Pasa siempre. Entre hermanos de sangre, y también entre hermanos de fe. Una palabra, un cargo, una herencia, y rompemos la comunión. Ahí está el problema.
Dios nos ha perdonado una deuda astronómica: nuestros pecados, nuestros fracasos. Pero nosotros, ¿ahogamos a nuestro hermano por un disgusto? Esa conducta canceló el perdón del siervo. Llega el golpe definitivo: el Padrenuestro reza “perdona como nosotros perdonamos”. ¡Cuidado! No es un verso bonito, es un contrato. Pides que Dios te mida igual. Si aprietas el puño, el Padre aprieta el suyo. Si abres la mano, Él abre las compuertas. Suelta esa deuda. Perdona, aunque duela. Perdona, aunque no lo merezca. No…no es opcional. ¡Es cuestión de vida eterna!
Mira el mundo. Nepal sufre. Terremotos, catástrofes que claman. La alarma suena fuerte. Pero hay otra, más silenciosa y urgente: tu hermano en la fe se despeña. ¿La oyes de verdad?
Dios te dice:
“Eres centinela. Si no avisas al malvado, te pediré cuenta” (Ez 33).
Callar no es caridad; es cobardía. No vale el “yo no me meto”. El hermano perdido duele a Dios. La alarma no es opcional.
Jesús da el protocolo claro:
“ve a solas, sin chismes ni redes. Si no escucha, lleva a uno o dos. Si persiste, díselo a la comunidad entera. “Si ni así hace caso, considéralo pagano o publicano”.
¿Expulsión? No.
Los expertos profundos dicen: tratarlo así es quitar la máscara, reconocer la ruptura, pero no cerrar la puerta. Es darle el sitio donde Jesús comía. Siempre con esperanza de vuelta.
La alarma suena insistente, hasta el aparente rechazo. Es tu responsabilidad. No es condena, es aviso para salvar su vida.
Y aquí viene lo espectacular: el poder de la oración compartida.
“Si dos se ponen de acuerdo en la tierra, mi Padre lo dará”. “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo”.
¡Increíble! Nuestra oración conjunta ata y desata realidades en el cielo.
El domingo pasado Pedro lo bordó, cuando le respondió a Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Jesús lo llamó “bienaventurado”. Le dio las llaves. Le cambió el nombre.
Y hoy, una semana después, el mismo Pedro recibe el reproche más duro de todo el evangelio: ¡Quítate de mi vista, Satanás!
¡Qué caída tan rápida! ¿Qué ha pasado?
Ha pasado que Jesús empieza a hablar claro. Que tiene que ir a Jerusalén. Que va a sufrir. Que lo van a matar.
Y Pedro, que le quiere, que no puede soportar eso, lo lleva aparte y le dice: “¡De ninguna manera, Señor, eso no puede pasarte!
Pedro no es malo. Pedro le quiere. Pero en ese momento está pensando como piensan los hombres, no como piensa Dios.
¡Y yo me reconozco ahí!
Cuántas veces le he dicho yo a Dios, de una manera u otra: esto no, Señor. Este camino no. Que haya otra forma.
Cuando la vida duele. Cuando lo que se me pide implica perder algo. Cuando el camino que se abre no es el que yo habría elegido.
Y Jesús no negocia. Dice: el que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Negarse a uno mismo. Eso no significa odiarse. No significa no importar. Significa no dejar que el yo, el ego con sus miedos y sus cálculos y sus planes, sea siempre el centro de todo.
Y luego esa paradoja que Jesús repite y que nunca termina de caber del todo:
“El que quiera salvar su vida, la perderá. El que pierda su vida por mí, la encontrará”.
Creo que hay una forma de vivir agarrado. Controlando. Protegiéndose. Calculando cada paso para no perder nada. Y esa forma de vivir, paradójicamente, te va vaciando por dentro.
Y hay otra forma. Más expuesta. Más vulnerable. Más generosa. Que suelta. Que confía. Que da sin asegurarse primero la devolución.
Y esa forma, aunque duela más, tiene algo que la otra no tiene. Tiene vida de verdad.
Hoy me hago la pregunta que me incomoda:
¿De qué me estoy agarrando demasiado?
¿Qué es lo que no le dejo a Dios porque me da miedo perderlo?
Quizás ahí está exactamente lo que él me está pidiendo que suelte.
Jesús hace una pregunta. Y no es una pregunta cualquiera.
Primero pregunta lo fácil: ¿quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Y los discípulos responden con soltura. Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que un profeta. Respuestas de manual. Respuestas seguras. Respuestas que no comprometen a nadie.
Y entonces Jesús estrecha el círculo.
Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Vosotros. No la gente. No los que lo ven de lejos. Vosotros, que habéis comido conmigo, que habéis visto los milagros, que lleváis meses caminando a mi lado. ¡Vosotros!
Y Pedro responde. Solo Pedro. Los demás se quedan callados.
Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
(Pedro)
No es una respuesta aprendida. Jesús mismo dice que eso no viene de la carne ni de la sangre. Que se lo ha revelado el Padre.
Pedro no llegó a esa respuesta por ser más listo. Llegó porque estaba abierto. Porque dejó que algo entrara.
Y entonces Jesús hace algo que cambia todo. Le da un nombre nuevo.
Tú eres Pedro, roca.
(Jesús)
Y sobre esa roca construirá su iglesia.
Pedro. El mismo que luego va a negar tres veces. El mismo que va a meter la pata constantemente. El mismo que unas líneas más adelante Jesús llamará Satanás. ¡Ese es la roca!
Y eso nos consuela enormemente. Porque si Jesús construye su iglesia sobre alguien tan imperfecto como Pedro, entonces no espera paredes perfectas. Espera personas reales. Con fisuras. Con historias complicadas. Con fe mezclada de dudas.
Pero volvamos a la pregunta. La que de verdad importa.
¿Y tú, quién dices que soy yo?
No la gente. No lo que has escuchado en la catequesis o en casa. Tú. Con tu vida, con tus dudas, con todo lo que has vivido hasta hoy.
Esa pregunta no se responde con palabras bonitas. Se responde con cómo vivo. Con lo que elijo. Con lo que suelto y lo que sostengo.
Hoy, en algún momento de silencio, vale la pena sentarse con esa pregunta. No para darle una respuesta correcta. Sino una respuesta verdadera.
Este evangelio me resulta difícil. Lo digo de entrada porque creo que a muchos también.
Una mujer extranjera, cananea, le pide ayuda a Jesús por su hija. Y Jesús… no le responde. Los discípulos piden que la despida. Y cuando por fin habla, dice algo que suena duro:
No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros.
¿Jesús llamando “perro” a alguien? Me quedo con eso un momento porque creo que vale la pena no esquivarlo.
Jesús está probando algo. O revelando algo. O las dos cosas a la vez. Porque esta mujer no se rinde.
Y aquí está el corazón de esta escena. Ella no se ofende. No se va. No protesta. Dice algo extraordinario:
Sí, Señor, pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.
Es una respuesta que tiene humildad y tiene audacia al mismo tiempo. No pide lo que no le corresponde. Pide las sobras. Las migajas. Con eso le basta. Y Jesús, entonces, se rinde él.
¡Mujer, qué grande es tu fe! ¡Que te suceda lo que deseas!
¡Qué grande es tu fe! No dice: ¡qué buena eres! No dice: ¡qué perseverante! Dice: ¡qué grande es tu fe! ¿Y cuál es su fe exactamente?
Creo que es esto: ella cree que en Jesús hay más que suficiente. Que aunque no le toque a ella, aunque esté fuera, aunque los demás la ignoren… algo de él alcanza también para ella.
No pide un banquete. Pide una migaja. Y confía en que esa migaja, viniendo de él, es suficiente para sanar a su hija.
Me pregunto cuántas veces me he ido yo cuando Jesús parecía no responder. Cuántas veces he interpretado el silencio como un no definitivo. Cuántas veces me ha faltado la tenacidad de esta mujer que no tiene nada a su favor y sin embargo no suelta.
Esta mujer es pagana. Es mujer en una cultura que no la escucha. Está sola. Su hija está enferma. Y aun así… Sigue. Insiste. Cree.
Hoy me pregunto, y me lo pregunto de verdad:
¿De qué me he ido yo cuando Jesús tardaba en responder?
Esta mujer nos enseña que a veces la fe más grande no es la que recibe enseguida. Es la que se queda.
Hoy no vamos a un cementerio. Hoy no lloramos a nadie. Hoy celebramos la fiesta que el pueblo cristiano lleva siglos guardando en el corazón del verano: la Asunción de María en Cuerpo y Alma al Cielo. Y celebrarla es dejar que la Vida gane. Siempre.
Hace 75 años, el papa Pío XII puso en palabras solemnes lo que la gente sencilla ya sabía por dentro: que María no se quedó en una tumba. Que su cuerpo y su alma están vivos, en Dios.
Y aquí viene lo que de verdad nos toca: no lo entendemos mirando al cielo. Lo entendemos mirando a la tierra. Fijémonos — no hay tumba de María. No hay funeral de María. Sus santuarios no huelen a muerte, huelen a vida. Vamos allí y no sentimos que la perdimos. Sentimos que nos espera.
Con Jesús nos pasa lo mismo. Cada Eucaristía no es un velatorio. Es un encuentro. No comulgamos un cadáver del Calvario. Comulgamos un Cuerpo que vive, que actúa, que no cabe en ningún lugar, porque lo llena todo.
Y si Jesús lo llena todo… María, unida a Él en el Espíritu, en cuerpo y alma, también está presente. No allá arriba, lejos. ¡Aquí, entre nosotros! En quien la reza, en quien la necesita, en quien la siente madre.
Decía el filósofo Gabriel Marcel una frase que ilumina justo esto:
“Amar a un ser es decirle: tú no morirás.”
Eso es lo que Dios le dice a María. Eso es lo que Dios nos dice a cada uno de nosotros.
Así que si hoy alguien nos dice que la muerte es el final… digámosle que NO. Que nuestro Dios no es Dios de cadáveres, es Dios de vivos. Y que el amor — el amor de verdad — no se acaba. Nunca. ¡Feliz Asunción!
“TÚ NO MORIRÁS” Canción a la Virgen de la Asunción
[Verso 1] El mismo Espíritu la hizo Madre. Fue quien la llevó hasta el cielo entero.
No hubo muerte, hubo dormición. Un sueño breve, un paso ligero.
Sus santuarios no huelen a muerte. Huelen a vida, a luz, a sol.
[Coro] No hay tumba No hay final La muerte no tiene voz
María, Asunción Madre de luz La vida siempre es más
Tú no morirás Tú no morirás El amor que es cierto nunca se va
[Verso 2] Cada Eucaristía es encuentro. No es un velatorio ya.
No comulgamos un cuerpo muerto. Comulgamos lo que vive y da.
Un pan que llena cada instante. Que no cabe en ningún lugar.
[Puente] Amar a alguien es decirle: tú no morirás jamás.
Eso le dice Dios a Ella. Eso nos dice Dios ya.
No allá arriba, lejos, no. Aquí con nosotros, hoy.
[Chorus] No hay tumba No hay final La muerte no tiene voz
María, Asunción Madre de luz La vida siempre es más
Tú no morirás Tú no morirás El amor que es cierto nunca se va
Después de multiplicar los panes, Jesús hace algo que llama mucho la atención: ¡Manda a la gente a casa… y a los discípulos a la barca! ¡Y él se queda solo! Solo en la montaña. A orar.
Jesús, que acaba de vivir un momento extraordinario, no se queda a celebrarlo. No se deja llevar por el entusiasmo. Busca a su Padre. ¡Eso ya nos dice algo!
Pero sigamos. ¡Es de noche! Los discípulos están en medio del lago. El viento es contrario. Las olas golpean. Y en los últimos momentos de la noche, Jesús viene hacia ellos caminando sobre el agua. Y ellos se asustan. Creen que es un fantasma.
¿Cuántas veces he hecho yo lo mismo?
Estoy en medio de una tormenta, en medio de algo que no controlo, y cuando Jesús se acerca… no lo reconozco. Busco otra explicación. Me da miedo precisamente lo que ha venido a salvarme. Jesús dice:
“Tranquilos, soy yo, no tengáis miedo”
Y entonces Pedro. Pedro, que siempre va un paso más allá, dice:
“Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua.”
Y Jesús dice simplemente: ¡ven!
Pedro sale de la barca. Y camina. Camina sobre el agua. Eso es real, eso ocurre. Pero entonces mira el viento. Mira las olas. Aparta los ojos de Jesús. Y se hunde.
¡Señor, sálvame!
Y Jesús, inmediatamente, le agarra. Inmediatamente. Sin esperar. Sin dejarle hundir más. Y le dice algo que me parece que me lo dice también a mí:
Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
No es un reproche cruel. Es casi una pregunta triste. Como diciendo: tenías todo lo que necesitabas, estabas caminando, ¿qué pasó?
1. Un libro necesario: «El respeto», de Richard Sennett
Richard Sennett, en su obra El respeto (traducida al español por Marco Aurelio Galmarini), propone una reflexión incómoda y actual: en un mundo marcado por desigualdades, el respeto no es un lujo, sino una condición para que la dignidad humana sea posible. Lejos de ser una mera actitud pasiva, el respeto se presenta como un comportamiento expresivo que requiere esfuerzo, lenguaje y gestos capaces de hacer sentir al otro que su presencia importa.
En esta web que habla de Ecología del Espíritu, esta perspectiva es clave: si el Espíritu teje conexiones entre todo lo que existe, el respeto es el modo humano de cuidar esas conexiones. Romper el respeto es romper el patrón que conecta; restaurarlo es gracia ecológica.
2. Por qué importa en comunidades religiosas y familias
En las comunidades religiosas y en las familias, el respeto es el tejido que sostiene la convivencia. Sin él, la caridad se vuelve discurso vacío y la autoridad, dominio. Sennett ayuda a poner nombre a una paradoja que duele: con frecuencia se es fuerte con los débiles y débil con los fuertes. Se exige perfección a quien apenas puede caminar, mientras se toleran abusos, caprichos o manipulaciones de quienes tienen más poder, más voz o más influencia.
En clave de ecología espiritual: se contamina el ecosistema relacional cuando se trata al débil como carga y al fuerte como intocable.
3. Formas de falta de respeto en el liderazgo (y en quien lo desea)
La falta de respeto no es siempre un insulto explícito; a veces es más sutil y, por eso, más dañina:
En quienes ejercen el liderazgo
Tratar a las personas como medios, no como fines: usarlas para proyectos, no acogerlas como hermanos.
Humillar con «buenas intenciones»: corregir en público, exponer debilidades como ejemplo, ironizar sobre limitaciones.
Ignorar a los que no aportan «rendimiento»: los enfermos, los mayores, los que no encajan en el perfil de «líderes del futuro».
En quienes no alcanzan el liderazgo que desean
Despreciar a los responsables como «incompetentes» o «envidiados», negando su esfuerzo y su autoridad legítima.
Socavar la confianza de la comunidad con murmuraciones, descalificaciones y lealtades condicionadas.
Convertir la frustración personal en agresividad contra quienes ocupan el lugar al que se aspira.
En ambos casos, se rompe el respeto mutuo: o se trata al otro como inferior, o se le niega el reconocimiento de su función y su dignidad.
4. El Evangelio del respeto y del respeto mutuo
Frente a estas dinámicas, el Evangelio anuncia un respeto que no se compra, no se mide y no se negocia: el respeto que Jesús muestra al samaritano, a la mujer adúltera, al ladrón en la cruz, a los niños que «sobran» en los planes de los adultos. Es un respeto que dignifica al débil sin humillarlo y que llama al fuerte a la verdad sin destruirlo.
Sennett ofrece una formulación que encaja bien con este Evangelio del respeto:
«El respeto no ocurre de forma espontánea por la mera “buena voluntad”. Se describe como una habilidad que requiere palabras y gestos: transmitir respeto exige encontrar el lenguaje y la conducta que permitan al otro sentirlo con convicción.»
Y sobre el respeto mutuo en un mundo desigual, escribe:
«Respetar al otro significa aceptar en él aquello que no comprendemos, tratándolo como una persona distinta pero igual en su derecho a esa diferencia.»
5. Vivir el Evangelio del respeto
En comunidades y familias, vivir el Evangelio del respeto implica:
Proteger al débil sin convertirlo en objeto de lástima.
Exigir al fuerte sin convertirlo en ídolo.
Trabajar el respeto como se trabaja la oración: con atención, constancia y verdad.
En la lógica de la Ecología del Espíritu, el respeto es el suelo fértil donde el Espíritu puede seguir tejiendo conexiones: entre personas, entre generaciones, entre lo visible y lo invisible. Sin respeto, el ecosistema se erosiona; con respeto, el cosmos humano respira.
Jesús acaba de enterarse de que han matado a Juan el Bautista: a su primo, a su precursor, al que le preparó el camino.
Y lo primero que hace es buscar un lugar apartado para estar solo. Necesita silencio. Necesita llorar, quizás. Necesita a su Padre..
Pero la gente lo sigue. Multitudes. A pie, rodeando el lago. No le dejan espacioY Jesús podría haberse enfadado. Podría haber pedido un momento, por favor, que acabo de recibir una noticia terrible. Pero Mateo dice algo que ya hemos escuchado antes y que no deja de impresionarme:
Al ver tanta gente, le dio compasión.
Con su dolor dentro, ve el dolor de los demás. Y se entrega. Cura a los enfermos. Pasa el día con ellos. Y cuando cae la tarde y los discípulos, muy prácticos ellos, le dicen: mándales que se vayan a comprar comida a los pueblos… Jesús dice: no hace falta que se vayan. Dadles vosotros de comer.
Y aquí está el momento que me parece clave. Los discípulos miran lo que tienen. Cinco panes y dos peces. Y la conclusión es obvia: esto no llega para tanta gente.
Jesús no discute la cuenta. Simplemente dice: traédmelo.Traédme lo poco que tenéis.
Bendice. Parte. Y da. Y alcanza para todos. Sobra.
No sé exactamente cómo ocurrió aquello. No necesito saberlo. Lo que sí sé es lo que me dice a mí.
Cuántas veces me he paralizado porque lo que tengo me parece demasiado poco. Poco tiempo, poca energía, poco talento, poca fe incluso.
Y la tentación es esperar a tener más para entonces dar. Pero Jesús no pide abundancia. Pide que le traiga lo que tengo. Cinco panes y dos peces. Lo justo para una persona. Lo ridículo para cinco mil. Y sin embargo es suficiente cuando pasa por sus manos.
Hay algo más en esta escena que no quiero perder. Jesús da los panes a los discípulos. Y los discípulos los dan a la gente. No lo hace solo. Los necesita a ellos. Los necesita a nosotros.
Hoy, si estamos mirando lo que tenemos y pensando que no es suficiente…Quizás la pregunta no es ¿tengo bastante? Sino ¿se lo he dado a él?