Jesús acaba de enterarse de que han matado a Juan el Bautista: a su primo, a su precursor, al que le preparó el camino.
Y lo primero que hace es buscar un lugar apartado para estar solo. Necesita silencio. Necesita llorar, quizás. Necesita a su Padre..
Pero la gente lo sigue. Multitudes. A pie, rodeando el lago. No le dejan espacioY Jesús podría haberse enfadado. Podría haber pedido un momento, por favor, que acabo de recibir una noticia terrible. Pero Mateo dice algo que ya hemos escuchado antes y que no deja de impresionarme:
Al ver tanta gente, le dio compasión.
Con su dolor dentro, ve el dolor de los demás. Y se entrega. Cura a los enfermos. Pasa el día con ellos. Y cuando cae la tarde y los discípulos, muy prácticos ellos, le dicen: mándales que se vayan a comprar comida a los pueblos… Jesús dice: no hace falta que se vayan. Dadles vosotros de comer.
Y aquí está el momento que me parece clave. Los discípulos miran lo que tienen. Cinco panes y dos peces. Y la conclusión es obvia: esto no llega para tanta gente.
Jesús no discute la cuenta. Simplemente dice: traédmelo.Traédme lo poco que tenéis.
Bendice. Parte. Y da. Y alcanza para todos. Sobra.
No sé exactamente cómo ocurrió aquello. No necesito saberlo. Lo que sí sé es lo que me dice a mí.
Cuántas veces me he paralizado porque lo que tengo me parece demasiado poco. Poco tiempo, poca energía, poco talento, poca fe incluso.
Y la tentación es esperar a tener más para entonces dar. Pero Jesús no pide abundancia. Pide que le traiga lo que tengo. Cinco panes y dos peces. Lo justo para una persona. Lo ridículo para cinco mil. Y sin embargo es suficiente cuando pasa por sus manos.
Hay algo más en esta escena que no quiero perder. Jesús da los panes a los discípulos. Y los discípulos los dan a la gente. No lo hace solo. Los necesita a ellos. Los necesita a nosotros.
Hoy, si estamos mirando lo que tenemos y pensando que no es suficiente…Quizás la pregunta no es ¿tengo bastante? Sino ¿se lo he dado a él?
En un momento u otro, todos quizá nos preguntamos: ¿qué hacer con este cuerpo que tengo? ¿Qué hacer con mi hambre que no se sacia del todo, con mis deseos difíciles de nombrar, con ese fuego interior que a veces me impulsa y otras me inquieta? Para responder a estas preguntas me inspiro en un filósofo y teólogo francés, Emmanuel Falque.
Y resulta que estas preguntas tienen mucho que ver con la Eucaristía. Es justamente ahí, en esa hambre, donde Dios ha decidido salir a nuestro encuentro.
I. Dios no vino a salvar del cuerpo, vino a salvar en el cuerpo
Antes de ser espíritu que ora, somos carne que respira, que tiene hambre, que se cansa, que desea, que arde. Nada de eso es un defecto de origen. Es, sencillamente, nuestra condición humana.
El Verbo de Dios, al hacerse carne, no tomó prestada solo la capacidad de pensar. Tomó también la piel, el pulso, el instinto, el hambre. Todo lo que nos hierve por dentro y que muchas veces nos cuesta nombrar, Jesús lo asumió primero, para poder salvarlo después. Porque lo que no se abraza, no se sana.
Por eso, cuando el sacerdote eleva la Hostia y dice “Esto es mi Cuerpo”, no se entrega una idea. Se entrega un cuerpo a otro cuerpo. Biología a biología. Su carne resucitada se ofrece a la propia carne humana —a las emociones, a los impulsos, a eso que se lleva dentro sin terminar de comprenderlo del todo— para que empiece a latir de otra manera.
La Eucaristía no busca convertir a nadie en un ángel. No pide que dejemos de ser criaturas de carne y hueso. Viene, más bien, a decirnos con sencillez: también la carne puede ser lugar santo.
II. El caos interior no se destruye: se transfigura
Dentro de cada uno de nosotros hay una tempestad pequeña o grande. Deseos que se cruzan, impulsos que no siempre se controlan, un fondo que a veces cuesta reconocer. La Escritura lo llama, desde el principio, Tohu-Bohu: el caos anterior a la luz.
Y aquí aparece una buena noticia, sencilla y a la vez profunda: Jesús-Eucaristía no viene a apagar esa tempestad. Viene a caminar sobre ella.
Al comer su Cuerpo, esas olas interiores no desaparecen de golpe, como por arte de magia. Se transforman poco a poco, como el agua se hace vino, como el grano molido se hace pan. El deseo humano —que en el puro instinto animal es solo necesidad, solo búsqueda de saciarse— en la Eucaristía empieza a convertirse en otra cosa: en deseo de desear al otro, en hambre de comunión, en un amor que ya no se cierra sobre sí mismo, sino que se abre.
Ahí el eros, esa fuerza de deseo tan propia de lo humano, es tomado de la mano por el ágape, la caridad de Dios. No para apagarlo, sino para llevarlo a su verdadera estatura.
III. Lo animal no es lo bestial
Hay una diferencia importante, que conviene tener clara para no vivir con una culpa que no corresponde:
Ser criatura de carne no es pecado. Tener hambre, tener deseo, sentir el cuerpo, ser mortal, ser pasión encarnada: eso es simplemente la condición de toda criatura. Y Dios, al crearla, la llamó “buena”.
Lo bestial sí lo es. No consiste en tener pasiones, sino en dejar que esas pasiones se encierren sobre sí mismas, se perviertan, se conviertan en jaula en vez de camino.
El Apocalipsis pone esta lucha frente a frente: la Bestia contra el Cordero. Y llama la atención el modo: Dios no vence a la Bestia con una fiera más fuerte. La vence con un Cordero. Con la mansedumbre de una carne entregada. Con la fragilidad de un pan partido.
Cada Eucaristía plantea, en el fondo, una elección: el encierro de la bestia sobre sí misma, o la entrega del Cordero, que permite que la propia animalidad no se pierda, sino que se convierta en ofrenda.
IV. Adorar: aprender a ver, gustar y tocar con otros sentidos
Ante el Santísimo, el cuerpo no queda fuera de la capilla. Entra entero: el cansancio, la inquietud, el deseo, las ganas de huir, la necesidad de ser querido. Toda esa “espesura” humana se pone delante de un pedazo de pan que es Dios.
Y ahí, poco a poco, algo se va entrenando. San Buenaventura hablaba de los sentidos espirituales: aprender a ver con otros ojos, a gustar con otro paladar, a tocar con otras manos aquello que los sentidos comunes tocan cada día. La adoración es, en el fondo, ese largo aprendizaje: descubrir que incluso las sensaciones más orgánicas pueden convertirse en umbral de encuentro con Dios.
Así deja de vivirse “fuera de sí”, arrastrado sin rumbo por cada impulso. Comienza una morada, una Alianza estable, como el sarmiento injertado en la vid. La biología entera —el cansancio, el deseo, la finitud— empieza a nutrirse de otra savia.
Para quedarnos con algo
No hace falta que lleguemos a la Misa dejando el cuerpo en la puerta. No hace falta fingir, en la Adoración, que ya no se siente, que ya no se desea, que ya no hay tempestad por dentro.
Basta con llegar tal como somos: ¡carne, pulso, hambre, deseo, caos!
Porque el Cordero de Dios no vino a salvar ángeles. Vino a salvar cuerpos. Y en ese pequeño trozo de pan, Dios ha decidido, para siempre, hacer de la propia animalidad su casa.
Jesús cuenta hoy las parábolas más cortas de todo el evangelio. Pero no las menos profundas.
Un hombre encuentra un tesoro escondido en un campo. Lo vuelve a esconder. Y va corriendo, lleno de alegría, a vender todo lo que tiene para comprar ese campo.
Otro hombre es comerciante de perlas. Un día encuentra una perla de un valor extraordinario. Y hace lo mismo: vende todo y la compra.
Dos historias. Un solo mensaje.
Cuando encuentras lo que de verdad vale, todo lo demás se recoloca solo. No porque lo demás sea malo. Sino porque has encontrado algo tan grande que las demás cosas recobran su tamaño real. Y lo que me llama la atención es esto: los dos van corriendo. Los dos están llenos de alegría. No hay drama, no hay lamento por lo que dejan. Hay gozo.
Seguir a Jesús no es una renuncia triste. Es un intercambio que solo puede hacer quien ha vislumbrado de verdad lo que hay al otro lado.
Pero me pregunto, y me lo pregunto a mí también: ¿He encontrado yo ese tesoro?
Porque a veces vivo el evangelio más como una obligación que como un descubrimiento. Más como algo que debo cumplir que como algo que me tiene loco de alegría.
¿Cuándo fue la última vez que sentí que mi fe era un tesoro y no un peso?
Quizás el problema no es que el tesoro no esté. Quizás es que llevo demasiado tiempo sin parar a buscarlo. Sin silencio. Sin dejar que Jesús me sorprenda.
El comerciante de perlas no se quedó en casa esperando. Andaba buscando. Estaba atento.
Y entonces, la tercera imagen. La red que recoge de todo.
Y Jesús dice: al final se separará lo bueno de lo malo. Pero ahora, en la red, cabe todo.
La Iglesia no es club de perfectos. Es red. Amplia, imperfecta, que recoge vidas de todo tipo, incluida la mía con todo lo que tiene de contradictorio.
Y al final, esa imagen preciosa del escriba que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas. La fe no es solo herencia. Es también descubrimiento continuo.
Hoy me hago una sola pregunta:
¿Qué tendría que soltar yo para quedarme con lo que de verdad vale?
No hace falta responderla ahora. Pero vale la pena no esquivarla.
Jesús cuenta hoy tres historias seguidas. Y las tres dicen, en el fondo, lo mismo. ¡No te desesperes! Un campo con cizaña mezclada entre el trigo. Un grano de mostaza diminuto. Un poco de levadura escondida en la masa.
Tres imágenes de algo que no parece gran cosa. Que parece incluso un problema. Y que sin embargo está yendo exactamente a donde tiene que ir.
Empiezo por la que más me interpela: ¡el campo con cizaña!
Los criados llegan corriendo, escandalizados: ¡Señor, hay mala hierba entre el trigo, qué hacemos, la arrancamos ya! Y el dueño dice: no. Esperad.
No porque le dé igual la cizaña. Sino porque arrancarla ahora haría demasiado daño. Porque el trigo y la cizaña crecen entrelazados, y a veces no se distinguen hasta que maduran.
Esto me dice algo importante sobre cómo actúa Dios. Dios no tiene prisa en condenar. Dios tiene paciencia. Una paciencia que a veces nos desespera porque queremos que todo se resuelva ya, que los malos paguen pronto y los buenos sean reconocidos enseguida.
Y luego el grano de mostaza.
Pero también me dice algo sobre mí mismo.Porque ese campo de trigo y cizaña no es solo el mundo ahí fuera. Soy yo también. Hay en mí cosas buenas y cosas que todavía no lo son tanto. Zonas de luz y zonas que siguen esperando ser redimidas. Y Dios no me arranca. Espera. Trabaja despacio.
La semilla más pequeña que conocían. Y sin embargo, crece hasta dar sombra a los pájaros.Cuántas veces he pensado que lo que hago es demasiado pequeño para importar. Un gesto de bondad que nadie ve. Una oración torpe. Un perdón que me cuesta pero lo doy.
Jesús dice: no subestimes lo pequeño.
El reino de Dios no llega con estruendo. Se mete como levadura, en silencio, desde dentro, y transforma todo sin que nadie lo vea venir.
Hoy me quedo con esto: Dios está actuando. Aunque no lo veas. Aunque parezca que la cizaña lleva ventaja. Aunque tu grano de mostaza parezca ridículo. No te desesperes. Deja que crezca.
Confieso que cuando vi el título del último libro de Fabrice Hadjadj —Tom Cruise et sa Mission impossible—, mi primera reacción fue sonreír con cierta ironía. ¿Un filósofo cristiano escribiendo sobre el actor de las películas de acción? Pero el filósofo francés -a quien admiro- va más allá de la anécdota. Y al internarme en sus páginas, algo hizo clic: ¡Mision: imposible! He sido profesor de Teología de la Misión durante muchos años. He escrito sobre la “Missio Spiritus”. Y ahora pregunto: ¿y si la saga de Ethan Hunt no es solo entretenimiento de verano? ¿Y si es una parábola casi perfecta de lo que significa ser cristiano —y especialmente religioso— en nuestro tiempo? Y sobre todo, ¿y si el título, Mission: Impossible, no es un adjetivo que califica una tarea difícil, sino un sintagma que indica un origen: la Misión que nace de lo Imposible mismo, de Aquel que es siempre más, siempre otro, siempre inabarcable?
Esta reflexión nace de esa chispa. Y va dirigida a ti, religioso, religiosa, consagrado, o a tí laico o laica de mi parroquia: tú que has entregado tu vida a Jesús, pero quizá has terminado, sin apenas darte cuenta, confundiendo la misión con un proyecto, el Espíritu con un plan de pastoral, y la santidad con eficiencia. Quizá has olvidado que el Espíritu te ha metido en una misión que te supera radicalmente. Y eso, paradójicamente, es la mejor noticia que podías recibir.,
1. El gran malentendido: la misión no es un proyecto
Llevamos años, décadas, haciendo planes. Programas. Memorias anuales. Horarios de oración y trabajo. Objetivos SMART (Specific, Medibles, Alcanzables, Relevantes, y a Tiempo definido). Evaluaciones de eficiencia pastoral. Es necesario, pero ¿es Misión? No es más que el marco, el decorado, la infraestructura donde tal vez la misión acontezca.
La misión no es un proyecto que tú planificas. Es un secuestro. Es un “ven y sígueme” que te arranca de tu puerto seguro y te lanza a aguas donde no tocas fondo. Es una llamada que no consulta tus disponibilidades ni se ajusta a tu agenda. Es una voz que te interpela cuando menos lo esperas y te pide dar un paso al vacío. Como a Pedro en la barca: “Echa las redes” (Lc 5,4). Y Pedro, que era un profesional, sabía que no había peces. Pero echó las redes. Y se rompieron.
La señal más clara de que estás en la misión verdadera es, precisamente, tu incapacidad. ¿Te sientes pequeño? ¿Inadecuado? ¿Que no das la talla? ¿Que otros, con menos años de formación, con menos preparación teológica, con menos experiencia pastoral, lo harían mejor que tú? Felicidades. Estás exactamente donde Dios te quiere. Porque la gloria del santo no consiste en su grandeza, sino en su descensión. En aceptar ser un “no-ser” donde el Ser de Dios pueda actuar. “De muy buena gana me gloriaré sobre todo en mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo” (2 Cor 12,9). ¿Te glorías en tu debilidad? ¿O la ocultas con eficiencia pastoral y sonrisas de postureo espiritual?
2. De la paranoia a la metanoia: deja de controlar
Los religiosos somos, a menudo, unos paranoicos de la santidad. Queremos controlarlo todo: nuestros tiempos de oración, nuestros progresos en la virtud, nuestras caídas (que también queremos controlar, para que no sean demasiado caídas), nuestros ministerios, nuestros resultados pastorales, nuestro estado de ánimo. Y nos angustiamos. Y nos frustramos. Y nos comparamos. Y nos desanimamos.
El Espíritu no trabaja así. El Espíritu es viento que sopla donde quiere. No sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu (Jn 3,8). La vida espiritual no es análisis psicológico. No es autoconocimiento. No es introspección. Es decisión y lucha en medio de las sombras, confiando en una voz que no controlas.
Tu vida consagrada es, en ese sentido, una vida de espía: no de espía que controla, sino de espía que escucha. Como Ethan Hunt con su auricular. El agente no ve el panorama completo. No tiene el plan maestro. Solo escucha una voz que viene de fuera y que le dice: “ve a la derecha”, “espera”, “ahora”. Y confía. Y obedece. Y salta al vacío. Y no se cae. O se cae, pero se levanta.
Tú tienes ese auricular. Es la oración. Es la escucha atenta. Es ese silencio en el que Dios te susurra: “No serás tú quien hable, será el Espíritu de tu Padre el que hable en ti” (Mt 10,20). Pero no usas el auricular. O lo usas para oírte a ti mismo. Para confirmar tus propios planes. Para pedirle a Dios que bendiga lo que ya has decidido. Para que te dé fuerzas para hacer lo que tú quieres hacer.
3. Salir del programa: la audacia de lo imprevisible
Hay religiosos que viven en un programa. Madrugar. Rezar. Comer. Trabajar. Rezar. Comer. Descansar. Rezar. Dormir. Y todo eso es hermoso. Y es necesario. Y da estructura. La vida sin estructura es caos. Pero la estructura no es la vida. La estructura es el cauce, no el agua. Y el agua del Espíritu no se deja embalsar.
La misión te saca del programa. Te lleva a lo imprevisible. A lo que no habías calculado. A lo que no estaba en el plan de pastoral. A lo que no habías previsto en tu retiro anual. A lo que tus superiores quizá no entiendan. A lo que tus hermanos de comunidad juzguen como excentricidad.
Decía el P. Tillard que hay que “soñar lo imposible para llegar a lo imprevisible”. ¿Qué es lo imposible que el Espíritu me pide hoy? Quizá: perdonar a quien no merece perdón. Quedarte donde todo te pide que huyas. Marcharte donde todo te pide que te quedes. Callar cuando tienes la palabra justa. Hablar cuando el silencio sería más cómodo. Amar sin ser correspondido. Esperar cuando todo parece perdido. Celebrar cuando todo duele.
Eso es lo imprevisible. Lo que el mundo llama locura. Lo que la prudencia humana llama imprudencia. Pero es el Espíritu. Y el Espíritu no es previsible. El Espíritu es libertad. Y la libertad da miedo. Por eso preferimos el programa. El programa es seguro. El programa nos hace dueños. El programa nos permite saber qué viene después. El programa, en el fondo, nos permite no necesitar a Dios.
4. “Todo está escrito, nada está jugado”
He aquí el misterio de nuestra libertad. Dios ha escrito el final. Dios ha ganado. La victoria es suya. El Reino está establecido. Cristo reina. La muerte ha sido vencida. Pero nada está jugado. Tú tienes que jugarlo. Tú tienes que encarnarlo. Tú tienes que improvisar. Tú tienes que ser libre en medio de la historia. Como el actor que recibe un guion pero debe interpretarlo con su carne, con su sangre, con sus lágrimas, con sus gozos, con sus torpezas. El guion es el mismo para todos, pero la interpretación es irrepetible. Y de ti depende que sea una interpretación memorable o un simple trámite.
Jesús te promete: “Estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Ese es el protocolo de seguridad definitivo. No estás solo. No estás abandonado. No estás a merced de tu debilidad. No estás a merced de tus fuerzas. Estás en manos del Padre. Y el Padre no te suelta. Aunque lo parezca. Aunque lo sientas. Aunque todo grite lo contrario.
5. El mensaje que se autodestruye
Hadjadj recuerda el mensaje que se autodestruye en las películas de espías. El mensaje no debe quedarse en un documento externo. Debe consumirse. Debe desaparecer.
Debe encarnarse. La Palabra de Dios es así. No es un libro que consultas. No es un texto que estudias. No es una doctrina que repites. Es una Palabra que debe quemarse en tu corazón. Consumirse en tu carne. Hacerse vida en tu vida.
¿Cuánta Palabra de Dios has escuchado en tu vida? ¿Cuántas lecturas en la liturgia? ¿Cuántos salmos? ¿Cuántos evangelios? ¿Cuántas homilías? ¿Cuántos libros de espiritualidad? ¿Cuántos documentos del magisterio? Y, sin embargo, ¿cuánta de esa Palabra se ha quedado en documento externo? ¿Cuánta no se ha consumido en tu carne? ¿Cuánta no se ha hecho vida en tu vida? La misión imposible consiste precisamente en eso: en que lo Imposible se encarne en tu posible. En que lo divino se haga humano en tu humanidad. En que el Amor se haga amor en tu pequeño amor.
6. No eres un héroe, eres un testigo
Hay una tentación terrible en la vida consagrada: el heroísmo. Querer ser grandes. Querer ser santos (pero santos de los que salen en los libros). Querer ser ejemplo. Querer ser referencia. Querer ser “el religioso” o “la religiosa” que todos admiran. Y en el fondo, querer ser protagonistas. Querer que nuestra vida importe, que nuestros nombres queden grabados, que nuestra obra trascienda.
La misión imposible te quita el protagonismo. No eres el héroe. Eres el testigo. Eres el que señala a Otro. Eres el que dice: “Él debe crecer y yo menguar” (Jn 3,30). Tu gloria no es tu santidad. Tu gloria es la santidad de Dios que se manifiesta en tu debilidad. Tu gloria es que otros, al verte, no digan “qué gran religioso”, sino “qué grande es Dios”. Tu gloria es ser transparente. Tan transparente que apenas se te vea. Que solo se vea a Aquel que te ha llamado.
7. “Mañana quizás… pero hoy no”
Quizá las vocaciones sean escasas. Quizá el futuro sea incierto. Quizá nuestras congregaciones estén envejecidas. Quizá nuestras obras estén en declive. Quizá todo esto sea verdad.
Pero hoy no. Hoy el Espíritu sigue soplando. Hoy la misión sigue siendo imposible. Hoy Dios sigue llamando y enviando. No sabemos si mañana., o el próximo año. No sabemos si nuestra congregación sobrevivirá. Pero hoy sí. Hoy estamos aquí… en este lugar. Alguien hoy necesita nuestro testimonio.
Como dice Hadjadj al final de su obra, ante el desánimo del mundo que sentencia “tipos de tu especie desaparecerán”, la respuesta del bautizado —y del consagrado— es: “Mañana quizás… pero hoy no”. Porque hoy el Espíritu sigue hablando a través de nuestra debilidad. Hoy la misión imposible sigue siendo posible. No por nosotros, sino por Él.
Inspirado en el libro de Fabrice Hadjadj, Tom Cruise et sa Mission impossible (2026).
Jesús se sienta a la orilla del lago. … Y empieza a contar.
Un sembrador sale a sembrar. Y la semilla cae en sitios muy distintos. En el camino. Entre piedras. Entre espinos. Y en tierra buena.
Simple. Casi demasiado simple. Pero cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que esta parábola no va de los demás. Va de mí. De cómo estoy yo recibiendo lo que Jesús me dice. Y eso me obliga a hacerme una pregunta incómoda:
¿Qué tipo de tierra soy hoy? Porque noto que no siempre soy el mismo.Hay días que soy camino. Escucho, asiento, y en cinco minutos ya no queda nada. La palabra entró pero no aterrizó. Demasiado duro por dentro, demasiada prisa por fuera.
Hay días que soy terreno pedregoso. Me entusiasmo rápido. Qué bonito, qué verdad, qué bien me ha venido esto… Y a la primera dificultad, al primer momento en que seguir a Jesús me cuesta algo de verdad, me echo atrás.
Hay días que soy espinos. La palabra está ahí, pero hay tanto ruido alrededor, tantas preocupaciones, tantas pantallas, tanto querer tenerlo todo controlado… que la semilla se ahoga sin que yo apenas me dé cuenta.
Y hay días, también, en que algo funciona. En que una frase, una imagen, un silencio… cae de verdad. Y algo crece. Despacio, sin que lo vea nadie, pero crece.
Lo que me consuela de esta parábola es que el sembrador no deja de sembrar. No calcula antes qué tierra merece la semilla. La lanza generosamente, sobre todo, sobre todos.
Jesús sigue hablando. Sigue ofreciendo. Sigue esperando. No se cansa de ti aunque hayas sido camino muchas veces. Aunque te hayas entusiasmado y luego enfriado. Aunque el ruido te haya ganado la partida más de una vez.
La pregunta que me llevo hoy no es ¿soy buena tierra? Es más sencilla y más exigente: ¿Qué necesito quitar hoy para dejar que algo crezca?
¡SIGUE SEMBRANDO! (Canción)
Hay días que soy camino, y tu palabra se pierde. Hay días que soy de piedra, me apago si algo duele. Hay días que soy espino, de ruido y de prisa lleno. Y hay días, despacio, en calma, en que algo crece dentro. Y Tú sigues sembrando, sin mirar quién soy. Sigues sembrando, hoy y siempre, hoy.
Hay días que soy camino, (—camino—) y tu palabra se pierde. (—se pierde—) Hay días que soy de piedra, (—de piedra—) me apago si algo duele. (—si duele—) Y Tú sigues sembrando, sin mirar quién soy. Sigues sembrando, hoy y siempre, hoy. Solo dime qué quitar, para dejarte crecer ¡Sigue sembrando en mí, sigue sembrando!
Hay un momento en este evangelio que impresiona. Jesús… ora. No enseña, no cura, no predica. Se detiene y le habla a su Padre. Y lo que dice suena a algo muy íntimo, muy de dentro:
“Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y se las has revelado a los pequeños.”Jesús se muestra alegre y casi emocionado. Porque los pequeños lo están entendiendo. Pero… ¿quiénes son los pequeños?
No los más listos. No los más preparados. Los que saben que no lo saben todo. Los que no tienen miedo de necesitar. Los que llegan con las manos vacías y las abren.
Y yo me pregunto: ¿seré capaz de ser así de pequeño? A veces me cuesta pedir ayuda y reconocer que estoy cansado. ¡Cuánto nos cuesta admitir que solos no podemos!
Y sin embargo… Jesús nos dice algo que puede llegarnos muy adentro:
“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.”
Todos. No los que tienen todo resuelto. No los que ya no necesitan nada: ¡los cansados. Los agobiados. ¡Muchos!
Hay un cansancio que todos conocemos. El de cargar con demasiado. El de aparentar que todo va bien. El de no parar nunca. El de sentir que nunca es suficiente.
Y Jesús no dice esfuérzate más. Dice ven.
Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.
El Hijo de Dios diciéndose a sí mismo: “Soy manso. Soy humilde. No vengo a aplastaros. Vengo a caminar con vosotros”.
Hay algo tremendamente tierno en esto.
El yugo que propone Jesús no es una carga más. Es compartir el peso con alguien que ya lo conoce desde dentro. Que sabe lo que pesa. Que no te juzga por estar agotado.
Hoy, si podemos llevarnos solo una cosa de este evangelio, es esta: “No tenemos que llegar a Jesús cuando estemos bien. Podemos ir ahora. Tal como estemos. Cansados, con las manos vacías. Porque es precisamente así cómo Él nos espera.
Seamos honestos. Este evangelio de hoy nos incomoda a todos y a mí el primero. Jesús nos dice:
El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
Y yo me pregunto: ¿estoy a la altura? ¿De verdad Jesús ocupa el primer lugar en mi vida, o me cuento esa historia pero luego mis decisiones cuentan otra cosa? Creo que esta pregunta nos toca a todos.
No creo que Jesús nos esté pidiendo que queramos menos a nuestra familia. Está pidiendo algo más difícil todavía: que no dejemos que ningún amor, por hermoso que sea, se convierta en una excusa para no seguirle.
A veces me escondo detrás de mis responsabilidades, de mis relaciones, de mis miedos… y le digo a Jesús: ahora no puedo, tengo demasiado. Pero Jesús no dice que tendrás que renunciar a todo. Dice carga con tu cruz. La tuya. La que ya tienes. La que ya pesa. Seguirle no es huir de la vida. Es atravesarla con él.
Y entonces viene esa frase que parece una paradoja pero es pura verdad:
El que encuentre su vida, la perderá. El que la pierda por mí, la encontrará.
Yo entiendo esto así: cuando me agarro demasiado a mis planes, a mi imagen, a mi seguridad… paradójicamente me pierdo. Y cuando me suelto, cuando confío, cuando doy sin calcular tanto… algo se abre por dentro.
No lo digo como teoría. Lo he notado. Cuando he dado sin esperar, cuando he acompañado sin mirar el reloj, cuando me he dejado interpelar por alguien que necesitaba un poco de agua fresca…
Ahí he encontrado algo que no se compra. Y eso es lo que dice Jesús al final. Dar un vaso de agua. Lo más pequeño. Lo más cotidiano.Eso también cuenta. Eso también tiene recompensa.