LA LUZ MISIONERA, Tercer Domingo del tiempo ordinario, ciclo A

Eulàlia Bosch

Eulàlia Bosch

“¡Galilea de los gentiles!”

Así la llamaban con desprecio. Judea era la tierra santa, Jerusalén la ciudad de luz. Galilea era la zona oscura. Pero el profeta Isaías anuncia: ¡Les brilla una luz grande! Dios escoge precisamente la oscuridad para que la luz brille con más fuerza.

Los místicos nos hablan de la “Noche Oscura”. Hemos de pasar por zonas tenebrosas. Pero entonces escuchamos: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”. La luz brilla en las tinieblas. No hay que temer. Es cuando todo está oscuro que la luz puede aparecer en todo su esplendor.

¿Y dónde comienza Jesús su ministerio?

Exactamente ahí: ¡en la tierra de tinieblas! Jesús no es lámpara inmóvil de santuario. Es Luz misionera. Luz itinerante. Por donde pasa, todo se ilumina. Predica la alborada del Reino. Y su luz prende en otros.

Incendia los corazones de Andrés y Pedro, de Santiago y Juan. Por eso dejan padre, redes, familia… y lo siguen. Porque Jesús da sentido a la vida.

Hoy padecemos una enorme falta de sentido.

¿De qué nos sirven certificados de muerte? Jesús y sus discípulos no certificaban la muerte. Iluminaban. Daban vida.

Pablo lo sabía bien. “¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros?” Qué buena advertencia cuando queremos ocupar puestos de brillo. En la Iglesia no hay estrellas. Estamos llamados a ser una constelación. Quien cultiva su imagen no ama a Jesús. Quien ama a Jesús se oculta como humilde siervo.

Porque sólo Jesús es la Luz del mundo. No hay servicio mejor que ser misionero. Llevar por todas partes la luz que es Jesús. Su ansia: que todo arda, que todo esté iluminado. La misión es como construir un gran cableado hasta los últimos rincones de la tierra. Para que nadie quede a oscuras. Porque la luz no es nuestra. Es Luz del Mundo. Y el mundo la necesita. ¡Nosotros también!

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Construyendo puentes…. ¡Milagro de amor!

CONSTRUYAMOS PUENTES… PALABRA DE AMOR

Construyamos puentes donde hay división,
No hay enemigos donde reina el amor
“PERFECTAE CARITATIS”, nuestro ideal
amar sin fronteras, nuestra identidad.

LA SAMARITANA

  1. Al pozo llegué con mi carga y herida,
    Jesús me miró y rompió toda ley.
    Mi sed calmó con su agua de vida …
    tras el encuentro… todo cambió

    Construyamos puentes donde hay división,
    No hay enemigos donde reina el amor
    “PERFECTAE CARITATIS”, nuestro ideal
    amar sin fronteras, nuestra identidad.

LA MUJER SIRO-FENICIA

2. Grité tras Él por mi hija enferma,
¡extranjera crucé el umbral del no!
como un perrito que pide pan,
le seguí, me miró y me lo concedió. [

Construyamos puentes donde hay división,
No hay enemigos donde reina el amor
“PERFECTAE CARITATIS”, nuestro ideal
amar sin fronteras, nuestra identidad.

ZAQUEO

3. Del árbol bajé, pues me llamó por mi nombre,
en mi casa Jesús Nazareno quiso entrar.
Su presencia sanó mi penuria y mi hambre
Es la buena noticia que puedo anunciar.

Construyamos puentes donde hay división,
No hay enemigos donde reina el amor
“PERFECTAE CARITATIS”, nuestro ideal
amar sin fronteras, nuestra identidad.

MARÍA MAGDALENA

4. Llorando busqué la tumba vacía,
desconcertada… mi nombre escuché
¡Era Él, el Señor de mi vida!
En apóstola suya me transformé
apóstol fuerte del amor que es rey.

Construyendo puentes… ¡milagros de amor! [End: soft choir fade “Construir puentes eternos”]

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    INTRODUCCIÓN AL TIEMPO ORDINARIO

    Como un río que emerge y después se oculta nos sorprende, tras el tiempo de Navidad y antes de Cuaresma y tras el de Pascua, el tiempo ordinario. Es nuestro tiempo, el de la cotidianidad, el de la vida ordinaria. También en este tiempo, sin notables acontecimientos, el Espíritu guía al Pueblo de Dios.

    El recorrido que vamos a hacer es fascinante. Hay en él un programa progresivo de iluminación en aspectos muy importantes de nuestra vida cristiana. El mensaje motivará nuestra oración intensa y también nuestro compromiso práctico. He aquí los temas que irán desgranándose domingo a domingo: 1) la Misión y vocación cristiana; 2) el sermón de las bienaventuranzas como programa de vida; 3) aspectos de nuestra llamada a la misión: consistencia, misericordia, audacia; 4) la oscuridad de la fe; 5) el reinado de Dios y la nueva Alianza; 6) el pecado y el perdón; 7) la hora del Esposo; 8) Política, Amor, Autoridad, Sabiduría, Liderazgo.

    Muchos aspectos de la vida personal y comunitaria son tocados por la Palabra que hoy ilumina nuestro camino. Y llegarán las sorpresas de la historia y la providencial proclamación de la Palabra que nos dará claves de sentido.

    Cuando nos convertimos en señal. Cuando apuntamos a Jesús y decimos: “¡Éste es!”

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    EL TESTIGO QUE MUESTRA A JESÚS – Domingo 2 del tiempo ordinario

    Hay alguien detrás de cada Grande. Detrás de cada escritor que conoces, hubo un editor que apostó. Detrás de cada campeón, un entrenador que creyó. Detrás de cada estrella, alguien que dijo: “Este va a brillar”.

    ¡Detrás de Jesús estuvo Juan!

    Juan Bautista era impresionante. Profeta solitario, contracorriente, convocando multitudes al desierto para refundar el pueblo desde cero. Bautismo radical. Cambio total. Un líder indiscutible.

    Pero cuando vio a Jesús, todo cambió.

    “Yo tengo que disminuir para que Él crezca”.

    Juan se convirtió en pura señal. En dedo que apunta. En voz que grita: “¡ÉL!”.

     “Yo no lo conocía” —repite Juan dos veces. Pero Dios le dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu, ése es”. Y Juan estuvo atento. Vigilante. Esperando. Y cuando lo vio venir, supo.

    “¡Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!”

    ¡Corderito joven! (¡ese es el significado de “àmnós”, en griego). No águila imperial. No león rugiente. ¡Corderito! Pequeño, vulnerable, expuesto a los lobos. Y  “que carga con el pecado del mundo”: “airón” es el término que indica que “carga sobre sí y se lleva…” ¡Ese es Jesús, Corderito sobre el que desciende el Espíritu Santo!

    La paradoja nos rompe el corazón: el que trae el Espíritu es el mismo que carga el pecado del mundo. El inocente que se lleva la culpa. El limpio que carga lo sucio. Para librarnos.

    Juan nos enseña tres cosas que nos conmueven

    UNA. El evangelizador no se anuncia a sí mismo. Siempre apunta a Jesús. Tú y yo también.

    DOS. No transmitimos ideas. Transmitimos experiencia. Solo evangelizamos cuando HEMOS VISTO a Jesús.

    TRES. Conocer a Jesús nos habilita para ser testigos. No antes.

    ¿Qué vio Juan en Jesús para transformarse en “señal” -dedo- que indica a Jesús? Vio ternura: el “corderito” (àmnós”) que no viene con aires de grandeza. Vio entrega sin límites: alguien dispuesto a cargar con el mal del mundo para liberarnos de la culpa que nos aplasta. Vio capacidad de unir: alguien capaz de reunir, restaurar, crear unidad entre los diferentes, establecer la gran Alianza.

    Hoy la pregunta no es qué sabemos de Jesús. Es: ¿Lo hemos visto?

    Porque solo quien lo ve puede señalarlo. Solo quien experimenta puede evangelizar. Solo quien conoce puede amar.

    Juan puso toda su vida al servicio de ese anuncio. ¿Y nosotros? ¿Seremos testigos del Cordero que carga nuestro pecado?

    • ¿Seremos voz que grita en el desierto de este mundo: “¡ÉL!”? Lo imposible es posible cuando dejamos de ser el centro.

    Cuando nos convertimos en señal. Cuando apuntamos a Jesús y decimos: “¡Éste es!”

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    LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA: ¿UNA REVOLUCIÓN?

    La capilla a oscuras, la custodia iluminada, el silencio… puede ser impresionante. Incluso más impactante a veces que la Misa de un domingo.

    ¿Inclinarme? ¿Porque? ¡De rodillas!

    Lo que hoy se nos dice es: “¡se fuerte, seguro, influencer de tu propia vida… construye tu destino! La adoración, en cambio, nos dice: “Para ser tú mismo, tienes que salir del centro”.

    En un selfie, yo o nosotros somos el centro: controlamos el ángulo, el filtro, la imagen. La adoración, en cambio es el anti-selfie. Es girar el teléfono 180 grados y apuntar hacia Alguien que es infinitamente más grande, más bello, más amoroso que nosotros. No es un acto de debilidad. Es un acto de verdad impresionante: reconocemos que no somos somos nosotros la luz, sino que necesitamos que Alguien nos ilumine.

    Esa custodia iluminada en la oscuridad no es un “objeto bonito”. Es un “signo explosivo”. La custodia nos dice: “¡Aquí está el centro de todo. No tú, ni tus problemas, ni tus éxitos. Aquí está el Amor que te sostiene sin que tú hayas hecho nada para merecerlo!”.

    El cuerpo habla: las rodillas, el corazón, el silencio

    Se nos invita a arrodillaros, a guardar silencio, a bajar la cabeza. ¿Por qué? Porque la fe no es solo de la cabeza, es del cuerpo entero. Cuando nos arrodillamos físicamente, le decimos a nuestro corazón y orgullo: “Baja la guardia. Déjate sorprender”. No es una postura de esclavos. Es la postura de alguien que se sabe amado incondicionalmente y puede, por fin, dejar de actuar, de fingir, de esforzarse por ser visto. Es como cuando llegas a casa después de un día agotador y te tiras en el sofá. Te puedes relajar porque estás en casa. Adorar es reconocer que en Dios estamos en casa.

    El silencio no es vacío. Es hacer espacio. Nuestra vida está llena de ruido: notificaciones, opiniones, música, ansiedades. En la adoración, callamos para poder escuchar una voz que no grita, que susurra: “Tú eres mío, y yo soy tuyo”.

    Destrozan la adoración quienes la dirigen con palabras, lectura de textos, canciones de fondo… Como si tuvieran miedo al silencio. ¿Se puede adorar sin silencio?

    La resistencia: adorar en la era del “me gusta”

    Aquí viene lo más revolucionario. Vivimos en la cultura del rendimiento y del consumo. Todo es útil: se compra y se vende. Hasta la espiritualidad a veces la convertimos en un producto: “Voy a rezar para que me vaya bien en el examen”, “Voy a la iglesia para sentir paz”.

    La adoración rompe esa lógica. Es totalmente gratuita. No adoras para conseguir algo. Adoras porque ya has recibido todo… ¡demasiado! (Jean-Luc Marion, la entiende como “fenómeno saturado”). Es como cuando miras a alguien que amas y dices “gracias” solo por existir. No le pides nada. Te basta con que esté ahí.

    En el Getsemaní, el Verbo se hizo carne no para negar el sudor de angustia, sino para adorar desde él. La adoración no es fuga del cuerpo; es el cuerpo haciéndose grieta por donde lo infinito asoma. Es la virtud de la fisura aceptada, donde la fragilidad deja de ser un defecto a corregir y se convierte en el umbral de la recepción (Emmanuel Falque).

    Por eso, en un mundo que te dice “produce, consume, sé útil”, ponerte de rodillas en silencio es un acto de rebelión pacífica. Es declarar: “Hay algo más importante que mi productividad. Hay un Amor que no se compra, que no se vende, que solo se puede recibir y celebrar”.

    El gran secreto: adorar no es un momento, es una forma de vivir

    La adoración eucarística es un entrenamiento, como el gimnasio para el alma. Pero su objetivo es que toda nuestra vida se convierta en adoración.

    Esto significa vivir con atención. Fijarnos en el amanecer y decir “gracias”. Escuchar a un amigo que sufre y ver en él a Jesús. Estudiar o trabajar no solo para sacar nota o cobrar, sino como una forma de servir, de hacer brillar un poquito de la belleza de Dios en el mundo.

    Aquí la adoración se revela como “virtud de la atención desnuda” (Simone Weil): atención sin objetivo, sin captura. No es escrutinio, sino “acogida”. El que adora no analiza el misterio; se deja analizar por él. Es un oído que se afina para escuchar una melodía que no compuso, un ojo que se abre para recibir una luz que no genera. Esta atención es la forma más alta de inteligencia: la inteligencia del “amor receptivo”, que conoce no poseyendo, sino siendo poseído por la verdad. 

    La Eucaristía es la fuente de todo esto. Es la gran adoración, donde no solo miramos, sino que comemos y bebemos a Dios, nos hacemos uno con Él. La adoración fuera de la Misa es como extender ese abrazo, quedarnos un rato más en silencio después de decir “te quiero”.

    Ser espejo: la gran conclusión

    Imaginemos un espejo en una habitación oscura. Es frío, gris, inútil. Pero de repente, alguien abre una ventana y entra un rayo de sol directo sobre él. El espejo estalla en luz. No es luz propia, es luz reflejada. Pero gracias a él, toda la habitación se ilumina.

    Nosotros somos ese espejo. Dios es ese sol. Y la adoración es girarse hacia la luz. Es aceptar con alegría que nosotros no somos el fuego, pero estamos hechos para reflejarlo. Cuando nos ponemos de rodillas, no nos hacemos pequeños. Nos hacemos transparentes. Dejamos que la Luz pase a través de nosotros para iluminar a todos los que nos rodean.

    La adoración no es una “práctica de moda”. Es el espacio en que dejamos de ser protagonistas de nuestra película, y convertimos nuestra vida en reflejo consciente y gozoso del Amor más grande. Esta es la revolución de la adoración.

    El que no adora, en su autosuficiencia, es como un espejo vuelto hacia la pared: quizá intacto, pero oscuro, inútil, aislado en su opacidad.

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    DESPEDIDA EUCARÍSTICA (EN EL FUNERAL DEL P. LUIS ALBERTO GONZALO DÍEZ, CMF)

    Hay personas que pasan por la vida dejando huellas. Otras, como Luis Alberto, dejan caminos. Caminos que invitan a caminar juntos.

    Durante años compartimos comunidad, misión, conversaciones largas y silencios cómplices. Tuve el privilegio de acompañarle en la elaboración de su tesis doctoral, ese testamento intelectual que hoy nos habla con su voz. Y al releerla en estos días, descubro que no es solo un texto académico: es un espejo de su alma, una ventana a su manera de mirar la vida consagrada… y la vida misma.

    Luis Alberto fue un hombre que se atrevió a mirar de frente la realidad, sin maquillajes. Vio el invierno que atraviesa la vida religiosa en Europa, el envejecimiento, la invisibilidad. Pero donde otros veían solo otoño terminal, él veía semilla bajo la nieve. Donde otros hablaban de crisis, él hablaba de alumbramiento.

    No fue un teórico de escritorio. Caminó con decenas de institutos religiosos en Europa, América y Asia. Escuchó. Acompañó. Se manchó las manos en los procesos reales de reestructuración. Y de todo eso destilaba no recetas, sino convicciones: que Dios mantiene su Alianza, que el Espíritu sigue soplando, que la comunidad no es un equipo de trabajo sino el corazón mismo de la misión.

    Me conmueve recordar una de sus ideas más queridas: la comunidad como utopía posible, y no como ideal inalcanzable. Creía en que “sí se puede vivir de otra manera”… y lo intentó. Por eso fue exigente consigo mismo y con nosotros. Sabía que el mundo no necesita religiosos funcionarios, sino testigos contagiosos.

    Luis Alberto nos deja un legado precioso: la valentía de pensar con libertad, el coraje de decir verdades incómodas, la capacidad de integrar mente y corazón, teología y vida. Nos deja sobre todo una convicción: que este invierno que vivimos no es muerte, sino poda. Que la vida religiosa no colapsa, renace. Y que nosotros estamos llamados no a conservar cenizas, sino a transmitir fuego.

    Él dijo textualmente: “La comunidad soñada no es de los fuertes, sino de los que “ofrecen la fragilidad de sus vidas”, reconociendo que el único fuerte es Quien los convoca”. 

     Hoy, al despedirle, no cerramos un capítulo. Sembramos una semilla. Su palabra sigue viva, su ejemplo nos interpela, su esperanza nos empuja hacia ese futuro que él vislumbró: comunidades más humanas, más evangélicas, más vulnerables y por eso mismo más significativas.

    Gracias, Luis Alberto, por tu fidelidad, por tu valentía, por tu mirada, por tu amistad. Descansa en la paz del Dios en quien creíste. Y desde allí, acompáñanos en este nuevo alumbramiento que tanto soñaste.

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    EL CIELO SE RASGA. JESÚS EMERGE. EL ESPÍRITU ANIDA. El Bautismo del Señor


    Hay momentos en los que el cielo se abre… y todo cambia. Quizá no los recordamos, pero nos marcaron para siempre. Uno de esos momentos fue nuestro bautismo: allí comenzó el gran relato del amor de Dios en nosotros.

    Jesús tenía treinta años cuando se acercó al Jordán. Había una fila de gente sencilla, con heridas y esperanzas, buscando un nuevo comienzo. Y Él se puso en esa fila. No miró desde lejos: se mezcló con nosotros. El Dios del cielo descendió a nuestras aguas turbias, se metió en nuestro barro, en nuestra vida.

    Al salir del agua, el cielo se rasgó. No se abrió suavemente: se desgarró. Fue como si el cielo, retenido tanto tiempo, se partiera para que Dios pudiera abrazar de nuevo a su creación. Y desde lo alto, la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco.”

    También sobre nosotros se pronunció esa palabra. Aunque no la recordemos, esa voz nos nombró entonces y nos sigue nombrando hoy. Somos hijos, somos hijas, somos motivo de alegría para Dios.

    Luego descendió el Espíritu, como una paloma cansada que por fin encuentra hogar. El Espíritu anidó sobre Jesús, y desde aquel momento busca anidar también en nosotros: en nuestras vidas imperfectas, en nuestros silencios, en nuestros deseos más hondos.

    Quizá hace tiempo que no pensamos en nuestro bautismo, quizá lo sentimos como algo antiguo… Pero el cielo no se ha vuelto a cerrar. La voz del Padre sigue sonando, y el Espíritu sigue buscando dónde posarse.

    Ser bautizados es vivir sabiendo que el cielo está abierto, que Dios camina dentro de nosotros, que hay una ternura que no se borra.

    Hoy, al reunirnos en esta Eucaristía, dejemos que esa palabra vuelva a brotar: “Eres mi hijo, eres mi hija amada.” Dejemos que el Espíritu rehaga su nido en nuestra alma y que la vida entera se convierta en respuesta agradecida.

    El cielo sigue rasgado. El agua sigue fluyendo. Y el Espíritu, paciente y fiel, continúa anidando en nosotros.

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    ¡Este es el Cordero de Dios que carga con el pecado del mundo! ¡Dichosos los invitados a la cena del Señor! Jesús – ¿Cordero y Esposo?

    En cada Eucaristía, el mundo se detiene un instante. El presbítero alza la Hostia y el Cáliz y pronuncia una invitación que resuena desde hace dos mil años: “Este es el Cordero de Dios, que carga con el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor”. A veces, la costumbre nos anestesia ante la potencia de estas palabras. ¿Por qué un Cordero? ¿Por qué una cena? ¿Por qué se nos llama “dichosos”?

    Siguiendo la profunda intuición del filósofo francés Emmanuel Falque en su obra Les Noces de l’Agneau (Las Bodas del Cordero), descubrimos que este momento no es un mero rito. Es el drama de un Dios que baja hasta lo más profundo de nuestra biología para transformarla en una historia de amor. ¡Desvelemos el Misterio en tres actos.!

    1. El fin de los sacrificios: De la víctima al Don de Sí mismo

    Antiguamente, la humanidad buscaba a Dios a través de la sangre ajena. Falque nos recuerda la antigua distinción: existía el cordero que se quemaba entero para Dios (holocausto) y el cordero que se comía en familia para celebrar la libertad (Pascua). Eran dos ritos separados, dos intentos incompletos de tocar lo divino.

    Pero cuando el sacerdote alza el Pan, nos está diciendo: “Todo eso ha terminado”.

    Jesús unifica y supera ambos símbolos. Él es la Víctima que se entrega totalmente a Dios y, a la vez, el Alimento que nos libera. Pero la gran revolución, como señala Falque, es la sustitución. En la Última Cena, Cristo no dijo “esto es mi cuerpo” sobre un animal. Lo dijo sobre el pan.

    Al hacerlo, desplazó para siempre la violencia del sacrificio animal para instaurar la ofrenda del propio cuerpo. Dios ya no quiere que le ofrezcamos cosas; se ofrece Él mismo. “Este es el Cordero” significa: aquí está el Dios que no exige sangre, sino que ofrece la suya propia de una vez y para siempre.

    2. La “Pascua de la Animalidad”: Dios en nuestras entrañas

    Quizás la visión más conmovedora de Falque es lo que él llama la “Pascua de la animalidad”. A menudo pensamos que para ser santos debemos ser “ángeles”, olvidar que tenemos cuerpo, hambre y pulsiones. Falque nos dice: No.

    Cuando escuchamos “Este es el Cordero”, estamos ante un Dios que asumió no solo nuestra inteligencia, sino nuestra “animalidad”: nuestro cuerpo orgánico, nuestra fragilidad biológica, nuestras pasiones. Cristo bajó hasta ese abismo interior, a ese lugar donde sentimos hambre, miedo y deseo, para que no caigamos en la bestialidad, sino que seamos elevados.

    La Eucaristía es, pues, una entrega de “lo orgánico a lo orgánico”. Dios se hace comestible para entrar en nuestras células. No viene a salvarte de tu cuerpo, sino en tu cuerpo. Él abraza tu fragilidad física para llenarla de divinidad.

    3. Las Bodas: El “Sí” de un Esposo

    Finalmente, la liturgia nos llama “dichosos los invitados a la cena del Señor”. Pero en el texto original del Apocalipsis, la referencia es clara: son las Bodas del Cordero.

    Falque nos invita a escuchar las palabras “Esto es mi cuerpo” no como una fórmula legal, sino como la declaración de un amante. Es la voz del Esposo (Cristo) entregándose a su Esposa (la humanidad).

    El amor verdadero no es fundirse y desaparecer el uno en el otro. Como Adán y Eva, el amor requiere ser dos para ser uno. Dios respeta esa diferencia para poder amarnos. En la comunión, Él no nos absorbe ni nos anula; se une a nosotros en un desposorio místico y orgánico.

    Al comulgar, entramos en una “morada”. Se cumple la promesa de la Alianza definitiva: nosotros habitamos en Él y Él en nosotros.

    Conclusión: La dicha de ser invitados

    Por eso somos “dichosos”. No porque seamos perfectos, sino porque hemos sido invitados a la boda más importante de la historia.

    La próxima vez que veas al sacerdote alzar el Pan, recuerda la síntesis de Emmanuel Falque:

    1. Mira al Cordero que ha sustituido todo sacrificio antiguo por el don puro de su presencia.
    2. Siente la cercanía de un Dios que asume tu animalidad y tus límites para redimirlos desde dentro.
    3. Y prepárate para el Banquete, donde el Creador se desposa con su criatura, convirtiendo tu propio cuerpo en la morada del Dios vivo.

    “Dichosos”, en verdad, los que comprenden que comulgar es dejarse amar hasta el extremo.

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    “POR OTRO CAMINO” – Fiesta de la Epifanía, ciclo A – 6 enero 2026

    ¿Sabíamos que la Epifanía es la fiesta de una ironía brutal?

    Unos extranjeros que estudian las estrellas encuentran al Mesías. Mientras tanto, los expertos en religión —los que saben perfectamente dónde debe nacer— no se mueven ni un centímetro.

    Piénsenlo: los magos no tienen Biblia, no conocen las profecías, no son del “pueblo elegido”. Pero tienen algo más valioso: un corazón inquieto y pies dispuestos a caminar.

    Llegan a Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el rey que ha nacido?” Los escribas consultan sus libros y responden sin dudar: “En Belén de Judá, así lo anunciaron los profetas”. Dato correcto. Información precisa. Pero… ninguno va a Belén.

    ¡Tienen el mapa pero no hacen el viaje!

    Aquí está el golpe para nosotros:

    ¿Cuántas veces sabemos mucho sobre Dios, pero no lo reconocemos cuando aparece? Lo buscamos donde el poder dice que debe estar, pero Él se manifiesta en Belén, en la periferia, en lo pequeño, en lo que no esperábamos.

    Los magos nos enseñan algo revolucionario: la fe no es tener todas las respuestas, es atreverse a caminar con las preguntas. Es salir de la zona de confort. Es arriesgar.

     Y luego viene el detalle clave:

    “Regresaron a su tierra por otro camino.”

    No es solo porque Herodes era peligroso. Es un símbolo: cuando encuentras a Cristo de verdad, no puedes volver por donde viniste. El encuentro te cambia. Te obliga a tomar rutas nuevas.

    ¿Estamos dispuestos a eso? ¿O preferimos la religión cómoda, la que no nos desinstala, la que nos deja en nuestras certezas?

    La Epifanía nos grita:

    Dios no se deja encontrar por los que creen poseerlo, sino por los que lo buscan con el corazón abierto. Por los que están dispuestos a dejarse sorprender. Por los que reconocen que siempre hay más camino por recorrer.

    Quizás tú, que te sientes lejos, que dudas, que buscas sin tener claro qué… quizás tú eres hoy como aquellos magos. Y Dios está poniendo una estrella en tu camino. No la ignores.

    Este año, ¿seremos magos o escribas?

    ¿Caminaremos o solo sabremos teoría?

    ¿Nos atreveremos a volver por otro camino?

    La estrella sigue brillando. Solo falta que levantemos la vista y nos pongamos en marcha. Feliz Epifanía. Que te atrevas a caminar.

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    LUIS ALBERTO GONZALO DÍEZ, CMF – “IN MEMORIAM” –


    Volvió a los suyos y con los suyos encontró su final… apenas comenzado este año nuevo 2026.

    No voy a enumerar fechas ni datos biográficos. Hablo directamente a quienes lo conocimos: a quienes compartimos con él años de comunidad y misión; a quienes encontraron su pensamiento en los libros que escribió y en las innumerables páginas de la revista Vida Religiosa, que dirigió durante tantos años con pasión incansable; a quienes lo escucharon en conferencias, encuentros y celebraciones que parecían no tener fin.

    Luis Alberto Gonzalo vivió con una intensidad que marcaba. Apasionado hasta el último aliento, quizá imaginó alguna vez sus días finales en un asilo de las Hermanitas de los Pobres —a quienes profesaba un amor especial—, pero la Providencia tenía otros planes. Lo ha llamado apenas comenzado este 2026, recién llegado de otro de sus largos viajes desde América. El último.

    Siempre, su actividad misionera me recordaba aquel pasaje evangélico de la barca repleta de peces, tan cargada que pedía ayuda a la otra embarcación. Así era él: desbordante, generoso, incapaz de contener lo que llevaba dentro y dispuesto a pedir ayuda cuando no podía más.

    Tuve el privilegio de acompañarlo en la elaboración y defensa de su tesis doctoral sobre La Comunidad religiosa, mientras los dos compartíamos la misma comunidad. Lo vi interpelar a cada autor, a cada teoría que abordara las interconexiones personales, locales y globales; el nuevo liderazgo; la comunidad como tejido vivo, los pasos necesarios para la transformación. Los nombres que consultó en sus lecturas fueron incontables. En todos ellos descubría lo mismo: lo más divino escondido en lo más humano.

    Era generoso, tierno, pero también claro y explícito cuando hacía falta. Siempre tenía un mensaje nuevo que ofrecer, una urgencia a la que atender. Fue elegido superior provincial, después superior local. Defendía a su rebaño de los lobos con firmeza. Si insistía tanto en la comunidad, en la integración, en la conexión, en los pasos necesarios y urgentes hacia adelante… era por algo profundo que había comprendido.

    Sobrenadaba a las críticas y desprecios. Respondía imperturbable con más entrega y acción. Y así demostraba la valentía interior que el Espíritu le concedió.

    Ya está en el cielo, después de tantos viajes transatlánticos. Una de las primeras noticias de su muerte me llegó, precisamente, desde Brasil. El mundo que él tejió con sus palabras y presencia ahora lo despide desde muchas orillas.

    Volvamos a releer sus páginas en Vida Religiosa. Allí descubriremos abundantes motivos para dar gracias a Dios por la vida y la misión de Luis Alberto Gonzalo Díez, presbítero y misionero claretiano. Un hombre que supo ser, hasta el final, hermano e incansable misionero.

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