CONFIADOS A LA SANTA RUAH – VI Domingo de Pascua, ciclo A.

Jesús les dijo algo que debió sonarles a escándalo: “Os conviene que yo me vaya.”

Me imagino la cara de los discípulos. Pedro a punto de levantarse. Tomás frunciendo el ceño. Juan sin poder creerlo. ¿Que te vayas? ¿Que nos conviene? ¡En manera alguna! ¡No! Llevamos tres años contigo. Lo hemos dejado todo. Hemos visto los milagros, hemos escuchado tus palabras, hemos creído en ti… ¿Y ahora nos dices que te vas y que encima nos conviene?

Pero Jesús estaba diciendo algo mucho más profundo de lo que ellos podían entender en ese momento.

Estaba diciendo: Misión cumplida.

No como derrota. Como plenitud. Todo lo que vine a hacer, está hecho. El amor se ha entregado hasta el fondo. Ahora viene la segunda parte. Y para la segunda parte… necesitáis otro.

Otro Paráclito. Otro defensor. Otro misionero.

La Santa Ruah. El aliento eterno de Dios. No de visita. Para quedarse. Para habitar. Para recordaros todo. Para llevarnos a la verdad completa.

Desde ahora, confiados a su Misterio.

Ella es la gran misionera de esta era. La que llegó a Samaría antes que Pedro y Juan. La que convirtió a los que todos consideraban herejes. La que no entiende de fronteras ni de prejuicios.

Y yo me pregunto —y os pregunto— ¿la estamos dejando actuar? ¿O la tenemos encerrada en nuestros esquemas, en nuestras rutinas, en nuestra manera de siempre de hacer las cosas?

Porque si la Ruah habita en nosotros, somos morada de Dios. No edificios vacíos. Templo vivo.

No somos huérfanos. Nunca lo hemos sido.

Confiémonos a su Misterio. Con los brazos abiertos. Sin miedo.

¡Aleluya!

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FUNDADORES DEL CORAZÓN (Canción)

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¡MUÉSTRANOS AL PADRE! – Domingo V de Pascua

Bello como el origen de todo aquello que alguna vez nos ha detenido en seco. De todo aquello que nos ha quitado el aliento. De todo aquello que nos ha hecho cerrar los ojos y decir, sin saber muy bien a quién: gracias.

Los Padres de la Iglesia tenían una palabra para esto: Kallos. ¡La Belleza absoluta! Y comprendían algo que necesitamos volver a recordar: que toda belleza creada —la de una música que nos atraviesa, la de un rostro amado, la del mar al atardecer— no es más que un destello. Un eco. Una promesa.

Una pequeña promesa de esa Belleza primera que es Dios mismo. Por eso decía Dostoievski: «La belleza salvará al mundo».Y no hablaba de estética. Hablaba de Dios.
Porque la belleza verdadera no se queda en la superficie. La belleza verdadera nos despierta. Nos llama. Nos eleva. Nos hace salir de nosotros mismos.
Y entonces cabe preguntarnos: ¿no somos también nosotros, en el fondo, turistas de la Belleza? ¿No vamos por la vida buscando ese resplandor que nos toca, que nos mueve, que nos recuerda que fuimos hechos para algo más grande? Y por eso la pregunta final no es pequeña.
Es una pregunta de fe, de vida, de deseo:
¿Has sentido alguna vez que una belleza te miraba?
Quizá ahí, precisamente ahí, estaba Dios.

Dios Padre es la Belleza Infinita. ¡Qué razón tenía el apóstol Felipe cuando le dijo a Jesús: ¡Muéstranos al Padre y nos basta! O cuando santa Teresa de Jesús escribió: “¡Véante mi ojos, dulce Jesús bueno! ¡Véante mis ojos, muérame yo luego!

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LA PUERTA QUE NADIE ESPERABA – Domingo 4 de Pascua, ciclo A.

Entonces Jesús hizo una pausa, y dijo lo que nadie esperaba: “Yo soy la puerta.” No un maestro. No un profeta. No un líder religioso más. ¡La puerta que da acceso a la vida verdadera!

Los bandidos …los que roban, manipulan a las ovejas… no pasan por esa puerta. Se la saltan y entran por la tapia, aunque no están autorizados.

El Papa Francisco llamó mundanidad y clericalismo a este mal antiguo que corroe a la Iglesia. Esos pastores ya “no huelen a oveja”: vive lejos del rebaño; hablan un idioma que nadie entiende; se instalan cómodamente en el poder… Y Jesús hasta los llama “bandidos”. Cuando aparecen  las ovejas  tiemblan. Y huyen.

Cuando las ovejas escuchan -en cambio- la voz de Jesús, el corazón se aquieta. Se detienen. Lo siguen. No porque les obliguen. Porque lo reconocen. Porque esa voz les suena a casa.

El Buen Pastor huele a oveja. Se mete en el barro. Conoce tu nombre. No el nombre de tu expediente. Tu nombre. El que solo saben los que te quieren de verdad.

Junto a Jesús, en cambio, se respira. Se vive. “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia.”

Hoy quizás hay alguien aquí que siente que Jesús lo llama a ser pastor, a cuidar, a servir. A entrar por la puerta. A oler a oveja.

No lo pienses demasiado.

Y aunque camines hoy por sendas oscuras, no temas. Él va contigo. Su vara y su cayado te defienden.

Porque conoces su voz. Y ella te basta.

¡Aleluya!

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¡RECONOCER! – Domingo 3 de Pascua, ciclo A

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“TOCAR AL RESUCITADO: del Miedo a la Fe” – Domingo de la Divina Misericordia – II de Pascua, ciclo A.

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