Tomás dijo lo que todos pensamos pero nadie se atreve a decir.
“Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a saber el camino?”
Qué valiente. Qué humano. Qué parecido a nosotros.
Porque hay momentos en que uno no sabe adónde va. En que el futuro es niebla. En que rezas y el cielo parece de piedra. Tomás no fingió entender. Y Jesús no lo regañó. Le respondió con una de las frases más grandes de la historia: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.”
No dijo: te doy un mapa. Dijo: soy yo. El camino no es una idea. Es una persona. Pero entonces Felipe pidió algo que me llega muy adentro. Algo que yo mismo he deseado en más de un momento:
“Señor, muéstranos al Padre y nos basta.”
Detengámonos aquí.
¿Hay algo más grande que pueda desear un ser humano? Ver el rostro del que nos creó, del que nos pensó antes de que existiéramos, del que nos ama sin límites. Felipe no pedía riqueza ni poder. Pedía lo único que colma el corazón hasta el fondo: contemplar la belleza de Dios Padre.
Y Jesús le respondió con ternura: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Jesús es el rostro visible del Padre. Su abrazo hecho carne. A ese corazón turbado —el de Felipe, el mío, el tuyo— Jesús le hace una promesa: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí.”
No nos pide que entendamos todo. Confiemos juntos en que Él va delante. En que en la casa del Padre hay lugar para cada uno. Con nuestra historia. Con nuestras dudas. Con nuestro nombre.
No necesitamos saber adónde vamos. Necesitamos saber con quién vamos. ¡Aleluya!
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