Pentecostés no es solo la fiesta de la Iglesia. Es la fiesta del mundo. Porque hoy el Espíritu se derramó — sin pedir permiso — sobre toda carne.
Hoy el Abbá y su Hijo Jesús nos envían su Espíritu. No como préstamo. No como prueba. Como gracia definitiva y sin vuelta atrás.
Igual que el Hijo de Dios se hizo humano para siempre, el Santo Espíritu se ha derramado sobre nuestra humanidad para siempre. La santa Ruah — el aliento de Dios — ya habita en nosotros. Permanentemente.
Pedro lo explica citando al profeta Joel: el Espíritu se derrama sobre ancianos y jóvenes, hombres y mujeres. Sin filtros. Sin categorías. Y “toda carne” significa más que los seres humanos — es también la madre naturaleza, el mundo animado. La creación entera se convierte en templo del Espíritu. Desobedece al Espíritu quien lo encierra en lugares o personas determinadas. El Espíritu está presente en todo pueblo, toda religión, toda criatura.
Pentecostés es un acontecimiento lingüístico. Ese día, diecisiete pueblos escuchan las maravillas de Dios en su propia lengua: partos, medos, elamitas, romanos, árabes, egipcios… El Espíritu no habla solo latín. Habla todas las lenguas del mundo — y también los lenguajes del arte, la ciencia, la cultura, el deporte, la psicología. Se acabó el sueño de una Iglesia dominada por una sola cultura. Con Pentecostés nace una Iglesia donde cualquier pueblo se siente en casa.
¿Por qué el Espíritu siempre trae diversidad? Porque es su naturaleza: como el agua que todo lo humedece, el fuego que todo lo enciende, el viento que entra por cualquier resquicio. Pero atención: el espíritu malo es legión — diversidad enfrentada que descoyunta. El Espíritu Santo es amor — diversidad en comunión profunda que glorifica a cada miembro. Pablo lo advierte: “No apaguéis el Espíritu.” No lo enmudezcamos encerrándolo en una sola forma.
Emana del rostro de Jesús resucitado. Es el aroma, el aliento de Dios. Fuego. Torrente. Viento huracanado. Amor apasionado. Belleza de Dios. El beso santo que enamora. El toque delicado que a vida eterna sabe. No es una fuerza abstracta. Es la sonrisa de Dios derramada sobre el mundo.
Decir espiritualidad — en cristiano — es decir espiritualidad en misión. Dinamismo constante y apasionado hacia los confines de la tierra y del tiempo. Solo quien siente el fragor del Espíritu puede llegar a la Paz verdadera. Por eso, Jesús hoy nos da dos cosas que van juntas siempre: su Espíritu… y su Paz. ¡Ven, Espíritu Santo!
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