¡PEDRO… “BIENAVENTURADO” Y “SATANÁS”! Domingo 22, ciclo A


El domingo pasado Pedro lo bordó, cuando le respondió a Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Jesús lo llamó “bienaventurado”. Le dio las llaves. Le cambió el nombre.

Y hoy, una semana después, el mismo Pedro recibe el reproche más duro de todo el evangelio: ¡Quítate de mi vista, Satanás!

¡Qué caída tan rápida! ¿Qué ha pasado?

Ha pasado que Jesús empieza a hablar claro. Que tiene que ir a Jerusalén. Que va a sufrir. Que lo van a matar.

Y Pedro, que le quiere, que no puede soportar eso, lo lleva aparte y le dice: “¡De ninguna manera, Señor, eso no puede pasarte!

Pedro no es malo. Pedro le quiere. Pero en ese momento está pensando como piensan los hombres, no como piensa Dios.

¡Y yo me reconozco ahí!

Cuántas veces le he dicho yo a Dios, de una manera u otra: esto no, Señor. Este camino no. Que haya otra forma.

Cuando la vida duele. Cuando lo que se me pide implica perder algo. Cuando el camino que se abre no es el que yo habría elegido.

Y Jesús no negocia. Dice: el que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

Negarse a uno mismo. Eso no significa odiarse. No significa no importar. Significa no dejar que el yo, el ego con sus miedos y sus cálculos y sus planes, sea siempre el centro de todo.

Y luego esa paradoja que Jesús repite y que nunca termina de caber del todo:

El que quiera salvar su vida, la perderá. El que pierda su vida por mí, la encontrará”.

Creo que hay una forma de vivir agarrado. Controlando. Protegiéndose. Calculando cada paso para no perder nada. Y esa forma de vivir, paradójicamente, te va vaciando por dentro.

Y hay otra forma. Más expuesta. Más vulnerable. Más generosa. Que suelta. Que confía. Que da sin asegurarse primero la devolución.

Y esa forma, aunque duela más, tiene algo que la otra no tiene. Tiene vida de verdad.


Hoy me hago la pregunta que me incomoda:

¿De qué me estoy agarrando demasiado?

¿Qué es lo que no le dejo a Dios porque me da miedo perderlo?

Quizás ahí está exactamente lo que él me está pidiendo que suelte.

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¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO? Domingo 21 (Ciclo A)

Jesús hace una pregunta. Y no es una pregunta cualquiera.

Primero pregunta lo fácil: ¿quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Y los discípulos responden con soltura. Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que un profeta. Respuestas de manual. Respuestas seguras. Respuestas que no comprometen a nadie.

Y entonces Jesús estrecha el círculo.

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Vosotros. No la gente. No los que lo ven de lejos. Vosotros, que habéis comido conmigo, que habéis visto los milagros, que lleváis meses caminando a mi lado. ¡Vosotros!

Y Pedro responde. Solo Pedro. Los demás se quedan callados.

Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

(Pedro)

No es una respuesta aprendida. Jesús mismo dice que eso no viene de la carne ni de la sangre. Que se lo ha revelado el Padre.

Pedro no llegó a esa respuesta por ser más listo. Llegó porque estaba abierto. Porque dejó que algo entrara.

Y entonces Jesús hace algo que cambia todo. Le da un nombre nuevo.

Tú eres Pedro, roca.

(Jesús)

Y sobre esa roca construirá su iglesia.

Pedro. El mismo que luego va a negar tres veces. El mismo que va a meter la pata constantemente. El mismo que unas líneas más adelante Jesús llamará Satanás. ¡Ese es la roca!

Y eso nos consuela enormemente. Porque si Jesús construye su iglesia sobre alguien tan imperfecto como Pedro, entonces no espera paredes perfectas. Espera personas reales. Con fisuras. Con historias complicadas. Con fe mezclada de dudas.

Pero volvamos a la pregunta. La que de verdad importa.

¿Y tú, quién dices que soy yo?

No la gente. No lo que has escuchado en la catequesis o en casa. Tú. Con tu vida, con tus dudas, con todo lo que has vivido hasta hoy.

Esa pregunta no se responde con palabras bonitas. Se responde con cómo vivo. Con lo que elijo. Con lo que suelto y lo que sostengo.


Hoy, en algún momento de silencio, vale la pena sentarse con esa pregunta. No para darle una respuesta correcta. Sino una respuesta verdadera.

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¿EL PAN DE LOS HIJOS… A LOS PERROS? Domingo 20 del tiempo ordinario, ciclo A

Este evangelio me resulta difícil. Lo digo de entrada porque creo que a muchos también.

Una mujer extranjera, cananea, le pide ayuda a Jesús por su hija. Y Jesús… no le responde. Los discípulos piden que la despida. Y cuando por fin habla, dice algo que suena duro: 

No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros.

¿Jesús llamando “perro” a alguien? Me quedo con eso un momento porque creo que vale la pena no esquivarlo.

Jesús está probando algo. O revelando algo. O las dos cosas a la vez. Porque esta mujer no se rinde.

Y aquí está el corazón de esta escena. Ella no se ofende. No se va. No protesta. Dice algo extraordinario:

Sí, Señor, pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

Es una respuesta que tiene humildad y tiene audacia al mismo tiempo. No pide lo que no le corresponde. Pide las sobras. Las migajas. Con eso le basta. Y Jesús, entonces, se rinde él.

¡Mujer, qué grande es tu fe! ¡Que te suceda lo que deseas!

¡Qué grande es tu fe! No dice: ¡qué buena eres! No dice: ¡qué perseverante! Dice: ¡qué grande es tu fe! ¿Y cuál es su fe exactamente?

Creo que es esto: ella cree que en Jesús hay más que suficiente. Que aunque no le toque a ella, aunque esté fuera, aunque los demás la ignoren… algo de él alcanza también para ella.

No pide un banquete. Pide una migaja. Y confía en que esa migaja, viniendo de él, es suficiente para sanar a su hija.

Me pregunto cuántas veces me he ido yo cuando Jesús parecía no responder. Cuántas veces he interpretado el silencio como un no definitivo. Cuántas veces me ha faltado la tenacidad de esta mujer que no tiene nada a su favor y sin embargo no suelta.

Esta mujer es pagana. Es mujer en una cultura que no la escucha. Está sola. Su hija está enferma. Y aun así… Sigue. Insiste. Cree.

Hoy me pregunto, y me lo pregunto de verdad:

¿De qué me he ido yo cuando Jesús tardaba en responder? 

Esta mujer nos enseña que a veces la fe más grande no es la que recibe enseguida. Es la que se queda.

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NUNCA CRECIÓ LA HIERBA SOBRE SU TUMBA: Fiesta de la Asunción de María, 15 de Agosto 2026

Hoy no vamos a un cementerio. Hoy no lloramos a nadie. Hoy celebramos la fiesta que el pueblo cristiano lleva siglos guardando en el corazón del verano: la Asunción de María en Cuerpo y Alma al Cielo. Y celebrarla es dejar que la Vida gane. Siempre.

Hace 75 años, el papa Pío XII puso en palabras solemnes lo que la gente sencilla ya sabía por dentro: que María no se quedó en una tumba. Que su cuerpo y su alma están vivos, en Dios.

Y aquí viene lo que de verdad nos toca: no lo entendemos mirando al cielo. Lo entendemos mirando a la tierra. Fijémonos — no hay tumba de María. No hay funeral de María. Sus santuarios no huelen a muerte, huelen a vida. Vamos allí y no sentimos que la perdimos. Sentimos que nos espera.

Con Jesús nos pasa lo mismo. Cada Eucaristía no es un velatorio. Es un encuentro. No comulgamos un cadáver del Calvario. Comulgamos un Cuerpo que vive, que actúa, que no cabe en ningún lugar, porque lo llena todo.

Y si Jesús lo llena todo… María, unida a Él en el Espíritu, en cuerpo y alma, también está presente. No allá arriba, lejos. ¡Aquí, entre nosotros! En quien la reza, en quien la necesita, en quien la siente madre.

Decía el filósofo Gabriel Marcel una frase que ilumina justo esto:

“Amar a un ser es decirle: tú no morirás.”

Eso es lo que Dios le dice a María. Eso es lo que Dios nos dice a cada uno de nosotros.

Así que si hoy alguien nos dice que la muerte es el final… digámosle que NO. Que nuestro Dios no es Dios de cadáveres, es Dios de vivos. Y que el amor — el amor de verdad — no se acaba. Nunca. ¡Feliz Asunción!

“TÚ NO MORIRÁS”
Canción a la Virgen de la Asunción

[Verso 1]
El mismo Espíritu
la hizo Madre.
Fue quien la llevó
hasta el cielo entero.

No hubo muerte,
hubo dormición.
Un sueño breve,
un paso ligero.

Sus santuarios
no huelen a muerte.
Huelen a vida,
a luz, a sol.

[Coro]
No hay tumba
No hay final
La muerte no tiene voz

María, Asunción
Madre de luz
La vida siempre es más

Tú no morirás
Tú no morirás
El amor que es cierto
nunca se va

[Verso 2]
Cada Eucaristía
es encuentro.
No es un velatorio
ya.

No comulgamos
un cuerpo muerto.
Comulgamos
lo que vive y da.

Un pan que llena
cada instante.
Que no cabe
en ningún lugar.

[Puente]
Amar a alguien
es decirle:
tú no morirás
jamás.

Eso le dice Dios
a Ella.
Eso nos dice Dios
ya.

No allá arriba,
lejos, no.
Aquí con nosotros,
hoy.

[Chorus]
No hay tumba
No hay final
La muerte no tiene voz

María, Asunción
Madre de luz
La vida siempre es más

Tú no morirás
Tú no morirás
El amor que es cierto
nunca se va

[Final]
Nunca, nunca se va
Nunca, nunca se va

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¡SOLO EN LA MONTAÑA! … ¡SOLOS EN LA BARCA! – Domingo 19 del tiempo ordinario, ciclo A.

Después de multiplicar los panes, Jesús hace algo que llama mucho la atención: ¡Manda a la gente a casa… y a los discípulos a la barca! ¡Y él se queda solo! Solo en la montaña. A orar.

Jesús, que acaba de vivir un momento extraordinario, no se queda a celebrarlo. No se deja llevar por el entusiasmo. Busca a su Padre. ¡Eso ya nos dice algo!

Pero sigamos. ¡Es de noche! Los discípulos están en medio del lago. El viento es contrario. Las olas golpean. Y en los últimos momentos de la noche, Jesús viene hacia ellos caminando sobre el agua. Y ellos se asustan. Creen que es un fantasma.

¿Cuántas veces he hecho yo lo mismo?

Estoy en medio de una tormenta, en medio de algo que no controlo, y cuando Jesús se acerca… no lo reconozco. Busco otra explicación. Me da miedo precisamente lo que ha venido a salvarme. Jesús dice:

Tranquilos, soy yo, no tengáis miedo”

Y entonces Pedro. Pedro, que siempre va un paso más allá, dice:

Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua.”

Y Jesús dice simplemente: ¡ven!

Pedro sale de la barca. Y camina. Camina sobre el agua. Eso es real, eso ocurre. Pero entonces mira el viento. Mira las olas. Aparta los ojos de Jesús. Y se hunde.

¡Señor, sálvame!

Y Jesús, inmediatamente, le agarra. Inmediatamente. Sin esperar. Sin dejarle hundir más. Y le dice algo que me parece que me lo dice también a mí:

Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?

No es un reproche cruel. Es casi una pregunta triste. Como diciendo: tenías todo lo que necesitabas, estabas caminando, ¿qué pasó?

Lo que pasó es lo que nos pasa a todos.

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EL RESPETO EN “LA ECOLOGÍA DEL ESPÍRITU”: Una lectura de Richard Sennett para comunidades y familias

1. Un libro necesario: «El respeto», de Richard Sennett

Richard Sennett, en su obra El respeto (traducida al español por Marco Aurelio Galmarini), propone una reflexión incómoda y actual: en un mundo marcado por desigualdades, el respeto no es un lujo, sino una condición para que la dignidad humana sea posible. Lejos de ser una mera actitud pasiva, el respeto se presenta como un comportamiento expresivo que requiere esfuerzo, lenguaje y gestos capaces de hacer sentir al otro que su presencia importa.

En esta web que habla de Ecología del Espíritu, esta perspectiva es clave: si el Espíritu teje conexiones entre todo lo que existe, el respeto es el modo humano de cuidar esas conexiones. Romper el respeto es romper el patrón que conecta; restaurarlo es gracia ecológica.

2. Por qué importa en comunidades religiosas y familias

En las comunidades religiosas y en las familias, el respeto es el tejido que sostiene la convivencia. Sin él, la caridad se vuelve discurso vacío y la autoridad, dominio. Sennett ayuda a poner nombre a una paradoja que duele: con frecuencia se es fuerte con los débiles y débil con los fuertes. Se exige perfección a quien apenas puede caminar, mientras se toleran abusos, caprichos o manipulaciones de quienes tienen más poder, más voz o más influencia.

En clave de ecología espiritual: se contamina el ecosistema relacional cuando se trata al débil como carga y al fuerte como intocable.

3. Formas de falta de respeto en el liderazgo (y en quien lo desea)

La falta de respeto no es siempre un insulto explícito; a veces es más sutil y, por eso, más dañina:

  • Tratar a las personas como medios, no como fines: usarlas para proyectos, no acogerlas como hermanos.
  • Humillar con «buenas intenciones»: corregir en público, exponer debilidades como ejemplo, ironizar sobre limitaciones.
  • Ignorar a los que no aportan «rendimiento»: los enfermos, los mayores, los que no encajan en el perfil de «líderes del futuro».
  • Despreciar a los responsables como «incompetentes» o «envidiados», negando su esfuerzo y su autoridad legítima.
  • Socavar la confianza de la comunidad con murmuraciones, descalificaciones y lealtades condicionadas.
  • Convertir la frustración personal en agresividad contra quienes ocupan el lugar al que se aspira.

En ambos casos, se rompe el respeto mutuo: o se trata al otro como inferior, o se le niega el reconocimiento de su función y su dignidad.

4. El Evangelio del respeto y del respeto mutuo

Frente a estas dinámicas, el Evangelio anuncia un respeto que no se compra, no se mide y no se negocia: el respeto que Jesús muestra al samaritano, a la mujer adúltera, al ladrón en la cruz, a los niños que «sobran» en los planes de los adultos. Es un respeto que dignifica al débil sin humillarlo y que llama al fuerte a la verdad sin destruirlo.

Sennett ofrece una formulación que encaja bien con este Evangelio del respeto:

«El respeto no ocurre de forma espontánea por la mera “buena voluntad”. Se describe como una habilidad que requiere palabras y gestos: transmitir respeto exige encontrar el lenguaje y la conducta que permitan al otro sentirlo con convicción.»

Y sobre el respeto mutuo en un mundo desigual, escribe:

«Respetar al otro significa aceptar en él aquello que no comprendemos, tratándolo como una persona distinta pero igual en su derecho a esa diferencia.»

5. Vivir el Evangelio del respeto

En comunidades y familias, vivir el Evangelio del respeto implica:

  • Proteger al débil sin convertirlo en objeto de lástima.
  • Exigir al fuerte sin convertirlo en ídolo.
  • Trabajar el respeto como se trabaja la oración: con atención, constancia y verdad.

En la lógica de la Ecología del Espíritu, el respeto es el suelo fértil donde el Espíritu puede seguir tejiendo conexiones: entre personas, entre generaciones, entre lo visible y lo invisible. Sin respeto, el ecosistema se erosiona; con respeto, el cosmos humano respira.



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¡JESÚS EN DUELO! “…AL VER… SINTIÓ COMPASIÓN”, Domingo 18 del tiempo ordinario, ciclo A

Jesús acaba de enterarse de que han matado a Juan el Bautista: a su primo, a su precursor, al que le preparó el camino.

Y lo primero que hace es buscar un lugar apartado para estar solo. Necesita silencio. Necesita llorar, quizás. Necesita a su Padre..

Pero la gente lo sigue. Multitudes. A pie, rodeando el lago. No le dejan espacioY Jesús podría haberse enfadado. Podría haber pedido un momento, por favor, que acabo de recibir una noticia terrible. Pero Mateo dice algo que ya hemos escuchado antes y que no deja de impresionarme:

Al ver tanta gente, le dio compasión.

Con su dolor dentro, ve el dolor de los demás. Y se entrega. Cura a los enfermos. Pasa el día con ellos. Y cuando cae la tarde y los discípulos, muy prácticos ellos, le dicen: mándales que se vayan a comprar comida a los pueblos… Jesús dice: no hace falta que se vayan. Dadles vosotros de comer.

Y aquí está el momento que me parece clave. Los discípulos miran lo que tienen. Cinco panes y dos peces. Y la conclusión es obvia: esto no llega para tanta gente.

Jesús no discute la cuenta. Simplemente dice: traédmelo. Traédme lo poco que tenéis.

Bendice. Parte. Y da. Y alcanza para todos. Sobra.


No sé exactamente cómo ocurrió aquello. No necesito saberlo. Lo que sí sé es lo que me dice a mí.

Cuántas veces me he paralizado porque lo que tengo me parece demasiado poco. Poco tiempo, poca energía, poco talento, poca fe incluso.

Y la tentación es esperar a tener más para entonces dar. Pero Jesús no pide abundancia. Pide que le traiga lo que tengo. Cinco panes y dos peces. Lo justo para una persona. Lo ridículo para cinco mil. Y sin embargo es suficiente cuando pasa por sus manos.

Hay algo más en esta escena que no quiero perder. Jesús da los panes a los discípulos. Y los discípulos los dan a la gente. No lo hace solo. Los necesita a ellos. Los necesita a nosotros.


Hoy, si estamos mirando lo que tenemos y pensando que no es suficiente…Quizás la pregunta no es ¿tengo bastante? Sino ¿se lo he dado a él?

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¡ADORACIÓN SIN FINGIMIENTO! Ante la Presencia Eucarística


Y resulta que estas preguntas tienen mucho que ver con la Eucaristía. Es justamente ahí, en esa hambre, donde Dios ha decidido salir a nuestro encuentro.


I. Dios no vino a salvar del cuerpo, vino a salvar en el cuerpo

Antes de ser espíritu que ora, somos carne que respira, que tiene hambre, que se cansa, que desea, que arde. Nada de eso es un defecto de origen. Es, sencillamente, nuestra condición humana.

El Verbo de Dios, al hacerse carne, no tomó prestada solo la capacidad de pensar. Tomó también la piel, el pulso, el instinto, el hambre. Todo lo que nos hierve por dentro y que muchas veces nos cuesta nombrar, Jesús lo asumió primero, para poder salvarlo después. Porque lo que no se abraza, no se sana.

Por eso, cuando el sacerdote eleva la Hostia y dice “Esto es mi Cuerpo”, no se entrega una idea. Se entrega un cuerpo a otro cuerpo. Biología a biología. Su carne resucitada se ofrece a la propia carne humana —a las emociones, a los impulsos, a eso que se lleva dentro sin terminar de comprenderlo del todo— para que empiece a latir de otra manera.

La Eucaristía no busca convertir a nadie en un ángel. No pide que dejemos de ser criaturas de carne y hueso. Viene, más bien, a decirnos con sencillez: también la carne puede ser lugar santo.


II. El caos interior no se destruye: se transfigura

Dentro de cada uno de nosotros hay una tempestad pequeña o grande. Deseos que se cruzan, impulsos que no siempre se controlan, un fondo que a veces cuesta reconocer. La Escritura lo llama, desde el principio, Tohu-Bohu: el caos anterior a la luz.

Y aquí aparece una buena noticia, sencilla y a la vez profunda: Jesús-Eucaristía no viene a apagar esa tempestad. Viene a caminar sobre ella.

Al comer su Cuerpo, esas olas interiores no desaparecen de golpe, como por arte de magia. Se transforman poco a poco, como el agua se hace vino, como el grano molido se hace pan. El deseo humano —que en el puro instinto animal es solo necesidad, solo búsqueda de saciarse— en la Eucaristía empieza a convertirse en otra cosa: en deseo de desear al otro, en hambre de comunión, en un amor que ya no se cierra sobre sí mismo, sino que se abre.

Ahí el eros, esa fuerza de deseo tan propia de lo humano, es tomado de la mano por el ágape, la caridad de Dios. No para apagarlo, sino para llevarlo a su verdadera estatura.


III. Lo animal no es lo bestial

Hay una diferencia importante, que conviene tener clara para no vivir con una culpa que no corresponde:

Ser criatura de carne no es pecado. Tener hambre, tener deseo, sentir el cuerpo, ser mortal, ser pasión encarnada: eso es simplemente la condición de toda criatura. Y Dios, al crearla, la llamó “buena”.

Lo bestial sí lo es. No consiste en tener pasiones, sino en dejar que esas pasiones se encierren sobre sí mismas, se perviertan, se conviertan en jaula en vez de camino.

El Apocalipsis pone esta lucha frente a frente: la Bestia contra el Cordero. Y llama la atención el modo: Dios no vence a la Bestia con una fiera más fuerte. La vence con un Cordero. Con la mansedumbre de una carne entregada. Con la fragilidad de un pan partido.

Cada Eucaristía plantea, en el fondo, una elección: el encierro de la bestia sobre sí misma, o la entrega del Cordero, que permite que la propia animalidad no se pierda, sino que se convierta en ofrenda.


IV. Adorar: aprender a ver, gustar y tocar con otros sentidos

Ante el Santísimo, el cuerpo no queda fuera de la capilla. Entra entero: el cansancio, la inquietud, el deseo, las ganas de huir, la necesidad de ser querido. Toda esa “espesura” humana se pone delante de un pedazo de pan que es Dios.

Y ahí, poco a poco, algo se va entrenando. San Buenaventura hablaba de los sentidos espirituales: aprender a ver con otros ojos, a gustar con otro paladar, a tocar con otras manos aquello que los sentidos comunes tocan cada día. La adoración es, en el fondo, ese largo aprendizaje: descubrir que incluso las sensaciones más orgánicas pueden convertirse en umbral de encuentro con Dios.

Así deja de vivirse “fuera de sí”, arrastrado sin rumbo por cada impulso. Comienza una morada, una Alianza estable, como el sarmiento injertado en la vid. La biología entera —el cansancio, el deseo, la finitud— empieza a nutrirse de otra savia.


Para quedarnos con algo

No hace falta que lleguemos a la Misa dejando el cuerpo en la puerta. No hace falta fingir, en la Adoración, que ya no se siente, que ya no se desea, que ya no hay tempestad por dentro.

Basta con llegar tal como somos: ¡carne, pulso, hambre, deseo, caos!

Porque el Cordero de Dios no vino a salvar ángeles. Vino a salvar cuerpos. Y en ese pequeño trozo de pan, Dios ha decidido, para siempre, hacer de la propia animalidad su casa.

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PARÁBOLAS: PERLA, TESORO Y RED, domingo 17 del tiempo ordinario, ciclo A.

Jesús cuenta hoy las parábolas más cortas de todo el evangelio. Pero no las menos profundas.

Un hombre encuentra un tesoro escondido en un campo. Lo vuelve a esconder. Y va corriendo, lleno de alegría, a vender todo lo que tiene para comprar ese campo.

Otro hombre es comerciante de perlas. Un día encuentra una perla de un valor extraordinario. Y hace lo mismo: vende todo y la compra.

Dos historias. Un solo mensaje.

Cuando encuentras lo que de verdad vale, todo lo demás se recoloca solo. No porque lo demás sea malo. Sino porque has encontrado algo tan grande que las demás cosas recobran su tamaño real. Y lo que me llama la atención es esto: los dos van corriendo. Los dos están llenos de alegría. No hay drama, no hay lamento por lo que dejan. Hay gozo.

Seguir a Jesús no es una renuncia triste. Es un intercambio que solo puede hacer quien ha vislumbrado de verdad lo que hay al otro lado.

Pero me pregunto, y me lo pregunto a mí también: ¿He encontrado yo ese tesoro?

Porque a veces vivo el evangelio más como una obligación que como un descubrimiento. Más como algo que debo cumplir que como algo que me tiene loco de alegría.

¿Cuándo fue la última vez que sentí que mi fe era un tesoro y no un peso?

Quizás el problema no es que el tesoro no esté. Quizás es que llevo demasiado tiempo sin parar a buscarlo. Sin silencio. Sin dejar que Jesús me sorprenda.

El comerciante de perlas no se quedó en casa esperando. Andaba buscando. Estaba atento.

Y entonces, la tercera imagen. La red que recoge de todo.

Y Jesús dice: al final se separará lo bueno de lo malo. Pero ahora, en la red, cabe todo.

La Iglesia no es club de perfectos. Es red. Amplia, imperfecta, que recoge vidas de todo tipo, incluida la mía con todo lo que tiene de contradictorio.

Y al final, esa imagen preciosa del escriba que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas. La fe no es solo herencia. Es también descubrimiento continuo.


Hoy me hago una sola pregunta:

¿Qué tendría que soltar yo para quedarme con lo que de verdad vale?

No hace falta responderla ahora. Pero vale la pena no esquivarla.

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TRES HISTORIAS SEGUIDAS – Domingo XVI, tiempo ordinario, ciclo A

Jesús cuenta hoy tres historias seguidas. Y las tres dicen, en el fondo, lo mismo. ¡No te desesperes! Un campo con cizaña mezclada entre el trigo. Un grano de mostaza diminuto. Un poco de levadura escondida en la masa.

Tres imágenes de algo que no parece gran cosa. Que parece incluso un problema. Y que sin embargo está yendo exactamente a donde tiene que ir.

Empiezo por la que más me interpela: ¡el campo con cizaña!

Los criados llegan corriendo, escandalizados: ¡Señor, hay mala hierba entre el trigo, qué hacemos, la arrancamos ya! Y el dueño dice: no. Esperad.

No porque le dé igual la cizaña. Sino porque arrancarla ahora haría demasiado daño. Porque el trigo y la cizaña crecen entrelazados, y a veces no se distinguen hasta que maduran.

Esto me dice algo importante sobre cómo actúa Dios. Dios no tiene prisa en condenar. Dios tiene paciencia. Una paciencia que a veces nos desespera porque queremos que todo se resuelva ya, que los malos paguen pronto y los buenos sean reconocidos enseguida.

Y luego el grano de mostaza.

Pero también me dice algo sobre mí mismo.Porque ese campo de trigo y cizaña no es solo el mundo ahí fuera. Soy yo también. Hay en mí cosas buenas y cosas que todavía no lo son tanto. Zonas de luz y zonas que siguen esperando ser redimidas. Y Dios no me arranca. Espera. Trabaja despacio.

La semilla más pequeña que conocían. Y sin embargo, crece hasta dar sombra a los pájaros.Cuántas veces he pensado que lo que hago es demasiado pequeño para importar. Un gesto de bondad que nadie ve. Una oración torpe. Un perdón que me cuesta pero lo doy.

Jesús dice: no subestimes lo pequeño.

El reino de Dios no llega con estruendo. Se mete como levadura, en silencio, desde dentro, y transforma todo sin que nadie lo vea venir.


Hoy me quedo con esto: Dios está actuando. Aunque no lo veas. Aunque parezca que la cizaña lleva ventaja. Aunque tu grano de mostaza parezca ridículo. No te desesperes. Deja que crezca.

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