TIEMPO DE CUARESMA -CICLO A

Cuarenta días para la experiencia intensa, para reaprender nuestra fe, para re-nacer en la Pascua. El Espíritu en su pedagogía nos irá llevando, paso a paso, hacia el Baptisterio de la Celebración Pascual, donde con Jesús resucitaremos para una vida nueva. He aquí los pasos del Magisterio del Espíritu a través de su Iglesia:

1) Primer domingo. ¡El aliento y el hambre!

2) Segundo domingo. La vocación de los inquietos.

3) Tercer domingo. ¡Golpea la Roca!

4) Cuarto domingo. Cuando la ceguera está expandida.

5) Quinto domingo. El Espíritu sanará y resucitará nuestra carne”

Iremos redescubriendo y rediseñando nuestra identidad como seguidores de Jesús. Nos sentiremos habilitados para seguirlo por el camino, sin temor, hasta entrar en la peligrosa Jerusalén de aquí abajo, aclamándolo como Aquel que viene en nombre del Señor.

Dejémonos sorprender. Cuarenta días para la experiencia intensa, para reaprender nuestra fe, para re-nacer en la Pascua…”

“Iremos redescubriendo y rediseñando nuestra identidad como seguidores de Jesús, dejándonos sorprender por la pedagogía del Espíritu. Nos sentiremos habilitados para seguirlo por el camino…”

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CUANDO LA CUARESMA SE VUELVE “AVENTURA” – El mensaje del papa León XIV

Asistimos todos los domingos —tal vez todos los días— a la celebración de la Eucaristía. Cada viernes hacemos el viacrucis. Intentamos participar en las procesiones para compartir el dolor de Jesús, observamos ese ayuno silencioso que nadie aplaude, entregamos discretamente nuestra limosna. Somos fieles a nuestra oración. ¡Somos el corazón latiente de la Iglesia! Y con todo esto, los 40 días que se nos ofrecen, ¡pueden brillar como nunca antes! El papa Leó XIV nos lo susurra:

“Pidamos la gracia de una Cuaresma que afine nuestro oído a Dios y a los más necesitados, con un ayuno que silencie las lenguas hirientes y abra espacio al clamor ajeno”.

¡Hacia una Cuaresma radiante!

El papa León no nos pide cosas raras. Nos pide afinar el oído. Como cuando ajustamos la radio para escuchar mejor. Afinar nuestro corazón para oír a Dios… y para oír ese gemido del vecino, del familiar, del desconocido que sufre.

Y ese ayuno… ¡Qué revolucionario! Sí, seguiremos ayunando de comida. Pero el Papa nos abre los ojos: ¿y si también ayunamos de esas palabras que hieren? Esas que soltamos sin pensar en la mesa familiar. Esas que escribimos en WhatsApp cuando estamos molestos. Esos comentarios en Facebook que juzgan sin misericordia. ¿Y si este Viernes Santo silenciamos también nuestra lengua afilada?

Una Cuaresma con pies en la tierra de hoy

Vivimos tiempos donde todos hablan pero pocos escuchan. Donde las pantallas nos conectan con el mundo entero, pero a veces nos desconectan del que tenemos al lado.

  • Cuando hagamos nuestro Viacrucis del viernes, llevemos en el corazón a ese conocido que sufre en silencio. No hace falta gran cosa: un mensaje, una llamada, un “¿cómo estás de verdad?”
  • Cuando ayunemos, ayunemos también de quejarnos en las redes, de reenviar ese chisme, de criticar al de la otra parroquia. Que nuestro teléfono móvil se vuelva herramienta de bendición, no de herida.
  • Cuando demos limosna, démosla con la mirada: miremos a los ojos, sonriamos, reconozcamos la dignidad. Y si podemos, ampliemos esa limosna: compartamos algo bueno en redes, defendamos al calumniado, seamos voz de quien no tiene voz.
  • Cuando oremos en casa, pidamos por esto: “Señor, enséñame a escuchar como Tú escuchas. Que mi corazón arda ante el dolor ajeno como ardió el tuyo en la cruz”.

La Aventura que nos espera: cada Viacrucis… un camino de fuego

No se trata de abandonar lo que siempre hemos hecho.

Se trata de descubrir que cada Viacrucis puede encender nuestra compasión de manera nueva. Que cada ayuno puede liberarlos de algo que no sabían que nos ataba. Que cada limosna puede multiplicarse en bondad. Que cada oración puede transformarnos.

Porque al final de estos 40 días, en Jerusalén, no nos espera un Dios contando nuestras faltas. Nos espera Jesús con los brazos abiertos, listo para la Pascua más luminosa de nuestra vida. Nos espera la Resurrección que quiere estallar también en nosotros.

Esta Cuaresma puede ser la aventura más hermosa que hemos vivido. Estos Cuarenta días son un camino de fuego hacia el amor que todo lo puede…. La Pascua palpita en el horizonte.

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THE THRESHOLD OF HIS LIGHT (Song for the day of Consecrated Life -February 2, 2026)

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LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA: ¿UNA REVOLUCIÓN?

¿Inclinarme? ¿Porque? ¡De rodillas!

Lo que hoy se nos dice es: “¡se fuerte, seguro, influencer de tu propia vida… construye tu destino! La adoración, en cambio, nos dice: “Para ser tú mismo, tienes que salir del centro”.

En un selfie, yo o nosotros somos el centro: controlamos el ángulo, el filtro, la imagen. La adoración, en cambio es el anti-selfie. Es girar el teléfono 180 grados y apuntar hacia Alguien que es infinitamente más grande, más bello, más amoroso que nosotros. No es un acto de debilidad. Es un acto de verdad impresionante: reconocemos que no somos somos nosotros la luz, sino que necesitamos que Alguien nos ilumine.

Esa custodia iluminada en la oscuridad no es un “objeto bonito”. Es un “signo explosivo”. La custodia nos dice: “¡Aquí está el centro de todo. No tú, ni tus problemas, ni tus éxitos. Aquí está el Amor que te sostiene sin que tú hayas hecho nada para merecerlo!”.

El cuerpo habla: las rodillas, el corazón, el silencio

Se nos invita a arrodillaros, a guardar silencio, a bajar la cabeza. ¿Por qué? Porque la fe no es solo de la cabeza, es del cuerpo entero. Cuando nos arrodillamos físicamente, le decimos a nuestro corazón y orgullo: “Baja la guardia. Déjate sorprender”. No es una postura de esclavos. Es la postura de alguien que se sabe amado incondicionalmente y puede, por fin, dejar de actuar, de fingir, de esforzarse por ser visto. Es como cuando llegas a casa después de un día agotador y te tiras en el sofá. Te puedes relajar porque estás en casa. Adorar es reconocer que en Dios estamos en casa.

El silencio no es vacío. Es hacer espacio. Nuestra vida está llena de ruido: notificaciones, opiniones, música, ansiedades. En la adoración, callamos para poder escuchar una voz que no grita, que susurra: “Tú eres mío, y yo soy tuyo”.

Destrozan la adoración quienes la dirigen con palabras, lectura de textos, canciones de fondo… Como si tuvieran miedo al silencio. ¿Se puede adorar sin silencio?

La resistencia: adorar en la era del “me gusta”

Aquí viene lo más revolucionario. Vivimos en la cultura del rendimiento y del consumo. Todo es útil: se compra y se vende. Hasta la espiritualidad a veces la convertimos en un producto: “Voy a rezar para que me vaya bien en el examen”, “Voy a la iglesia para sentir paz”.

La adoración rompe esa lógica. Es totalmente gratuita. No adoras para conseguir algo. Adoras porque ya has recibido todo… ¡demasiado! (Jean-Luc Marion, la entiende como “fenómeno saturado”). Es como cuando miras a alguien que amas y dices “gracias” solo por existir. No le pides nada. Te basta con que esté ahí.

En el Getsemaní, el Verbo se hizo carne no para negar el sudor de angustia, sino para adorar desde él. La adoración no es fuga del cuerpo; es el cuerpo haciéndose grieta por donde lo infinito asoma. Es la virtud de la fisura aceptada, donde la fragilidad deja de ser un defecto a corregir y se convierte en el umbral de la recepción (Emmanuel Falque).

Por eso, en un mundo que te dice “produce, consume, sé útil”, ponerte de rodillas en silencio es un acto de rebelión pacífica. Es declarar: “Hay algo más importante que mi productividad. Hay un Amor que no se compra, que no se vende, que solo se puede recibir y celebrar”.

El gran secreto: adorar no es un momento, es una forma de vivir

La adoración eucarística es un entrenamiento, como el gimnasio para el alma. Pero su objetivo es que toda nuestra vida se convierta en adoración.

Esto significa vivir con atención. Fijarnos en el amanecer y decir “gracias”. Escuchar a un amigo que sufre y ver en él a Jesús. Estudiar o trabajar no solo para sacar nota o cobrar, sino como una forma de servir, de hacer brillar un poquito de la belleza de Dios en el mundo.

Aquí la adoración se revela como “virtud de la atención desnuda” (Simone Weil): atención sin objetivo, sin captura. No es escrutinio, sino “acogida”. El que adora no analiza el misterio; se deja analizar por él. Es un oído que se afina para escuchar una melodía que no compuso, un ojo que se abre para recibir una luz que no genera. Esta atención es la forma más alta de inteligencia: la inteligencia del “amor receptivo”, que conoce no poseyendo, sino siendo poseído por la verdad. 

La Eucaristía es la fuente de todo esto. Es la gran adoración, donde no solo miramos, sino que comemos y bebemos a Dios, nos hacemos uno con Él. La adoración fuera de la Misa es como extender ese abrazo, quedarnos un rato más en silencio después de decir “te quiero”.

Ser espejo: la gran conclusión

Imaginemos un espejo en una habitación oscura. Es frío, gris, inútil. Pero de repente, alguien abre una ventana y entra un rayo de sol directo sobre él. El espejo estalla en luz. No es luz propia, es luz reflejada. Pero gracias a él, toda la habitación se ilumina.

Nosotros somos ese espejo. Dios es ese sol. Y la adoración es girarse hacia la luz. Es aceptar con alegría que nosotros no somos el fuego, pero estamos hechos para reflejarlo. Cuando nos ponemos de rodillas, no nos hacemos pequeños. Nos hacemos transparentes. Dejamos que la Luz pase a través de nosotros para iluminar a todos los que nos rodean.

La adoración no es una “práctica de moda”. Es el espacio en que dejamos de ser protagonistas de nuestra película, y convertimos nuestra vida en reflejo consciente y gozoso del Amor más grande. Esta es la revolución de la adoración.

El que no adora, en su autosuficiencia, es como un espejo vuelto hacia la pared: quizá intacto, pero oscuro, inútil, aislado en su opacidad.

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Construyendo puentes…. ¡Milagro de amor!

CONSTRUYAMOS PUENTES… PALABRA DE AMOR

Construyamos puentes donde hay división,
No hay enemigos donde reina el amor
“PERFECTAE CARITATIS”, nuestro ideal
amar sin fronteras, nuestra identidad.

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LA LUZ MISIONERA, Tercer Domingo del tiempo ordinario, ciclo A

Eulàlia Bosch

Eulàlia Bosch

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INTRODUCCIÓN AL TIEMPO ORDINARIO, ciclo A

Como un río que emerge y después se oculta nos sorprende, tras el tiempo de Navidad y antes de Cuaresma y tras el de Pascua, el tiempo ordinario. Es nuestro tiempo, el de la cotidianidad, el de la vida ordinaria. También en este tiempo, sin notables acontecimientos, el Espíritu guía al Pueblo de Dios.

El recorrido que vamos a hacer es fascinante. Hay en él un programa progresivo de iluminación en aspectos muy importantes de nuestra vida cristiana. El mensaje motivará nuestra oración intensa y también nuestro compromiso práctico. He aquí los temas que irán desgranándose domingo a domingo hasta iniciar la Cuaresma -tras el tiempo de Pascua, continuaremos con los restantes domingos del tiempo ordinario:

1) la Misión y vocación cristiana;
2) el sermón de las bienaventuranzas como programa de vida;
3) aspectos de nuestra llamada a la misión: consistencia, misericordia, audacia;
4) la oscuridad de la fe;
5) el reinado de Dios y la nueva Alianza;
6) el pecado y el perdón;
7) la hora del Esposo;
8) Política, Amor, Autoridad, Sabiduría, Liderazgo.

Muchos aspectos de la vida personal y comunitaria son tocados por la Palabra que hoy ilumina nuestro camino. Y llegarán las sorpresas de la historia y la providencial proclamación de la Palabra que nos dará claves de sentido.

Cuando nos convertimos en señal. Cuando apuntamos a Jesús y decimos: “¡Éste es!”

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