Este es un artículo que he deseado publicar. Mi aprecio por la música siempre me acompaña. Cuando hube de optar entre la música y la teología, mi decisión fue la teología. Este artículo responde a esas dos inquietudes vitales.

Hay preguntas que incomodan. Una de ellas es esta: ¿puede la música hacernos daño? ¿Puede ser utilizada en contra de la persona, incluso dentro del espacio sagrado de la oración y el culto?
La pregunta nos sorprende porque hemos aprendido a ver la música como algo casi sagrado en sí mismo, un territorio moralmente neutro, intocable. Pero la música no es inocente. Por eso merece una reflexión honesta y valiente, desde la fe, desde la experiencia humana y desde la responsabilidad pastoral.
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