A veces, las agendas de la Iglesia parecen una sucesión de eventos para “gestionar” lo que somos. Pero lo que el Cardenal José Cobo ha puesto sobre la mesa en Madrid no es un evento más; es, en el fondo, un ejercicio de ecología eclesial, que puede y debe estimular una ecología política. Aunque no me pude hacer presente en el evento por encontrarme en India, pero lo seguí como si presente me hallara. Y aquí ofrezco muy humilde reflexión.
Un intento valiente de sanación
“Convivium” es un intento valiente de sanar los vínculos de un clero que, a veces, se siente fragmentado por la historia, por la estética o simplemente por la procedencia geográfica.
Me he quedado rumiando estas ideas. Y me pregunto: ¿cómo pasar de la coexistencia al convivium? No se trata de compartir un código postal o un arciprestazgo, sino de compartir la vida.
El poliedro: donde nadie sobra
Solemos caer en la tentación de la contraposición: los de una época frente a los de otra, los de una sensibilidad frente a la contraria. Sin embargo, la imagen del poliedro que tanto nos inculcó el Papa Francisco es la clave.
Nuestra riqueza no está en la uniformidad, sino en esa confluencia de parcialidades:
- La profecía de los mayores.
- El fervor de la generación de Juan Pablo II.
- El celo por la identidad de los más jóvenes.
- Y la catolicidad universal que nos inyectan los sacerdotes migrantes que se integran entre nosotros.
Pero para que el poliedro brille, hace falta un ejercicio previo: el desarme. No podemos sentarnos a la mesa a defender nuestra “parcela pastoral”; hay que sentarse a compartir la fragilidad de nuestra vocación.
La mística de la Mesa Abierta
El convivium no puede ser un espejismo de dos días. Para que sea real, necesitamos una hospitalidad radical. Me interpela mucho la idea de pasar del “mi” (mi parroquia, mis fieles, mi gestión) al “nosotros” sacramental y diocesano.
El sacramento del Orden no lo recibimos para ser llaneros solitarios. La corresponsabilidad no es solo ver cómo sanamos las economías de la diócesis; es hacernos cargo de la salud mental y espiritual del hermano que tengo al lado. ¿Cuándo fue la última vez que nos sentamos a hablar de la vida y no solo de la gestión parroquial o diocesana?
De la “unidad doctrinal” a la “unidad afectiva”
Estamos en 2026 y el Concilio sigue más vivo que nunca si sabemos leerlo hoy. Si en 1965 el reto de Presbyterorum Ordinis era la unidad doctrinal, hoy nuestro gran desafío es la unidad afectiva.
La eficacia de nuestra misión en Madrid no depende de que tengamos el plan pastoral más brillante o la estrategia de marketing más pulida. Depende de la calidad de nuestros vínculos. Si no nos queremos, si no nos cuidamos, el mensaje se vacía.
Una “conspiración” del Espíritu y un “signo profético”
Me gusta entender la sinodalidad no como una democracia parlamentaria, sino como una conspiración: respirar juntos el mismo Espíritu.
- Escuchar desde la paternidad y la filiación.
- Dialogar quitándonos las etiquetas (conciliares, movimientos, extranjeros) para ser, simplemente, hermanos de mesa.
El convivium es la cura definitiva contra el “Sacerdote-Islote”. Si logramos pasar de ese consenso ideológico frío a una comunión vital y cálida, nos convertiremos en un signo profético para esta sociedad madrileña que, aunque está hiperconectada, se encuentra muy sola.
El “Convivium” ¿clave para la política madrileña?
Si algo define hoy el clima en Madrid (y en España), es la polarización por etiquetas. Nos hemos acostumbrado a una “coexistencia de trinchera”: estamos en el mismo sitio, pero no vivimos la misma vida. Cada uno gestiona su parcela, su voto y su ideología como si fuera una parroquia blindada.
El “Convivium” ofrece a la política madrileña tres claves que podrían oxigenar nuestras instituciones:
- El Desarme de las Etiquetas: En política, solemos hablarle al “personaje” o a la “sigla”, nunca a la persona. El Convivium propone sentarse a la mesa sin el escudo del partido. No para borrar las diferencias, sino para reconocer la fragilidad compartida. Una política que no se basa en “ganar al otro”, sino en sostener juntos la ciudad.
- Del Consenso Ideológico a la Comunión Vital: El consenso político suele ser un pacto frío de mínimos donde nadie queda satisfecho. La “comunión vital” del Convivium va más allá: busca lo que nos une por el simple hecho de ser madrileños, vecinos, humanos. Es pasar de “tolerar que el otro exista” a “alegrarme de que el otro esté en mi mesa”.
- La Escucha desde la Filiación: En una sociedad madrileña hiperconectada pero profundamente sola, el político suele “oír” para responder y atacar. El Convivium enseña a escuchar desde la fraternidad: ¡todos somos hijos de Dios! Nos ayuda a entender que el problema del otro (aunque piense distinto) es también mi problema. Es la cura contra el “político-islote” que solo mira su propio ombligo electoral.
En definitiva, el Convivium es la conspiración del sentido común: entender que solo si aprendemos a “respirar juntos” el mismo aire de la ciudad, podremos dejar de asfixiarnos en nuestras propias divisiones.
Impactos: 15












