Tomás quería tocar. No conformarse con palabras. No quedarse con el relato de otros. Quería meter la mano en el costado abierto de Jesús y saber, desde adentro, que era verdad.
Y Jesús no le negó ese deseo. Se lo concedió. Porque ese deseo —tocar al Resucitado— no es falta de fe. Es el deseo más hondo del corazón humano.
«Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.»— Salmo 117
Y ese mismo don se nos sigue dando. Aquí. Ahora. En la Eucaristía.
Cuando extiendes las manos y recibes la hostia, no estás recibiendo un símbolo ni un recuerdo. Estás tocando el Cuerpo de Cristo. El mismo Cuerpo que fue llagado, que resucitó glorioso, que Tomás tocó aquella tarde con el corazón temblando.
Los primeros cristianos lo sabían. Los Hechos lo dicen con una sola frase: perseveraban en la fracción del pan. No era una obligación. Era el centro. El lugar donde encontraban al Señor vivo.
Pedro escribe a comunidades que sufren y les dice: «Le amáis sin haberle visto.» Nosotros sí le vemos. Velado, pero real. En el pan partido. En el vino derramado. En las manos abiertas del sacerdote que repite sus palabras.
Hoy, domingo de la Divina Misericordia, acércate a comulgar como Tomás se acercó a las llagas: con hambre, con humildad, sin miedo. Y escucha lo que Jesús te dice en ese silencio después de recibir su Cuerpo:
Tomamos la palabra profundamente preocupados ante la trágica escalada de violencia y guerra en Oriente Medio. Ante los ojos del mundo, la destrucción responde a la destrucción y la voz de las armas ahoga el lenguaje del diálogo. Las principales víctimas de esta espiral de violencia son personas inocentes: familias desplazadas, niños que viven con miedo y comunidades que sufren pérdidas inconmensurables.
Esta dolorosa realidad revela una verdad inquietante: a menudo, el mundo sigue a merced de quiene manejan las armas de destrucción, en lugar de quienes abogan por la paz. Pedimos a los responsables de la violencia que detengan el uso de las armas, protejan a los civiles, permitan la asistencia humanitaria y abran caminos a un inmediato alto el fuego inmediato y a un diálogo serio. Como nos recuerda el profeta, Dios desea la llegada de un día en el que «ninguna nación levantará la espada contra otra nación» (Is 2, 4).
Lamentamos la debilidad de la comunidad internacional a la hora de responder con eficacia a esta tragedia. Las instituciones creadas para salvaguardar la paz no deben permanecer ineficaces mientras los conflictos se intensifican y la sucesión de acciones de venganza agrava el sufrimiento. No debemos dejar de soñar que es posible un mundo en el que las naciones, con toda la diversidad que Dios les ha dado, coexistan en dignidad, justicia y respeto mutuo.
También debemos reconocer las raíces más profundas de la violencia: el comercio mundial de armas, la normalización de las represalias y la manipulación de la religión o la identidad para justificar el odio y la división. La existencia de armas nucleares y de otros instrumentos de destrucción masiva y la posibilidad de que su número aumente supone una grave amenaza para la humanidad y para nuestra casa común.
Toda persona es hijo o hija de Dios, y la tierra es la casa común confiada a nuestro cuidado. El nombre de Dios nunca puede invocarse para atacar a otro ser humano. Ningún interés político o ideología puede justificar la destrucción de la vida humana o la negación de la dignidad y derechos de personas y pueblos.
Invitamos a los líderes y a las naciones a que respeten la dignidad humana, el derecho internacional y los derechos humanos, optando antes por el diálogo y la negociación que por la represalia y la violencia, y trabajando en pro de soluciones políticas justas y duraderas.
A nuestros hermanos de Congregación, a quienes comparten misión con nosotros y a todas las personas de buena voluntad: no nos volvamos indiferentes al sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas. En muchas partes del mundo acompañamos a comunidades que viven bajo la amenaza de la violencia y el conflicto. Fortalezcamos nuestro compromiso con la construcción de la paz, la defensa de la justicia y el acompañamiento de quienes sufren.
La colaboración entre las religiones en la construcción de la paz es muy importante. Cuando los creyentes trabajamos juntos en el respeto mutuo, damos testimonio de que la fe puede ser una fuente de reconciliación y no de división.
En comunión con el Papa León XIV, solidarios con las víctimas, invitamos a nuestras comunidades a la oración, el ayuno y la reflexión por la paz. Utilicemos nuestros ministerios y plataformas sociales para promover la reconciliación, el diálogo y la construcción de la paz. Cuando respondemos con compasión, valentía y solidaridad, nos convertimos en colaboradores de Dios en la construcción de un mundo más fraternal y justo, donde la violencia da paso a la reconciliación y se respeta la dignidad de cada persona.
Declaración del Gobierno General y los superiores mayores de los Misioneros Claretianos,unidos en oración y solidaridad a todos los que trabajan por la paz y la reconciliación.
Quizás hoy no te sientes con ganas de aleluyas. Quizás llevas duelo encima. Quizás la muerte está demasiado cerca.
No pasa nada. Escucha igual. Una tumba. Vacía. Eso es todo lo que hay esta mañana. Y nadie — ni las mujeres, ni Pedro, ni los apóstoles — lo creyó de golpe.
La fe en la resurrección no es un esfuerzo intelectual. No es voluntad. No es emoción religiosa. Es un regalo. Una revelación. “Se les apareció.” No dice: “lo buscaron hasta encontrarlo.”
El poeta irlandés W.B. Yeats escribió sobre otro domingo de pascua:
“Todo ha cambiado, cambiado absolutamente. Una terrible belleza ha nacido.”
Lo escribió para una revolución política. Pero esta mañana lo robamos para la revolución más grande de la historia.
Porque si esa tumba está vacía de verdad — la muerte no es un muro. Es una puerta.
Dietrich Bonhoeffer lo entendió. Teólogo. Preso. Ejecutado por los nazis: “El Dios del comienzo absoluto es el Dios de la Resurrección”.
No te han dado la vida para que mueras. Naciste para nacer de nuevo. Lo que le pasó a Él, te va a pasar a ti.
¿Te resulta difícil creerlo? Normal. A todos nos cuesta. Hoy solo te pido una cosa: Detente ante la tumba vacía. Y deja que esa terrible belleza te alcance.
¿Sabes por qué hoy el mundo entero está en silencio?. No es un silencio de muerte; es el silencio de un Rey que se ha quedado dormido para despertarnos a todos.
El gran Silencio
Hoy la tierra está temerosa y sobrecogida. Pero mientras nosotros vemos soledad, en lo invisible está ocurriendo una conmoción. Dios ha muerto en la carne, sí, pero para bajar a buscar a nuestro primer padre, Adán, como si fuera la oveja perdida. Cristo no se ha quedado en la tumba: ha bajado a visitar a los que viven en tinieblas.
El encuentro en el infierno
Imagina la escena: Jesús llega a las prisiones del abismo con las armas vencedoras de la cruz en sus manos. Al verlo, Adán queda asombrado y grita: “¡Mi Señor esté con todos!”. Y Cristo, tomándolo de la mano, le responde con la mayor ternura: “Y con tu espíritu”. Es el encuentro de Dios con su humanidad herida.
El mensaje de Cristo:
Escucha lo que Jesús le dice a Adán, y lo que nos dice a nosotros hoy:
“Despierta, tú que duermes”. No te creé para que permanecieras cautivo en el abismo.
Mira los salivazos de mi cara, para devolverte tu aliento de vida.
Mira los azotes en mi espalda, para aliviarte del peso de tus pecados.
Mira mis manos clavadas al madero, porque tú extendiste maliciosamente la tuya al árbol prohibido.
“Mi sueño te saca del sueño del abismo”.
De la Prisión al Trono
El rescate es total. Jesús le dice: “Levántate, salgamos de aquí”. El enemigo te sacó del paraíso, pero yo te coloco en un trono celeste. Ya no hay querubines que te prohíban el paso; ahora hay ángeles que reconocen tu dignidad y te sirven.
El reino de los cielos está preparado para ti desde toda la eternidad. Hoy, en el Gran Sábado, nada está perdido. ¡Despierta! Porque tu Dios ha bajado hasta tu propia oscuridad para sacarte a la luz.
¿Viernes Santo es la historia de un fracaso?. El autor del cuarto evangelio, el “discípulo amado”, nos dice que no. Él era su confidente y mejor amigo, por eso su mirada merece toda nuestra atención. Hoy no venimos a ver una tragedia externa, sino a encontrarnos con el auténtico Jesús del Viernes Santo.
Olvida la imagen de una víctima pasiva o deprimida. En el relato de Juan, vemos a un Jesús lleno de energía interior.
Cuando lo buscan, Él da el paso: “¡Yo soy!”.
A Pedro le ordena: “¡Mete la espada en la vaina!”.
Ante el poder del mundo afirma: “¡Mi reino no es de este mundo!”. Jesús es Señor hasta el último momento; sus verdugos son, en realidad, las víctimas de su no-violencia.
Junto a la cruz, el discípulo amado es testigo de un testamento de amor. Jesús mira a su madre y al amigo y redefine la familia: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre”. No es solo un gesto de consuelo; es la creación de una comunidad unida por el cuidado mutuo y el amor extremo.
Llegamos al clímax. Jesús dice: “¡Todo está cumplido!” y entrega el Espíritu. Para quienes están al pie de la cruz, este es el primer Pentecostés. No es un último suspiro de muerte, sino un “derrame” de vida. En ese instante, el amor de Dios empieza a circular “a borbotones” sobre la Iglesia naciente. Es una energía que todo lo supera y que vence amando incluso a quienes le quitan la vida.
Porque, hermanas y hermanos, tiene más fuerza el amor que el odio. Tiene más poder quien enciende una luz que quien apaga las luces de una ciudad. Al final, en la Cruz, ¡venció el Amor de los Amores!.
¿Quieres este señorío de Jesús?.
Borra resentimientos.
Corta la crítica permanente.
Perdona y ama sin condiciones. Haz del amor tu arma más poderosa. Porque hoy, lo que no es amor… ¡se está ahogando!
Hoy es Jueves Santo. Y hoy… todos estamos en un Cenáculo. Aquí en la Iglesia, allá… ¡en nuestra casa! con las puertas cerradas. Como aquellos primeros discípulos.
Jesús vivió esta Cena con una amenaza rondándole. Con el miedo presente. Con la traición sentada a su mesa: ¡Judas!
Y aun así… Se levantó. Se ató una toalla a la cintura. Se puso de rodillas. Y empezó a lavar pies. Los pies de Pedro, que protestó. Los pies de Juan, que le amaba. Los pies de Judas, que ya había decidido traicionarle.
A todos. Sin excepción.
Y me imagino… que también llegaría hasta mí. Con esa delicadeza suya. Con esa ternura que descoloca. Y me lavaría los pies a mí. Eso es lo que el evangelio de Juan nos quiere decir esta tarde: “Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo.”No a medias. No cuando era fácil. Hasta el extremo.
Y luego tomó el pan. Tomó la copa. Y dijo: “Tomad… esto es mi cuerpo. Esto es mi sangre.” ¡El regalo más inesperado en el momento más oscuro!
El evangelista Juan nos guarda además otro tesoro. Un largo y misterioso discurso de despedida que Jesús dedica a los suyos.
Habla del Amor. Habla de su Abbá. Habla del Espíritu Santo que vendrá. “Os lo recordará todo… os llevará a la verdad completa.” Un discurso lleno de misterio, lleno de ternura, lleno de promesas. Como si Jesús quisiera dejarnos todo su mundo… en las manos.
Y hoy… sigue haciendo lo mismo. No solo en la Iglesia, sino también en tu casa. En mi casa. Aunque las puertas estén cerradas. Aunque el mundo parezca detenido.
Porque desde aquella noche… no ha dejado de amarnos. Hasta el extremo. Nuestra casa puede ser hoy un cenáculo. Nuestra mesa… puede ser un altar.
Que el Espíritu Santo convierta cada hogar en lugar de encuentro con Él. Feliz Jueves Santo.
Hoy la Palabra de Dios nos grita una sola cosa: ¡VIDA! Y qué paradoja… estamos a punto de entrar en la Semana Santa, la semana de la muerte de Jesús… y Él nos dice: “Yo soy la Vida”.