¡QUE BRILLE VUESTRA LUZ! Quinto domingo del tiempo ordinario, ciclo A.

Jesús no nos quiere encerrados. Nos lanza al mundo. Porque hay algo dentro de nosotros que tiene que brillar. Y el mundo lo necesita.

¿Cuándo brillamos de verdad? Cuando no somos indiferentes. Cuando la compasión se nos sale por los ojos. Cuando el amor gobierna nuestras relaciones. Cuando nos apasiona la humanidad.

Esa es la luz que vence la oscuridad. Como decía Luther King: “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacerlo”.

Jesús fue esa Luz. Y nosotros, cuando hacemos el bien, la somos también. Pero atención: Pablo nos advierte. No es nuestra sabiduría la que ilumina. Es la sabiduría de la cruz: humilde, callada, que brilla sin pretenderlo. No se trata de exhibir. Se trata de no ser indiferentes. Como canta León Gieco: “Sólo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente”.

No tenemos vocación de sacristía. Nuestro lugar es la calle, la plaza, la vida. Decía Antonio Machado: “Todo necio, confunde valor y precio”

La sal no vale por su precio. Vale por lo que transforma. Tu amabilidad, tu escucha, tu justicia… son esa sal. Esa luz.

Jesús te pregunta hoy, me pregunta a mí:

¿Tu luz está escondida? ¿O estás dando sabor al mundo?

No nos acostumbremos. Que nuestra vida sea la sal que sale. La luz que brilla. Porque sal y fuego… es Él.

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THE THRESHOLD OF HIS LIGHT (Song for the day of Consecrated Life -February 2, 2026)

[Intro] [(Soft piano and ethereal pads. A distant choir hums a low harmonic. A single, solemn organ pedal note enters slowly…)]

[Verse 1: Male baritone Solo]
In the silent dawn of a restless heart,
I felt the pull, the choice to set apart.
Beyond the vertigo, where shadows play,
I heard Your whisper, calling me to stay.
Not a destiny of chains, but a freedom found,
where holy fire meets the common ground.

[Verse 2: Female Solo]
Your values shone like a pearl on the sand,
The weight of beauty I could not withstand.
An ecstatic “Yes” that breaks the ego’s wall,
To lose my life and find it in the call.
Created in Your image, a reflection of the Son,
The work of restoration has finally begun.

[Cathedral Organ swells – Powerful] [Chorus: Duet – Male baritone and Female Voices] [(Majestic and Anthemic)]
To the borders of the world, we run!
In the mystery of the Father and the Son.
With the mystic of love and the mission in our bones,
We are the spirit’s breath, we are the living stones.
Leaving every shore to find the Pearl of price,
A living song of hope, a joyful sacrifice!

[Verse 3: The Evangelical Counsels – Alternating]
[(Female Solo)]
The poor in spirit, owning nothing but His name,
[(Male baritone Solo)]
Eunuchs for the Kingdom,
love’s bright and holy flame.
[(Female Solo)]
Obedient to the Voice,
that wakes us from our sleep,
[(Male baritone Solo)]
A promise to the Father,
a covenant to keep.
[(Duet – Harmony)]
Through these empty hands,
the Spirit’s power flows,
In this radical surrender,
the seed of glory grows.

[Verse 4: Female Solo] [(Warm and intimate)]
“Abba,” we cry, as the Spirit takes His flight,
Restoring the icon in the morning light.
A child of grace, no longer lost or bound,
in the depth of the Father, my home is newly found.
In the liminal spaces, on the edge of the light,
we stand as witnesses against the longest night.

[Bridge: Harmony – Blending Voices] [(Building with intensity, brass section and organ chords) Beyond the walls!]
(The Spirit breathes) Beyond the fear!
(The dawn is here) From every nation, every tribe and tongue,
The ancient song of love is newly sung!
Yes to the frontier! Yes to the call!
Giving our “nothing” to the Lord of all!

[Cathedral Organ: Full stop/Tutti – Tremendous climax] [Chorus: Duet – Male and Female Voices] [(Maximum climax with Organ and Choir layers)]
To the borders of the world, we run!
In the mystery of the Father and the Son.
With the mística of love and the mission in our bones,
We are the spirit’s breath, we are the living stones.
Leaving every shore to find the Pearl of price,
A living song of hope, a joyful sacrifice!

[Outro: Soft and Devotional] [(Organ fades to a whisper, soft piano returns)]
My path, Your light… My soul, Your home.
[(Male baritone:] A path untrodden…
[(Female:] A name spoken in love…)
[(Together:] My life, Your home.)

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¿DÓNDE ESTÁ NUESTRA FELICIDAD? Domingo IV, tiempo ordinario, ciclo A

A veces me pregunto: ¿En qué estoy buscando yo la felicidad? ¿En lo que tengo, en lo que sé, en el reconocimiento?

Las tres lecturas de este domingo (Sofonías, Pablo, y sobre todo Jesús) nos dan un golpe de realidad. Nos recuerdan algo que a menudo olvidamos: Dios no elige lo impresionante. Elige lo que el mundo pasa por alto. Lo débil. Lo que no cuenta.

Jesús, el único Maestro, veía a la gente humilde, a la que sufre, y algo en Él se revolvía. Se llenaba de alegría. En ellos veía un terreno fértil para el Reino de Dios. Por eso subió a la montaña y nos soltó este manifiesto que nos sacude a todos:

“Dichosos los pobres en el espíritu
… los que lloran…
los que tienen hambre de justicia…”

No es un “felices los de allá”. Es un “felices nosotros”, cuando nuestro corazón está ahí”. Cuando dejamos de confiar en nuestras propias seguridades y confiamos solo en Él. Cuando, en nuestra pobreza –que todos tenemos de una forma u otra–, no dejamos de creer que Dios está haciendo algo nuevo.

Pablo nos lo dice claro a comunidades como la nuestra, como en Corinto: “Fijáos bien en vuestra propia asamblea”. Miremos a nuestro alrededor, miremos dentro. ¿No es cierto que Dios actúa precisamente en lo que nosotros despreciamos? En nuestras debilidades, en nuestras limitaciones… y en la gente que pasa desapercibida.

Este texto nos humilla si nos creemos muy listos o importantes. Pero también nos “libera”. Nos dice: “Tu valor no está en lo que tienes o aparentas. Está en que, en tu indigencia, confíes. Y desde ahí, seas misericordioso, pacífico, limpio de corazón”.

Como decía San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Tal vez esa sea la clave. Dejar de buscar la paz donde no está, y encontrarla justo ahí donde Jesús la proclama: en un corazón que se vacía para llenarse de Él.

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LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA: ¿UNA REVOLUCIÓN?

¿Inclinarme? ¿Porque? ¡De rodillas!

Lo que hoy se nos dice es: “¡se fuerte, seguro, influencer de tu propia vida… construye tu destino! La adoración, en cambio, nos dice: “Para ser tú mismo, tienes que salir del centro”.

En un selfie, yo o nosotros somos el centro: controlamos el ángulo, el filtro, la imagen. La adoración, en cambio es el anti-selfie. Es girar el teléfono 180 grados y apuntar hacia Alguien que es infinitamente más grande, más bello, más amoroso que nosotros. No es un acto de debilidad. Es un acto de verdad impresionante: reconocemos que no somos somos nosotros la luz, sino que necesitamos que Alguien nos ilumine.

Esa custodia iluminada en la oscuridad no es un “objeto bonito”. Es un “signo explosivo”. La custodia nos dice: “¡Aquí está el centro de todo. No tú, ni tus problemas, ni tus éxitos. Aquí está el Amor que te sostiene sin que tú hayas hecho nada para merecerlo!”.

El cuerpo habla: las rodillas, el corazón, el silencio

Se nos invita a arrodillaros, a guardar silencio, a bajar la cabeza. ¿Por qué? Porque la fe no es solo de la cabeza, es del cuerpo entero. Cuando nos arrodillamos físicamente, le decimos a nuestro corazón y orgullo: “Baja la guardia. Déjate sorprender”. No es una postura de esclavos. Es la postura de alguien que se sabe amado incondicionalmente y puede, por fin, dejar de actuar, de fingir, de esforzarse por ser visto. Es como cuando llegas a casa después de un día agotador y te tiras en el sofá. Te puedes relajar porque estás en casa. Adorar es reconocer que en Dios estamos en casa.

El silencio no es vacío. Es hacer espacio. Nuestra vida está llena de ruido: notificaciones, opiniones, música, ansiedades. En la adoración, callamos para poder escuchar una voz que no grita, que susurra: “Tú eres mío, y yo soy tuyo”.

Destrozan la adoración quienes la dirigen con palabras, lectura de textos, canciones de fondo… Como si tuvieran miedo al silencio. ¿Se puede adorar sin silencio?

La resistencia: adorar en la era del “me gusta”

Aquí viene lo más revolucionario. Vivimos en la cultura del rendimiento y del consumo. Todo es útil: se compra y se vende. Hasta la espiritualidad a veces la convertimos en un producto: “Voy a rezar para que me vaya bien en el examen”, “Voy a la iglesia para sentir paz”.

La adoración rompe esa lógica. Es totalmente gratuita. No adoras para conseguir algo. Adoras porque ya has recibido todo… ¡demasiado! (Jean-Luc Marion, la entiende como “fenómeno saturado”). Es como cuando miras a alguien que amas y dices “gracias” solo por existir. No le pides nada. Te basta con que esté ahí.

En el Getsemaní, el Verbo se hizo carne no para negar el sudor de angustia, sino para adorar desde él. La adoración no es fuga del cuerpo; es el cuerpo haciéndose grieta por donde lo infinito asoma. Es la virtud de la fisura aceptada, donde la fragilidad deja de ser un defecto a corregir y se convierte en el umbral de la recepción (Emmanuel Falque).

Por eso, en un mundo que te dice “produce, consume, sé útil”, ponerte de rodillas en silencio es un acto de rebelión pacífica. Es declarar: “Hay algo más importante que mi productividad. Hay un Amor que no se compra, que no se vende, que solo se puede recibir y celebrar”.

El gran secreto: adorar no es un momento, es una forma de vivir

La adoración eucarística es un entrenamiento, como el gimnasio para el alma. Pero su objetivo es que toda nuestra vida se convierta en adoración.

Esto significa vivir con atención. Fijarnos en el amanecer y decir “gracias”. Escuchar a un amigo que sufre y ver en él a Jesús. Estudiar o trabajar no solo para sacar nota o cobrar, sino como una forma de servir, de hacer brillar un poquito de la belleza de Dios en el mundo.

Aquí la adoración se revela como “virtud de la atención desnuda” (Simone Weil): atención sin objetivo, sin captura. No es escrutinio, sino “acogida”. El que adora no analiza el misterio; se deja analizar por él. Es un oído que se afina para escuchar una melodía que no compuso, un ojo que se abre para recibir una luz que no genera. Esta atención es la forma más alta de inteligencia: la inteligencia del “amor receptivo”, que conoce no poseyendo, sino siendo poseído por la verdad. 

La Eucaristía es la fuente de todo esto. Es la gran adoración, donde no solo miramos, sino que comemos y bebemos a Dios, nos hacemos uno con Él. La adoración fuera de la Misa es como extender ese abrazo, quedarnos un rato más en silencio después de decir “te quiero”.

Ser espejo: la gran conclusión

Imaginemos un espejo en una habitación oscura. Es frío, gris, inútil. Pero de repente, alguien abre una ventana y entra un rayo de sol directo sobre él. El espejo estalla en luz. No es luz propia, es luz reflejada. Pero gracias a él, toda la habitación se ilumina.

Nosotros somos ese espejo. Dios es ese sol. Y la adoración es girarse hacia la luz. Es aceptar con alegría que nosotros no somos el fuego, pero estamos hechos para reflejarlo. Cuando nos ponemos de rodillas, no nos hacemos pequeños. Nos hacemos transparentes. Dejamos que la Luz pase a través de nosotros para iluminar a todos los que nos rodean.

La adoración no es una “práctica de moda”. Es el espacio en que dejamos de ser protagonistas de nuestra película, y convertimos nuestra vida en reflejo consciente y gozoso del Amor más grande. Esta es la revolución de la adoración.

El que no adora, en su autosuficiencia, es como un espejo vuelto hacia la pared: quizá intacto, pero oscuro, inútil, aislado en su opacidad.

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Construyendo puentes…. ¡Milagro de amor!

CONSTRUYAMOS PUENTES… PALABRA DE AMOR

Construyamos puentes donde hay división,
No hay enemigos donde reina el amor
“PERFECTAE CARITATIS”, nuestro ideal
amar sin fronteras, nuestra identidad.

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LA LUZ MISIONERA, Tercer Domingo del tiempo ordinario, ciclo A

Eulàlia Bosch

Eulàlia Bosch

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INTRODUCCIÓN AL TIEMPO ORDINARIO, ciclo A

Como un río que emerge y después se oculta nos sorprende, tras el tiempo de Navidad y antes de Cuaresma y tras el de Pascua, el tiempo ordinario. Es nuestro tiempo, el de la cotidianidad, el de la vida ordinaria. También en este tiempo, sin notables acontecimientos, el Espíritu guía al Pueblo de Dios.

El recorrido que vamos a hacer es fascinante. Hay en él un programa progresivo de iluminación en aspectos muy importantes de nuestra vida cristiana. El mensaje motivará nuestra oración intensa y también nuestro compromiso práctico. He aquí los temas que irán desgranándose domingo a domingo hasta iniciar la Cuaresma -tras el tiempo de Pascua, continuaremos con los restantes domingos del tiempo ordinario:

1) la Misión y vocación cristiana;
2) el sermón de las bienaventuranzas como programa de vida;
3) aspectos de nuestra llamada a la misión: consistencia, misericordia, audacia;
4) la oscuridad de la fe;
5) el reinado de Dios y la nueva Alianza;
6) el pecado y el perdón;
7) la hora del Esposo;
8) Política, Amor, Autoridad, Sabiduría, Liderazgo.

Muchos aspectos de la vida personal y comunitaria son tocados por la Palabra que hoy ilumina nuestro camino. Y llegarán las sorpresas de la historia y la providencial proclamación de la Palabra que nos dará claves de sentido.

Cuando nos convertimos en señal. Cuando apuntamos a Jesús y decimos: “¡Éste es!”

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EL TESTIGO QUE MUESTRA A JESÚS – Domingo 2 del tiempo ordinario

Hay alguien detrás de cada Grande. Detrás de cada escritor que conoces, hubo un editor que apostó. Detrás de cada campeón, un entrenador que creyó. Detrás de cada estrella, alguien que dijo: “Este va a brillar”.

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DESPEDIDA EUCARÍSTICA (EN EL FUNERAL DEL P. LUIS ALBERTO GONZALO DÍEZ, CMF)

Hay personas que pasan por la vida dejando huellas. Otras, como Luis Alberto, dejan caminos. Caminos que invitan a caminar juntos.

Durante años compartimos comunidad, misión, conversaciones largas y silencios cómplices. Tuve el privilegio de acompañarle en la elaboración de su tesis doctoral, ese testamento intelectual que hoy nos habla con su voz. Y al releerla en estos días, descubro que no es solo un texto académico: es un espejo de su alma, una ventana a su manera de mirar la vida consagrada… y la vida misma.

Luis Alberto fue un hombre que se atrevió a mirar de frente la realidad, sin maquillajes. Vio el invierno que atraviesa la vida religiosa en Europa, el envejecimiento, la invisibilidad. Pero donde otros veían solo otoño terminal, él veía semilla bajo la nieve. Donde otros hablaban de crisis, él hablaba de alumbramiento.

No fue un teórico de escritorio. Caminó con decenas de institutos religiosos en Europa, América y Asia. Escuchó. Acompañó. Se manchó las manos en los procesos reales de reestructuración. Y de todo eso destilaba no recetas, sino convicciones: que Dios mantiene su Alianza, que el Espíritu sigue soplando, que la comunidad no es un equipo de trabajo sino el corazón mismo de la misión.

Me conmueve recordar una de sus ideas más queridas: la comunidad como utopía posible, y no como ideal inalcanzable. Creía en que “sí se puede vivir de otra manera”… y lo intentó. Por eso fue exigente consigo mismo y con nosotros. Sabía que el mundo no necesita religiosos funcionarios, sino testigos contagiosos.

Luis Alberto nos deja un legado precioso: la valentía de pensar con libertad, el coraje de decir verdades incómodas, la capacidad de integrar mente y corazón, teología y vida. Nos deja sobre todo una convicción: que este invierno que vivimos no es muerte, sino poda. Que la vida religiosa no colapsa, renace. Y que nosotros estamos llamados no a conservar cenizas, sino a transmitir fuego.

Él dijo textualmente: “La comunidad soñada no es de los fuertes, sino de los que “ofrecen la fragilidad de sus vidas”, reconociendo que el único fuerte es Quien los convoca”. 

 Hoy, al despedirle, no cerramos un capítulo. Sembramos una semilla. Su palabra sigue viva, su ejemplo nos interpela, su esperanza nos empuja hacia ese futuro que él vislumbró: comunidades más humanas, más evangélicas, más vulnerables y por eso mismo más significativas.

Gracias, Luis Alberto, por tu fidelidad, por tu valentía, por tu mirada, por tu amistad. Descansa en la paz del Dios en quien creíste. Y desde allí, acompáñanos en este nuevo alumbramiento que tanto soñaste.

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EL CIELO SE RASGA. JESÚS EMERGE. EL ESPÍRITU ANIDA. El Bautismo del Señor


Hay momentos en los que el cielo se abre… y todo cambia. Quizá no los recordamos, pero nos marcaron para siempre. Uno de esos momentos fue nuestro bautismo: allí comenzó el gran relato del amor de Dios en nosotros.

Jesús tenía treinta años cuando se acercó al Jordán. Había una fila de gente sencilla, con heridas y esperanzas, buscando un nuevo comienzo. Y Él se puso en esa fila. No miró desde lejos: se mezcló con nosotros. El Dios del cielo descendió a nuestras aguas turbias, se metió en nuestro barro, en nuestra vida.

Al salir del agua, el cielo se rasgó. No se abrió suavemente: se desgarró. Fue como si el cielo, retenido tanto tiempo, se partiera para que Dios pudiera abrazar de nuevo a su creación. Y desde lo alto, la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco.”

También sobre nosotros se pronunció esa palabra. Aunque no la recordemos, esa voz nos nombró entonces y nos sigue nombrando hoy. Somos hijos, somos hijas, somos motivo de alegría para Dios.

Luego descendió el Espíritu, como una paloma cansada que por fin encuentra hogar. El Espíritu anidó sobre Jesús, y desde aquel momento busca anidar también en nosotros: en nuestras vidas imperfectas, en nuestros silencios, en nuestros deseos más hondos.

Quizá hace tiempo que no pensamos en nuestro bautismo, quizá lo sentimos como algo antiguo… Pero el cielo no se ha vuelto a cerrar. La voz del Padre sigue sonando, y el Espíritu sigue buscando dónde posarse.

Ser bautizados es vivir sabiendo que el cielo está abierto, que Dios camina dentro de nosotros, que hay una ternura que no se borra.

Hoy, al reunirnos en esta Eucaristía, dejemos que esa palabra vuelva a brotar: “Eres mi hijo, eres mi hija amada.” Dejemos que el Espíritu rehaga su nido en nuestra alma y que la vida entera se convierta en respuesta agradecida.

El cielo sigue rasgado. El agua sigue fluyendo. Y el Espíritu, paciente y fiel, continúa anidando en nosotros.

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