¡Este es el Cordero de Dios que carga con el pecado del mundo! ¡Dichosos los invitados a la cena del Señor! Jesús – ¿Cordero y Esposo?

En cada Eucaristía, el mundo se detiene un instante. El presbítero alza la Hostia y el Cáliz y pronuncia una invitación que resuena desde hace dos mil años: “Este es el Cordero de Dios, que carga con el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor”. A veces, la costumbre nos anestesia ante la potencia de estas palabras. ¿Por qué un Cordero? ¿Por qué una cena? ¿Por qué se nos llama “dichosos”?

Siguiendo la profunda intuición del filósofo francés Emmanuel Falque en su obra Les Noces de l’Agneau (Las Bodas del Cordero), descubrimos que este momento no es un mero rito. Es el drama de un Dios que baja hasta lo más profundo de nuestra biología para transformarla en una historia de amor. ¡Desvelemos el Misterio en tres actos.!

1. El fin de los sacrificios: De la víctima al Don de Sí mismo

Antiguamente, la humanidad buscaba a Dios a través de la sangre ajena. Falque nos recuerda la antigua distinción: existía el cordero que se quemaba entero para Dios (holocausto) y el cordero que se comía en familia para celebrar la libertad (Pascua). Eran dos ritos separados, dos intentos incompletos de tocar lo divino.

Pero cuando el sacerdote alza el Pan, nos está diciendo: “Todo eso ha terminado”.

Jesús unifica y supera ambos símbolos. Él es la Víctima que se entrega totalmente a Dios y, a la vez, el Alimento que nos libera. Pero la gran revolución, como señala Falque, es la sustitución. En la Última Cena, Cristo no dijo “esto es mi cuerpo” sobre un animal. Lo dijo sobre el pan.

Al hacerlo, desplazó para siempre la violencia del sacrificio animal para instaurar la ofrenda del propio cuerpo. Dios ya no quiere que le ofrezcamos cosas; se ofrece Él mismo. “Este es el Cordero” significa: aquí está el Dios que no exige sangre, sino que ofrece la suya propia de una vez y para siempre.

2. La “Pascua de la Animalidad”: Dios en nuestras entrañas

Quizás la visión más conmovedora de Falque es lo que él llama la “Pascua de la animalidad”. A menudo pensamos que para ser santos debemos ser “ángeles”, olvidar que tenemos cuerpo, hambre y pulsiones. Falque nos dice: No.

Cuando escuchamos “Este es el Cordero”, estamos ante un Dios que asumió no solo nuestra inteligencia, sino nuestra “animalidad”: nuestro cuerpo orgánico, nuestra fragilidad biológica, nuestras pasiones. Cristo bajó hasta ese abismo interior, a ese lugar donde sentimos hambre, miedo y deseo, para que no caigamos en la bestialidad, sino que seamos elevados.

La Eucaristía es, pues, una entrega de “lo orgánico a lo orgánico”. Dios se hace comestible para entrar en nuestras células. No viene a salvarte de tu cuerpo, sino en tu cuerpo. Él abraza tu fragilidad física para llenarla de divinidad.

3. Las Bodas: El “Sí” de un Esposo

Finalmente, la liturgia nos llama “dichosos los invitados a la cena del Señor”. Pero en el texto original del Apocalipsis, la referencia es clara: son las Bodas del Cordero.

Falque nos invita a escuchar las palabras “Esto es mi cuerpo” no como una fórmula legal, sino como la declaración de un amante. Es la voz del Esposo (Cristo) entregándose a su Esposa (la humanidad).

El amor verdadero no es fundirse y desaparecer el uno en el otro. Como Adán y Eva, el amor requiere ser dos para ser uno. Dios respeta esa diferencia para poder amarnos. En la comunión, Él no nos absorbe ni nos anula; se une a nosotros en un desposorio místico y orgánico.

Al comulgar, entramos en una “morada”. Se cumple la promesa de la Alianza definitiva: nosotros habitamos en Él y Él en nosotros.

Conclusión: La dicha de ser invitados

Por eso somos “dichosos”. No porque seamos perfectos, sino porque hemos sido invitados a la boda más importante de la historia.

La próxima vez que veas al sacerdote alzar el Pan, recuerda la síntesis de Emmanuel Falque:

  1. Mira al Cordero que ha sustituido todo sacrificio antiguo por el don puro de su presencia.
  2. Siente la cercanía de un Dios que asume tu animalidad y tus límites para redimirlos desde dentro.
  3. Y prepárate para el Banquete, donde el Creador se desposa con su criatura, convirtiendo tu propio cuerpo en la morada del Dios vivo.

“Dichosos”, en verdad, los que comprenden que comulgar es dejarse amar hasta el extremo.

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“POR OTRO CAMINO” – Fiesta de la Epifanía, ciclo A – 6 enero 2026

¿Sabíamos que la Epifanía es la fiesta de una ironía brutal?

Unos extranjeros que estudian las estrellas encuentran al Mesías. Mientras tanto, los expertos en religión —los que saben perfectamente dónde debe nacer— no se mueven ni un centímetro.

Piénsenlo: los magos no tienen Biblia, no conocen las profecías, no son del “pueblo elegido”. Pero tienen algo más valioso: un corazón inquieto y pies dispuestos a caminar.

Llegan a Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el rey que ha nacido?” Los escribas consultan sus libros y responden sin dudar: “En Belén de Judá, así lo anunciaron los profetas”. Dato correcto. Información precisa. Pero… ninguno va a Belén.

¡Tienen el mapa pero no hacen el viaje!

Aquí está el golpe para nosotros:

¿Cuántas veces sabemos mucho sobre Dios, pero no lo reconocemos cuando aparece? Lo buscamos donde el poder dice que debe estar, pero Él se manifiesta en Belén, en la periferia, en lo pequeño, en lo que no esperábamos.

Los magos nos enseñan algo revolucionario: la fe no es tener todas las respuestas, es atreverse a caminar con las preguntas. Es salir de la zona de confort. Es arriesgar.

 Y luego viene el detalle clave:

“Regresaron a su tierra por otro camino.”

No es solo porque Herodes era peligroso. Es un símbolo: cuando encuentras a Cristo de verdad, no puedes volver por donde viniste. El encuentro te cambia. Te obliga a tomar rutas nuevas.

¿Estamos dispuestos a eso? ¿O preferimos la religión cómoda, la que no nos desinstala, la que nos deja en nuestras certezas?

La Epifanía nos grita:

Dios no se deja encontrar por los que creen poseerlo, sino por los que lo buscan con el corazón abierto. Por los que están dispuestos a dejarse sorprender. Por los que reconocen que siempre hay más camino por recorrer.

Quizás tú, que te sientes lejos, que dudas, que buscas sin tener claro qué… quizás tú eres hoy como aquellos magos. Y Dios está poniendo una estrella en tu camino. No la ignores.

Este año, ¿seremos magos o escribas?

¿Caminaremos o solo sabremos teoría?

¿Nos atreveremos a volver por otro camino?

La estrella sigue brillando. Solo falta que levantemos la vista y nos pongamos en marcha. Feliz Epifanía. Que te atrevas a caminar.

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LUIS ALBERTO GONZALO DÍEZ, CMF – “IN MEMORIAM” –


Volvió a los suyos y con los suyos encontró su final… apenas comenzado este año nuevo 2026.

No voy a enumerar fechas ni datos biográficos. Hablo directamente a quienes lo conocimos: a quienes compartimos con él años de comunidad y misión; a quienes encontraron su pensamiento en los libros que escribió y en las innumerables páginas de la revista Vida Religiosa, que dirigió durante tantos años con pasión incansable; a quienes lo escucharon en conferencias, encuentros y celebraciones que parecían no tener fin.

Luis Alberto Gonzalo vivió con una intensidad que marcaba. Apasionado hasta el último aliento, quizá imaginó alguna vez sus días finales en un asilo de las Hermanitas de los Pobres —a quienes profesaba un amor especial—, pero la Providencia tenía otros planes. Lo ha llamado apenas comenzado este 2026, recién llegado de otro de sus largos viajes desde América. El último.

Siempre, su actividad misionera me recordaba aquel pasaje evangélico de la barca repleta de peces, tan cargada que pedía ayuda a la otra embarcación. Así era él: desbordante, generoso, incapaz de contener lo que llevaba dentro y dispuesto a pedir ayuda cuando no podía más.

Tuve el privilegio de acompañarlo en la elaboración y defensa de su tesis doctoral sobre La Comunidad religiosa, mientras los dos compartíamos la misma comunidad. Lo vi interpelar a cada autor, a cada teoría que abordara las interconexiones personales, locales y globales; el nuevo liderazgo; la comunidad como tejido vivo, los pasos necesarios para la transformación. Los nombres que consultó en sus lecturas fueron incontables. En todos ellos descubría lo mismo: lo más divino escondido en lo más humano.

Era generoso, tierno, pero también claro y explícito cuando hacía falta. Siempre tenía un mensaje nuevo que ofrecer, una urgencia a la que atender. Fue elegido superior provincial, después superior local. Defendía a su rebaño de los lobos con firmeza. Si insistía tanto en la comunidad, en la integración, en la conexión, en los pasos necesarios y urgentes hacia adelante… era por algo profundo que había comprendido.

Sobrenadaba a las críticas y desprecios. Respondía imperturbable con más entrega y acción. Y así demostraba la valentía interior que el Espíritu le concedió.

Ya está en el cielo, después de tantos viajes transatlánticos. Una de las primeras noticias de su muerte me llegó, precisamente, desde Brasil. El mundo que él tejió con sus palabras y presencia ahora lo despide desde muchas orillas.

Volvamos a releer sus páginas en Vida Religiosa. Allí descubriremos abundantes motivos para dar gracias a Dios por la vida y la misión de Luis Alberto Gonzalo Díez, presbítero y misionero claretiano. Un hombre que supo ser, hasta el final, hermano e incansable misionero.

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¡LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS! Domingo II de Navidad, ciclo A (4 enero 2026)

¿Qué significa ésto?

Que Dios no nos envió un mensaje, no nos dejó un manual. Se hizo uno de nosotros. Tuvo el rostro concreto de Jesús de Nazaret: un hombre que nació de mujer, que tuvo hambre y sed, que se cansó de caminar, que lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, que reía con los niños, que comía con pecadores y justos por igual. Ese Jesús histórico, que caminó por las aldeas de Galilea hace dos mil años, es el mismo que está aquí, ahora, con nosotros. Porque antes de partir nos hizo una promesa que sostiene nuestra fe: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Tres presencias… un mismo Jesús

¿Cómo cumple Jesús esta promesa? De tres maneras luminosas que se entrelazan en esta Eucaristía:

Primero, está presente en su Palabra. Cuando proclamamos el Evangelio, no estamos leyendo un texto antiguo. Es Él quien nos habla hoy, aquí, ahora. La misma voz que sanó al ciego, que perdonó a la adúltera, que llamó a Lázaro de la tumba, sigue resonando en estas palabras. Por eso las escuchamos de pie: porque es el Señor quien nos habla.

Segundo, está presente en la Eucaristía. Este pan que partimos es su Cuerpo. Este vino que compartimos es su Sangre. No un símbolo, no un recuerdo: Él mismo, el mismo Jesús que nació en Belén, que murió en la cruz y resucitó al tercer día. Se hace alimento para nosotros. Entra en nosotros para que nosotros podamos vivir en Él.

Y tercero, está presente en nosotros, en cada bautizado. San Pablo lo dice con claridad: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Cuando comulgamos, cuando acogemos su Palabra, Jesús nos transforma desde dentro. Nuestras manos pueden convertirse en sus manos que bendicen y sanan. Nuestros ojos en sus ojos que miran con misericordia. Nuestro corazón en su corazón que ama sin límites.

No estamos solos

Nunca hemos estado solos. En cada alegría y en cada lágrima, en cada amanecer y en cada noche oscura, Jesús ha estado ahí. No como una idea lejana, sino como presencia real y cercana.

Cuando venimos a Misa, cuando abrimos el Evangelio en casa, cuando comulgamos -llevando en el corazón nuestras penas y esperanzas- Él ha estado ahí. El mismo que hace dos mil años caminaba por Galilea, el mismo que hoy nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados, y yo os aliviaré”.

La invitación

Esta semana, cuando abramos el Evangelio, recordemos: es Jesús quien nos habla… Cuando comulguemos, sepamos: es Jesús quien entra en nosotros.

Y cuando salgamos de aquí, a nuestras casas, a nuestro trabajo, a la calle, llevemos esta certeza: somos portadores de Cristo. Él vive en nosotros y quiere amar, consolar y servir a través de nosotros.

La Palabra no se quedó en el pasado. Se sigue haciendo carne: en el pan consagrado sobre este altar, y en nuestra propia carne cuando le dejamos vivir en nosotros.

Que María, que dio carne a la Palabra en su seno, nos ayude a ser como ella: lugares donde Jesús se hace presente, visible, cercano para todos los que nos rodean.

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Felicitación – “Es que lo viejo pasó…. un nuevo día llegó…”

[Primera estrofa]
Vamos a hacer la Primavera,
vamos a hacer la Luz,
poquito a poco vamos a dejar Amanecer, oh Dios.
Vamos a hacerlo todo nuevo
volviendo hacia Ti.
Está llegando un Nuevo Día:
resucitas, Señor.

[Estribillo]
Y es que lo viejo pasó, pasó, pasó.
Y es que lo nuevo nace, nace, nace.
Y es que lo viejo pasó: un Nuevo Día llegó.

[Segunda estrofa]
Vamos a abrir nuevas fronteras,
vamos a ir al límite,
un Viento fuerte nos hace volar:
nadie nos detendrá.
En sinfonía de colores
vamos a regresar a Galilea, a nuestra tierra: Hoy renaces, Señor.

[Recitado]
No tengáis miedo al caos.
Crear es un juego.
Crear es recrearse.
La sonrisa de Dios, su Espíritu, nos invita a jugar.
No tengáis miedo […].
Los ancianos profetizan, los jóvenes tienen sueños.
Tiempos de Plenitud:
la Plenitud de la Semilla que espera su oportunidad.
Abrid las puertas al día, al Nuevo Día.
No tengáis miedo al caos.

[Estribillo]
Y es que lo viejo pasó, pasó, pasó.
Y es que lo nuevo nace, nace, nace.
Y es que lo viejo pasó: un Nuevo Día llegó.

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LA BENDICIÓN QUE TRANSFORMA: 1 enero, 2026 – El año de la Bendición

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EL RECHAZO BRUTAL: LA SAGRADA FAMILIA HACIA EGIPTO (Domingo después de Navidad)

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Navidad espiritual (música)

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¡DIOS ARMÓ SU TIENDA JUNTO A NOSOTROS!” – Navidad -25 diciembre 2025

Acabamos de escucharlo: “El Verbo se hizo carne”. Tres palabras que lo cambian todo.

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NOCHE DE NAVIDAD -24 de diciembre 2025

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