SAN JOSÉ “EL DESPLAZADO”: LA OTRA PERSPECTIVA DE LOS MISTERIOS GOZOSOS DEL ROSARIO

Ayer por la noche tuve la ocurrencia de rezar un “rosario” un poco especial. En lugar de contemplar los Misterios gozosos de Jesús con María, traté de contemplarlos con los ojos de José, el esposo de María. Y en cada misterio quedaba sorprendido al darme cuenta de cómo “el esposo” siempre era desplazado de cada uno de los planes que se iban a realizar.

Primer misterio: la encarnación del Hijo de Dios

“Nació de María virgen ” – De nuevo, esta vez desde el punto de vista humano, queda excluida la participación del varón. El hombre no tiene nada que ver en este nacimiento, que constituye una especie de juicio de Dios sobre él. A lo que aquí debe comenzar, el varón no colabora con su acción y si propia iniciativa. De todos modos, el ser humano como criatura, no es completamente excluido: de hecho está la Virgen. El hombre varón… se encuentra en el trasfondo, como la figura puramente pasiva de José… Aquí la mujer se encuentra en primer plano” .

Karl Barth, Dogmatica in síntesi, Roma, 1969, 151-152.

La sociedad patriarcal queda en este momento detenida. José, que era descendiente de David y portador de las promesas a la Casa de David es desplazado. Descubre que no tiene nada que ver con aquello que va a acontecer en aquella mujer con la que estaba desposado. Por eso se quiere quitar de en medio y decide darle en secreto el acta de divorcio.

El primer misterio, contemplado con los los de José es una experiencia terrible de desplazamiento.

Sin embargo, sueña que un ángel le dice que no se aparte. Que “se case con ella”, que acoja a María en “su casa”: ¡que sea su esposa! Y, además, le pide que le ponga al niño el nombre de Jesús, es decir que ejerza su derecho como si fuera su padre real.

Segundo misterio: María visita a su prima santa Isabel

“En aquellos días, se puso en camino María y se dirigió con prontitud a la región montañosa, a una población de Judá. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel… María se quedó con ella unos tres meses y luego regresó a su casa “

Lc, 1,39,1-2;56.

¡Otro evento en el cual José no tiene nada que ver! María era -nos lo dice san Lucas- “una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David” (Lc 1,27). Desposada y todo, María abandona Nazaret y Galilea y se encamina ella sola a toda prisa a una población de Judá. José podría pensar que aquello que su joven prometida realiza no tenía nada que ver con él.

¡He aquí un segundo desplazamiento! Y, nada extraña, que los fantasmas interiores le aconsejaran a José, desprenderse de esta mujer definitivamente.

Tercer Misterio: el nacimiento del Hijo de Dios

“Por aquel entonces se publicó un edicto de César Augusto…. Todos fueron a empadronarse. También José subió desde Galilea -de la ciudad de Nazaret- a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María su esposa, que estaba encinta”.

Lc 2,3-5

En este viaje tiene la iniciativa José. Él es el hijo de David. Él es de la casa y familia de David. Él es quien tiene todos los derechos para empadronarse en Belén, la ciudad de David. Y lo hace con María, su esposa que estaba encinta. Y estando en Belén se le cumplieron los días del alumbramiento a su esposa. Él y Ella, ahora juntos, fueron desplazados a un portal de animales, pues no había lugar en la posada.

José se convirtió para María en su única ayuda: ¡lo contrario que Eva para Adán! José acompañó a su esposa en todo. Y de ella recibió la primera comunión, cuando acogió -por primera vez- en sus brazos al Niño Jesús recién nacido. “Los pastores fueron a toda prisa y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre… María por su parte, guarda todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,9).

María ocupa con su Hijo Jesús el centro de la escena. Pero cuando llegó, a los ocho días, el tiempo de la circuncisión, José legitimó a Jesús como su heredero -¡descendencia de David- para que se le impusiera el nombre de Jesús “que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno” (Lc 2,21).

Cuarto misterio: la Presentación del Niño Jesús en el templo

“Cuando se cumplieron los días en que debían purificarse, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor como está escrito… Vivía por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón… estaba en él el Espíritu Santo… Movido por el Espíritu vino al Templo. Cuando los padres introdujeron al niño Jesús… lo tomó en brazos y alabó a Dios… Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón los bendijo, y dijo a María su madre…A tí misma una espada te atravesará el alma”

Lc 2, 22-35

Aquí de nuevo nos encontramos con otro desplazamiento de José y María. En esta ocasión es hacia el Templo de Jerusalén. Llama la atención la desatención y ceguera de los oficiales del Templo: ninguno de ellos (Sumo Sacerdote, Sacerdotes, Levitas….) se percata de quién ha entrado en el espacio sagrado. Lo más esperado en el Templo -según las profecías- pasa desapercibido a todos, excepto a dos personas: un laico, Simeón, y una anciana viuda, Ana.

José, muy consciente de su rol se admira, juntamente con su esposa. Pero “el movido por el Espíritu Santo” no le dirige ninguna palabra: ¡sólo tiene palabras para el Niño y la Madre! José podría preguntarse: ¿y para mí no hay palabra profética? La Iglesia seguirá en esa misma línea cuando en la Confesión de fe proclama: “de Spiritu Sancto ex María virgine” (de María virgen por obra del Espíritu Santo).

“Así que cumplieron todo lo ordenado por la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su pueblo de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía y se iba llenando de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él”

Lc 2, 39-40.

En el Rosario nos falta el misterio de Niño Jesús perseguido a muerte por Herodes. En este misterio, José sí tiene todo el protagonismo, según el evangelista san Mateo.

“Cuando se fueron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Prepárate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto y estate allí hasta que yo te diga… Él se preparó. Tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto. Estuvo allí hasta la muerte de Herodes… Muerto Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: “Prepárate, toma contigo al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel… tuvo miedo de ir allí. Así que, avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea y fue a residir en una ciudad llamada Nazaret”

Mt 2,13-15.19-23.

En este misterio olvidado le corresponde a José todo el protagonismo. Él ser convierte en un sorprendente Moisés neotestamentario: el que conduce al “nuevo pueblo”, amenazado por el poder homicida, hacia Egipto. ¡Quién lo diría! La antigua tierra de la esclavitud se convierte en la tierra-refugio, tierra de hospitalidad y acogedora. Tenía razón mi hermano y amigo Ángel Aparicio cuando decía José era el protagonista del Anti-Éxodo. Tras la estancia en Egipto, José re-emprende el nuevo Éxodo… pero sólo encuentra seguridad en “la periferia de Galilea”. ¡Todo comenzó en Galilea! Y ahí estaba José.

Quinto Misterio: el Niño Jesús perdido y hallado en el Templo

“Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió los doce años, subieron como de costumbre a la fiesta. Pasados aquellos días, ellos regresaron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo advirtieran. Creyendo que estaba en la caravanas y tras hacer un día de camino, lo buscaron entre los parientes y conocidos. Pero al no encontrarlo volvieron a Jerusalén en su busca. Al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los maestros, escuchándoles y haciéndoles preguntas… Cuando lo vieron su madre le dijo: Hijo, ¿porqué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos andado buscando llenos de angustia. El les dijo: ¿Y porqué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre? Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Jesús volvió con ellos a Nazaret y vivió sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón”

Lc 2, 41-51.

María y José -los padres- forman ya una unidad. Actúan de conjunto, aunque quien hace de portavoz ante Jesús niño es María y la que conservaba todo en su corazón era también ella. José acompaña en todo momento a María. Incluso comparte con ella la incomprensión ante las palabras de Jesús, perdido y hallado en el templo. Ante las palabras de María “Tu padre y yo”, Jesús responde y hace referencia a otro Padre, en cuyas cosas él ha de estar. ¡De nuevo José “el desplazado”! Y en estas ocasión por el mismo Jesús.

CONCLUSION

En conclusión, la figura de José aparece en la infancia de Jesús totalmente des-patriarcalizada. No es, en manera alguna, representante de una sociedad patriarcal como era la de su tiempo.

No debemos celebrar la fiesta de san José sin que los varones descendamos de nuestros tronos, de nuestros excesivos protagonismos, de nuestros dogmatismos. Especialmente en la Iglesia. José fue el hombre “justo” y se supo poner en el “justo lugar”. No se sintió humillado por tantos desplazamientos. Colaboró y actuó como líder cuando hubo de hacerlo. Pero también supo ponerse en su segundo plano, cuando fue necesario. “A nadie llaméis padre, señor, jefe, maestro… ¡Uno solo!

La figura evangélica de san José no es patriarcal, sino la de un soñador que aun siendo “hijo de David” -descendiente real- supo dejar su puesto y protagonismo a la Mujer.

¿No sería conveniente introducir más decididamente en la Iglesia la perspectiva de san José junto con la de María? Porque “lo que Dios ha unido, que no lo separe la Iglesia”.

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