Jesús tenía 30 años cuando fue al río Jordán. Adulto. Consciente. Había una fila de pecadores esperando ser bautizados. Gente común buscando un nuevo comienzo.
Y Jesús hace cola con ellos
Juan, el que bautizaba, se queda en shock: “¿Tú? ¿El Hijo de Dios haciendo fila? ¡Yo debería ser bautizado por ti!”
Esto: Dios no vino a juzgarnos desde lejos. Vino a meterse en tu barro, en tus líos. No esperó a que fueras perfecto. Se metió primero.
Pero Jesús insiste. Se mete en el agua. Se sumerge. ¿Qué está pasando?
Y cuando Jesús sale del agua, el cielo se rasga. No se abre suavemente. Se desgarra. Como si algo cerrado durante siglos finalmente se rompiera.
Y se escucha una voz:
“Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco.”
Esa voz no fue solo para Jesús. Fue para que todos supiéramos qué tipo de Dios tenemos: uno que se siente orgulloso cuando nos acercamos, cuando buscamos.
Luego el Espíritu Santo desciende como una paloma y se posa sobre Jesús. Hace nido.
Hay una palabra preciosa en griego: “nostos”, que significa “regreso a casa”. De ahí viene “nostalgia”. El Espíritu estaba nostálgico, buscando desde siempre un lugar donde habitar. Y en Jesús encontró su hogar.
Ahora nuestra parte
Quizá nunca te bautizaste. O nos bautizaron de bebés y nunca le dimos importancia. “Fue cosa de nuestros padres, no nuestra.” Escuchemos ésto:
Ese cielo que se rasgó sigue abierto. Esa voz del Padre sigue resonando. Ese Espíritu sigue buscando donde anidar.
Y nos busca a ti y a mí.
Si nunca te has bautizado, ese momento puede ser hoy, mañana, a los 30 como Jesús, a los 40, a los 50. No hay edad límite para que Dios te diga: “Eres mi hijo, eres mi hija, te quiero.”
Si nos bautizaron de niños pero nunca lo hemos vivenciado, hoy puede ser nuestro verdadero bautismo. El momento en que decides: “Sí, quiero que esto sea real.”
¿Qué significa?
- Primero: Dios ya está de nuestro lado. No tenemos que ganárnoslo. Él ya se metió en nuestra fila.
- Segundo: Somos amados. No por lo que logramos. Simplemente porque somos hijo, hija.
- Tercero: El Espíritu quiere hacer nido en nosotros. Ser nuestra fuerza, nuestra compañía permanente. No… una visita. Un hogar.
Esto no es magia. Es una decisión. Es decir: “Sí, quiero sumergirme en esta nueva vida. Quiero que el cielo se abra sobre mí. Quiero escuchar esa voz. Quiero que el Espíritu anide en mí.”
Jesús lo hizo a los 30, consciente, eligiendo. Nosotros podemos hacerlo hoy. No hace falta que tengamos todo resuelto. No hace falta que seamos perfectos. Sólo hace falta que digamos ¡sí! El cielo sigue rasgado. Dios sigue diciéndonos: “Eres mi hijo, mi hija amada”. El Espíritu sigue buscando dónde anidar.
¿Le damos permiso? Jesús se metió en el agua con los pecadores. Él ya dio el primer paso. Ahora nos toca a nosotros.
El agua del bautismo no es solo un símbolo. Es sumergirnos en la vida de Dios. Es dejar que el Padre nos nombre, que el Espíritu nos habite, que nuestra vida tenga un sentido que va más allá de nosotros mismos. Cuando lo hagamos escucharemos esa voz: “Tú eres mi hijo, tú eres mi hija amada. En ti me complazco.” Y eso lo cambiará todo. El cielo está rasgado. La invitación está abierta. ¿Qué esperamos?
Impactos: 57



