“LA MISIÓN IMPOSIBLE” DEL DISCÍPULO – (Una provocación para consagrados que quizá han olvidado que el Espíritu los ha metido en un lío del que no pueden salir)


Lo que ha provocado esta reflexión

Confieso que cuando vi el título del último libro de Fabrice Hadjadj —Tom Cruise et sa Mission impossible—, mi primera reacción fue sonreír con cierta ironía. ¿Un filósofo cristiano escribiendo sobre el actor de las películas de acción? Pero el filósofo francés -a quien admiro- va más allá de la anécdota. Y al internarme en sus páginas, algo hizo clic: ¡Mision: imposible! He sido profesor de Teología de la Misión durante muchos años. He escrito sobre la “Missio Spiritus”. Y ahora pregunto: ¿y si la saga de Ethan Hunt no es solo entretenimiento de verano? ¿Y si es una parábola casi perfecta de lo que significa ser cristiano —y especialmente religioso— en nuestro tiempo? Y sobre todo, ¿y si el título, Mission: Impossible, no es un adjetivo que califica una tarea difícil, sino un sintagma que indica un origen: la Misión que nace de lo Imposible mismo, de Aquel que es siempre más, siempre otro, siempre inabarcable?

Esta reflexión nace de esa chispa. Y va dirigida a ti, religioso, religiosa, consagrado, o a tí laico o laica de mi parroquia: tú que has entregado tu vida a Jesús, pero quizá has terminado, sin apenas darte cuenta, confundiendo la misión con un proyecto, el Espíritu con un plan de pastoral, y la santidad con eficiencia. Quizá has olvidado que el Espíritu te ha metido en una misión que te supera radicalmente. Y eso, paradójicamente, es la mejor noticia que podías recibir.,


1. El gran malentendido: la misión no es un proyecto

Llevamos años, décadas, haciendo planes. Programas. Memorias anuales. Horarios de oración y trabajo. Objetivos SMART (Specific, Medibles, Alcanzables, Relevantes, y a Tiempo definido). Evaluaciones de eficiencia pastoral. Es necesario, pero ¿es Misión? No es más que el marco, el decorado, la infraestructura donde tal vez la misión acontezca.

La misión no es un proyecto que tú planificas. Es un secuestro. Es un “ven y sígueme” que te arranca de tu puerto seguro y te lanza a aguas donde no tocas fondo. Es una llamada que no consulta tus disponibilidades ni se ajusta a tu agenda. Es una voz que te interpela cuando menos lo esperas y te pide dar un paso al vacío. Como a Pedro en la barca: “Echa las redes” (Lc 5,4). Y Pedro, que era un profesional, sabía que no había peces. Pero echó las redes. Y se rompieron.

La señal más clara de que estás en la misión verdadera es, precisamente, tu incapacidad. ¿Te sientes pequeño? ¿Inadecuado? ¿Que no das la talla? ¿Que otros, con menos años de formación, con menos preparación teológica, con menos experiencia pastoral, lo harían mejor que tú? Felicidades. Estás exactamente donde Dios te quiere. Porque la gloria del santo no consiste en su grandeza, sino en su descensión. En aceptar ser un “no-ser” donde el Ser de Dios pueda actuar. “De muy buena gana me gloriaré sobre todo en mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo” (2 Cor 12,9). ¿Te glorías en tu debilidad? ¿O la ocultas con eficiencia pastoral y sonrisas de postureo espiritual?


2. De la paranoia a la metanoia: deja de controlar

Los religiosos somos, a menudo, unos paranoicos de la santidad. Queremos controlarlo todo: nuestros tiempos de oración, nuestros progresos en la virtud, nuestras caídas (que también queremos controlar, para que no sean demasiado caídas), nuestros ministerios, nuestros resultados pastorales, nuestro estado de ánimo. Y nos angustiamos. Y nos frustramos. Y nos comparamos. Y nos desanimamos.

El Espíritu no trabaja así. El Espíritu es viento que sopla donde quiere. No sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu (Jn 3,8). La vida espiritual no es análisis psicológico. No es autoconocimiento. No es introspección. Es decisión y lucha en medio de las sombras, confiando en una voz que no controlas.

Tu vida consagrada es, en ese sentido, una vida de espía: no de espía que controla, sino de espía que escucha. Como Ethan Hunt con su auricular. El agente no ve el panorama completo. No tiene el plan maestro. Solo escucha una voz que viene de fuera y que le dice: “ve a la derecha”, “espera”, “ahora”. Y confía. Y obedece. Y salta al vacío. Y no se cae. O se cae, pero se levanta.

Tú tienes ese auricular. Es la oración. Es la escucha atenta. Es ese silencio en el que Dios te susurra: “No serás tú quien hable, será el Espíritu de tu Padre el que hable en ti” (Mt 10,20). Pero no usas el auricular. O lo usas para oírte a ti mismo. Para confirmar tus propios planes. Para pedirle a Dios que bendiga lo que ya has decidido. Para que te dé fuerzas para hacer lo que tú quieres hacer.


3. Salir del programa: la audacia de lo imprevisible

Hay religiosos que viven en un programa. Madrugar. Rezar. Comer. Trabajar. Rezar. Comer. Descansar. Rezar. Dormir. Y todo eso es hermoso. Y es necesario. Y da estructura. La vida sin estructura es caos. Pero la estructura no es la vida. La estructura es el cauce, no el agua. Y el agua del Espíritu no se deja embalsar.

La misión te saca del programa. Te lleva a lo imprevisible. A lo que no habías calculado. A lo que no estaba en el plan de pastoral. A lo que no habías previsto en tu retiro anual. A lo que tus superiores quizá no entiendan. A lo que tus hermanos de comunidad juzguen como excentricidad.

Decía el P. Tillard que hay que “soñar lo imposible para llegar a lo imprevisible”. ¿Qué es lo imposible que el Espíritu me pide hoy? Quizá: perdonar a quien no merece perdón. Quedarte donde todo te pide que huyas. Marcharte donde todo te pide que te quedes. Callar cuando tienes la palabra justa. Hablar cuando el silencio sería más cómodo. Amar sin ser correspondido. Esperar cuando todo parece perdido. Celebrar cuando todo duele.

Eso es lo imprevisible. Lo que el mundo llama locura. Lo que la prudencia humana llama imprudencia. Pero es el Espíritu. Y el Espíritu no es previsible. El Espíritu es libertad. Y la libertad da miedo. Por eso preferimos el programa. El programa es seguro. El programa nos hace dueños. El programa nos permite saber qué viene después. El programa, en el fondo, nos permite no necesitar a Dios.


4. “Todo está escrito, nada está jugado”

He aquí el misterio de nuestra libertad. Dios ha escrito el final. Dios ha ganado. La victoria es suya. El Reino está establecido. Cristo reina. La muerte ha sido vencida. Pero nada está jugado. Tú tienes que jugarlo. Tú tienes que encarnarlo. Tú tienes que improvisar. Tú tienes que ser libre en medio de la historia. Como el actor que recibe un guion pero debe interpretarlo con su carne, con su sangre, con sus lágrimas, con sus gozos, con sus torpezas. El guion es el mismo para todos, pero la interpretación es irrepetible. Y de ti depende que sea una interpretación memorable o un simple trámite.

Jesús te promete: “Estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Ese es el protocolo de seguridad definitivo. No estás solo. No estás abandonado. No estás a merced de tu debilidad. No estás a merced de tus fuerzas. Estás en manos del Padre. Y el Padre no te suelta. Aunque lo parezca. Aunque lo sientas. Aunque todo grite lo contrario.


5. El mensaje que se autodestruye

Hadjadj recuerda el mensaje que se autodestruye en las películas de espías. El mensaje no debe quedarse en un documento externo. Debe consumirse. Debe desaparecer.

Debe encarnarse. La Palabra de Dios es así. No es un libro que consultas. No es un texto que estudias. No es una doctrina que repites. Es una Palabra que debe quemarse en tu corazón. Consumirse en tu carne. Hacerse vida en tu vida.

¿Cuánta Palabra de Dios has escuchado en tu vida? ¿Cuántas lecturas en la liturgia? ¿Cuántos salmos? ¿Cuántos evangelios? ¿Cuántas homilías? ¿Cuántos libros de espiritualidad? ¿Cuántos documentos del magisterio? Y, sin embargo, ¿cuánta de esa Palabra se ha quedado en documento externo? ¿Cuánta no se ha consumido en tu carne? ¿Cuánta no se ha hecho vida en tu vida? La misión imposible consiste precisamente en eso: en que lo Imposible se encarne en tu posible. En que lo divino se haga humano en tu humanidad. En que el Amor se haga amor en tu pequeño amor.


6. No eres un héroe, eres un testigo

Hay una tentación terrible en la vida consagrada: el heroísmo. Querer ser grandes. Querer ser santos (pero santos de los que salen en los libros). Querer ser ejemplo. Querer ser referencia. Querer ser “el religioso” o “la religiosa” que todos admiran. Y en el fondo, querer ser protagonistas. Querer que nuestra vida importe, que nuestros nombres queden grabados, que nuestra obra trascienda.

La misión imposible te quita el protagonismo. No eres el héroe. Eres el testigo. Eres el que señala a Otro. Eres el que dice: “Él debe crecer y yo menguar” (Jn 3,30). Tu gloria no es tu santidad. Tu gloria es la santidad de Dios que se manifiesta en tu debilidad. Tu gloria es que otros, al verte, no digan “qué gran religioso”, sino “qué grande es Dios”. Tu gloria es ser transparente. Tan transparente que apenas se te vea. Que solo se vea a Aquel que te ha llamado.


7. “Mañana quizás… pero hoy no”

Quizá las vocaciones sean escasas. Quizá el futuro sea incierto. Quizá nuestras congregaciones estén envejecidas. Quizá nuestras obras estén en declive. Quizá todo esto sea verdad.

Pero hoy no. Hoy el Espíritu sigue soplando. Hoy la misión sigue siendo imposible. Hoy Dios sigue llamando y enviando. No sabemos si mañana., o el próximo año. No sabemos si nuestra congregación sobrevivirá. Pero hoy sí. Hoy estamos aquí… en este lugar. Alguien hoy necesita nuestro testimonio.

Como dice Hadjadj al final de su obra, ante el desánimo del mundo que sentencia “tipos de tu especie desaparecerán”, la respuesta del bautizado —y del consagrado— es: “Mañana quizás… pero hoy no”. Porque hoy el Espíritu sigue hablando a través de nuestra debilidad. Hoy la misión imposible sigue siendo posible. No por nosotros, sino por Él.


Inspirado en el libro de Fabrice Hadjadj, Tom Cruise et sa Mission impossible (2026).

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