Jesús les dijo algo que debió sonarles a escándalo: “Os conviene que yo me vaya.”
Me imagino la cara de los discípulos. Pedro a punto de levantarse. Tomás frunciendo el ceño. Juan sin poder creerlo. ¿Que te vayas? ¿Que nos conviene? ¡En manera alguna! ¡No! Llevamos tres años contigo. Lo hemos dejado todo. Hemos visto los milagros, hemos escuchado tus palabras, hemos creído en ti… ¿Y ahora nos dices que te vas y que encima nos conviene?
Pero Jesús estaba diciendo algo mucho más profundo de lo que ellos podían entender en ese momento.
Estaba diciendo: Misión cumplida.
No como derrota. Como plenitud. Todo lo que vine a hacer, está hecho. El amor se ha entregado hasta el fondo. Ahora viene la segunda parte. Y para la segunda parte… necesitáis otro.
Otro Paráclito. Otro defensor. Otro misionero.
La Santa Ruah. El aliento eterno de Dios. No de visita. Para quedarse. Para habitar. Para recordaros todo. Para llevarnos a la verdad completa.
Desde ahora, confiados a su Misterio.
Ella es la gran misionera de esta era. La que llegó a Samaría antes que Pedro y Juan. La que convirtió a los que todos consideraban herejes. La que no entiende de fronteras ni de prejuicios.
Y yo me pregunto —y os pregunto— ¿la estamos dejando actuar? ¿O la tenemos encerrada en nuestros esquemas, en nuestras rutinas, en nuestra manera de siempre de hacer las cosas?
Porque si la Ruah habita en nosotros, somos morada de Dios. No edificios vacíos. Templo vivo.
No somos huérfanos. Nunca lo hemos sido.
Confiémonos a su Misterio. Con los brazos abiertos. Sin miedo.
¡Aleluya!
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