Conózcame a mí, conózcate a Tí (San Agustín)

advaita_symbolSan Agustín nos sorprende muchas veces. Escribe cómo si fuera un contemporáneo.Desvela aquello que en nosotros deberíamos descubrir. Agustín es un “inventor”, porque encuentra en el ser humano lo que nosotros -en nuestra vida cotidiana- no encontramos. El texto que seguidamente transcribo -tomado de sus Confesiones- nos sitúa ante el espectáculo del conocimiento: ¿qué conozco de mí? ¿y qué de mi conoce mi mejor Conocedor?

Conózcate a ti, Conocedor mío, conózcate a ti como soy por ti conocido.

Fuerza de mi alma, entra en ella y ajústala a ti, para que la tengas y poseas sin mancha ni defecto. Ésta es mi esperanza, por eso hablo; y en esta esperanza me gozo cuando rectamente me gozo.

Las demás cosas de esta vida

  • tanto menos se han de llorar cuanto más se las llora,
  • y tanto más se han de deplorar cuanto menos se las deplora.

He aquí que amaste la verdad, porque el que obra la verdad viene a la luz. Yo quiero obrar según ella, delante de ti por esta mi confesión, y delante de muchos testigos por este mi escrito.

Y ciertamente, Señor, a cuyos ojos está siempre desnudo el abismo de la conciencia humana,

  • ¿qué podría haber oculto en mí, aunque yo no te lo quisiera confesar? Lo que haría sería esconderte a ti de mí, no a mí de ti.

Pero ahora, que mi gemido testifica que tengo desagrado de mí, tú brillas y me llenas de contento, y eres amado y deseado por mí, hasta el punto

  • de llegar a avergonzarme y desecharme a mí mismo y
  • de elegirte sólo a ti,
  • de manera que en adelante no podré ya complacerme sino es en ti,
  • ni podré serte grato sino es en ti,
  • ni podré serte grato si no es por ti.
  • Comoquiera, pues, que yo sea, Señor, manifiesto estoy ante ti.

También he dicho ya el fruto que produce en mí esta confesión, porque no la hago con palabras y voces de carne, sino con palabras del alma y clamor de la mente, que son las que tus oídos conocen. Porque,

  • cuando soy malo, confesarte a ti no es otra cosa que tomar disgusto de mí;
  • y, cuando soy bueno, confesarte a ti no es otra cosa que tomar disgusto de mí;
  • y cuando soy bueno, confesarte a ti no es otra cosa que no atribuirme eso a mí, porque tú, Señor, bendices al justo; pero antes de ello lo transformas de impío en justo.
  • Así, pues, mi confesión en tu presencia, Dios mío, es a la vez callada y clamorosa: callada en cuanto que se hace sin ruido de palabras, pero clamorosa en cuanto al clamor con que clama el afecto.

Tú eres, Señor, el que me juzgas; porque, aunque ninguno de los hombres conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él, con todo, hay algo en el hombre que ignora aun el mismo espíritu que habita en él; pero tú, Señor, conoces todas sus cosas, porque tú, lo has hecho. También yo, aunque en tu presencia me desprecie y me tenga por tierra y ceniza, sé algo de ti que ignoro de mí.

Ciertamente ahora te vemos como en un espejo y borrosamente, no cara a cara, y así,  mientras peregrino fuera de ti, me siento más presente a mí mismo que a ti; y sé que no puedo de ningún modo violar el misterio que te envuelve; en cambio, ignoro a qué tentaciones podré yo resistir y a cuáles no podré, estando solamente mi esperanza en que eres fiel y no permitirás que seamos tentados más de lo que podamos soportar, antes con la tentación das también el éxito, para que podamos resistir.

Confiese, pues, yo lo que sé de mí; confiese también lo que de mí ignoro; porque lo que sé de mí lo sé porque tú me iluminas, y lo que de mí ignoro no lo sabré hasta tanto que mis tinieblas se conviertan en mediodía ante tu presencia.

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