LA CONSAGRACIÓN CRISTIANA FUNDAMENTAL – UNCIÓN DEL ESPÍRITU

Le damos mucha importancia a la “consagración episcopal”. Le damos mucha importancia a “la ordenación sacerdotal”. Le damos mucha importancia a la “consagración religiosa”, hasta el punto de definirla como “vida consagrada”. El Bautismo-Confirmación, los sacramentos de la iniciación cristiana están necesitando la llegada de una “nueva primavera” tanto en la reflexión teológica como en la praxis pastoral. Hubo un tiempo en que las cosas no eran así. Hubo tiempo en que los bautizados se sentían y vivía como “personas ungidas por el Espíritu” y sin distinción entre varones y mujeres.

San Cirilo de Jerusalén nos ofrece en sus Catequesis mistagógicas (Catequesis de Jerusalén 21, Mystagogica 3,1-3) una descripción estupenda de la “consagración bautismal”. Con ello, nos invita a reflexionar sobre nuestra condición de “personas consagradas”, no ya con motivo de una ordenación sacerdotal o una profesión religiosa, sino a causa de nuestro Bautismo y confirmación (los sacramentos de la iniciación cristiana).

Cristianos es igual a “ungidos de Dios”

Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo, habéis sido hechos semejantes al Hijo de Dios. Porque Dios nos predestinó para la adopción nos hizo conformes al cuerpo glorioso de Cristo. Hechos, por tanto, partícipes de Cristo (que significa Ungido), con toda razón os llamáis ungidos; y Dios mismo dijo de vosotros: No toquéis a mis ungidos.

  • Fuisteis convertidos en Cristo al recibir el anticipo del Espíritu Santo: pues con relación a vosotros todo se realizó en símbolo e imagen; en definitiva, sois imágenes de Cristo.
  • Por cierto que él,
    • cuando fue bautizado en el río Jordán, comunicó a las aguas el fragante perfume de su divinidad
    • y, al salir de ellas, el Espíritu Santo descendió substancialmente sobre él como un igual sobre su igual.
  • Igualmente vosotros,
    • después que subisteis de la piscina, recibisteis el crisma, signo de aquel mismo Espíritu Santo con el que Cristo fue ungido.
    • De este Espíritu dice el profeta Isaías en una profecía relativa a sí mismo, pero en cuanto que representaba al Señor: el Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido; me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren.

Ungidos con el Espíritu Santo

Cristo, en efecto,

  • no fue ungido por los hombres ni su unción se hizo con óleo o ungüento material,
  • sino que fue el Padre quien lo ungió al constituirlo Salvador del mundo,
    • y su unción fue el Espíritu Santo tal como dice San Pedro: Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo,
    • y anuncia también el profeta David: Tu trono, oh Dios, permanece para siempre; cetro de rectitud es tu cetro real. Has amado la justicia y odiado la impiedad: por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.
  • Cristo fue ungido con el óleo espiritual de la alegría,
    • es decir, con el Espíritu Santo, que se llama aceite de júbilo, porque es el autor y la fuente de toda alegría espiritual,
    • pero vosotros, al ser ungidos con ungüento material, habéis sido hechos partícipes y consortes del mismo Cristo.

No se trata de un simple y común ungüento

Por lo demás no se te ocurra pensar que se trata de un simple y común ungüento.

  • Pues, de la misma manera que, después de la invocación del Espíritu Santo, el pan de la Eucaristía no es ya un simple pan, sino el cuerpo de Cristo, así aquel sagrado aceite, después de que ha sido invocado el Espíritu en la oración consecratoria, no es ya un simple aceite ni un ungüento común, sino el don de Cristo y fuerza del Espíritu Santo, ya que realiza, por la presencia de la divinidad, aquello que significa.
  • Por eso, este ungüento se derrama simbólicamente sobre la frente y los demás sentidos, para que mientras se unge el cuerpo con un aceite visible, el alma quede santificada por el Santo y vivificante Espíritu.

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