¡DEJAD ESPACIO A LA PROFECÍA! (Domingo 22 del tiempo ordinario)

¡Hagamos espacio a la profecía! Pero ¡a la profecía auténtica! ¡No nos confundamos, porque hay profetas verdaderos y profetas falsos! Hubo momentos en los que el pueblo Israel se sentía perdido: sus “políticos” y sus “hombres de religión” iban de desacierto en desacierto; “el pueblo” se veía al borde del abismo. Hoy también hay pueblos y también comunidades cristianas que están en profunda crisis, tocando fondo, al borde del abismo. Son como un “Israel” que depende de fuerzas extranjeras, de pactos para una vergonzosa dependencia. La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre ello.

Dividiré esta homilía en tres partes:

1) Profetas con el don de Consejo.

2) El culto, lugar de la profecía.

3) ¿Para qué ganar si se pierde?

Profetas con el don de Consejo

Dios “nos” habla en las coyunturas históricas más difíciles, pero es necesario saber dónde y a través de quien. Quienes nos dirigen recurren a no sabemos cuántos consejeros. Los consejeros auténtico, es decir aquellos que han sido agraciados con “don de consejo”, son pocos y están escondidos. Aparecen ¡eso sí!, cuando y donde menos nos lo esperamos: son mujeres u hombres, como Jeremías, que han sentido la seducción irresistible de Dios y se han dejado pegar a su corazón. En la intimidad, Dios les revela su querer, su voluntad. La gente se reía de la juventud de Jeremías y despreciaba sus mensajes. Sin embargo, Jeremías, fue valiente. La palabra de Dios era fuego vivo en sus entrañas.

El culto, lugar de la Profecía

En su carta a los Romanos, san Pablo nos habla del culto. Dar culto a Dios es tratar de ganarlo, de agradarle, de expresarle nuestro agradecimiento… Dar culto es un acto de gratitud. Pero los profetas denunciaron el culto vacío (sin justicia, honestidad, sin amor), que no agrada a Dios.   

Pablo nos dice que el culto que agrada a Dios es: ¡presentar nuestros cuerpos como ofrenda viva, santa! Presentarnos como personas que no se ajustan a este mundo de injusticia, de pecado, de conexiones perversas, de cultura de muerte.

¿Para qué ganar… si se pierde?

Jesús aparece en el evangelio de hoy como el “gran ganador”. Y para serlo se lo juega todo. Nos dice que hay momentos en la vida en que un paso hacia delante, una transformación profunda, solo se consigue con arrojo, con audacia y superando cualquier prejuicio.

Simón Pedro se muestra muy conservador. Quiere al Jesús que conoce. Se contenta con las posibilidades que este Jesús ofrece. No quiere un Jesús que “arriesgue tanto”. Es como si Pedro le dijera: “Jesús, no hace falta tanto radicalismo… todo se puede arreglar… llevando las cosas como hasta ahora… llegarás y llegaremos muy lejos”. Pero, Jesús ve en ello una tentación, una terrible tentación que lo aparta de la voluntad de su Abbá; una tentación que le llega al alma, porque viene de un gran amigo. Pero se enfrenta con el mal, con ese Satanás que le impide dar un paso cualitativo hacia delante.

Conclusión

Jesús nos invita a jugarnos la vida, a estar dispuestos a perderlo todo, con tal de anunciar la llegad del Reino de Dios. Jesús quiere que lo sigamos asumiendo su estilo de vida y de compromiso: ¡dispuestos a perderlo todo, para ganarlo todo! La cruz no es el objetivo. La cruz es el arma más poderosa para conseguirlo todo, porque la cruz es amor que todo lo ilumina, que desenmascara el mal y la hipocresía.

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