EL PECADO: ¿DESOBEDIENCIA O INFIDELIDAD?

Conforme pasan los años nos preguntamos: pero ¿en qué consiste realmente el pecado? Escuchamos a unos y a otros y la confusión se apodera de nosotros. ¿Es desobedecer a una ley o a unas leyes? ¿qué hacer cuando no podemos liberarnos de aquello que parece prohibido?

Dar plenitud

Jesús nos dice, en primer lugar, que no ha venido a abolir la ley, ni los profetas, sino a dar plenitud.

Todos los mandamientos de Dios -atribuidos a la mediación de Moisés- tenían un solo objetivo: cuidar y preservar la Alianza de todo el pueblo con Dios.

Cada uno de los diez mandamientos no tenía otro objetivo que favorecer una vida en Alianza: es decir, que el Pueblo viva siempre unido a Dios, que sea cada vez más Pueblo “de Dios”. Y esa unión debería ser amorosa, como la unión esponsal: un amor cada vez más apasionado y fecundo.

Cada uno de los Salmos, cada mensaje de los Profetas, muestran cuán apasionado es el amor de Dios hacia su Pueblo y cuán grande debería ser la fidelidad del Pueblo a Dios.

Por eso, Jesús -como hoy nos dice en el Evangelio- no vino a abolir la Ley, ni la Profecía. ¡Vino a darle plenitud! Así lo proclama la carta a los Hebreos: “de muchas maneras ha hablado Dios a nuestros padres a través de los profetas; últimamente nos ha hablado a través del Hijo”.  

Jesús no vino para abolir la ley, sino para llevarla a su plenitud. Para ello nos puso tres ejemplos: no matar, no cometer adulterio, no jurar.

No matar, no cometer adulterio, no jurar

Arturo Samaniego

No matar. Jesús muestra que un asesinato es el final de un proceso de separación, de ruptura de la alianza entre hermanos. El asesinato se inicia con unas quejas, continúa con la denuncia y pleito ante el juez, y puede culminar, en asesinato. La solución que Jesús ofrece es zanjar cuanto antes el asunto, no denunciar, incluso reconciliarse antes de poner una ofrenda sobre el altar:

 “si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar te acuerdas… deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano”.

Los habitantes de Galilea tenían que recorrer muchos kilómetros para llegar al templo de Jerusalén y presentar su ofrenda. El mandato de Jesús lo complica todo: para un galileo no se trataba de cruzar una calle, sino de otro viaje de ida y vuelta desde Jerusalén a Galilea y en medio la reconciliación. Solo después la ofrenda será agradable a los ojos de Dios.

No cometer adulterio: El adulterio, ruptura de la Alianza entre el esposo y la esposa simboliza otra ruptura muy grave: la ruptura de la Alianza del pueblo con su Dios. La ruptura es el resultado de un camino que comienza con “otra mirada”, deseos… se inicia en el corazón. Jesús pide vigilancia para que por lo poco no se llegue a lo mucho. La relación esponsal debe ser cuidada exquisitamente. Esto quiere Dios de su Pueblo con quien está en Alianza.

No jurar: “No jurarás” dijo Dios en la ley de Moisés. Y Jesús añade: “no juréis en absoluto: ni por el cielo, ni por la tierra, ni por Jerusalén, ni por tu cabeza”. Todo está lleno de la Gloria de Dios. Jurar por algo, es jurar por el mismo Dios. En esos juramentos actúa el Maligno. A quien se fía de Dios, quien está en íntima comunión con Él, sólo le basta decir “sí” o “no”.

¿Qué es pecar?

Uno no vive “en gracia de Dios” por cumplir leyes, normas. Podemos obedecer aparentemente una ley, pero estar después muy lejos de aquello que la ley pretende. El mal comienza a engendrarse cuando se acaban las motivaciones de la Alianza en el corazón; cuando uno olvida que el objetivo de las normas es una unión muy estrecha con Dios, es algo así como un proyecto de amor a Él y a su voluntad por el mundo. Es vivir siempre en su presencia, bajo sus ojos. Es el deseo apasionado de cumplir su voluntad. ¡Dichoso el que camina en la voluntad del Señor! (Sal 118).

Hay quienes no son ateos oficiales, pero lo son en su corazón, porque honran a Dios con sus labios, pero su corazón está muy lejos de Él.

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