La gran cuestión

La gran cuestión que a mí se me plantea en estos días de la Semana Santa no es el sufrimiento de Jesús, su voluntad de cambiar este mundo hasta entregar tan generosamente su vida. Las imágenes que vienen a mi mente, no son aquellas que recorren nuestras calles en silenciosas y emotivas procesiones. La gran cuestión es para mi el Misterio que detrás de todo ésto se oculta: ¡se trata de Dios, de aquel Dios a quien Jesús llamaba Abbá!

La proclamación de la Palabra de Dios a lo largo de toda esta Cuaresma 2008 y en especial de estos días de Semana Santa trae consigo una mezcla contradictoria de sentimientos, ideas, proyectos, esperanzas:

  • Por una parte se promete como cierto e inmediato el Reinado de Dios sobre nuestro mundo y pasan los años y los siglos -¡ya nos encontramos en el 2008!- y vemos cómo las apariencias nos indican que nuestra humanidad está más lejos de Dios y cuando logra un cierto bienestar enfría su corazón religioso y lo transforma en indiferente o incluso escéptico. Se proclama en las lecturas la llegada del Shalom, de las armas convertidas en instrumentos de bienestar, y sin embargo, todo las enemistades se consolidan en la humanidad. ¿Dónde está el Reino de Dios?
  • Por una parte los salmos alaban a Dios por las maravillas que realiza en el universo; por otra piden la venganza de Dios sobre los enemigos y que aniquile al adversario sin ningún tipo de compasión; hay salmos que nos elevan hacia la más profunda mística de lo divino; pero hay expresiones que nos introducen en los sentimientos del más rígido fundamentalista.
  • En las historias más particulares, en aquellas historias que conciernen a cada uno de los creyentes, tantas veces historias de frustración, de dolor, de decepción, ¿hasta dónde llega la protección divina, que tanto suplican los salmos? ¿Qué puede esperar de Dios un humilde y confiado creyente? ¿Hay que dejar toda esperanza pendiente del “más allá”, del absolutamente desconocido “después de la muerte”? Es el caso del amigo o del familiar que ya irremediablemente se va a morir, o del esposo o la esposa que irremediablemente se va a divorciar, o del amigo o amiga que te abandona sin vuelta atrás, o del asunto importante que no se resuelve, sino que se agrava… Suplicamos a nuestro Dios y,no hallamos respuesta. ¿Dónde está Dios?
  • Hoy nos dice la prensa que los católicos son más felices que los ateos -según un estudio realizado por el profesor Andrés Clark y la Doctora Orsolya Lelkes y presentado en la conferencia anual de la Sociedad Real Económica. Sin embargo, ¿se trata de una ilusión, una droga religiosa, una ignorancia bendita? Por otra parte, también la prensa nos dice cómo en el distrito madrileño de Valderribas se ha abierto una oficina para darse de baja en la Iglesia católica y que en pocos días son más de 1000 quienes han tramitado su apostasía, al mismo tiempo que gente de otros lugares ha solicitado lo mismo. ¿Ofrece la comunidad de quienes creen en Dios ese rostro feliz que da envidia a los demás?
  • Una de las preocupaciones más evidentes de nuestro papa Benedicto XVI -manifiestas antes de ser Papa- es que la Iglesia habla más de Dios y menos de sí misma. La preocupación por “Dios” es en él casi obsesiva e intenta, por todos los medios, hacer de Dios el centro, el protagonista de toda la realidad religiosa, eclesial.

Yo también me pregunto en este Jueves Santo dónde está Dios y clamo con Jesús: ¿Dios mío, Dios mío, porqué nos has abandonado? o como alguien traduce -al parecer mejor- ¿para qué nos has abandonado?

Aunque no hace muchos días nos dijeran que un presbítero canadiense y matemático había logrado un premio por haber demostrado matemáticamente la existencia de Dios, sin embargo, dudo mucho que esas pruebas convenzan al corazón humano de la existencia y presencia de Dios.

Los seres humanos queremos un Dios para la relación, un Dios de Alianza, de amor compasivo, cercano. Esa es la existencia de Dios que nos afecta, que no nos es indiferente. Nos encantaría un Dios que no se arredra ante nada, sin miedo, con moral de victoria, no violento, capaz de soportar lo insoportable porque tiene visión; nos seduciría un Dios que saca bien del mal, que recicla lo inservible, que nos sorprende cambiando corazones, posibilitando pactos imposibles, uniendo a los diferentes, compatibilizando a los incompatibles. Nos fascinaría un Dios dialogante, paciente y esperanzado, un Dios a quien en su recomposición del universo no le sobran piezas y de una aparente confusión es capaz de componer un admirable puzzle, que nos diga: “¡solo la totalidad es sagrada!

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1 respuesta a La gran cuestión

  1. I congratulate, magnificent idea and it is duly

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