¡NO TE QUEDES MIRANDO AL CIELO! Domingo de la Ascensión

Se fue. Ante sus ojos. Envuelto en una nube. Y ellos se quedaron allí, con el cuello estirado, mirando hacia arriba. Como quien no puede creer lo que acaba de ver. Hasta que dos mensajeros les dijeron algo que suena casi a regaño tierno: “¿Qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?”

¡Qué humano es eso! Quedarse paralizado ante lo que se va. Ante lo que se pierde. Ante el vacío que deja quien más amabas.

Pero Jesús no se había ido para dejarlos huérfanos. Se había ido para ser más libre. Más cercano. Más presente que nunca.

El gran teólogo Karl Rahner lo expresó con una palabra que me deja sin aliento cada vez que la escucho: tras la Resurrección y la Ascensión, Jesús se hace pan-cósmico. Ya no está limitado a un cuerpo, a un lugar, a un tiempo. Está presente en todo el cosmos. En cada galaxia. En cada rincón del universo. En cada posible multiverso que la ciencia todavía no alcanza a imaginar.

Antes lo podían tocar en Galilea. Ahora lo toca todo.

Y nos envía. Precisamente porque se va, nos envía. No con una doctrina extraña. No a imponer nada. A desvelar el misterio más profundo que late en cada ser humano. La luz que ya está dentro. La esperanza que ya les pertenece.

Y nos envía con tres regalos en el equipaje. Pablo los llama esperanza, gloria y poder. Esperanza: hay futuro. No hay razones para desesperar. Gloria: vamos a heredar una belleza que no cabe en la imaginación. Poder: el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos… actúa en nosotros.

¿Lo creemos de verdad? Porque si lo creemos, no podemos quedarnos mirando al cielo.

Jesús es pan-cósmico. Está aquí. Ahora. En esta asamblea. En este pan partido. En el hermano que tenemos al lado.

Deja de mirar al cielo.

Mira alrededor. Él ya está aquí.

¡Aleluya!

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