
Hoy las lecturas nos hablan de finales. Y todos sabemos que los finales nos inquietan: el final de un día, de una etapa, de una vida. Pero ¿y si los finales no fueran muros, sino puertas? ¿Y si lo que vemos como término fuera, en realidad, umbral?
El año litúrgico concluye con un lenguaje que nos desconcierta: profecías de fuego, templos destruidos, persecuciones. Malaquías, Pablo y Jesús nos confrontan con imágenes fuertes. Pero no para asustarnos, sino para despertarnos.
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