Los primeros cristianos se sintieron responsables de transmitir con fidelidad a las siguientes generaciones el misterio y la celebración de la Eucaristía. Nosotros… también hoy. Pero ¿no es verdad que a lo largo del proceso de la tradición se introducen elementos extraños que no proceden de los orígenes? La Eucaristía puede “desfigurarse” e incluso resultar “irreconocible”. Pensemos hoy -día del Corpus Christi- en ello, siguiendo las tres lecturas.
[Coro] Siete luceros brillan en mi alma, sabiduría y entendimiento nunca se apagan. Fortaleza consejo, ciencia, temor… y piedad que en el corazón se queda. [Estrofa 1] En la senda del saber, la sabiduría guía, como un faro en la noche, su luz nos envuelve. Entendimiento profundo, cual río que fluye, abre los ojos al mundo, su esencia nos muerde. [Estrofa 2] Ciencia que revela los secretos divinos, en cada hoja y estrella, su voz resplandece. Fortaleza valiente, en la lucha persistimos, con fe inquebrantable, el miedo se desvanece. [Estrofa 3] Consejo que susurra en momentos de duda, piedad que abraza con ternura infinita. Temor de Dios, reverente y profundo, dignifican el ser en esta vida bendita. [Repetición del Coro] Oh, Siete luceros brillan en mi alma, sabiduría y entendimiento nunca se apagan. Fortaleza consejo, ciencia, temor… y piedad que en el corazón se queda.
Hay un filósofo francés del siglo XX, Gilbert Simondon (1924–1989), que casi nadie conoce. Y hay una encíclica que acaba de publicar el Papa León XIV, que todo el mundo está leyendo. Si los ponemos a dialogar, algo importante ocurre: se iluminan el uno al otro.
El diagnóstico compartido
La encíclica Magnifica Humanitas abre con una imagen bíblica: la humanidad está ante una encrucijada: levantar una nueva Torre de Babel o construir una ciudad donde todos quepamos. El Papa advierte que la inteligencia artificial no es moralmente neutra. Debemos “desarmarla”.
Simondon nos diría hoy: cuando ignoramos cómo funciona algo, lo convertimos en magia. Y la magia, ya sea aterradora o fascinante, siempre nos esclaviza. Cuando alguien le preguntaba por el “ser” de una cosa, él respondía que la pregunta adecuada era: ¿cómo llega a ser? Le interesaba más que el “ser” el proceso de “individuación”, más que la sustancia, el proceso. Gilbert se preguntó por la existencia de los objetos técnicos (1958). Él sabía que también la máquina tiene su propia génesis, su propio perfeccionamiento interno. Simondon pensó el mundo como “procesos en tensión” y no como objetos físicos.
Simondon empezaría por desarmar el nombre de “Inteligencia artificial”. No es verdad que la facultad —la inteligencia— se haya reproducido en un metalóide, el silicio. El problema no es la inteligencia artificial. Es la ignorancia con que la recibimos. Simondon, no era creyente, pero afirmaba que todo individuo es siempre más que lo que ha llegado a ser hasta ahora: es un potencial vivo. Por eso, hay algo en cada persona que ningún algoritmo puede reducir a número. El papa y Simondon nos dice que “hay algo en nosotros que la máquina no puede terminar de leer. Simondon nos diría que “una IA que nos ahorra el esfuerzo de pensar no es una herramienta de crecimiento, sino de empobrecimiento. Nos empobrece, aunque no nos engañe. Lo que somos es -según el Papa y Simondon- mucho más de lo que cualquier sistema pueda contener.
Pues a partir de aquí y con estos breves presupuestos, ofrezco un diálogo entre la encíclica del papa León XIV y el pensamiento de Simondon, generado por NotebookLM
Nos resulta difícil armonizar la diversidad y la unidad. Nos encanta la biodiversidad en la naturaleza. No tanto, la humano-diversidad cuando ella nos resulta incomprensible, o nos enfrenta a unos con otros. Pentecostés nos habla del Espíritu de la diversidad y la unidad, de la que parece “reconciliación imposible”
“Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, le dijo Jesús al buen ladrón. Ese es el sueño del ser humano: tener la oportunidad de disfrutar en algún paraíso. Porque fue en el paraíso donde nacimos… pero también desde donde fuimos expulsados.
Hoy celebramos la ascensión de Jesús al Paraíso y nos abrió sus puertas.
“Si alguno me ama, mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Por eso, la pregunta que hoy nos lanza la Escritura santa es: ¿Amamos de verdad a Jesús? ¡No respondamos apresuradamente! ¡Meditémoslo antes!
Formamos la Iglesia actualmente casi dos mil millones de seres humanos. Y nos preguntamos por nuestra identidad: ¿somos Iglesia en misión, o una empresa de servicios y asuntos religiosos? ¿Es un organismo vivo o simplemente una organización? ¿Es nueva Jerusalén o se parece más a la antigua Jerusalén con sus rivalidades, envidias y tensiones? La Iglesia que Jesús soñó tiene tres rasgos característicos: Iglesia misionera, Iglesia morada de Dios entre los hombres, la casa del amor fraterno.
Este cuarto domingo de Pascua nos regala una de las imágenes más conmovedoras y profundas del Evangelio: la del Buen Pastor. Jesús, el Buen Pastor, no solo nos guía con ética y rectitud, sino que su liderazgo genera una armonía que embellece y eleva la vida de quienes lo seguimos. Hoy, esta imagen resuena con fuerza, especialmente ante la elección de un nuevo Papa y el reflejo de su figura en toda la estructura pastoral de la Iglesia.