
Todos estamos hoy encerrados en un cenáculo. En nuestras casas… y con las puertas cerradas. Hoy es Jueves Santo (9 de abril de 2020). Aunque celebramos el día del Amor -fraternidad y sororidad universal-, el día de la Institución de la Eucaristía y del Sacerdocio, nuestras iglesia -cenáculo de la comunidad cristiana- están cerradas y vacías. No llegará el pan eucarístico a muchos… El rito de la paz reconciliadora no será tan cercano y universal como tantas veces. Los sacerdotes estarán confinados, sin poder salir. ¡Nunca habíamos vivido un Jueves Santo tan extraño!
Y… mientras tanto, por ahí está rondándonos -como a Jesús- una amenaza de enfermedad y de muerte que ya se ha cobrado miles de víctimas.
Que el Espíritu Santo, Amor derramado en nuestros Corazones, convierta cada familia, cada pequeña comunidad, en un Cenáculo. Que allí haga presente a Jesús, que nos sirve, que nos ofrece su Cuerpo y Sangre, y nos convierta a todos en “sacerdocio de la Iglesia doméstica”. El evangelio de este Jueves Santo nos introduce en el corazón mismo de Jesús. Preparémonos -como si fuera la primera vez- para una gran revelación. Jesús siempre nos sorprende y más, cuando está a punto de desaparecer.
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