INSTITUTOS SECULARES:
Su novedad a la luz de la “Provida Mater”
José Cristo Rey García Paredes, cmf
Acto Académico – Universidad Pontifica de Salamanca
23 Febrero 2017
En la tradición occidental medieval, Matilde de Magdeburgo hablaba de la “Divinidad inquieta”, de “un flujo sobreabundante… que nunca se estanca y siempre fluye sin esfuerzo y sin reposo”[1]. Y Jesús decía: “No te extrañes de que te haya dicho que tenéis que nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn 3,7-9). Estos son los dos textos que me han venido a la mente a la hora de pensar en la novedad teológica de los institutos seculares a la luz de la Constitución Apostólica de Pío XII “Provida Mater Ecclesia”, cuyo 70 aniversario estamos celebrando en este mes. Sigue leyendo
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Es un texto que me impresionó la primera vez que lo leí. Y todos los años nos sale al encuentro en el Oficio de Lecturas del mes de noviembre.
Of what use are dreams if they do not come true? What do we want new models of community for if we do not know how to give them form, how to make them a reality?
Llega un nuevo Adviento. La Iglesia -¡miles de comunidades esparcidas por todo el mundo!- nuestra iglesia globalizada y localizada, se siente esposa, se siente madre. Aparecen en ella las señales de una impaciente espera. Aguarda. Vela. Se muestra inquieta.
Nos encontramos con situaciones conflictivas con más frecuencia de las que desearíamos. Acontecen en los ámbitos más variados: conflictos en la política (polarización de partidos que se niegan a dialogar y entenderse y generan enfrentamientos de consecuencias incalculables), conflictos de identidades nacionales (que se vuelven cada vez más virales y generan guerras psicológicas e incluso armadas); conflictos cuotidianos en las relaciones interpersonales, tanto en la convivencia ciudadana, como en el trabajo o en la familia, que frecuentemente se resuelven por vía judicial. Este mundo conflictivo también está presente en las comunidades de la Iglesia, en las actividades pastorales y misioneras. ¿Qué hacer ante el conflicto? ¿Resolverlo? ¿Descubrir en él una “oportunidad” de transformación? ¿Hay conflictos que hay que dejar por imposibles?
Tras las cartas “Alegraos”, “Escrutad” y “Contemplad”, el Dicasterio de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica nos regala una nueva carta –con motivo de la conclusión del año de la vida consagrada- “Anunciad”. Estas cuatro cartas nos ofrecen una inteligente e inspirada secuencia: la vocación a la alegría, el necesario discernimiento, el camino de la belleza (filocalía) y la Misión. De todas ellas emerge la imagen holística de una vida consagrada configurada por nuestra gran tradición y por los signos del Espíritu en nuestro tiempo.
No sé porqué aquel día se nos ocurrió hablar del tema. Teófilo me espetó la pregunta. Yo me quedé perplejo. ¡Las flores siempre mueren! ¡Tienen contados sus días! También nosotros, los seres humanos. La pregunta me introducía en el ámbito misterioso de la muerte. Y pensábamos en nuestra conversación no solo en la muerte biológica, sino también en la muerte de los sentimientos, de las ideas, de los proyectos. ¡Todo se encuentra bajo el signo de la caducidad! “¿Habrá flores que nunca mueran?” ha sido una pregunta que me ha venido acompañando desde entonces, porque en aquel momento -en presencia de Teófilo- pensé en amistades, en amores profundos. Y pensé en ello, porque son no pocos los que creen que las grandes emociones pasan y, al final, mueren y se olvidan.
¿De qué nos sirven los sueños si no se hacen realidad? ¿Para qué deseamos nuevos modelos comunitarios si no sabemos cómo plasmarlos? ¿Cómo hacerlos realidad?
Al compás de la liturgia de esta Semana Santa he ido comprendiendo su significado: me parecía escuchar algo así como la melodía de la vida cristiana de los tres días: la melodía de la tristeza del Viernes Santo, de la desolación y soledad del Sábado Santo y, finalmente, el Alleluya de la Pascua. Pero no se trata de una mera secuencia ritual. Hay que cambiar el paradigma: ¡lo último es lo primero! ¡Es la explicación de todo! El Aleluya es “el cántico nuevo” y definitivo. Las “melodías tristes”… son lo previo.