«Toda metamorfosis es lenta, desesperadamente lenta, salvo para el que solo está a la espera del final, porque ya lo conoce y le basta con comprobar que las cosas cumplen los ciclos de su naturaleza propia… Ocurre algo parecido a esa experiencia infantil que todos hemos tenido. Una mañana te levantas, alzas la caja de cartón en que entre hojas de morera se deslizaban ayer unos indolentes gusanos de seda, y contemplas, admirado, que el vermículo se ha convertido en mariposa, y de estar fijado al suelo ha pasado a hacerse presente en cualquier lugar»[1].
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Nos encontramos en situaciones conflictivas más veces de las que desearíamos. Acontecen en los ámbitos más variados: conflictos en la política (polarización de partidos que se niegan a dialogar y entenderse y generan enfrentamientos de consecuencias incalculables, irreversibles), conflictos de identidades nacionales (que se vuelven cada vez más virales y generan guerras psicológicas e incluso armadas); conflictos cuotidianos en las relaciones interpersonales, tanto en la convivencia ciudadana, como en el trabajo o en la familia que frecuentemente se resuelven por vía judicial. Este mundo conflictivo también está presente en las comunidades de la Iglesia, en las actividades pastorales y misioneras.
El 15 de agosto de 1988 se publicaba la Carta Apostólica del Papa san Juan Pablo II “Mulieris dignitatem”. Dentro de poco menos de un año celebraremos el 30 aniversario de su publicación. Y me pregunto: ¿los deseos expresados en la carta apostólica se han hecho ya realidad? ¿Pueden estar nuestras hermanas satisfechas de la atención y reverencia a su dignidad que la Iglesia universal y las iglesias particulares les prestan? ¿Se han dado pasos hacia delante, o nos encontramos más o menos como hace treinta años?
Fue para mí como un hermano mayor. Lo conocí más directamente cuando me nombraron Director de la revista “Vida Religiosa”, de la cual él era secretario–desde más de 20 años-. Él tenía la experiencia. Yo era un novato audaz que asumió -por obediencia un tanto desconsiderada- una tarea que me excedía. Pero allí estaba el P. Barrios dispuesto a ayudarme, aconsejarme y alejar de mí cualquier temor. Se inició entre nosotros una estrecha relación de hermanos y amigos. El ritmo de una revista quincenal nos invitaba a mantener múltiples conversaciones sobre temas, situaciones, conflictos, perspectivas y sueños, referentes a la vida religiosa. Alberto Barrios aportaba a la revista una inmensa e incesante información sobre los institutos religiosos de todo el mundo.
Los hombres y mujeres de buena voluntad han tenido que afrontar –ya desde los orígenes- casi las mismas dificultades que nosotros hemos de afrontar hoy. Eso se desprende de la historia de Noé, que nos narra el capítulo 9 del Génesis.
Los dos hermanos, Jacinta y Francisco, tuvieron un corto espacio de vida; pero en esa brevedad el Espíritu completó en ellos su obra: santificándolos. Logró divinizarlos, volverlos teo-páticos. Hay cardiopatías, neuropatías… también -como decía el Pseudo Dionisio areopagita- “teo-patías” (pasión por Dios). Los dos hermanos videntes murieron sintiendo en sí mismos una gran pasión por Dios y por los “pecadores”.
No tuve tiempo suficiente para concluir mi intervención en la XLVI Semana Internacional de Vida Consagrada, organizada en la Semana de Pascua por el Instituto Teológico de Vida Religiosa de Madrid. No pude decir algo que llevaba en el corazón por escasez de tiempo. Pero deseo dejar constancia aquí y así … que ese último mensaje pueda llegar a todos.
Alguien está naciendo. Es el cristiano del siglo XXI que viene… que se acerca… que se está configurando. ¿Quién es? ¿Cómo es? Tres grandes pensadores y profetas del siglo pasado lo intuyeron, lo anticiparon en sus sueños. Romano Guardini, el cardenal John Henri Newman y Karl Rahner. Con su luz tri-focal podemos contemplar el cristianismo emergente y sus tres rasgos: nobleza, honradez y mística. ¡Tengámoslo en cuenta! ¡Ese es el verdadero cristianismo contemporáneo!
para compartir una reflexión sobre dos realidades que nos identifican: Misión y Comunidad. Pero en este día (11 de marzo) no podemos olvidar aquella tragedia de terror del 11 de marzo de 2004, hace hoy 14 años. Lo hacemos con imágenes y con la canción de Alberto Arija (música, letra e interpretación), un misionero laico del Espíritu, intérprete profético del tiempo (Brotes de Olivo de Palencia).