La vida consagrada se está planteando –ahora muy seriamente- la necesidad de innovación. En sus capítulos generales constata que no todo lo que antes funcionaba funciona ahora. Sueña con hacerse “contemporánea” de los pueblos, de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Quiere ofrecerles el testimonio y el servicio que necesitan. No desea dar un testimonio que nadie entiende, ni imponer un servicio que la sociedad minusvalora. La vida consagrada de hoy quiere renunciar a cualquier tipo de imperialismo cultural, y desea ser –cada vez más- “trans-cultural”. Está convencida de que debe descubrir nuevas formas de comunidad y comunión, pero siempre configuradas por la misión y no la misión configurada por una realidad comunitaria no siempre satisfactoria. Más todavía: el Sínodo sobre la Nueva Evangelización y el Papa Francisco en su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” le piden a toda la Iglesia y en ella a la vida consagrada entrar en un serio proceso de conversión pastoral y misionera y últimamente también a una conversión económica desde la perspectiva de la austeridad y los pobres de nuestro mundo. La vida consagrada está dispuesta a re-organizarse, a re-estructurarse para responder al proyecto de una “nueva evangelización”. Todo esto no es posible sin “innovación”. La requiere el cambio de época en que nos encontramos[1]. Pero, ¿porqué? ¿en qué consiste? Sigue leyendo
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