¡SALUDAD A TODOS!

Quedé impresionado por su rara costumbre. Mi abuelo, padre Manuel, saludaba a todo el mundo. La timidez, el respeto… quizá nos lleve a mantenernos recatados, a no hacer ningún gesto de acogida. Pero hubo Alguien que nos dijo: ¡Saludad! Por el contrario, hay personas que nunca saludan.

Saludar, como dice la palabra, implica un deseo de “salud” para la otra persona, de “vida”. Saludar a alguien es como decirle: ¡que tengas vida y vida abundante! El deseo de salud es también como una oración al autor de la Vida. Por eso, todo saludo es sagrado.

El saludo de María

En el relato evangélico que acabamos de escuchar todo gira en torno a la fuerza imprevisible de un saludo. María “entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel”. No se trataba de un saludo meramente convencional. María desea salud, vida a su pariente. María, invadida por la Vida de Dios, portadora de la Vida con mayúsculas, desea salud y vida a la anciana que ha recibido un hijo en su ancianidad y tras su horrible experiencia de esterilidad. 

La palabra es mediadora del saludo. Las palabras de María estaban cargadas de energía poderosa. Eran “dabar”, acontecimiento –como decían los hebreos–. Y esa palabra vigorosa produce en Isabel una transformación. Isabel, al oír este saludo, queda llena del Espíritu Santo. Se da una admirable comunicación y contagio entre el Espíritu que habita en María e Isabel, la estéril ahora fecunda. A partir de ese momento, la estéril también es morada del Espíritu.

En Isabel el Espíritu es poderoso. En primer lugar, influye en su palabra. Su palabra se torna enérgica, fuerte, reveladora. En cuanto portavoz del Espíritu, Isabel bendice a María. Proclama que ella es “bendita de Dios” y que es “bendito” también el fruto de su vientre. La bendición era para un hebreo, ante todo, bendición del vientre. Un vientre sin fruto, un seno estéril, era considerado una maldición. En cambio, un vientre fecundo era una bendición, tal como lo canta el salmo 127 –y nosotros mismos hemos cantado tantas veces–: “la herencia del Señor son los hijos; su salario, el fruto del vientre; son saetas en manos de un guerrero los hijos de la juventud. Dichoso el hombre que llena con estas flechas su aljaba” (Sal 127).

La respuesta de Isabel: ¡un himno!

Isabel responde al saludo de María con no menos energía y fuerza. Se convierte en intérprete del gran acontecimiento de la Vida que se está produciendo en María. Hay quienes comentan y dicen que estas palabras de Isabel son la primera antífona mariana, el primer canto dirigido a María. 

El saludo de María produce en Isabel un segundo efecto. La criatura que lleva en su seno, apenas oída la voz del saludo, salta de alegría, de agallíasis –se dice en griego–. Se trata de la alegría de la victoria final, de la alegría por haber conseguido lo definitivo. El movimiento de su hijo en su vientre es interpretado por Isabel como una reacción de estremecida alegría ante la llegada de la Vida definitiva. Los Santos Padres comentaban y decían que en ese mismo momento el pequeño Juan el Bautista quedó santificado en el seno de su madre.

El trasfondo del encuentro

Para el autor de la carta a los hebreos se trata de la entrada de Jesús, el Mesías, en el mundo. Él llega como la ofrenda más agradable a Dios, como la superación del Templo y de su entramado de sacrificios, holocaustos y víctimas expiatorias. El hijo de María es aquel que cumplirá la voluntad de Dios, es decir, esa voluntad “conforma a la cual todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesús, hecha de una vez para siempre”. La madre María ofrecía el cuerpo. La madre Isabel lo reconocía y sentía su efecto salvífico.

Ese acontecimiento llega en una pequeña aldea de Judá a través de la madre que ha de dar a luz. Ella dará a luz al pastor de la casa de Israel. Gracias a él habrá paz y encuentro entre los hermanos. ¡Ese es el trasfondo del saludo de las madres!

Jesús nos pidió que no negáramos el saludo a nadie: “si sólo saludáis a los que os saludan, ¿qué mérito tenéis?” (Mt 5,46-47). El saludo era el inicio de la buena noticia de los mensajeros de Jesús: cuando entréis en una casa, en una ciudad ¡saludad! El saludo inaugura la llegada de la vida. Por eso, también –como María– los discípulos y discípulas de Jesús tenían que salir a toda prisa a anunciar el Evangelio.

Si solo saludáis a los que os saludan…

Nosotros también nos preguntamos: ¿qué estamos haciendo con nuestros saludos? ¿Acontece en ellos algo que tenga que ver, de verdad, con la vida? ¿No somos conscientes de nuestro poder, de la capacidad que tenemos de dar vida a los demás, si, como María, estamos llenos de vida, de vitalidad, de Espíritu Santo? Quien está vacío transmite –en su saludo– vacío y puro formalismo; quien está lleno de Espíritu, transmite espíritu.

Puede parecer banal el mensaje de este día. Pero este último domingo de Adviento nos hace comprender cómo saluda quien es mensajero de la esperanza. Sus saludos estremecen, cambian la vida, abren la puerta a la novedad esperada.

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