“SI EL SEÑOR NO CONSTRUYE LA CASA” – CONTRA EL NARCISISMO DOMÉSTICO (Domingo 4 de Adviento)

Hay casas familiares en las cuales la apariencia y la riqueza que contienen excede con mucho el amor y el aprecio que en ellas reina. Hay “casas” que son “no-lugares”, son como “hoteles” o “restaurantes” o lugares donde “se recibe el dinero que se gasta en otra parte”,  o espacios de diversión, meras residencias, lugares de tránsito. Son casas, no construidas por el Señor, sino por el narcisismo humano. No son ¡espacio de identidad!. En ellas no hay vida interior, ni comunicación, ni un proyecto común. Por eso, no tienen consistencia, y en cualquier momento viene una tormenta y las derriba. Están construidas sobre arena. Dios, en cambio, sí que quiso ofrecerle a su Hijo, enviado al mundo, una auténtica “casa”, una morada. Y a la madre y al padre que fundaron aquella casa “todas las generaciones los llamarán bienaventurados”. Este es el hecho que hoy se centra la liturgia.

David en un palacio… ¡el arca de la Alianza en una tienda!

Desde su sensibilidad el rey David no lo podía soportar: ¿yo en un palacio y el arca de Dios en una tienda? ¡Intolerable! Y tomó la iniciativa, probada por el profeta Natán, de construirle a Dios un templo. Pero ¡esa no era la voluntad de Dios! Según Dios, quien tenía necesidad de una “casa” era David. Porque una casa no es es el oro, la madera de cedro, las riquezas y comodidades que hay en ella. Una casa es una familia en alianza “generación tras generación”. Una casa no es una familia rota, en lucha interna. Dios amaba a David y por se comprometió a construirle una auténtica “casa” – “la casa de David”. 

“Yo te saqué de Egipto… Yo estaré contigo… Yo te pondré en paz… Yo te daré una dinastía… Yo afirmaré después de ti a tu descendencia… yo consolidaré tu realeza… Tu casa y tu reino durarán por siempre”.

Esta promesa de Dios a David dio esperanzas al pueblo de Israel… pero “los resultados” no eran para nada satisfactorios. Los conflictos familiares y políticos amenazaban constantemente “la casa”.  El profeta Isaías anunció que del tronco de Jesé -el padre de David- surgiría un nuevo vástago y esa sería la casa bendita y prometida: “He aquí que una virgen dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel”. O, dicho de otra manera, su identidad será “que Dios ha cumplido su promesa a David… y que está con el pueblo”.

La “Casa” de María – casa de Jacob

Esa joven era María, desposada con un hombre de la casa de David, llamado José. Y ellos dos, sí que le prepararon a Jesús la “mejor casa”. José no se separó de María y la acogió sin reservas con la criatura concebida en su seno.  María dijo “hágase” (fiat) al mensajero de Dios, Gabriel que le proclamó:

“tu hijo… será grande. Será llamado Hijo del Altísimo. Será Santo. Reinará en la casa de Jacob por los siglos de los siglos. Se sentará en el trono de David su Padre”.

La primera casa del Hijo del Altísimo fue el cuerpo de María. Los nueve meses de gestación “por obra del Espíritu” fueron la máxima hospitalidad que la naturaleza humana podía ofrecer al Hijo del Abbá. El cuerpo de la virgen María se convirtió en casa, en templo, en espacio del génesis de Jesús. El Espíritu la embelleció, la fortaleció, para que fuera digna morada del Hijo de Dios.

Y cuando Jesús nació y abandonó su primer templo, su primera casa, José y María lo acogieron en su pobre y humilde casa. Y ésta -no el templo de Jerusalén- se convirtió en el auténtico Templo del Hijo de Dios. Esa casa que lo acogió primero fue la de Belén, después la del destierro de Egipto, finalmente la de Nazaret… En todas ellas, Jesús tuvo dónde reclinar la cabeza… y dónde acoger a los dos discípulos de Juan que le preguntaron: “Maestro, ¿dónde vives?”. 

Cuando inició su misión profética Jesús se convirtió en un sin-casa, en un templo que iba a ser destruido… Pero nos prometió que iría a prepararnos una morada en la casa de su Padre.

En consecuencia…

No pongamos tanto énfasis en lo que “nosotros pretendemos hacer por Dios”. Esto favorece el narcisismo, la egolatría. Pongamos todo el acento en “lo que Dios hace a favor nuestro”: “a Él la gloria para siempre”. “Si el Señor no construye la casa… en vano se cansan los albañiles”. “Te basta mi gracia”, le dijo el Señor a Pablo. La Navidad será tiempo propicio para dejar que el Niño Dios, María y José nos reúnan ante el Belén y reconstruyan nuestra casa. ¡Que se produzca el milagro del encuentro familiar y que vaya construyéndose esa “casa” que ninguna tormenta podrá ya derribar!Denominamos a nuestro planeta “la casa común”… pero  nuestra “casa” (oikos, ecología) está también muy amenazada… Si el Señor no construye la casa… ¡Que pronuncie sobre nosotros la promesa hecha a David! ¡Que prolongue entre  nosotros “la casa de María y de José”!

Para contemplar
JESUCRISTO PALABRA DEL PADRE (Luis Elizalde, cmf)

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