TRES RELATOS VOCACIONALES: ¿CUÁL ES “MI RELATO”?

Tres personajes nos presenta hoy la Liturgia de este domingo: Isaías, Pablo y Pedro. Uno se siente impuro, el otro se autodefínete como “un aborto”, el tercero como “un inútil”. Pero cuando se les acerca el Misterio, el Dios del Templo, el Resucitado, el Jesús-Maestro y Líder, ¡todo cambia! Es la llamada… la vocación.

Cuando la llamada -la vocación- acontece en el Templo

La misión de Dios es más grande que cualquier ser humano. Ningún ser humano será capaz de realizar la misión que Dios sueña y decide llevar a cabo. A cada ser humano -llamado para colaborar- le corresponde recorrer un tramo, asumir durante un tiempo la responsabilidad de colaborar con Dios

Para el profeta Isaías el espacio conexión con el Misterio de Dios fue el Templo de Jerusalén. Hasta él llegaba la orla del manto de Dios: bastaba tocarla para sentir el poder de la Gloria, que no solo llena el templo, sino toda la tierra, como proclamaban los misteriosos ángeles serafines a quienes Isaías escuchaba. En nuestros templos conectamos con Dios. Esa conexión misteriosa se vuelve vocacional cuando toca la vida. Isaías se dio cuenta de su indignidad y de la grandeza de Aquel que aparecía. Y escucha la voz: ¿A quién enviaré? ¿Quién irá por mí? “Aquí estoy, envíame” le responde Isaías.

El templo, la liturgia es un espacio vocacional para todos nosotros. En ella “tocamos el cielo”, “el cielo se nos aproxima peligrosamente”. ¡Algo importante puede acontecer en nuestra vida!

¡Como a un aborto, se me apareció también a mí!

El contacto con el cielo, la vocación, acontece ahora-según nos relata la 1 carta a los Corintios de san Pablo- a través de las apariciones de Jesús resucitado: a Pedro, a los Doce, a más de 500 hermanos.

Pablo ha sentido también la cercanía, la aparición de Jesús resucitado Se siente totalmente indigno de recibir esa “vida”, que la llamada de Jesús concede. Se siente “un aborto” humano. Pero Jesús lo resucita y lo rescata para su causa.

Que nadie se sienta excluido de la llamada de Dios. Puede ser uno la persona más ruin y pecadora del mundo, que el Resucitado puede en algún momento “llamarlo” e incluirlo en su Misión

Por tu Palabra “echaré las redes” – “Haced lo que Él os diga”

Simón Pedro se sintió aquel día un “inútil”, cuando Jesús le pidió remar mar adentro y echar las redes para pescar. “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada”

Las experiencias de la vida nos indican que no debemos dejarnos llevar por excesivas ensoñaciones, ni por desear cosas que exceden nuestra capacidad.

A pesar de todo, la respuesta de Simón Pedro a Jesús llama la atención: “Por tu Palabra, echaré las redes”. Simón se mostró aquí dócil al mandato e imperativo de María, la madre de Jesús, a los servidores en las bodas de Caná: “¡Haced lo que Él os diga!”. La respuesta de Simón a Jesús está en la misma clave: Ya que tú lo dices, echaremos las redes. María recomienda a los servidores de las bodas de Caná: “¡Haced lo que Él os diga!”. Si en Caná hubo vino en abundancia, ahora también: ¡pesca superabundante! “Hasta se rompían las redes… llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían”.

Simón vio en aquella pesca qué cerca estaba Dios de él. Habría que verlo emocionado, lloroso, gozoso, perplejo, entusiasmado, aterrorizado de tanta gracia. Descubrió a Dios tan cerca… Por eso, se arrodilló y con toda la sinceridad de su alma le dijo a Jesús que se apartara de él. No se sentía digno de tanta gracia. Descubría una vez más su pecado, su impureza, su indignidad. El pasmo de Simón y de sus compañeros hubo de ser morrocotudo. Jesús sabía manifestar su grandeza del modo más adecuado. La perplejidad y el temor hubieron de ser muy grandes. Jesús interviene de nuevo y les dice: “No tengáis miedo”. ¡Qué palabras tan importantes! El miedo suele atenazar a los llamados por Dios no pocas veces.

¡Cristianos por vocación!

El triunfo del Cielo

La vocación es iluminación y visión para quien antes no veía; energía para quien antes se sentía paralizado; pureza para quien se experimentaba manchado.

La vocación no es una simple tendencia interior. Es una llamada, que tantas veces deja al ser humano perplejo, hasta pasmado. “Alguien me llama, ¿quién será?” Suele decirse que el peor momento para un ateo es cuando siente la necesidad de dar gracias, y no encuentra a quién.

La vocación es encontrarse en medio de una Nube misteriosa, que es promesa y nunca amenaza -como Isaías-. Es “presencia y gracia” del Señor resucitado a través de su Palabra y su Eucaristía. Jesús el Resucitado “se aparece” en el Sacramento Eucarístico que celebramos… cada comunión y cada escucha de su Palabra es para nosotros una extensión de las “apariciones pascuales” o del pasmo que produce la Presencia de Jesús, el Señor.

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