¡CONFIA SIEMPRE Y PARA SIEMPRE!

Esta es la gran cuestión que nos plantea este domingo: ¿En quién o en qué ponemos nuestra confianza? Este es un domingo que intenta alentar nuestra fe-confianza ilimitada en Dios.

¡No le retires tu confianza! ¡Apóyate en Dios!

El profeta Jeremías profiere hoy, entre nosotros, su malaventura y su buenaventura. 

“Malaventurado quien confía en el hombre y en la carne busca su fuerza… apartando su corazón del Señor”. “Bienaventurado quien confía en el Señor y pone en el Señor su fuerza”. 

Con estas palabras el profeta nos dice: ¡No apartes tu corazón del Señor! ¡No le retires tu confianza, ni tu fe! Como pierdas la fe en Dios, todo, todo, se derrumbará. Como pierdas la fe en Dios, buscarás desaforadamente saciar tu hambre, calmar tu sed, pero tu hambre aumentará y tu sed se hará inaguantable.

Crece en confianza quien parte del supuesto de que la misericordia lo envuelve. Quien confía, a la larga, siempre vence; aunque se pueda ver decepcionado en pequeñas cosas. El amor todo lo espera.

Si nuestra esperanza acaba en esta vida…

Creer en Jesús, confiar en su Abbá, esperar en la fuerza de su Espíritu, es el núcleo de nuestra fe. Ser cristiano es vivir confiado, alegre, distendido.

Aquí, en nuestro espacio y en nuestro tiempo, se refleja la realidad futura. Vivimos anticipadamente, confiadamente, lo que después vendrá de forma misteriosa. Ese mundo que llegará y ya se refleja en nuestra alma y en nuestro cuerpo, se llama “mundo de la Resurrección”.

Es probable que no pocas personas renuncien a pensar en ello. En tiempos de fragmentariedad resulta difícil representarse un cielo, una eternidad, un futuro sin límites. Abrirse a una realidad así, produce vértigo. Nuestra sensibilidad es adicta al movimiento, a la novedad constante, y se resiente cuando le hablan de un “estado inmutable, permanente”, cuando le hablan de “vida eterna”.

¿Cómo hablar entonces del mundo de la resurrección? ¿Cómo proponer nuestra esperanza? Jesús resucitado es la respuesta. Un hombre como nosotros, un crucificado por amor, alguien que siente como nosotros sentimos nos ha precedido. Él nos ha dicho que la muerte no es capaz de vencer el amor. El amor tiene vida, tiene futuro. Las lágrimas que se desprenden de nuestros ojos, cuando perdemos a un ser querido, no hablan de pérdida irremediable, sino de espera, de un “adiós, hasta luego”.

¿Qué habrá después? ¿Cómo concebir el mundo de la resurrección? Somos incapaces de imaginarnos lo que Dios tiene reservado a quienes ama. Lo mejor es confiar y dejarse llevar por Jesús. Nos espera la Gracia, no la desgracia.

¡Bendecid, sí, no maldigáis!

Jesús bendice y proclama cuatro bienaventuranzas. Bendecir, o decir el bien de los demás no es nunca ineficaz. Las buenas palabras construyen y transforman de alguna manera la realidad. Las palabras que salen de nuestra boca nunca son ineficaces.

¡Qué eficacia no tendrán las palabras de bendición y bienaventuranza de Aquel que es la misma Palabra de Dios por la que el mundo fue creado! Jesús proclama dichosos a los pobres, a los que ahora pasan hambre, a los que lloran, y a los odiados, excluidos, insultados y proscritos a causa del Nombre de Jesús. De la abundancia de su corazón compasivo, habla su boca. Jesús dirige su primer discurso a los últimos. Los llama bienaventurados y, al hacerlo, quiere que sean conscientes de la dicha que les espera y, en cierta medida, ya los envuelve: no tienen nada, pero ¡”suyo” es el Reino de Dios! Tienen hambre, pero… que esperen… ¡porque serán saciados por Dios! Lloran… que tengan paciencia… ¡porque Dios les hará reír! Los excluyen y marginan… paciencia… que se alegrarán y danzarán ¡pues su recompensa será muy grande!

Al bendecirlos, Jesús les hace ver qué cerca está Dios de ellos y cómo todo lo organiza para que su situación cambie. Jesús aparece como un apocalíptico que no ofrece soluciones de “aquí abajo”, sino soluciones que hablan de la actuación de Dios “aquí abajo”, no sólo de la solución final de Dios “allá arriba”. ¿Cómo actúa Dios aquí abajo? Para eso hay que tener ojos y ver, oídos y oír. El Reino de Dios ya está entre nosotros. No actúa de forma espectacular, pero tiene sus ángeles, sus humildes servidores, sus inesperados acontecimientos que anticipan la alegría del Reino final. Los cristianos rezamos diariamente el Padrenuestro y suplicamos a nuestro Abbá: Venga a nosotros tu Reino… ¡hoy!

¿Maldición o Lamentación?

En la segunda parte del discurso parece que Jesús maldice; pero no es así en realidad. Ya Él nos lo había dicho: ¡Bendecid sí, no maldigáis! Jesús, más bien, se lamenta, se estremece ante el peligro que acosa a los ricos, a los que ahora están saciados, a los que ahora ríen, a aquellos de quienes todo el mundo habla bien y a quienes les ofrecen los primeros puestos. Jesús se estremece ante el desastre.

Y ese desastre tiene una causa y unas consecuencias. La causa es que los ricos tienen ya su consuelo, lo que les da firmeza y solidez… pero, desgraciadamente, esa firmeza no la obtienen de Dios, sino de otros seres humanos: “serán como un cardo en la estepa, no verán llegar el bien”. Las consecuencias son: que pasarán hambre, que harán duelo y llorarán cuando vean cómo su imperio se derrumba y se siembra la muerte en torno a ellos, que al final se darán cuenta de que su vida estaba fundada en algo “falso”. Esta situación entristece profundamente a Jesús. Igual que una persona cuando siente que le duele algo en su cuerpo dice ¡ay!, así también a Jesús les duelen sus hermanos y hermanas ricos, glamurosos, que se dan banquetazos y viven solo para la apariencia.

Pero en los “ayes” de Jesús se percibe también otro aspecto: es la correlación entre la situación actual de los pobres y de los ricos, y la situación futura de los ricos y los pobres. ¡Como en la parábola del pobre Lázaro! Los pobres son pobres por falta de solidaridad, de ayuda mutua, de justicia, de fraternidad. Los ricos acumulan más porque no confían en Dios.

Un mundo aliado con Dios tiene futuro

Un mundo sin Dios está llamado a la destrucción, a la catástrofe. Un mundo aliado con Dios tiene futuro. “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza: será como un árbol plantado junto a la corriente… cuando llegue el estío no lo sentirá… su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta porque no dejará de dar fruto”. 

Somos discípulas y discípulos de Jesús. Colaboremos para despejar el enrarecido ambiente social y eclesial. Digamos y proclamemos la presencia del Reino. No defendamos únicamente aquello que nuestra visceralidad nos pide. Seamos capaces de ver la verdad del otro, del diferente. Y si tenemos que denunciar el mal, ¡hagámoslo de tal forma que sea lamento y no maldición!

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