Jesús nos pone dos espejos: un hijo a su padre dice “no” y va. Otro hijo que dice a su padre “sí” y no va. ¿Cuál de los dos eres tú… soy yo?

Jesús va directo: los que se arrepienten llegan primero. Los que aparentan, quedan fuera.
La parábola es un escándalo. Un hijo dice “no quiero”, pero luego va. Otro dice “sí, señor”, pero no aparece. ¿Quién hace la voluntad del padre?
El que se arrepiente. No el que promete. No el que aparenta.
Y hoy pasa igual. Ves a personas que parecen lejos de Dios, que dicen “no creo”, “no voy”, “no rezo”… pero cuando ven la verdad, se arrepienten y se entregan. Y otros, fieles cumplidores, cargan la misa y la comunidad, pero están vacíos, sin amor, sin compasión. Dicen “sí” con la boca y “no” con la vida.
Jesús se pone de parte de los que dudaron, de los que se equivocaron, de los que dijeron “no”, pero después se convirtieron. Y los que se creen justos, los que nunca dudaron, los que nunca fallaron, a veces son los más duros.
Publicanos y prostitutas les llevan delantera. Ellos sí creyeron a Juan. Los fariseos ni se arrepintieron ni creyeron.

Hoy, la parábola nos reta: no importa nuestro pasado. Importa nuestro presente. ¿Dices “no” pero vas? Eres bienvenido. ¿Dices “sí” y te quedas? Revisa tu vida.
El arrepentimiento cambia el corazón. Las apariencias no salvan. Solo la verdad. Hoy, el “no” que se convierte en “sí” es el que abre el cielo. Y el “sí” vacío lo cierra.
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