¡LA VIÑA NO ES TUYA!, Domingo 27 del tiempo ordinario, ciclo A

Un dueño planta la viña perfecta y la confía a unos labradores.

Cuando llega la cosecha, envía a pedir fruto. Y ellos golpean, matan, expulsan. Hasta al Hijo lo asesinan por quedarse con la herencia.

Esta parábola no habla de hace dos mil años. Habla de hoy, de Europa, de parroquias vacías y de púlpitos llenos de dueños.


Hay líderes religiosos que confunden la Iglesia con su proyecto personal. Su movimiento, su carisma, su grupo de fieles que les aplauden y les agrandan.

Y cuando el Espíritu sopla libertad, lo bloquean. Cuando un laico pregunta, lo silencian. Cuando una mujer sirve con autoridad, la apartan. Cuando un pobre incomoda, lo ignoran. Matan al mensajero para no cambiar de sitio.
Y se sorprenden de que las iglesias se vacíen. No se vacían porque falte Dios. Se vacían porque sobra clericalismo.

La pregunta de Jesús sigue en pie: ¿qué hará el dueño de la viña?

La quitará y la entregará a otro pueblo. Puede pasar aquí. Está pasando aquí.

La piedra que los arquitectos descartaron —el pobre, el distinto, el que no encaja en el organigrama— se convierte en piedra angular.

Y quien tropieza con ella, cae.

Tú administras. No eres dueño. Devuelve el fruto. Abre la puerta. La viña es de Dios, y Él la entrega a quien de verdad la cuida.

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