UN PUEBLO QUE NO ESTÁ EN VENTA, Domingo 29 del Tiempo Ordinario, ciclo A


Hoy le haríamos a Jesús preguntas políticas. ¿Es lícito votar a…? ¿Es lícito defender…? Queremos una respuesta clara, contundente. Y Jesús, con una sonrisa, nos devuelve una moneda.

«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Parece nítido, y no lo es. Porque el mundo no está repartido en dos mitades, una para Dios y otra para el César. Nada del César deja de ser de Dios. Jesús nunca dio recetas: nos regaló algo mejor, el esfuerzo de buscar y de implicarse.

Pero hay una clave: «Devolved al César sus monedas». ¡Que se quede con ellas! La moneda lleva grabada la imagen del César. Y lo que sí es de Dios, más aún que la tierra entera, es su pueblo, que lleva grabada la imagen de Dios. Un pueblo que no está en venta. Esa frase huele a celos de enamorado: celos de Alianza. Es como si Jesús dijera: no hagáis alianzas con nadie; entregaos a Dios sin reservas.

La primera lectura lo muestra con una belleza asombrosa. El pueblo está desterrado, el templo en ruinas, el nombre de Dios por los suelos. ¿Quién lo levanta? Un rey pagano, Ciro, que ni siquiera conocía a Dios. Y, sin conocerlo, se dejó llevar por Él. Así santifica Dios su nombre: sin pedir permiso a nadie. Cuando rezamos «santificado sea tu nombre», pedimos precisamente eso: que Él mismo defienda su honor, que se muestre fiel, obstinadamente fiel.

Hay también un reverso. Hay césares que se hacen pasar por dios y toman su nombre en vano. Ya lo advirtió san Agustín en La ciudad de Dios (libro IV, capítulo 4), con una frase que no envejece: 

«Quitada la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?»

Y a la Iglesia no le está permitido ese camino. Lo dice san Pablo: tres evangelizadores, juntos, sin despotismo, que miran a la comunidad con asombro y la llaman «amada de Dios». Ese es el estilo: evangelizar en grupo, descubrir primero la gracia en los demás, y que entre nosotros el poder sea servicio y nunca dominio.

Hermanos, la política más audaz es la de quien ya tiene dueño, y qué dueño: el Dios que no abandona. Con el corazón entregado a Él, cada voto, cada trabajo y cada palabra pueden convertirse en un modo de decir: «Santificado sea tu nombre».

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