En un momento u otro, todos quizá nos preguntamos: ¿qué hacer con este cuerpo que tengo? ¿Qué hacer con mi hambre que no se sacia del todo, con mis deseos difíciles de nombrar, con ese fuego interior que unas veces me impulsa y otras me inquieta? Para responder a estas preguntas me inspiro en un filósofo y teólogo francés, Emmanuel Falque.
Y resulta que estas preguntas tienen mucho que ver con la Eucaristía. Es justamente ahí, en esa hambre, donde Dios ha decidido salir a nuestro encuentro.
I. Dios no vino a salvar del cuerpo, vino a salvar en el cuerpo
Antes de ser espíritu que ora, somos carne que respira, que tiene hambre, que se cansa, que desea, que arde. Nada de eso es un defecto de origen. Es, sencillamente, nuestra condición humana.
El Verbo de Dios, al hacerse carne, no tomó prestada solo la capacidad de pensar. Tomó también la piel, el pulso, el instinto, el hambre. Todo lo que nos hierve por dentro y que muchas veces nos cuesta nombrar, Jesús lo asumió primero, para poder salvarlo después. Porque lo que no se abraza, no se sana.
Por eso, cuando el sacerdote eleva la Hostia y dice “Esto es mi Cuerpo”, no se entrega una idea. Se entrega un cuerpo a otro cuerpo. Biología a biología. Su carne resucitada se ofrece a la propia carne humana —a las emociones, a los impulsos, a eso que se lleva dentro sin terminar de comprenderlo del todo— para que empiece a latir de otra manera.
La Eucaristía no busca convertir a nadie en un ángel. No pide que dejemos de ser criaturas de carne y hueso. Viene, más bien, a decirnos con sencillez: también la carne puede ser lugar santo.
II. El caos interior no se destruye: se transfigura
Dentro de cada uno de nosotros hay una tempestad pequeña o grande. Deseos que se cruzan, impulsos que no siempre se controlan, un fondo que a veces cuesta reconocer. La Escritura lo llama, desde el principio, Tohu-Bohu: el caos anterior a la luz.
Y aquí aparece una buena noticia, sencilla y a la vez profunda: Jesús-Eucaristía no viene a apagar esa tempestad. Viene a caminar sobre ella.
Al comer su Cuerpo, esas olas interiores no desaparecen de golpe, como por arte de magia. Se transforman poco a poco, como el agua se hace vino, como el grano molido se hace pan. El deseo humano —que en el puro instinto animal es solo necesidad, solo búsqueda de saciarse— en la Eucaristía empieza a convertirse en otra cosa: en deseo de desear al otro, en hambre de comunión, en un amor que ya no se cierra sobre sí mismo, sino que se abre.
Ahí el eros, esa fuerza de deseo tan propia de lo humano, es tomado de la mano por el ágape, la caridad de Dios. No para apagarlo, sino para llevarlo a su verdadera estatura.
III. Lo animal no es lo bestial
Hay una diferencia importante, que conviene tener clara para no vivir con una culpa que no corresponde:
Ser criatura de carne no es pecado. Tener hambre, tener deseo, sentir el cuerpo, ser mortal, ser pasión encarnada: eso es simplemente la condición de toda criatura. Y Dios, al crearla, la llamó “buena”.
Lo bestial sí lo es. No consiste en tener pasiones, sino en dejar que esas pasiones se encierren sobre sí mismas, se perviertan, se conviertan en jaula en vez de camino.
El Apocalipsis pone esta lucha frente a frente: la Bestia contra el Cordero. Y llama la atención el modo: Dios no vence a la Bestia con una fiera más fuerte. La vence con un Cordero. Con la mansedumbre de una carne entregada. Con la fragilidad de un pan partido.
Cada Eucaristía plantea, en el fondo, una elección: el encierro de la bestia sobre sí misma, o la entrega del Cordero, que permite que la propia animalidad no se pierda, sino que se convierta en ofrenda.
IV. Adorar: aprender a ver, gustar y tocar con otros sentidos
Ante el Santísimo, el cuerpo no queda fuera de la capilla. Entra entero: el cansancio, la inquietud, el deseo, las ganas de huir, la necesidad de ser querido. Toda esa “espesura” humana se pone delante de un pedazo de pan que es Dios.
Y ahí, poco a poco, algo se va entrenando. San Buenaventura hablaba de los sentidos espirituales: aprender a ver con otros ojos, a gustar con otro paladar, a tocar con otras manos aquello que los sentidos comunes tocan cada día. La adoración es, en el fondo, ese largo aprendizaje: descubrir que incluso las sensaciones más orgánicas pueden convertirse en umbral de encuentro con Dios.
Así deja de vivirse “fuera de sí”, arrastrado sin rumbo por cada impulso. Comienza una morada, una Alianza estable, como el sarmiento injertado en la vid. La biología entera —el cansancio, el deseo, la finitud— empieza a nutrirse de otra savia.
Para quedarnos con algo
No hace falta que lleguemos a la Misa dejando el cuerpo en la puerta. No hace falta fingir, en la Adoración, que ya no se siente, que ya no se desea, que ya no hay tempestad por dentro.
Basta con llegar tal como somos: ¡carne, pulso, hambre, deseo, caos!
Porque el Cordero de Dios no vino a salvar ángeles. Vino a salvar cuerpos. Y en ese pequeño trozo de pan, Dios ha decidido, para siempre, hacer de la propia animalidad su casa.
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