Jesús cuenta hoy las parábolas más cortas de todo el evangelio. Pero no las menos profundas.
Un hombre encuentra un tesoro escondido en un campo. Lo vuelve a esconder. Y va corriendo, lleno de alegría, a vender todo lo que tiene para comprar ese campo.
Otro hombre es comerciante de perlas. Un día encuentra una perla de un valor extraordinario. Y hace lo mismo: vende todo y la compra.
Dos historias. Un solo mensaje.
Cuando encuentras lo que de verdad vale, todo lo demás se recoloca solo. No porque lo demás sea malo. Sino porque has encontrado algo tan grande que las demás cosas recobran su tamaño real. Y lo que me llama la atención es esto: los dos van corriendo. Los dos están llenos de alegría. No hay drama, no hay lamento por lo que dejan. Hay gozo.
Seguir a Jesús no es una renuncia triste. Es un intercambio que solo puede hacer quien ha vislumbrado de verdad lo que hay al otro lado.
Pero me pregunto, y me lo pregunto a mí también: ¿He encontrado yo ese tesoro?
Porque a veces vivo el evangelio más como una obligación que como un descubrimiento. Más como algo que debo cumplir que como algo que me tiene loco de alegría.
¿Cuándo fue la última vez que sentí que mi fe era un tesoro y no un peso?
Quizás el problema no es que el tesoro no esté. Quizás es que llevo demasiado tiempo sin parar a buscarlo. Sin silencio. Sin dejar que Jesús me sorprenda.
El comerciante de perlas no se quedó en casa esperando. Andaba buscando. Estaba atento.
Y entonces, la tercera imagen. La red que recoge de todo.
Y Jesús dice: al final se separará lo bueno de lo malo. Pero ahora, en la red, cabe todo.
La Iglesia no es club de perfectos. Es red. Amplia, imperfecta, que recoge vidas de todo tipo, incluida la mía con todo lo que tiene de contradictorio.
Y al final, esa imagen preciosa del escriba que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas. La fe no es solo herencia. Es también descubrimiento continuo.

Hoy me hago una sola pregunta:
¿Qué tendría que soltar yo para quedarme con lo que de verdad vale?
No hace falta responderla ahora. Pero vale la pena no esquivarla.
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