¡CREER EN LA RESURRECCIÓN! – Un proceso de superación de dudas y oscuridades

A la mayoría de los seres humanos nos mueve aquello en lo que creemos. El creyente religioso cree en la existencia de Dios. El creyente ateo cree que Dios no existe. El creyente cristiano cree que Jesús ha resucitado. El creyente no-cristiano no cree que Jesús ha resucitado. Por eso, las creencias nos dividen, nos separan. Y las creencias no están basadas en la razón, sino en el sentimiento, en la emoción, en el corazón. Confesar que Jesús resucitó al tercer día, según las Escrituras, fue la creencia proclamada progresivamente por toda la tierra -desde finales del siglo I hasta hoy, de generación en generación-. Las comunidades cristianas lo confiesan en cada eucaristía dominical: “Creo que… resucitó al tercer día según las Escrituras” . Quienes iniciaron esta creencia no lo tuvieron fácil: hubieron de recorrer un proceso hacia la fe… ni siquiera les bastaba creerse unos a otros… más bien quedaban desconcertados. El evangelio de hoy, jueves de la semana de Pascua, 16 de abril de 2020 nos da razón de ello.

Al inicio… un mar de dudas

Habían llegado al Cenáculo los discípulos de Emaus. Podemos suponer su entusiasmo. Ratifica su testimonio la sorprendente presencia del Resucitado en medio de ellos en el Cenáculo (Lc 24,36-43). Todo parecía viento favorable para creer inmediatamente. Pero ¡no fue así! Hasta que no llegó al argumento más fuerte… no surgió la fe: mientras tanto, sobresalto y extrañeza:

  • ¡Se asustaron despavoridos, pensaban que era un fantasma! (v.37).
  • Jesús les dice: “¿Por qué estáis asustados? ¿Por qué os vienen esas dudas?(v.38)
  • El Resucitado les va dando pruebas: “mirad mis manos, mis pies, palpadme, un fantasma no tiene huesos, como veis que yo tengo (v.39-40)).
  • Todavía no acababan de creer… no salían de su asombro (v.41)
  • ¡Otra prueba!: Jesús les dice:”Tenéis algo de comer? (v.41)
  • Le ofrecen un trozo de pescado asado. El lo cogió y comió delante de ellos (v.42)

No llegan a la fe en el Resucitado por el argumento de que no es “un fantasma” -una imaginación que toma cuerpo-; ni porque ven un cuerpo que puede ser tocado, palpado, que tiene incluso las heridas de la crucifixión; ni siquiera porque el Aparecido toma un alimento y lo come. Y uno se pregunta: Pero, ¿qué más argumento necesitaban para creer y salir de su asombro?

Entonces les abrió la mente…

Si las anteriores pruebas había sido ineficaces para llevar a los discípulos a la fe, el Resucitado recurre al gran argumento: ¡según las Escrituras!

Las sagradas Escrituras no eran para Jesús un libro de devociones, de simples y sencillas creencias y crónicas. Jesús sabía que el Espíritu -por quien el Padre lo había resucitado de entre los muertos- había hablado de Él a través de la ley de Moisés, los profetas, los salmos…

Jesús sabía que el Espíritu, la santa Ruah, era el autor de todas las Escrituras, contando con la complicidad de un admirable conjunto de colaboradores y colaboradoras. Que Él inspiró a los autores de cada texto para que le anunciaran y hablaran de Él. ¡Solo hacía falta quitar el velo! Es decir: re-velar. Jesús mismo nació de María virgen por obra de ese mismo Espíritu, la Santa Ruah. Y Dios Padre lo resucito por medio del Espíritu -que glorificará también nuestros cuerpos mortales (Rom 8,11). Esa fue la pedagogía de Dios para que pudiéramos creer en Jesús como el Resucitado, como el Hijo de Dios, el Mesías ungido por el Espíritu, el Hijo de María.

¿Y qué quiere decir esto? Que no busquen otros argumentos. Las Sagradas Escrituras (Biblia) son una cristología profética, es decir, desde la primera página hasta la última, hablan del Hijo de Dios encarnado que es el Mesías de la humanidad, que tenía que morir y resucitar al tercer día; y que en su nombre, y comenzando desde Jerusalén, había que anunciar a todas las naciones que se vuelva a Dios, para que Él les perdone sus pecados”.

El Espíritu Santo que habla por medio de las Santas Escrituras

No seremos testigos de la Resurrección por meras pruebas de la materialidad del cuerpo de Jesús. No se trata de un ver, tocar y sentir material. Se trata de conectar con el Espíritu que habló por medio de los profetas, de la ley de Moises, de los Salmos, de los Sabios, de las Crónicas y relatos de la historia de Israel. El Antiguo Testamento es así interpretado como el caminar de un pueblo hacia Jesús… como la pedagogía de Dios que nos lleva desde lo imperfecto hacia lo perfecto. Y que anticipa lo perfecto en los sueños, en las utopías de los pueblos. Jesús es la clave de la historia del mundo. Cuando se da con esa clave, ¡todo tiene sentido! El libro del Apocalipsis nos dice que nadie, nadie era capaz de abrir el libro de los siete sellos. Solo el Cordero inmolado. Y así lo hizo Jesús, ante sus discípulos: les abrió el libro de los Siete sellos. En las Sagradas Escrituras resucita el Resucitado.

Creo en Dios Padre, todopoderoso…

Por eso, hoy, en la primera lectura, se nos dice cómo Pedro y Juan pudieron explicar el milagro del tullido de la puerta Hermosa. Y para ello recurren a la Escritura: “Dios cumplió lo que había anunciado por boca de los profetas: que su Cristo había de padecer… Envió al Cristo que os estaba predestinado, a Jesús… “Todos los profetas que hablaron a partir de Samuel anunciaron también estos días (Hech 3, 11-26). Pedro aprendió bien la lección del Resucitado y, por eso, en sus discursos, el gran argumento de la Resurrección era: ¡Según las Escrituras!

¡También la Eucaristía del Resucitado, según las Escrituras!

Cada Eucaristía es, en sí misma, una “aparición pascual” (F.X. Durwwell). Es el momento en el cual Jesús “viene” y “aparece bajo otra forma”. Cada Eucaristía es Cenáculo donde Jesús se aparece. Y lo hace para alimentar nuestra fe. Para que pasemos de la increencia, de la duda, a la fe, a la adoración.

En cada Eucaristía el Espíritu Santo es el gran celebrante. Él es el que consagrada los dones, el que consagra a la Comunidad como Cuerpo de Cristo. El Espíritu Santo es el autor de cada lectura bíblica y también el que nos revela en cada una de ellas al Amado del Padre, a Jesús, concebido y resucitado por medio de Él, la santa Ruah.

Nuestra conexión con el Espíritu Santo hará transparente cada Eucaristía y nos permitirá contemplar al Señor Resucitado en medio de nosotros. En este momento nuestra alegría será indecible.

Plegaria

Abbá nuestro, haznos comprender que no nos basta la liturgia del Cuerpo y de la Sangre de tu Amado Jesús. Que tu Espíritu, que nos habla a través de las Santas Escrituras, porque es su autor, su intérprete, su traductor en cada tiempo, cultura y lugar, nos haga contemplar y sentir a tu Hijo resucitado. Que cada Eucaristía se convierta para nosotros en una nueva aparición del Señor.

Para contemplar:
Creo Señor firmemente (Misa Campesina: Carlos Mejía Godoy)

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