COMUNIDADES CON “ALMA” – “… Y TENÍAN UNA SOLA ALMA”

James Elisha Taneti

En no pocas comunidades religiosas se advierte inmediatamente que tienen “alma”. Hay en ellas una voz interior que las convoca y moviliza, un espíritu que las impulsa a realizar los sueños de Dios. Estas comunidades no se definen por la ubicación en que se encuentran (calle, número, ciudad o pueblo), sino por la pasión que las habita: “Casa de todos”, “Tierra de encuentro”, “Nazaret contemplativo”, “Hospital de campaña”, “Familia de los sin-familia”, “escuela de oración”, “rampa de evangelizadores”… Las “comunidades con alma” pueden y deben ser bautizadas con un nombre que presagia su identidad: los antiguos decían que “nomen es omen” (un “nombre es un presagio”). Las comunidades con alma deben descubrir el nombre que Dios les concede.

Hay otras comunidades que solo siguen la voz de lo establecido, lo programado, lo organizado. En ellas se sobrevive lánguidamente. Cada persona se sitúa en su triste zona de confort. Reina el individualismo, fortalecido por fronteras intranspasables de competencias y tareas. ¡Nada de trabajo en equipo! ¡Cada cual a lo suyo! No interesan las grandes propuestas eclesiales, o congregacionales, o aquellas que provienen de encuentros especiales. Siempre hay excusas para rechazarlas: ¡nada nuevo! ¡No necesitamos que nos enseñen! ¡Nos bastamos a nosotros mismos! Éstas son comunidades “sin alma”. Ya decía Charles Péguy que “lo peor no es tener un alma perversa, sino acostumbrada”.

I. Descubrir el “alma” comunitaria

Cuando Sócrates fue acusado de corromper a los jóvenes, respondió: 

“Exhorto -a jóvenes y ancianos- a cuidar no solo sus personas y propiedades, sino también el bienestar de sus almas”[1].

Platón, Apología, 30B

Al referirse a Sócrates, el gran filósofo Platón se sirvió de dos palabras griegas: “psyché” (alma) y “terapia” (cuidado). Indicaba así que el alma necesita ser “cuidada”. Quien cuida el alma es un “psico-terapéuta”. Hay comunidades que necesita psico-terapia y recuperar su “alma” y cuidarla.

1. Pero ¿cuál es el alma de una comunidad? 

No es fácil detectar el alma de un grupo, ni darle nombre. Es algo así como un “fuego interior compartido”. Cuando falta, la comunidad se vuelve fría, gélida, espacio de soledades incomunicadas. Con el paso del tiempo las comunidades con alma se pueden ir deteriorando y perdiendo progresivamente su energía interior, el ánimo. 

El alma de una comunidad no está en las actividades, horarios o reuniones que programa. El alma es innombrable. Es como la “brisa suave” o el “misterioso murmullo” en el que el profeta Elías percibió la presencia de Dios (1Reyes 19, 12-13). El alma se puede apreciar, cuando de verdad existe: es como una chispa divina que brilla en cada uno y en todos los miembros de la comunidad, aunque sea con diversas intensidades.

Una comunidad con alma es comparable -utilizando la imagen de santa Teresa de Jesús- a un castillo interior en el cual cada una de las personas que la forman están implicadas en un viaje conjunto que las transporta de morada en morada… sin renunciar incluso al sueño de llegar a habitar la séptima morada.

Ésto que parece una ensoñación es un gran deseo y también, a veces, una sorprendente realidad. El papa Francisco en la exhortación “Gaudete et Exultante” expresa el deseo de canonizar no solo a personas individuales, sino también a Comunidades. Pero así aconteció cuando la comunidad de jóvenes misioneros claretianos de Barbastro (España), apresada por milicianos, encarcelada y martirizada en el año 1936, fue “beatificada” por el papa san Juan Pablo II. Se hizo presente en ellos un “alma común y compartida” que los envolvió y energizó a todos, sin excluir a ninguno.

Escena de “Un Dios prohibido”

2. El desafío de “recuperar el alma” 

Para recuperar su alma una comunidad puede necesitar tiempo, asumir medidas drásticas y no ceder a las tentaciones[4]. Pero, sobre todo, debe encontrar las fuentes de energía que facilitan el tránsito hacia nuevas formas de vitalidad. 

  • En cada comunidad existe una voz interior: esa voz debe ser encontrada, escuchada, acogida y compartida después. Para que esto sea posible, cada miembro de la comunidad debe quitarse la “máscara” bajo la que se oculta a los demás, o la “armadura” que se ha ido construyendo para defenderse de los otros. Una comunidad de “gente armada” y “enmascarada” estará formada por cuerpos, pero no podrá encontrar su “alma”. Para ser una comunidad “con un solo corazón y una sola alma” es necesario des-armarse y des-enmascararse para escucharse mutuamente y acogerse. 
  • El alma de una comunidad no es el diseño comunitario que cada persona individual sueña para sí e impone a los demás. Las comunidades construidas sobre proyectos individuales -en cambio- son como un castillo de naipes que pronto o tarde se desmorona. 
  • El alma de una comunidad sólo puede ser el don carismático concedido por el Espíritu Santo, a los fundadores y que se hace contemporáneo y localizable en esta comunidad. Ese “don” es el “alma de la comunidad”. 

Cada uno debe renunciar a su propio sueño de comunidad para acoger el “sueño de Dios” que entre todos disciernen, comparten y obedecen. Cuando esto sucede todas las voces interiores se armonizan y emerge “un alma común” que es visión y misión carismática, deseosa de responder a las urgencias y necesitadas de la humanidad. 

3. El alma de la comunidad: “Sois el Cuerpo de Cristo… templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19; 10,17)

Sin el Espíritu de Dios y de Jesús, morando en nosotros, nuestros esfuerzos por ser “comunidades con alma” serán limitados y cortos. Ser “comunidad con alma” es, ante todo, un “don de Dios”.

David Closes

El “alma de la comunidad” es un Misterio que la habita o que desea habitar en ella. Dios quiere morar en cada comunidad (Jn 14,23; Ef 2,22; Apc 21,3): poner su tienda entre nosotros. La relación de alianza estrecha con Dios es el alma de la comunidad. 

El peligro está en que una comunidad puede vender su alma al demonio: y convertirse en “morada de demonios”, “guarida de todo espíritu impuro y en refugio de toda bestia inmunda y odiosa” (Apc 18,2).

El alma de cada comunidad religiosa se encuentra visibilizada en la capilla u oratorio, constantemente iluminada por la Presencia eucarística del Señor Resucitado y la Palabra de Dios entronizada. El oratorio no es una habitación más de la comunidad: es la séptima morada. Es la tienda del “encuentro” de Dios con la comunidad y de la comunidad consigo misma, con su “alma”. En la capilla se alimenta el alma comunitaria con la escucha de la Palabra de Dios, con la respuesta comunitaria a la Palabra, con la Adoración a la Presencia, con la reconciliación de los hermanos o hermanas en la presencia de Aquel que nos ama, con la oración silenciosa de quienes en ella se cobijan.

La hospitalidad hacia la Eucaristía es la escuela que nos lanza a la hospitalidad hacia las “otras presencias del Señor”: en los hermanos, en los necesitados, pobres y marginados: “Tuve hambre y me diste de comer…” (Mt 25,35).

II. Cuidar “el alma” de la Comunidad 

Ni Ketut Sri Wardan, 1966 (indonesio)

La psicoterapia comunitaria necesita la creación de un espacio en el cual las personas que formamos la comunidad podamos relacionarnos de forma real, honesta y cariñosa; es decir, que podamos conversar de forma significativa y generativa con Dios y entre nosotros.

Muchas de nuestras conversaciones son tantas veces meros pasatiempos, o incluso frivolidades, o comentarios a informaciones periodísticas, que nada nos transforman. O nuestros encuentros con Dios resultan rutinarios y meros trámites que no infunden “alma” en los hermanos o hermanas de comunidad.

1.    ¿De qué habláis entre vosotros durante el camino? (Lc 24,17)

Somos responsables ante Jesús, nuestro Maestro, de las conversaciones que mantenemos durante el camino: “¿De qué veníais hablando entre vosotros durante el camino?” (Lc 24,17). Tantas veces nuestras conversaciones nos entristecen y preferimos el silencio y alejarnos de ellas. Pero hay otro tipo de conversaciones que nuestro Maestro sí nos aconseja: son conversaciones significativas, generativas. 

Decía el gran maestro Humberto Maturana que “la conversación convierte… Es obediencia a la verdad”. La conversación así entendida recrea la comunidad, la orienta hacia el descubrimiento de su alma. Estas conversaciones nos vuelven honestos y vulnerables. Allí donde se crea un espacio de confianza y hospitalidad mutua allí emerge y es cuidada el alma de la comunidad.

2.    ¿Cómo librarnos de la fragmentación y el desmoronamiento? 

Una comunidad sin comunicación conversacional, donde impera el individualismo, fácilmente se fragmenta e incluso desmorona. Nuestra comunidad debe encontrar su lenguaje común que explique porqué estamos juntos, qué esperamos conseguir y cómo lo haremos. ¡Empecemos siempre con un “porqué” (Simon Sinek).

  • Para no fragmentarse la comunidad necesita crear un espacio verde: es decir un espacio donde todos nos sintamos seguros y vivos; un espacio sagrado donde se guarde “secreto” y cada uno pueda compartir, escuchar y cooperar con el Espíritu. Quienes no guardan el secreto comunitario, atentan contra los demás y convierten poco a poco la comunidad en un espacio oscuro, de reservas, de silencios, de fragmentos. 
  • Espacio verde comunitario es aquel que está libre de juicios, de dureza y de arrogancia: “Así se puede soportar el caos por el que se pasa en todo proceso de transformación y soportar también la desconcertante ambigüedad por la que el Espíritu nos conduce cuando se asumen riesgos”[5]. Los mismos conflictos son valorados porque abren un cauce para la transformación de todos y la creatividad.

3. Para no silenciar el alma de la comunidad

Lesley Sutton

El alma doliente de las comunidades necesita ser escuchada, abrazada y tratada con compasión. Hemos de escucharnos unos a otros para escuchar lo que el alma de la comunidad tiene que decir. No para juzgarnos unos a otros, sino para ser testigos del camino de los demás y hacernos presentes en él.

Para no silenciar el alma de la comunidad se fomenta la profundidad en la expresión y en el intercambio. En este sentido es muy importante el diálogo de sentimientos. Frecuentemente decimos “yo pienso que…” y entramos en el debate de ideas, opiniones. Distinto es expresar nuestros sentimientos y emociones. Una conversación con alma no consiste en aprender lecciones de quienes se creen más sabios, sino en compartir la vida. A veces la sorpresa viene del hecho que Dios revela sus misterios a los más sencillos y los oculta a los que se consideran más sabios (cf. Lc 10,21). Por eso, hay que dejar espacio a todas las voces.

Hablemos unos con otros, pero no de los otros. No pongamos fronteras a la comunicación. Yo tuve un responsable de comunidad que nos decía: “Mientras yo tenga esta responsabilidad, en cada reunión y en esta casa, hay libertad de cultos. Todos somos adultos”. Y esto engendró un admirable clima de libertad y seguridad.

Se silencia el alma de la comunidad cuando se permite que haya miembros convertidos en “meros espectadores” y no “participantes” que hablan abiertamente. Para que las comunidades recuperen su voz interior -su alma-, para crear un espacio hospitalario para el alma, tendrán que restaurar la confianza de forma continua. 

Conclusión: Cuando el Hijo pródigo y el hermano mayor entran en la sala del festín…

No se trata solo de volver a casa, sino de volver los hermanos juntos, bajo la invitación del Padre. Sin darnos cuenta, somos a veces el “hijo pródigo” y otras “el hermano mayor”. Ambos participamos en la fragmentación de la comunidad por una u otra razón. Dios Padre nos invita a “volver a casa juntos…”. El Espíritu nos ha preparado un festín comunitario.

 No queramos ser los unos los jueces de los otros. Dejemos el juicio al Padre del cielo. Hagamos lo posible por aceptar la invitación y descubrir el alma misteriosa de la comunidad. Lo que nos une es pertenecer a una comunidad, agraciada con un carisma del Espíritu y ser hermanados por él. Lo que nos une es la Misión que se nos confía como comunidad. La misión es más eficaz y creíble cuando genera hogar, comunión … porque el gran problema de nuestro mundo es su fragmentación. Es necesario reunir con gestos de credibilidad a los “hijos de Dios que están dispersos”. Se necesitan “comunidades con alma” 

Que el sentimiento de pertenencia nos una y seamos capaces de vivir el carisma juntos para sentirnos lanzados y apoyados en la Misión. Quizá así nos será concedida la Gracia de experimentar -algún día- que se le abre a nuestra Comunidad “la séptima morada”, ya insinuada, ofrecida y simbolizada sacramentalmente en nuestras humildes capillas u oratorios.

CARTA A LA GRAN COMUNIDAD
DE UNA COMUNIDAD “CON ALMA”
(Un Dios prohibido)


[1] Platón, Apología, 30B.

[2] James Hillman -siguiendo una tradición antigua- propone en su libro The soul’s Code: in search of Character and Calling, Randon House, New York, 1996, p. 142.: “Anima” and “animus” originate in the Latin words for “soul” and “spirit” so your heart may fall for a composite childhood image but always and unknown configuration is structuring your map, and permeating it whith experiencis of miracle and mystery”.

[3] “Las palabras latinas animus, ‘espíritu’, y anima, ‘alma’, corresponden al griego anemos, ‘viento’. La otra palabra griega para “viento”, pneuma, también significa “espíritu”. La misma palabra se encuentra en el gótico usanan, ‘exhalar’, y en el latín anhelare, ‘jadear’. En el alto alemán antiguo, la expresión spiritus sanctus se traducía como atum, ‘aliento’. En árabe, “viento” es rih, mientras que ruh significa “alma, espíritu”. La palabra griega psyche, relacionada con psychein, ‘respirar’, psychos, ‘fresco’, psychros, ‘frío, helado’ y physa, ‘fuelle’, tiene conexiones similares. Estas conexiones muestran claramente cómo en latín, griego y árabe los nombres dados “al alma están relacionados con la noción de aire en movimiento, el “frío aliento de los espíritus””. James Hillman, “Anima”. Libros de Apple.

[4] Thomas Moore. “El cuidado del alma, edición del 25º aniversario”. Apple Books.

[5] Dunn, Blessed Crossroads

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