“EL JUEGO INFINITO” DEL CARISMA

Hace algunos años apareció un libro muy interesante. Su autor, James P. Carse -académico estadounidense y profesor de historia y literatura de la religión en la Universidad de Nueva York- lo tituló “Juegos finitos e infinitos: una visión de la vida como juego y posibilidad (“Finite and infinite Games: a visión of life as Play and Possibility”[1]). En él habla el autor de dos tipos de juegos: los juegos finitos y los juegos infinitos. Este planteamiento es inspirador. Aplicable a diversas situaciones y realidades. También es aplicable al carisma de cada instituto dentro de la vida consagrada. Y nos permite soñar lo que parece imposible.

El carisma, juego infinito

  •  Los juegos finitos son aquellas competiciones que tienen como objetivo ganar. Cuando esto se consigue, el juego concluye. 
  • Los juegos infinitos son más misteriosos: su objetivo no es ganar, sino asegurar la continuidad del juego. Se trata de un juego perenne: nunca llega a su fin, aunque cambien las reglas, los límites y los participantes.  

Los institutos de vida consagrada (monásticos, conventuales, apostólicos, laicales y clericales, seculares y sociedades de vida apostólica) llevan adelante un “juego”, que bien podemos denominar “juego infinito”, un juego perenne que no llega a su fin. No tiene como objetivo competir y ganar, sino mantener la competición de forma indefinida, como un “movimiento incesante, perpetuo”. No hay un ganador, sino la permanencia de un ministerio carismático -educación, sanidad, opción por los pobres. confesión y transmisión de la fe…- a nivel mundial, realizado a través de un movimiento colaborativo en el que participan muchas personas. No acontece allá donde uno lucha por vencer a los demás, sino allá donde muchos luchan unidos por una “causa común”.

Una buena causa en juego incesante

No es fácil actuar y luchar por una “buena causa” a largo plazo. Mucha gente prefiere soluciones rápidas, eficaces a problemas que hay que resolver inmediatamente: para ello se fijan “prioridades”; se evalúan los procesos y los logros. Pero una institución carismática, que surge de personas carismáticas y soñadoras -nuestras Fundadoras y Fundadores- es como un juego infinito, incesante… en movimiento sin fin.

Nuestros Fundadores y Fundadoras, inspirados auténticamente por el Espíritu de Dios, crearon en la gran Comunidad Cristiana -y muchas veces, no sin oposición interna- nuevas formas de vida religiosa o consagrada. Soñaron con extender el Evangelio a través de acciones y mensajes transformadores, con métodos innovadores e inteligentes, sin pretensiones económicas… Soñaron con crear redes más allá de sus propios seguidores o seguidoras con un horizonte sin fronteras geográficas, mundial, sin fronteras temporales. Fueron líderes con “visión a largo plazo”. Las diversas formas de vida consagrada han entrado en juego y cubren ya la faz de la tierra.

Hay líderes políticos que sólo piensan en la próxima elección y no en la próxima generación. Los Fundadores de la vida consagrada pensaron en las próximas generaciones para llegar adelante la “buena causa” que el Espíritu introducía en la humanidad a través de ellos o ellas. De hecho acaban unas generaciones y otras nuevas las sustituyen. La “causa” carismática de nuestros Institutos de vida consagrada no tiene previsto su fin: el deseo es contribuir a algo mucho mayor que aquello que ahora se lleva entre manos. El objetivo es la mejora de la especie humana y continuar sin descanso el “juego infinito”. 

El talante de quienes se implican en el juego infinito

 Quienes juegan con la mirada infinita se alegran con las sorpresas, las acogen con alegría, descubren en ellas fuerzas de transformación para actuar de otro modo y no según planes establecidos.

Los institutos de vida consagrada han sido fundado para ser resilientes, flexibles y duraderos, sin límite de tiempo.

Son instituciones dispuestas a asumir riesgos, preparadas para lo imprevisible, abiertas al milagro. 

La inter-congregacionalidad permitirá que ese juego infinito no cese. La vida consagrada sobrevivirá más allá de sus particulares comunidades o institutos.

“Tengo un sueño”

Martin Luther King no dijo “tengo un programa”, sino “tengo un sueño”. Y aquel sueño sigue todavía en juego. Jesús tampoco nos dijo: “tengo un programa”, sino que nos invitó a entrar en el sueño del “Reino de Dios”: “ya sí, pero todavía no”. Esa era su causa.

Nuestros fundadores y fundadoras se sintieron seducidos por el Espíritu Santo para abrir en la Iglesia “buenas causas” a favor de la humanidad necesitada y en especial de los más pobres y desfavorecidos”.

Aquella “buena causa” no concluyó con ellos o ellas y quienes se adhirieron a su causa -en aquel tiempo-. La causa inicia se ha ido extendiendo y consolidando en el espacio y en el tiempo. Ha ido adquiriendo -cada vez más- rasgos consistentes e inteligentes.

A la causa originaria se han ido adhiriendo hermanos y hermanas laicos de los más diversos países y culturas. La diversidad de carismas en que miles de personas consagradas están implicadas, son las “buenas causas” del Reino de Dios, persistentes generación tras generación. El juego no tiene fin.

Es posible lo que todavía parece imposible

Una “causa justa” nos hace ver como posible lo que todavía no existe, pero debería existir. No nos lanza a luchar “contra”, sino “a favor” de las necesidades que se detectan en nuestro mundo. Una causa justa es siempre inclusiva y nos permite colaborar con otros. 

Solo una causa bien definida enciende pasiones. La causa justa es también resiliente: capaz de resistir a todos los cambios (políticos, tecnológicos y culturales) y superar las crisis. 

La causa justa actúa por encima de las leyes. Actúa a nivel ético. Y cualquier violación del código ético suscita reacciones valerosas para la defensa de la justicia. 

Nuestros Capítulos generales y provinciales deberían plantearse en clave de juego infinito en favor de una “buena causa” de elevado nivel ético. Han de abrir caminos para las próximas generaciones. Que el juego no cese… que se interprete una sinfonía inacabable.


[1] Cf. James P. Carse, Finite and infinite Games, The Free Press, New York, 1986.

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